viernes, 13 de noviembre de 2015

Yo, Claudia Livila (XXXIV)

Los días se sucedían, las semanas acababan, los meses agonizaban, y el empeño de Tiberio no moría, sino que se acrecentaba. Uno a uno, partidarios y amigos de Germánico y Agripina -¡infausta boda!-, de una y otra manera sin césar caían, como preludio trágico del ineludible ataque final que solo busca minar las defensas antes de saltar la fortaleza, y por más que me empeñaba, y desesperaba, en hacer ver a mi hermano el peligro que le acechaba y le incitaba sino ya al ataque -inconcebible para su alma fiel al mismo sistema que su desgracia de continuo reclamaba-, si al menos a la defensa, Germánico no me escuchaba, y con su inútil inocencia, su absurda ingenuidad, y esa inmensa ignorancia de toda naturaleza humana con los años tan solo engrandecida -que de ti, madre, funestamente heredara-, se empecinaba siempre en creer que las razones de nuestro César para actuar eran justas, y las condenas, en lugar de amañadas, estaban por la ley respaldadas y eran la normal consecuencia de la perfidia y el crimen de los que antaño él mismo llamara fieles amigos y acogiera en su casa. Jamás meditó ni fue consciente de la cruel astucia, la arraigada envidia, el descarado desprecio y la venganza desmedida del hombre que a regañadientes, por imposición de Augusto, le adoptara, y que en él nunca viera al hijo adoptivo o al sobrino, carne de la carne del hermano amado, sino tan solo al mayor enemigo. Yo misma, madre, soy un ejemplo de lo que en su alma, sencilla y en exceso simple, sucedía: ¡cuántas veces me recibió con un abrazo en sus habitaciones privadas, rodeado de sus hijos, y me sonreía, con atención me escuchaba, y por mí se angustiaba, cuando yo aún llevaba en mi cuerpo los sucios besos y las caricias prohibidas de Sejano, el hombre que minaba de continuo su poder, posición y fuerza, y perseguía a sus aliados!...Si, era yo una farsa, una mal disimulada patraña, una continua contradicción en si misma, dos Livilas enfrentadas. Enloquecida por salvar al hombre, desesperada por lograr ya su caída. Desde mi posición privilegiada y protegida, observaba con terror y con deleite los errores que cometía, las mentiras que creía, los ataques que recibía, las heridas inflingidas, las alianzas perdidas. Aún creía, aunque cada vez menos, que de alguna forma le protegería, y como Lucio para Cayo, a la autoridad de Druso su debilidad creciente le sometería... y Druso, a su vez, a la mía. Yo gobernaría. A parte de mi ambición, mi codicia, mi amante y mi hija, ¿qué tenía? Confiaban que los hilos que yo sostenía su cabeza no cercenarían. O al menos quería creer que así sería. En cuando a Sejano, no me engañaba. Yo era un medio para un fin. Él también lo era para mí; o al menos eso ansiaba creer también. Me repetía que lo expulsaría de mi vida cuando de nada me sirviera; y sin embargo, poco a poco, como deseaba, se convirtió en el último eslabón de la cadena, tan solo por debajo del César.
Tras Libón Druso (ver Entrega XXXIII de Claudia Livila), le llegó el turno a Marco Hortalo. Joven de reconocida pobreza, nieto del orador Hortensio, a quién el divino Augusto, regalándole un millón de sestercios, había inducido a tomar esposa y tener descendencia para que su familia no se extinguiera, había caído de nuevo en la indigencia. Así pues, estando sus cuatro hijos varones de pie, miserables, en el umbral de la Curia, mirando unas veces la estatua de Hortensio entre los oradores y otras la de Augusto, solicitó en nombre de sus hijos, a quién, decía, engendrara, sólo por consejo del César y para que sus antepasados gozaran de descendencia, solicitó nuevo dinero, reconociendo en público -no existe quizás mayor vergüenza- su incapacidad para lograr fortuna, favor popular, cargos y hasta elocuencia. y argumentando que tan solo buscaba proteger a su familia de la humillación de la pobreza. El Senado reaccionó favorablemente a su petición, pero Tiberio, cuyo último deseos era dotar de medios a los partidarios de Germánico para las rebeliones que se gestaban solo en su cabeza, se negó argumentando que si todos los pobres recibieran dinero para sus hijos la república romana se arruinaría, debilitando la laboriosidad y alimentando la ociosidad y pobreza. No obstante, el recuerdo reciente del juicio y suicidio de Libón Druso y ante la desaprobación silenciosa de los senadores, cuyo favor desesperado siempre buscara, Tiberio acabó por acceder a entregar doscientos mil sestercios a cada hijo varón de Hortalo, lo suficiente -bien lo sabes- para que poco después cayeran de nuevo en la miseria... Aún así gozó el desgraciado de mejor fortuna que Vividio Varrón, Mario Nepote, Apio Apiano, Cornelio Sula y Quinto Vitelio, a quienes Tiberio expulsó del Senado o bien permitió, en un gesto de suprema clemencia, que lo abandonaran voluntarios, escudándose en sus derroches y en que se habían empobrecido por sus infamias... ¿Y quién no recuerda a Crético Silano? Unido por afinidad a Germánico, pues su hija estaba prometida con Druso, el segundo de mis sobrinos, le fue arrebatado el gobierno de Siria para entregárselo a Gneo Calpurnio Pisón, uno de los mayores aduladores que el mundo conociera... Más aterrada me dejó el caso de Apuleya Varilia. Prima segunda mía como nieta de aquella otra Octavia, hermanastra del divino Augusto, y amiga cercana de Agripina, un delator -de los tantos que por la ciudad se multiplicaban en esos días- la acusó de lesa majestad porque, según él, se había burlado del divino Augusto, de Tiberio y de Livia con palabras injuriosas en una cena -¿cuál? No sabía-, y además vivía en constante adulterio, a pesar de ser pariente del César. Tiberio pidió que se investigara la acusación de lesa majestad, aunque exigió que nada de lo dicho contra él o su madre figurara en la instrucción de la causa y sólo se analizara lo dicho contra el divino Augusto. Con tan pobres bases de investigación -por no decir absurdas-, la acusación fue desestimada, pero no desistió el César de perseguir a Apuleya, y basándose en la acusación de adulterio, la desterró lejos de su familia a doscientas millas de Roma, expulsando a su amante Manlio de Italia y África. ¿Sería ese mi destino si se me descubría? Había visto el fin de mi amada tía y mi añorada Julila como para no temerlo... Hubiera sido preferible a esto... La lista es aún más larga. Pero no insisto en ello... Mi tiempo se acaba... La memoria me falla...

