viernes, 10 de febrero de 2017

Tras las revueltas de Roma

"Galba se veía llevado de aquí para allá por el vario empuje de la fluctuante turba, mientras por doquier se llenaban las basílicas y los templos, proporcionando un lúgubre espectáculo. Y no es escuchaba voz alguna del pueblo o de la plebe, sino que los rostros estaban atónitos y los oídos atentos a todo; no había alboroto, pero tampoco tranquilidad, cual suele ser el silencio que acompaña a los grandes miedos y a las grandes iras. Sin embargo, a Otón se le anunciaba que se estaba armando a la plebe. Manda que vayan a toda prisa y que se anticipen a los peligros. Y así, unos soldados romanos, como si fueran a arrojar a Vologeses o a Pácoro de su trono ancestral de los Arsácidas, y no marcharan a degollar a un emperador inerme y anciano, tras dispersar a la plebe y pisotear al Senado, irrumpen en el Foro al galope de sus caballos" 
Tácito, Libro I, 40

Así narra la magistral pluma de Tácito, en sus Historias, el asesinato del emperador Galba como consecuencia de la hábil conspiración urdida por Marco Salvio Otón, uno de sus sucesores, en el mes de enero del 69 d.C., más conocido hoy como el Año de los Cuatro Emperadores. El anciano César, desprevenido e indolente, intenta cruzar en su litera el cada vez más atestado foro de Roma; la gente, que quizás haya escuchado rumores de lo que va a suceder a continuación, acude a contemplar el fin de su nuevo emperador con la misma disposición con la que acudiría a contemplar los juegos en el anfiteatro; quizás, incluso, muchos de ellos, descontentos con el nuevo gobierno, estén implicados en el inminente regicidio. De pronto, unos soldados, elegidos por Otón como brazo ejecutor, irrumpen sin ningún miramiento en medio de la creciente turba y la plebe, espantada, huye sin mirar atrás.

Ésta es la forma habitual de describir a los habitantes de la Urbe entre los escritores de la Antigüedad: una muchedumbre siempre ociosa, sin oficio ni beneficio alguno, que, actuando como un único ser egoísta, irracional, manipulable, corruptible y propenso a la violencia, al tiempo que se despreocupa por el bienestar del Estado y el destino de Roma, tan sólo se interesa por su propia integridad, por su diversión y por su insignificante supervivencia. Sin embargo, en una ciudad habitada por más de un millón de habitantes, como es lógico, era imposible que todos pensaran de la misma forma, que todos actuaran de la misma forma y que, por tanto, todos estuvieran a un mismo tiempo implicados en los numerosos disturbios y revueltas que conoció Roma a lo largo de su azarosa Historia. Por desgracia, sus pensamientos individuales, sus puntos de vista contrapuestos, sus diversas vivencias y hasta sus nombres se han diluido en el olvido con el paso inexorable del tiempo, y aquellas personas dispares han quedado reducidas finalmente a lo que nunca fueron, esa muchedumbre anónima, sin rostro, que Tácito tan magistralmente describió en sus obras... O no siempre. Eso es lo maravilloso de la Epigrafía.

Cuando paseamos por el Museo Arqueológico de Nápoles y contemplamos, abstraídos y -¿por qué negarlo?- embobados, las restos siempre impresionantes de las ciudades sepultadas por el Vesubio, es fácil pasar por alto piezas arqueológicas en principio menos llamativas. Es el caso de la inscripción que nos ocupa, CIL VI 29436. Se trata de una tabla de mármol hallada en algún lugar desconocido de la ciudad de Roma que contiene la breve historia de Ummidia Ge y de su esclavo o coliberto Publio Ummidio Primigenio.



Ummidiae Manes tumulus tegit 
iste simulque Primigeni vernae
quos tulit una dies nam Capitolinae
compressi examine turbae
supremum fati competire
diem

Ummidia(e) Ge et P(ublio) Ummidio Primigenio
vix(it) an(nos) XIII P(ublius) Ummidius Anoptes lib(ertus) fecit




"Este túmulo contiene el espíritu de Ummidia, así como el de Primigenio, esclavo nacido en casa, quienes nos fueron arrebatados el mismo día;
cuando ambos fueron aplastados por una turba enfurecida en la colina del Capitolio, ambos llegaron al día marcado por su destino. Para Ummidia Ge y Publio Ummidio Primigenio, quién vivió trece años. Su liberto, Publio Ummidio Anoptes, hizo (esta inscripción)"