*Fotografía 1: Estudio para cabeza de mujer joven, de John William Waterhouse
*Fotografía 2: Detalle de "Mi poeta favorito", de Lawrence Alma-Tadema





jueves, 5 de noviembre de 2015

Sulpicia, la poetisa olvidada

Sulpicia, hija de Servio Sulpicio Rufo y de Valeria, hermana de Marco Valerio Mesala Corvino, es la única autora latina de literatura romana cuyos textos se han conservado hasta nuestros días. Huérfana de padre, su tío, Mesala, sería en adelante su tutor y protector, lo que aparentemente le permitió cierta emancipación, favorecida además por su condición socio-económica y política y la sólida formación proporcionada por su tío. Sulpicia fue pues lo que se ha denominado como docta puella: hija de una de las familias más poderosas e influyentes de Roma, en previsión de la labor que en un futuro habría de acometer en la instrucción de sus hijos, futuros ciudadanos, para los que tendría que ejercer como modelo de educación moral, fue preparada concienzudamente desde niña y educada en compañía de los varones en los ambientes más cultos y refinados, donde se les transmitía el conocimiento a través de la enseñanza y el ejemplo. Como figura destacada del prominente círculo literario de Mesala -el equivalente tardo-republicano al de Mecenas en época de Augusto-, amigo de Horacio y protector entre otros de Tibulo, Sulpicia estaría siempre rodeada de los poetas más vanguardistas de su época, que habían tomado como modelo la poética griega y componían sus propios versos, al tiempo que, de mano de maestros privados, aprendía gramática, griego, literatura, historia, literatura...A esa situación inmejorable para el desarrollo de la creación literaria se añadía, además, el hecho de que su familia ya se había dedicado con anterioridad a la poesía -en concreto, su padre y su abuelo materno-, así como la época extraordinaria en que la tocó vivir, calificada por muchos como el inicio del período dorado de las mujeres en Roma. Al progresivo cambio en la concepción que se tenía sobre las mismas y a la relevancia que, poco a poco, van alcanzando en la educación de su progenie, en la transmisión de valores, e incluso en la esfera pública, se unen algunos derechos conquistados. En este contexto de libertades más o menos amplias y educación cada vez más extensa, no es de extrañar por tanto la aparición de una mujer dedicada a las letras como Sulpicia -aunque no sería la única-: una mujer joven (la edad es difícil de determinar); instruida y muy culta, que aprendió a escribir versos (algo que requería mucho más que inspiración; precisaba de una enorme práctica dada la complejidad de la métrica latina y griega) y los utilizó para contar una historia de amor en primera persona y posiblemente veraz.

El llamado Ciclo de Sulpicia se ha preservado en el libro III del corpus de poemas del poeta Tibulo. Está compuesto de un grupo de poemas (13 al 18; es decir, tan sólo seis) a modo de epístolas literarias breves o epistulae amatoriae. El Corpus Tibellianum, contiene también otros cuatro poemas (8-12) de autor desconocido, que tienen a Sulpicia como tema y personaje principal. Por lo general, se considera que el Corpus Tibellianum fue publicado a partir de los "archivos" de Mesala, como obra recopilatoria de las principales composiciones realizadas en su círculo, siendo esto lo que ha permitido que la obra de Sulpicia -desconocemos si completa o solo parte de la misma- se haya conservado. Al estilo de los poetas elegíacos, la obra de Sulpicia es posiblemente autobiográfica, con una fuerte carga amorosa y casi erótica, centrada en un amante, objeto de adoración y pasión, oculto tras un nombre falso o seudónimo (como la Lesbia de Catulo o la Corinna de Ovidio); es este caso, Cerinthus. Se ha especulado que Cerinthus pudiera referirse al prometido de Sulpicia, o por contra, un hombre de extracción social y económica inferior, pero ahora por lo general se acepta que Cerinthus podría referirse al Cornuto del que habla Tíbulo en dos de sus elegías, probablemente, el aristócrata Cecilio Cornuto. En todo caso, Cerinthus está lejos de ser el esposo de Sulpicia en el momento en que ésta compone sus poemas; ello sin embargo no evita que la autora sienta por él una pasión arrolladora y ciega de la que, lejos de avergonzarse, se siente orgullosa, a pesar que de, en la época, cualquier relación fuera del matrimonio era para la mujer motivo de censura y castigo.

Al fin me llegó el amor, y es tal que ocultarlo por pudor
antes que desnudarlo a alguien, peor reputación me diera.
Citerea, vencida por los ruegos de mis Camenas, 
me lo trajo y lo colocó en mi regazo.
Cumplió sus promesas Venus; que cuente mis alegrías 
quien diga que no las tuvo nunca propias.
Yo no querría confiar nada a tablillas selladas
para que nadie antes que mi amor lo sepa, 
pero me encanta obrar contra la norma, fingir que el qué dirán
me importa: fuimos la una digna del otro, que digan eso.

Sin duda, la relación entre Sulpicia y Cerinthus no fue bien vista por Mesala, tío, tutor y protector de la autora, y el anciano intentó, aunque sin mucho éxito, al menos por parte de su sobrina, separar a los amantes. En uno de sus poemas, Sulpicia expresa como, contra su voluntad, Mesala la ha obligado a marchar al campo Arentino -hoy, Arezzo-, lejos de Roma, donde sin embargo permanece Cerinthus. Sin embargo, como en otros autores elegíacos, la ausencia está lejos de enfriar la pasión que Sulpicia siente por su amado, sino que, por el contrario, la hace más fuerte por la acción constante y dolorosa de la añoranza, el recuerdo, la impaciencia, la ausencia, y el deseo febril de reunirse de nuevo; cegada por ellos, Sulpicia se reafirma en su decisión de continuar con la relación, incluso sin el permiso de su tío Mesala. La estancia en el campo impedirá estar presente en el cumpleaños de Cerinthus, evento que -de tratarse Cerinthus del aristócrata Cecilio Cornuto-es curiosamente recogido también por Tibulo en su elegía II,2.




Aborrecible se acerca el cumpleaños, que en el fastidioso campo
triste tendré que pasar, y sin Cerinto.
¿Hay algo más grato que la ciudad? ¿Es apropiado para una chica
una casa de campo y el frío río del lugar de Arezzo?
Descansa de una vez, Mesala, preocupado por mí en demasía;
a veces, pariente, no son oportunos los viajes.
Me llevas, pero aquí dejo alma y sentidos
por mi propia decisión, aunque tú no lo permitas.

***

¿Sabes que el inoportuno viaje ya no preocupa a tu chica?
Ya no puedo estar en Roma en tu cumpleaños.
Celebremos los dos juntos el día de tu aniversario
que te viene por casualidad, cuando no lo esperabas



Sin embargo, Cerinthus no se muestra a la altura del amor desmedido de Sulpicia y, en su ausencia, entabla una relación con otra mujer que, para mayor agravio al orgullo de la autora, es de una extracción social y económica más baja que la autora y puede tratarse, incluso, de una prostituta -la toga era el tipo de vestimenta habitual en estas mujeres, aunque puede que también se refiera a que, de pronto, Cerinthus muestra interés por la política, además de por otras mujeres-. De pronto, Sulpicia agradece la preocupación de su tío Mesala de la que antes se quejaba amargamente y exhibe una total indiferencia, incluso desprecio, por la errónea elección de Cerinthus. No obstante, no es más que fingimiento, ya que sus palabras apenas pueden disimular el rencor, los celos y la furia que experimenta. Sulpicia, incapaz de olvidar a Cerinthus y de perdonar su traición, atormentada por la pérdida, acaba por contraer fiebre. Su antiguo amante la visitará en su lecho de enferma y Sulpicia, aunque quiere creer que dicha visita es la prueba de que él, a pesar de su infidelidad, la sigue amando, y que su regreso a su lado ha sido guiado por el deseo y no por la obligación ni la culta, finalmente acaba por resolver que, para Cerinthus, ella y su salud carecen ya de importancia.