Datada entre los años 51 y el 170 d.C. en función del tipo de letra, Ummidia y Primigenio pudieron haber contemplado la muerte de Galba en el año 69 a.C. y morir aplastados por la muchedumbre que huía del foro invadido repentinamente por soldados a caballo; pudieron caer durante los disturbios posteriores a la muerte de Nerón, durante el asalto al Capitolio por las tropas de Vitelio, al fallecer también asesinado Domiciano, o en las protestas contrarias a Cómodo. Pudieron perecer en alguna protesta por el alto precio del trigo, por algún impuesto abusivo, por alguna guerra impopular, por algún político desprestigiado, o por algún otro conflicto que nunca conoceremos... Ambos son parte de los infinitos protagonistas desconocidos de la Historia. Pero, al menos, gracias a esta inscripción tan humilde, podemos distinguirlos con algo de esfuerzo entre la densa multitud desconocida, y puesto que en la Antigüedad decir el nombre de los muertos era traerlos de nuevo a la vida, si alguna vez pasáis por Nápoles...

te rogo praeteriens dicas 
"te ruego, paseante, digas (su nombre)"




martes, 22 de noviembre de 2016

Los peligros del parto en Roma

En la antigua Roma y, en general, en todas las naciones de la Antigüedad, el deber de toda mujer libre era casarse y, sobre todo, tener la mayor cantidad posible de hijos legítimos -mejor si eran varones-, que aseguraran en un futuro muy cercano la defensa, la prosperidad y la supervivencia del Estado. Para lograrlo, las mujeres habrían de afrontar no una, sino varias veces, los múltiples peligros inherentes a todo embarazo y parto, sin más ayuda, en el caso de las más pudientes, que comadronas y parteras, incluso en algunos casos médicos que únicamente se presentarían cuando la situación ya fuera extrema, mientras que las más pobres habrían de contentarse con la ayuda de sus parientes femeninas, que no tenían más experiencia que la de haber sobrevivido a sus propios partos, cuando no debían dar a luz solas.

Con tan exigua e inexperta asistencia, muy escasos conocimientos del cuerpo femenino, reducido saber médico, facilidad para contraer infecciones y el increíble número de complicaciones -nacimiento prematuro, parto prolongado, desgarro vaginal, sufrimiento fetal por falta de oxígeno o de riego sanguíneo, problemas con el cordón umbilical, mala colocación del feto, malformaciones, alteraciones en la placenta...-  que pueden presentarse tanto en la gestación como durante el alumbramiento, no es de extrañar que existieran innumerables divinidades relacionadas con este momento tan delicado en la vida de la mujer: junto a Juno Lucina, la principal divinidad que guiaba el nacimiento, hallamos Picumno y Pilumno, hijos de Júpiter que presidían la tutela de los niños; a Vagitano, que abría la boca del recién nacido para que se produjera el primer llanto; Alemona, que alimentaba al feto durante el embarazo; Rumina, quién lo alimentaba una vez nacido; Antevorta, que asistía los partos cuando el niño venía de cabeza; Postverta, si el pequeño venía de pie: Vitumno, que le daba la vida en el momento de nacer; Cuba, que le llevaba a la cama; Cunina, quién le acunaba y lo protegía contra los malos presagios... No obstante, a pesar de toda la ayuda divina y humana que pudiera prestarse a la parturienta, la muerte como consecuencia del embarazo y el parto nunca dejó de ser la principal causa de fallecimiento entre las mujeres en edad adulta en la antigua Roma, algo de lo que ha quedado constancia en las fuentes epigráficas.

Hoy os traigo el que para mí es el testimonio más conmovedor y estremecedor de esta realidad: CIL III 9632. Hallado en Salona en el año 1884, en la provincia romana de Dalmatia (actual Solin, en la moderna Croacia), y en la actualidad en el Museo Arqueológico de Split, se trata de un sarcófago datado en el siglo IV y fragmentado en siete partes, en bastante mal estado de conservación. Desconocemos tanto el nombre de la fallecida como de aquellos que le dedicaron la inscripción -su marido, sus hijos y su yerno-, si bien la escena presentada a través de tan enternecedores versos es cuanto menos desoladora. La fallecida, madre de varios hijos adultos y casados -puede incluso que ya fuera abuela-, queda nuevamente embarazada a una edad avanzada para la época, cuarenta años, edad en la que incluso en la actualidad la gestación se considera de riesgo. Durante el parto, su último hijo muere dentro de su útero sin llegar nunca a nacer -o puede que ya hubiera muerto los meses precedentes durante la gestación- y, en consecuencia, la madre también muere.