Resulta curioso que te creas, tan seguro ya de mí,
que no voy a caer de repente como una tonta.
Sea tuya la preocupación por la toga y la pelleja que la lleva, 
cargada con su cesto, antes que Sulpicia, la hija de Servio.
Por mí se preocupan quienes tienen motivo máximo de desvelo
que no vaya a acostarme con un cualquiera.

***

¿Tienes, Cerinto, una devota preocupación por tu chica,
porque ahora la fiebre maltrata su cuerpo cansado?
¡Ay! yo no desearía librarme de la penosa enfermedad,
si no creyera que tú también lo quieres.
Pero, ¿de qué me valdría librarme de la enfermedad, si tú
     puedes sobrellevar mis males con corazón indiferente?

Sulpicia, sin embargo, se equivoca. El autor desconocido de la Elegía III, 10 del Corpus Tibellianum recoge también la enfermedad de la autora y la preocupación sincera y casi desesperada de Cerinthus: Depón tu miedo, Cerinthus -le recomienda-: un dios no hiere a los que aman. Tú, únicamente, ama siempre: tu muchacha está a salvo. No hay necesidad de llorar: más apropiado será usar de las lágrimas si alguna vez aquélla fuera más triste contigo. Pero ahora es toda tuya. Hay pues, esperanza para la reconciliación. No obstante, Sulpicia, aunque desea amar de nuevo a Cerinthus y se arrepiente de no ceder de forma inmediata a sus deseos, no puede negar que desconfía de él por lo sucedido y sospecha que la pasión que sintió por ella no es ya más que una tenue sombra de la que experimentó en el pasado. Estos mismos miedo los recoge también el autor desconocido poniendo en boca de Sulpicia los versos de la Elegía III, 11.




Para ti no sea yo, luz mía, un ansia tan ardiente
como parece que fui, hace algunos días;
si alguna falta cometí, tonta en mi exceso de juventud,
de la que confieso que me arrepiento más,
es haberte dejado solo ayer por la noche
deseando disimular su ardiente pasión
(Sulpicia, Elegía III, 18)

***
El día que te trajo a mí, Cerinthus, ése será para mí sagrado
y habrá de contarse siempre entre los festivos.
Al nacer tú, las Parcas vaticinaron una nueva esclavitud 
para las muchachas y te entregaron altivos reinos.
Me abraso yo antes que otras; me agrada abrasarme, Cerinthus,
si una mutua pasión te asiste debido a mí.
Que haya un amor correspondido, lo pido por tus dulcísimos hurtos,
por tus ojos y por tu Genio.
Quédate, Genio, recibe de buen grado los inciensos y favorece mis votos
si alguna vez aquel se abrasa cuando piensa en mí.
Pero si por casualidad ahora suspira ya por otros amores, 
entonces te pido, venerable, que abandones tus infieles altares.
Y tú no seas injusta, Venus: o que uno y otro, encandenados,
te sirvamos por igual o afloja mis cadenas, o mejor, 
que uno y otro estemos atados por sólida cadena 
y que ningún día después de éste pueda desatarla.
(Autor desconocido, Elegía, III, 11)

Aquí finaliza la obra literaria de Sulpicia, al menos la que se ha conservado. Nunca sabremos si la reconciliación entre ambos amantes llegó a producirse o si la autora recuperó el amor y la felicidad de los primeros días de su relación. Otra pregunta además queda en el aire: si Cerinthus era, como se sospecha, el aristócrata Cecilio Cornuto y, por tanto, era de igual posición social que Sulpicia, ¿por qué el matrimonio no se produjo? ¿Por qué se contentaron tan sólo con ser amantes? Es Tibulo quién nos da la respuesta en la ya mencionada Elegía II,2, y nos revela además porque Mesala se oponía de forma tan encarnizada a la relación de su sobrina: Cerinthus ya estaba casado. El propio Tíbulo, con ocasión del cumpleaños de su amigo, le dice: Desearás, me imagino, el amor fiel de tu esposa. Creo que los dioses lo han decretado ya. Lo preferirás a todos los campos que por el mundo entero un fuerte labrados pueda arar con buey robusto y a todas las perlas que se crían en las Indias felices, por donde enrojece la ola del mar de Oriente. Tus deseos se cumplen: ojalá vuele Amor con sus alas resonantes y a vuestro matrimonio traiga cadenas de oro: cadenas que duren siempre, hasta que la lenta vejez marque arrugas y encanezca los cabellos. 


"Ojalá vuele Amor con sus alas resonantes y a vuestro matrimonio traiga cadenas de oro...". Cornuto por tanto, no parece ser feliz en su matrimonio y no ama a su esposa. Sin embargo, Tibulo le desea que un día llegue a preferirla "a todos los campos que por el mundo entero un fuerte labrados pueda arar con buey robusto"... los campos, justo el lugar donde Sulpicia se encuentra arrastrada por su tío Mesala... ¿Sabía Tibulo de la relación de su amigo con la sobrina de su protector? ¿Hasta que punto era esa relación de dominio público? De ser así, Tibulo, como Mesala, parece no estar de acuerdo con ella, puesto que desea a Cornuto que las cadenas que le unen a su esposa, "duren siempre, hasta que la lenta vejez marque arrugas y encanezca los cabellos". ¿Sería su propia esposa la mujer por la que Cerinthus abandona a Sulpicia, tal como la poetisa se queja amargamente a su regreso a Roma? Sin embargo, en la Elegía III, 12, el autor desconocido ruega a Juno que permita a Sulpicia unirse en matrimonio con su Cerinthus y que él pueda verlos casados en el próximo cumpleaños de éste. ¿Estaba entonces Cerinthus soltero? ¿Es este cumpleaños esperado por el autor desconocido con ansia el que celebra Tibulo en sus versos? ¿Fue finalmente Sulpicia la esposa de su amado y Tibulo se limita a celebrar la futura dicha de su amigo, rogándole no cometa los errores del pasado?

Lo cierto es que es imposible saberlo: la pasión arrolladora, la adoración que el autor siente por su amante y la entrega ciega, la separación, el abandono, la infidelidad y la traición, la esperanza con todo en la reconciliación, el posterior reencuentro de los amantes y la permanencia a pesar de ello del rencor y de cierta desconfianza...son temas comunes en los poetas elegíacos como Tibulo o Propercio y sin duda Sulpicia bebe de esa tradición al escribir sus versos, donde nos muestra una preocupación formal clara y un amplio dominio de la técnica, muy lejos de la espontaneidad y sencillez que los primeros estudiosos de su obra le atribuían. ¿Es pues su obra autobiográfica o una recopilación de temas comunes en la Elegía romana? Sea cual sea la opción correcta, es de destacar la valentía de Sulpicia, que se atreve a proclamar libremente y sin vergüenza un amor prohibido para una mujer, aún más para una de su condición social, política y económica, para quién los lazos afectivos debían limitarse al matrimonio y la familia.

*Fotografía 1 y 2: La denominada "Safo" y "Retrato de Paquio Próculo y su esposa", frescos localizados en las excavaciones de Pompeya.
*Resto: Detalle de "Leyendo a Homero", "El poeta favorito". "Confidencias" y "Promesa de Primavera", de Lawrence Alma-Tadema


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Gracias por adelantado!!!

jueves, 29 de octubre de 2015

Premios Bitácoras 2015, ¿me ayudáis?

Desde 2003, la red social para bloggers Bitacoras.com entrega los Premios Bitácoras a los mejores blogs en español. Tras sus 11 años de existencia, el certamen, se ha consolidado como la gran cita anual de los bloggers españoles -15.827 blogs nominados y 162.315 votos emitidos en la última edición-. El galardón representa, en muchos casos, un antes y un después en la carrera profesional de sus ganadores, ya que suponen el reconocimiento a toda una trayectoria y el comienzo de un camino nuevo...Así pues, ¿nos ayudáis a conseguirlo?
Por segundo año consecutivo, una buena amiga y antigua jefa, Marta S.Castell -¡¡muchas gracias, guapa!!-, ha propuesta a Los Fuegos de Vesta como página candidata a los premios "Bitácoras" en la categoría de "Mejor Blog de Arte y Cultura", patrocinado por La Casa Encendida. 
El nombre del ganador será anunciado el día 27 de noviembre, así pues, si aún queréis, estáis a tiempo de emitir vuestro voto. ¿CÓMO VOTAR? Es muy sencillo:
2-Entrar bien creándoos una cuenta o como he hecho yo, identificándome mediante facebook.
3-Buscar la categoría: "Mejor blog de Arte y Cultura"
4-Poner la dirección de este blog: losfuegosdevesta.blogspot.com
5-Buscar en la parte inferior el Botón "Votar", IMPORTANTE!!
6-Y ya está!!!

Muchas gracias por vuestra atención (y espero que también por vuestro voto)

martes, 20 de octubre de 2015

El fin de Marco Antonio y Cleopatra

A pesar de que las llamadas Donaciones de Alejandría -ver artículo anterior Marco Antonio en Oriente- parecían otorgar a Octaviano la excusa precisa para declarar la guerra a su rival y antiguo aliado Marco Antonio, necesitaba con todo una prueba precisa y fehaciente de su traición, puesto que ni los rumores que sobre él corrían, ni las acusaciones orales de testigos sospechosos, bastaban para hacer creíble la deslealtad de Marco Antonio y para convencer al pueblo de asumir nuevos impuestos para otra guerra civil. Esta prueba auténtica no tardó en presentarse: Munancio Planco, antiguo gobernador de Siria, y su sobrino M.Tizzio, que había acompañado a Antonio en la expedición fallida contra los partos -ver artículo anterior Marco Antonio en Oriente-, entregaron a Octaviano el testamento del antiguo triunviro, que había sido depositado por su autor en el templo de Vesta. Antonio atestiguaba en este testamento que Ptolomeo Cesarión era hijo natural del divinizado Julio César y, renunciando a su patria, ordenaba se le sepultara en Alejandría junto a su amante Cleopatra incluso si moría en la propia ciudad de Roma. Cuando todo esto se hizo público, la ira del pueblo estalló contra el traidor: los cónsules Ahenobarbo y Sosio, que intentaron defender a Antonio, tuvieron que huir ocultamente de Roma para salvarse; el Senado, siguiendo el sentimiento público, excluyó a Antonio del consulado del año siguiente, 31 a.C. y despojándole de la potestad tribunicia, y para no dar a la inevitable lucha subsiguiente la apariencia de una guerra civil, a pesar de que eso era en verdad, la contienda le fue declarada a Cleopatra como usurpadora de las provincias romanas, limitándose respecto a Antonio a llamar beneméritos a quienes le abandonasen y entregándole a él la opción de decidir por que bando decantarse en la próxima guerra, opción que no era más que una trampa: alinearse a favor de Cleopatra suponía confirmar definitivamente todas las acusaciones que Octaviano y el Senado le hacían, y decantarse por Roma era el abandono de sus aliados y posición de fuerza para quedar reducido a poco más que en proscrito para su patria. A esta provocación respondió Antonio llamando a su lado a todos los príncipes orientales y jurando a sus soldados que haría la guerra hasta las últimas consecuencias, sin prestar oídos a los negociadores, hasta alcanzar la victoria, restableciendo la república en solo seis meses, después de lo cual renunciaría al poder.

Sin embargo, Antonio dejó escapar también esta vez la ocasión propicia que se le presentó contra su rival: Octaviano había sido sorprendido en medio de sus preparativos para la guerra por una sublevación popular; los nuevos tributos impuestos a los propietarios para sufragar la contienda habían suscitado un enorme descontento, principalmente entre los libertos, que era la clase a la que más se castigaba con estas cargas fiscales, siendo el hijo de Lépido quién más fomentaba el descontento. Si Antonio se hubiera apresurado a marchar sobre Italia habría obtenido un fácil triunfo; pero, en vez de ello, decidió invernar en Patrás y dio a su rival tiempo suficiente para reprimir la rebelión, cobrar los impuestos, ordenar las tropas y recibir el juramento de fidelidad de Italia y de las provincias de Galia, Hispania, África, Sicilia y Cerdeña. El 1 de enero del 31 a.C., además, con arreglo al pacto de Miseno -ver artículo anterior El Segundo Triunvirato (III Parte): La Guerra contra Sexto Pompeyo-, Octaviano obtuvo su tercer consulado, con M. Valerio Mesala por colega en lugar de Marco Antonio. Para complacer al pueblo, que hasta el último momento intentó evitar la guerra, mandó a Grecia comisionados proponiendo a Antonio una conferencia, pero la respuesta fue una negativa; sólo entonces envió a Oriente parte de la flota, al mando de Agripa, para que le abriese el camino. Las fuerzas de ambos adversarios eran desiguales: Antonio mandaba 100.000 infantes, y Octaviano sólo 80.000; aquel contaba con 800 naves, más del doble de las de Octaviano; Antonio tenía en sus manos también las riquezas de las que se había apoderado en Oriente, mientras Octaviano tenía escasez de dinero, a pesar del producto de los nuevos impuestos.

Octaviano, sin embargo, contaba con ventajas que compensaban su escasez de tropas: componían la columna vertebral de sus fuerzas veteranos disciplinas y experimentados, muy superiores a las turbas orientales, desobedientes y sin formación, de Antonio. El jefe de la armada de Octaviano, además, era el gran estratega Agripa, mientras que los capitanes de Antonio apenas lograban ponerse de acuerdo sobre las tácticas a seguir. Por último, había una gran diferencia en la condición moral de ambos ejércitos, toda a favor de Octaviano, quién ya se había ocupado de ello a través de una muy estudiada campaña de propaganda: con él, el heredero de César, estaba el alma de la patria, su honor y su grandeza, y hasta de su libertad frente a la tiranía oriental, mientras que con Antonio estaban la traición y el vasallaje a una mujer bárbara de costumbres corruptas, con la sumisión de Italia a la africana Alejandría. Esto nos explica las numerosas deserciones que hubo en el campo de Antonio hasta la víspera misma del combate. Cuando Octaviano, en la primavera de 31 a.C., zarpó de Brindisi para Oriente, su capitán Agripa, desembarcado sin problemas en Epiro, llegaba hasta el Peloponeso y quitaba a Antonio las importantes ciudades de Metón y de Corinto, obligándole también a dejar Patrás, y viniendo más tarde a reunirse con Octaviano, que había acampado junto a Cornaro después de apoderarse de Corcira, sorprendió a una escuadra enemiga, mandada por Sosio, cuando iba en persecución de algunas naves octavianas, y la desbarató. Más graves que estas pérdidas fue la inmediata desmoralización de las tropas de Antonio: no sólo los soldados y auxiliares se pasaron al campo de Octaviano, sino también sus capitanes y hasta sus amigos más íntimos, entre ellos Ahenobarbo y Delio, los cuales, después de haber sido cómplices obedientes de sus caprichos y haberle defendido públicamente, le volvieron la espalda al presentir la derrota