[Heu q]uamquam las[si cunctuamur]
sca[lpere versus]
utpote qui [maesto funere con]-
[ficimur] idcircoque [omni luctus renovatur in]
ictu
audemus tamen haec [edere cum]
gemitu
ex iu[---]
[------]
[---g]e[n]itam
[huic placidam requiem tri]buat deus onmi-
[pote]ns rex
[insontique animae s]it bene post obitum
[multa tulit nimis adversi]s incommoda rebus
[infelix misero e]st fine perempta quoq(ue)
[quadraginta a]nnos postquam trans-
[egit in aevo]
[fu]nesto gravis heu triste puerperio
nequivit miserum partu depromete fetu(m)
hausta qui nondum luce peremptus abiit
adque ita tum geminas g[e]mino cum corpore
praeceps
letum ferali [transtu]lit hora an[imas]
at nos maerentes coniux natique
generque
carmen cum lacrim[is] hoc tib[i condidimus]

"¡Ay de nosotros! A pesar de que, exhaustos, dudamos de inscribir estos versos (pues, como nos ha conmovido este triste funeral, nuestra tristeza se renueva con cada golpe [¿de cincel?], todavía nos atrevemos a hacer público nuestro dolor, junto con nuestro lamento... [faltan varias palabras]... hija".
 "¡Qué Dios, rey todopoderoso, la conceda un descanso tranquilo, y esté bien dispuesto hacia su alma inocente tras su muerte!" 
"Desdichada, tuvo muchos inconvenientes en un mundo excesivamente duro, y murió también de una miserable muerte después de haber sobrevivido cuarenta años de su vida. Cuando estaba embarazada, ¡ay de nosotros! ¡la tristeza!, en un parto calamitoso fue incapaz de dar a luz, al dar a luz a su desdichada descendencia, quién se marchó, muerto, incluso antes de nacer, y así su muerte precipitó en una hora fúnebre dos almas en un solo cuerpo."
"Pero nosotros, su marido, sus hijos y su yerno, le entregamos este poema de luto junto a nuestras lágrimas"

Lo peor es lo que no nos cuenta la inscripción: en tales casos, en que el bebé fallece antes o durante el parto, el procedimiento médico a seguir era extraer el feto del interior del cuerpo de la madre cortándolo en pequeños pedazos que facilitaran su extirpación, para lo cual el cirujano contaba con forceps, espéculos tijeras y un gran número de cuchillas de diverso tamaño y forma. La decisión sobre llevar a cabo o no esta "operación" debía de tomarla el padre, quién debía por tanto elegir entre permitir que desmembraran a su hijo con la ténue esperanza de salvar a su esposa o bien dejar morir a ambos. En caso de elegir la primera opción, y en un momento en que no existían analgésicos, sedantes o calmantes, podemos imaginar el sufrimiento tanto psicológico como sobre todo físico que se causaba a la madre y la facilidad con la que se producían infecciones y hemorragias. Así pues, no es de extrañar que la familia de la fallecida en su inscripción funeraria calificara el parto como "calamitoso", su muerte como "miserable" y la desearan un "descanso tranquilo"

Por desgracia, la muerte de nuestra desconocida no fue el único caso de una mujer muerta durante el parto, si no que por toda la epigrafía del Imperio hallamos numerosos ejemplos. Como ya hice en la anterior entrada, En memoria del amigo más fiel, dedicada a los perros, aquí os dejo otros epitafios:

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También de Salona, en la provincia romana de Dalmatia (actual Solin, en la moderna Croacia), procede CIL III 2267, datada en el s. III


D(is) M(anibus)
Candidae coniugi bene me-
renti ann(orum) p(lus) m(inus) XXX qu(a)e me-
cum vixit ann(os) p(lus) m(inus) VII
qu(a)e est cruciata ut pari-
ret diebus IIII et non pe-
perit et est ita vita fu-
ncta Iustus conservus p(osuit)


"A los dioses Manes de Cándida, mi esposa benemérita, de más o menos treinta años, que vivió conmigo más o menos 7 años. Fue torturada por cuatro días de parto y no llegó a dar a luz. Así murió. Iustus, su compañero esclavó, colocó (esta lápida)"

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Nos trasladamos ahora a Sarnum, en la región de Latium et Campania, en la actual Italia, para leer CIL X 1112. Fue dedicada a Orestila, por su marido Evodio, quién menciona que lo hace en contra de lo prometido a los dioses en caso de no responder a sus oraciones (contra votum)

Felix Orestila qu(a)e
feliciter Crispino Evodio
nupsit puerperio vix
educta infeliciter obiit 
maritus pientiss(imus) ucsori s(uo)
b(ene) m(erenti) fecit
contra votum

"Afortunada Orestila que, en virtud de la buena suerte, estuvo casada con Crispino Evodio, murió por desgracia apenas salió del parto. Su marido piadosísimo dedica (esta lápida) a su esposa que bien lo merecía, a pesar de que sus oraciones no fueron contestadas"

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Otra inscripción de la región de Latium et Campania, pero esta vez procedente de Tusculum, es CIL X 2737