Antonio no tendría más remedio que presentar batalla ante una situación que tan solo podía empeorar. Contra el consejo de sus mejores jefes, que querían un combate terrestre, prefirió el naval, que deseaba Cleopatra, bien fuera para atribuir a su tropa el máximo protagonismo en la victoria o para tener una vía de huida rápida en caso de desastre. El 2 de septiembre del año 31 a.C. los dos ejércitos estaban acampados frente a frente en las playas opuestas del golfo de Ambracia: el de Octaviano en Epiro, el de Antonio en la Acarnania, cerca de Anzio; ante ellos estaban también las dos flotas: la de Antonio a la entrada del golfo, y la de Octaviano a una distancia de ocho estados -para saber más sobre el combate, recomendamos el artículo La ¿decisiva? batalla de Actium-. Ambas permanecieron quietas durante algunas horas, hasta que, al mediodía, Sosio, que mandaba el ala izquierda de Antonio, avanzó con sus naves; Octaviano retrocedió hasta alta mar, y sólo entonces lanzó sobre Sosio sus buques ligeros. Entre tanto, Agripa atacó el ala derecha, obligando al comandante Publícola a extender su línea para no verla cercada, y a dejar así al descubierto su centro. Esta maniobra pareció anunciar el desarrollo y resultado de la batalla, por lo que sesenta naves egipcias, que habían permanecido fuera del orden de combate, volvieron la proa y huyeron hacia el Peloponeso. En medio de ellas se destacaba la nave real, con sus velas de púrpura. Antonio, al verla, olvidó por completo cuanto se decidía aquel día y quienes por él morían, y corrió tras Cleopatra. Su flota se defendería aún algunas horas más; luego, desmoralizada por la huida de su jefe, y acobardada por el incendio que se extendía por varios buques, se rindió a Octaviano.

En el cabo Tenario supo Antonio de la rendición de su flota. Sin embargo, aún quedaba el ejército de tierra intacto y deseoso de combatir; Antonio le envió la orden de retirarse por Macedonia a Asia; pero esta orden y la fuga de su jefe P.Canidio Craso acabaron de desmoralizar a las tropas, que no tardaron en rendirse a Octaviano; era el séptimo día después del combate naval. Éste, con el fin de atraer a los vencidos, tomó ejemplo de Julio César y recurrió a la clemencia, perdonando al mismo Sosio a pesar de haber sido quién inició el combate en Anzio; retuvo a su lado a los soldados nuevos y licenció a los veteranos, enviándolos a Italia; luego ordenó los asuntos griegos y asiáticos, sustituyendo a los gobernadores de Antonio, y al empezar en Asia, el 1 de enero de 30 a.C., su cuarto consulado, fue a Samos a esperar la primavera antes de marchar a Egipto. Sería allí donde le llegaría la noticia de que los veteranos de Antonio se habían revelado en Italia, y envió contra ellos a Agripa con plenos poderes; poco después marchó él mismo a Brindisi, donde senadores y magistrados se reunieron con él para rendirle homenaje. Calmados los rebeldes mediante repartos de dinero y promesas de tierras, volvió a sus cuarteles para preparar la campaña egipcia. Allí, antes de ponerse en marcha, recibiría mensajeros de Antonio y Cleopatra; aquel le pedía permiso de retirarse a Atenas a una vida privada; la reina le suplicaba que dejara la corona de Egipto a sus hijos. Octaviano se negó a contestar a su antiguo rival; a Cleopatra en cambio le hizo multitud de promesas, siempre que se comprometiera a acabar con Antonio y no hiciera ningún daño ni a su tesoro ni a su propia persona. Mientras, avanzaba hacia Egipto. Cornelio Galo, a quién mandó a la Cirenaica, se apoderó de Paretonio, llave del Egipto occidental, y él mismo, llegado a Asia, conquistó Pelusio, de tal forma que el reino quedó invadido al mismo tiempo por el este y el oeste.

Por fin, a última hora, Antonio se decidió a moverse tras un período prolongado de depresión e inactividad. Al saber que el enemigo se acercaba a la misma Alejandría, el antiguo triunviro, desesperado, reunió a sus ya escasas y esparcidas tropas y se preparó para la defensa. Un pequeño triunfo obtenido por su caballería le infundió nuevo valor y el propósito de combatir a Octaviano por tierra y mar, pero en el día del combate la flota y la caballería egipcias se pasaron a Octaviano, y la infantería, mermada, no tardó en ser derrotada. Tras la derrota y la deserción, Antonio recibió además la noticia, quizás intencionada, de que Cleopatra, encerrándose en su mausoleo con sus tesoros, había tomado veneno y había muerto. Conmovido por su ejemplo, Antonio se suicidó arrojándose sobre su espada. Mientras aún estaba en agonía, supo que la reina vivía y pidió ser llevado a su lado, muriendo en sus brazos. Al mismo tiempo, Octaviano entraba en Alejandría aquel 1 de agosto. Queriendo capturar a Cleopatra viva, le renovó las promesas de Samos hasta convencerla de abandonar su mausoleo y regresar a palacio. Cuando acudió a visitarla, la halló rodeada de recuerdos de Julio César, y la oyó hablar con entusiasmo de la gloria de éste y de cuánto la había amado; esperaba quizás conmover o fascinar al joven conquistador. Pero no obtuvo de Octaviano más que respuestas frías e indiferentes. Así pues, cuando Dolabella la anunció que en tres días debería ser conducida a Roma, Cleopatra decidió suicidarse. Fue hallada una mañana en su lecho, vestida de reina, con dos esclavas a sus pies, también muertas. Circularon muchos rumores sobre la causa de su muerte, desde la mordedura de un áspid a que el propio Octaviano la hizo ejecutar. El vencedor ordenó enterrar a los dos amantes juntos, en Alejandría. Antes, Ptolomeo Cesarión, supuesto hijo de Cleopatra y de Julio César, y Antilo, hijo primogénito de Antonio con Fulvia, fueron ejecutados. Los hijos supervivientes de la reina -Cleopatra Selene, Alejandro Helios y Ptolomeo Filadelfo- serían criados por la viuda romana de Antonio, Octavia, la hermana del conquistador de Egipto.

*Fotografía 1: Tetradracma con Cleopatra en el anverso y Marco Antonio en el reverso.
*Fotografía 2: La batalla de Actium según Lorenzo A.Castro
*Fotografía 3: Retrato de Marco Vispanio Agripa, el gran artífice de Actium, en el Museo del Louvre, en París.
*Fotografía 4: Denario acuñado por el futuro Augusto que celebra la conquista de Egipto.
*Fotografía 5: "Cleopatra sostiene a Marco Antonio mientras muere", de Alexander Bida. Ilustración de finales del siglo XIX para el acto IV, escena 15, de Antonio y Cleopatra, en una colección recopilatoria de la obra de Shakespeare
*Fotografía 5: "La muerte de Cleopatra", de Juan Luna, 1881



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jueves, 15 de octubre de 2015

Marco Antonio en Oriente

Depuesto Lépido y disuelto el Segundo Triunvirato -ver artículo anterior Segundo Triunvirato (III Parte): La Guerra contra Sexto Pompeyose encontró Octaviano al frente de 45 legiones, la fuerza militar más grande de la República romana. Sin embargo, apenas tuvo tiempo de celebrar nada: sus soldados no tardaron en pedir recompensas iguales a las que se entregaron a los veteranos después de la batalla de Filipos -ver artículo anterior Segundo Triunvirato (I Parte): La Batalla de Filipos-: Octaviano les ofreció honores, que rehusaron de inmediato para declararse en rebelión, obligando al heredero de César a dar a cada individuo 2.000 sestercios. Sofocado así el tumulto, hizo Octaviano salir de las filas a los esclavos tránsfugas del ejército de Pompeyo, esparcidos entre las legiones, y los restituyó a sus antiguos amos: eran 3.000. Los que no quisieron declarar el nombre de sus amos, fueron mandados a las poblaciones de la que habían huido, siendo ejecutados en ellas: fueron más de 6.000 los que padecieron este destino. Arregladas las cosas en Sicilia tras la victoria sobre Sexto Pompeyo, y enviado Statilio Tauro a tomar posesión de las provincias de África arrebatadas a Lépido, Octaviano regresó a Roma. El Senado lo recibió en las puertas de la ciudad; antes de pasarlas quiso el vencedor hacer oír su palabra imperial a los senadores y el pueblo, sin duda para acostumbrar a ambos a recibir sus mandatos. No escatimó promesas y regalos: prometió al pueblo la paz y la clemencia para el futuro, y consolidó el presente condonando el resto de los tributos impuestos para los gastos de las últimas guerras. No aceptó sin embargo nada más que los más modestos de los honores que el Senado le decretaba, ni permitió que al pie de la estatua que se le había erigido en el Foro se pusiera otra inscripción que no fuera: "A César, restaurador de la paz por tierra y por mar". Asimismo, sabiendo que la seguridad pública es elemento necesario a la estabilidad de un nuevo orden de cosas, procuró el exterminio de las bandas de criminales que infestaban Italia, creando para la protección de las propiedades las cohortes vigiles; lo que le dio en breve gran popularidad, a la cual contribuyó él también anunciando que, al volver Antonio de la guerra contra los partos, ambos depondrían el triunvirato. Halagado el pueblo con esta promesa, saludó a Octaviano como su protector, le confirió la inviolabilidad tribunicia y le regaló un edificio público.

Mientras Octaviano ganaba así las simpatías populares, Marco Antonio, por sus derrotas militares y aún más por su escandalosa vida privada, se acarreaba el público desprecio y ofrecía a su antiguo aliado y cuñado la forma propicia de conseguir su ruina. Tras la firma del Tratado de Tarento, Antonio volvió a Oriente para acabar de forma definitiva con los partos -ver artículo anterior Segundo Triunvirato (III Parte): La Guerra contra Sexto Pompeyo-, en una campaña que hasta ese momento sus legados habían llevado a cabo con bastante éxito: C.Sosio arrojó a los partos de Siria y se apoderó de Jerusalén; Craso venció a los albanos y a los iberos, sus aliados; pero los mayores triunfos fueron los obtenidos por P.Ventidio, que en el año 39 a.C. derrotó, en la falda del monte Tauro, a un ejército parto, cuyo jefe, Labrino, caído en manos del gobernador de Chipre, fue ejecutado por éste. Asia quedó libre con esta victoria, que determinó también la posesión de Cilicia y del camino de Siria. Al año siguiente Ventidio derrotó por segunda vez a los partos y mató a su nuevo jefe, Pacoro, hijo del rey Orodes; después de esta segunda derrota, los partos cruzaron de regreso el Éufrates, dejando libre toda el Asia Menor. En Atenas, entregado por completo al ocio más desenfrenado, Antonio supo de los grandes triunfos de su legado, y los celebró con juegos públicos en los que apareció vestido de Hércules. Los atenienses secundaron la vanidad del triunviro celebrando su matrimonio místico con la mismísima diosa Minerva; pero pronto tuvieron que lamentar su actitud servil, ya que Antonio pidió que a su consorte divina la acompañase una dote de 1.000 talentos. Después marchó a Asia a compartir con los suyos los beneficios de la victoria: mandó a Ventidio a Roma para que celebrase su triunfo sobre los partos y él tomó la dirección del asedio de Samosata en Armenia.

Sin embargo, frente a las victorias de Ventidio, Antonio no logró más que derrotas: Antíoco le había ofrecido 1.000 talentos para que le dejase libre aquella ciudad, y al cabo Antonio hubo de contentarse con tomar sólo 300 talentos para alejarse de ella; volvió a Atenas dejando a Sosio la dirección de Siria, perdiendo así su mejor oportunidad de conquistar Partia, la cual, tras la marcha de Ventidio, quedó por algún tiempo en la anarquía: Fraate, otro hijo del rey Orodes, había asesinado a su padre y sus hermanos para poder sentarse en el trono. Esta inusitada maldad suscitó contra el parricida tumultos y rebeliones en muchas partes del reino. Pidieron, por fin, el auxilio de Antonio contra el tirano, y Artavasde, rey armenio y tributario de los partos, fue a su campo para solicitar su alianza; pero Antonio no se entusiasmó demasiado con las invitaciones, y prefirió permanecer gran parte del año en la ciudad de Laodicea con la reina egipcia Cleopatra en medio de constantes festines. Esto permitió al nuevo rey parto Fraate restablecer el orden en su Estado y Artavasde, viendo que nada lograba de Antonio, se alió con su enemigo en secreto. De modo que, cuando Antonio salió al fin de su inanición se encontró con un enemigo formidable, mucho más que aquel al que enfrentara Ventidio. A la inferioridad de las fuerzas se añadió la traición: Artavasde consiguió llevarlo a Media donde Fraate le había preparado una trampa. Mientras Antonio se dirigía a Fraata, capital de Media, los partos derrotaron a su legado Opio Stratiano, que le seguía a cierta distancia con el bagaje y las máquinas de asedio. Emprendió Antonio entonces la retirada, y acosado constantemente por el enemigo, pisó al fin, después de veintisiete días de desastrosa marcha, la orilla del Arase. La expedición le había costado, además del bagaje y las máquinas de asedio, 20.000 infantes y 4.000 caballos. Pero estas perdidas ni le preocuparon ni le acobardaron: envió a Roma mensajeros con falsas noticias de victoria y distribuyó entre las tropas supervivientes, para contentarlas, dinero que afirmaba enviaba Cleopatra. Después, regresó a Egipto con su amante, donde permanecería, casi ininterrumpidamente, hasta el 32 a.C.

En uno de esos intervalos, Antonio emprendió una expedición a Armenia para vengarse de la traición de Artavasde. Su esposa Octavia, aún abandonada en Roma desde hacia mucho tiempo, se esforzó con todo por lograr de su hermano un auxilio de 2.000 soldados escogidos para aquella expedición, y quiso llevárselos ella misma. Sin embargo, al llegar a Atenas recibió la orden de Antonio de detenerse allí y de mandarle las tropas, con lo que Octavia volvió a Roma junto a su hermano sin volver a ver jamás a su marido. La guerra armenia acabó con la derrota, la captura y ejecución de Artavasde. Su hijo Artaxias, colocado en el trono por los contrarios al dominio romano, fue también vencido. Antonio destinaría el reino armenio a uno de sus hijos habido con la reina Cleopatra. No obstante, no dispuso sólo de los países por él conquistados, como si fueses de su propiedad personal: en las llamadas Donaciones de Alejandria, del año 32 a.C. entregó a Cleopatra y a su primogénito Ptolomeo Cesarión -que reconoció oficialmente como hijo de Julio César-, Egipto, Celesiria, Cilicia con Chipre y Creta, y la Cirenaica; a los dos hijos varones que tuvo con Cleopatra, Ptolomeo Filadelfo y Alejandro Helios, señaló los dominios asiáticos, dando al primero el reino de Siria y el Asia Menor y al segundo Armenia y los países de más allá del Éufrates. Fuera del reparto, sólo quedaba la hija habida con la reina, Cleopatra Selene. Cesarión, Filadelfo y Alejandro deberían llevar el título regio y reconocer la alta soberanía de su madre, puesta así al frente de un gran imperio oriental, cuya metrópoli, Alejandría, debría eclipsar a Roma y sucederla en el dominio del mundo.

*Fotografía 1: Áureo acuñado en Éfeso hacia el año 41 a.C. por el cuestor provincial de Marco Antonio, Marcus Barbatius Pollio, que muestra en el anverso el retrato de Marco Antonio y en el reverso el rostro de César Octaviano.
*Fotografía 2: Moneda de Fraate IV, rey de Partia, al que Marco Antonio hizo frente con tan poca fortuna
*Fotografía 3: Moneda de Artavasde II, rey de Armenia, quién traicionó a M.Antonio.
*Fotografía 4: Moneda con el retrato de Marco Antonio en el anverso y el de Cleopatra en el reverso donde celebran la conquista de Armenia y las donaciones de Alejandría.

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lunes, 12 de octubre de 2015

Premio Blogguer House 2015

Hoy me he despertado sorprendida con la noticia de que Olaya García Nos y su blog Rincón del Pasado ha otorgado a mi blog Los Fuegos de Vesta el premio Blogguer House. Lo cierto es que hasta el momento no tenía constancia de su existencia, pero al investigar un poco y descubrir de qué se trataba me he sentido muy halagada. Es una completa alegría que otros bloggeros se hayan fijado en mi trabajo y lo hayan tenido en consideración, aunque por supuesto ello no habría sido posible sin todos vosotros que habéis dedicado, aunque solo fuera un minuto de vuestro tiempo, a este blog. A esas personas, anónimas y no tan anónimas, muchas gracias por hacer posible éste y otros tantos buenos momentos que me recuerdan toda la ilusión con la que hace ya más de tres años empecé a escribir este blog y me dan fuerza y sobre todo motivos para continuar una semana más. Un abrazo enorme!!! Y larga vida a la diosa Vesta!!!

¿Qué es el Premio Blogguer House?

El Premio Blogguer House se otorga a todos aquellos que han contribuido positivamente a la blogosfera con al menos un blog actualizado regularmente y con contenido de calidad. Premia, por lo tanto, a la constancia en la publicación y a la pasión por lo que se publica.

Las normas de aceptación del Premio son las siguientes:

1-Agradecimiento público al bloguero del que se ha recibido el premio.
2-Nominación en una entrada de tu blog personal a los 10 blogueros que a tu juicio más contribuyen a la blogosfera.
3-Notificación pública a los blogueros nominados.
4-Exhibir el logotipo del premio en tu blog.

Son muchos los amigos que se esfuerzan en ofrecernos buenos contenidos en sus blogs y que me ayudan además a construir con sus geniales aportaciones el grupo de facebook Los Fuegos Romanos de Vesta, pero sólo puedo nominar a 10 y éstos son los elegidos:


Aprovecho la ocasión para anunciaros que, en la columna de la derecha, tenéis ya la posibilidad de inscribiros para recibir por email todas las novedades del blog según se publiquen.


martes, 6 de octubre de 2015

Segundo Triunvirato (III Parte): La Guerra contra Sexto Pompeyo

Roma recibió con gran alegría la firma del Tratado de Brindisi que suponía el inicio de una nueva paz entre los triunviros -ver artículo anterior El Segundo Triunvirato (II Parte): Guerra de Perugia y Paz de Brindisi-: el Senado decretó una ovación a Octaviano y otra a Antonio por haber conjurado el peligro de una nueva guerra civil, y dispensó a Octavia de su luto obligatorio de un año por la muerte reciente de su primer marido C.Claudio Marcelo para que pudiera contraer matrimonio cuanto antes con Marco Antonio. Sin embargo, la felicidad por aquella paz duró poco: Sexto Pompeyo se negó a aceptar los términos del tratado de Brindisi y abandonar Cerdeña. Octaviano, decidido a combatirlo y en cumplimiento de lo acordado en Brindisi, tuvo que imponer para lograr medios nuevos impuestos: el impuesto sobre los esclavos, creado para la guerra contra Bruto y Casio, y dejado hasta allí sin efecto, fue puesto en ejecución; se estableció también otro impuesto sobre las sucesiones. El pueblo, que ya murmuraba descontento por la carestía que la flota a las órdenes de Sexto Pompeyo había sumido a la capital, se enfureció al conocer los nuevos impuestos, llegando a poner en peligro la vida del propio Octaviano. Esta precaria situación obligó consecuentemente a buscar no la guerra, sino un nuevo acercamiento con el enemigo, para lo cual medió L.Scribonio Libón, pariente al mismo tiempo de Sexto Pompeyo y Octaviano, de quienes era suegro y cuñado respectivamente. En el Pacto del cabo Miseno, se acordó que Pompeyo retendría Sicilia, Córcega y Cerdeña, con Acaya por cinco años, a cuyo término obtendría el consulado y sería admitido en el colegio de los augures: en recompensa por el patrimonio que Antonio le había arrebatado, recibiría diecisiete millones y medio de dracmas, y todos sus amigos y aliados prófugos y proscritos, excepto los comprendidos en la ley Pedia -ver artículo anterior El Segundo Triunvirato (Primera Parte): La Batalla de Filipos-, quedaban libres para volver a Roma, devolviéndose a los primeros todos sus bienes y una cuarta parte a los segundos. Pompeyo por su parte se obligaba a retirar todas sus guarniciones de las costas de Italia, a no dar refugio a los fugitivos y a proveer de trigo a Roma. Para una mayor garantía de este tratado, su texto fue remitido a las Vestales, que debían custodiarlo, y la paz se confirmó, como ya sucediera en Bolonia y Brindisi, con un matrimonio: la hija de Pompeyo habría de casarse con M.Claudio Marcelo, sobrino de Octaviano e hijastro de Antonio.

Sin embargo, a pesar de las garantías y protestas, cada uno de los tres contratantes impidió por su parte su cumplimiento: Antonio, desde Atenas, donde se había establecido con su nueva esposa para pasar el invierno entre fiestas, escribió a Pompeyo que no le entregaría la Acaya hasta que se le pagaran ciertas sumas que aseguraba le debían los del Peloponeso. Pompeyo continuaba atacando las costas de Italia y Octaviano acabó por repudiar a su esposa Escribonia, el mismo día que daba a luz a su única hija Julia, único nexo de unión y parentesco con Pompeyo, para casarse con Livia Drusilla, cedida por su esposo T. Claudio Nerón con el consentimiento de los pontífices, a pesar de estar embarazada de seis meses de su primer marido en el momento de la boda. Octaviano fue aún más lejos: intentó ganarse al almirante de Pompeyo, el liberto Mena, quién le entregó traidoramente Córcega y Cerdeña junto a tres legiones y una escuadra. Pompeyo, enfurecido, entró en Campania, saqueando y devastando ciudades y tierras. Octaviano llamó a Brindisi a los otros dos triunviros para conferenciar y decidir con ellos, pero Lépido no acudió y Antonio no llegó el día fijado, notificando por carta a Octaviano que no aprobaba la guerra y exhortándole a permanecer fiel al pacto de Miseno: extraño consejo por parte de quién había sido el primero en no seguirlo. Debió por tanto Octaviano hacer frente sólo a la amenaza: organizó dos flotas, dando el mando de una de ellas a L.Cornificio, y el de la otra a Calvisio Sabino y al traidor Mena, con orden de reunirse en Regio, para marchar desde allí a Sicilia; pero Pompeyo impidió la reunión enviando sin tardanza al liberto Menecrates a las costas de Tirreno con una fuerte flota. En el golfo de Cumas encontró éste a Calvisio y Mena, presentándoles batalla, cuyo resultado hubiera sido apoderarse de la flota enemiga sino hubiera muerto. Octaviano supo en la ciudad de Regio el desastre de Cumas, y se lanzó al mar con las naves de Cornificio para socorrer a sus generales: encontró en el cabo Scileo la escuadra conducida por Democrates, legado del difunto Menecrates, y obligado a aceptar el combate, fue nuevamente derrotado: al día siguiente, una tempestad acabó con el resto de sus naves.

Hundido por tantos desastres, Octaviano sintió la necesidad de pedir ayuda y envió al hábil Mecenas a Grecia para hacer regresar a Antonio. Al mismo tiempo, hizo volver de la Galia a Vipsanio Agripa para confiarle la dirección de la guerra. Agripa, valiente y modesto, rehusó el triunfo que se le ofreció como premio de su victoria sobre los rebeldes de Aquitania, pero aceptó el consulado en 37 a.C. y la dirección de la guerra contra Pompeyo. Comenzó edificando un nuevo puerto en el Mediterráneo, poniendo con comunicación el mar de Baya con los lagos Lucrino y Averno; construyó una nueva flota, y adiestró a remeros y soldados, entre los cuales se encontraban 20.000 esclavos libertados por Octaviano. Mientras en Baya se llevaban a cabo todo estos preparativos, apareció Antonio en Tarento con 300 naves, y Octaviano, recelando de su conducta y de una posible intriga con Lépido, no se mostró muy dispuesto a aceptar aquel auxilio tan inesperado como oportunamente sospechoso. No obstante, acabó aceptando, negociándose un nuevo acuerdo en Tarento con mediación de Agripa y Mecenas: Antonio pondría a su disposición 120 de sus naves para su guerra con Pompeyo, a cambio de lo cual Octaviano le entregaría cuatro legiones para la guerra contra los partos. Se renovó por otros cinco años el triunvirato, que había terminado en enero de aquel año, y Octaviano se encargó de hacer legalizar la prórroga por un plebiscito en virtud de la ley Tizia. Tampoco faltó esta vez una boda para sellar el nuevo pacto: la pequeña hija de Octaviano, Julia, de dos años de edad, fue prometida con Antilo, el hijo mayor de Antonio y su anterior esposa Fulvia. Después de aquello, y con la excusa de evitar a su esposa e hijos las molestias de seguirlo en su expedición contra los partos, pero en verdad para que no estorbaran un nuevo acercamiento con Cleopatra, envió Antonio a su familia a Roma y se separó de Octaviano, con el que no volvería a encontrarse hasta Actium.  

La guerra contra Pompeyo se emprendió con mayor vigor, aún más cuando Lépido dio noticias por fin de su persona y entró con 12 legiones y 5000 caballos en Sicilia. Tras diversos incidentes, en septiembre del 36 a.C. se llegó, entre Mile y Nauloco, a una jornada decisiva. Las fuerzas de las dos armadas se equilibraban: eran 300 naves por una y otra parte, y a su vista en la costa estaban en orden de batalla los dos ejércitos. El encuentro fue terrible, y el éxito estuvo largo tiempo incierto: al fin, la batalla se decantó por el bando de los triunviros. Pompeyo, más pirata que estratega, apenas vio asomarse la derrota, apagó el fanal de la nave almirante y, dejando sin guía a sus tropas y a los buques que tenía en Lilibea y Nauloco, se hizo a la vela con sólo 17 naves en dirección a Asia, deseoso de ganarse el favor de Antonio. Éste no desdeñó la oferta, y mandó a Mitilena, donde Pompeyo desembarcara, un oficial suyo para estipular las condiciones del pacto. Pero el enviado no tardó en darse cuenta del doble juego de Pompeyo, quién trataba al mismo tiempo con Antonio y con los partos para apoderarse con su ayuda de Asia Menor. Esta traición causó finalmente la ruina de su autor: sus amigos, hasta entonces fieles, le abandonaron, y el legado de Antonio dio muerte a Pompeyo en Mileto en 35 a.C. Acabada así la guerra pompeyana, amenazaba iniciarse otra entre Lépido y Octaviano. Pretendía Lépido que se le diera Sicilia, porque era a él a quién se habían rendido las ocho legiones que Sexto Pompeyo dejara en Mesina, con las cuales ya eran veinte las que tendría bajo su mando; pero Octaviano sabía que aquellos soldados ni amaban ni respetaban a Lépido, y pudo fácilmente sobornarlos y atraérselos. Lépido se vio de pronto sin ejército, y fue relegado a Circeo, conservando sin embargo la dignidad de pontífice máximo por la generosidad de Octaviano, que le perdonó la vida. Se puso así fin al Segundo Triunvirato.


*Fotografía 1: Áureo de Sexto Pompeyo emitido en Sicilia entre 42 a.C. y 40 a.C., en el que se titula hijo de Magno imperator y Prefecto de las costas y los mares, en un claro desafío al poder de los triunviros
*Fotografía 2: Nave romana representada en un fresco del s.I
*Fotografía 3: Nave romana representada en un fresco del Templo de Isis de Pompeya. Hoy en el Museo Archeologico di Napoli.
*Fotografía 4: Denario acuñado con la efigie de Marco Emilio Lépido como póntifice máximo