Rhanidi Sulpiciae l(ibertae)
delicio
nata brevi spatio, partu subiecta nec ante
testatur busto tristia fata Rhans
namque bis octonos nondum compleverat annos
et rapta est vitae, rapta puerperio
parentis tumulus duo funera corpore in uno
exequias geminas nunc cinis unus habet


"Para Rhanis, liberta de Sulpicia, nuestra delicio. Nacida hace poco tiempo, no acostumbrada a dar a luz antes, Rhanis da testimonio de un triste destino en su pira. Cuando aún no había completado dieciséis años, le fue arrebatada la vida en el parto. Esta tumba contiene dos almas en un solo cuerpo, esta pila alberga los restos y cenizas de dos personas"

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De nuevo viajamos, ahora a Ankara, en la provincia de Galatia (la actual Ancyra, en la moderna Turquía) para presentar nuestros respetos a CIL X 272, quién, al contrario que Rhanis, ni siquiera llegó a cumplir los dieciséis años.

D(is) M(anibus) (sa)c(rum)
Aeturniae Zotic(a)e
Annius Flavianus
dec(urialis) lictor Fufid(i)
Pollionis leg(ati) Gal(atiae)
coniugi b(ene) m(erenti) vixit
ann(is) XV mens(ibus) V
dieb(us) XVIII quae
   partu primo post 
diem XVI relicto
filio decessit


"A los dioses Manes de Aeturnia Zotica. Annio Flaviano, lictor de la decuria de Fufidio Pollio, legado de Galatia, a su esposa que bien lo merecía, quién vivió quince años, cinco meses y dieciocho días, y que murió dieciséis días después de su primer parto, dejando a su hijo atrás"

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De Mauritania Caesarensis, en concreto de Satafis (actual Ain el Kébira), procede CIL VIII 20288

D(is) M(anibus) s(acrum)
Rusticeia
Matrona
v(ixit) a(nnos) XXV
causa meae mortis partus fatu[mque malignum]
set tu desine flere mihi kariss[ime coniux]
[et] fil(ii) nostri serva com[munis amorem]
[--- ad caeli] transivit spi[ritus astra]
[---] maritae [---]

"Consagrado a los dioses Manes de Rusticeia, matrona, quién vivió 25 años. La causa de mi muerte fueron un parto y el destino rencoroso. Pero deja de llorar por mí, mi amadísimo marido, y presta atención al amor de nuestro mutuo hijo. Mi alma se ha ido a las estrellas en el cielo [faltan varias palabras, habiéndose conservado sólo "esposa"] "

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De Roma procede un nuevo poema funerario, CIL VI 28753, bastante curioso. En primer lugar, el nombre de la fallecida, Veturia Grata, no se halla en ninguna parte del texto, sino que puede formarse a partir de las primeras letras de cada línea, lo que no deja de ser un recurso muy ingenioso que nos hace pensar que el autor estaba más preocupado por la belleza del texto que por el dolor de la pérdida. Asi mismo, las dos primeras líneas pueden resultar en principio confusas ("Quizás sentarse ahora y descansar; ya que está a punto de hacer su viaje..."), hasta que se recuerda que las necrópolis romanas se ubican a lo largo de las principales vías de acceso a las ciudades; así pues, el autor se está dirigiendo a los posibles viadantes que se pararan ante el sepulcro, rogándoles lean la inscripción. Al contrario que los anteriores epitafios, Grata no murió durante el parto, sino en su octavo mes de embarazo, por causas que no se especifican



Vel nunc morando resta qui perges iter
Etiam dolentis casus adversos lege
Trebius Basileus coniux quae scripsi dolens
Vt scire possis infra scripta pectoris
Rerum bonarum (!) fuit haec ornata suis
Innocua simplex quae numquam serbabit dolum
Annos quae vixit XXI et mensibus VII
Genuitque ex me tres natos quos reliquit parbulos
Repleta quartum utero mense octavo obit
Attonitus capita nunc versorum inspice
Titulum merentis oro perlegas libens
Agnosces nomen coniugis Gratae meae

"Quizás sentarse ahora y descansar; ya que está a punto de hacer su viaje, lea de los giros adversos del destino de alguien que está en el dolor. Yo, Trebius Basileus, he escrito esto en el dolor, para que pueden aprender de los escrito abajo directamente desde mi corazón. Ella fue decorada con los dones de la bondad, la simplicidad y la inocencia, nunca planeó ningún engaño. Vivió 21 años y siete meses y dio a luz a tres hijos míos, que ahora deja atrás. Murió, con su útero de nuevo lleno por cuarta vez, en el octavo mes (de embarazo). Atónito contempla ahora el inicio de estas líneas, lee de buena gana, te lo pido, la inscripción de quién se lo merece; así aprenderás el nombre de mi amada esposa"

lunes, 14 de noviembre de 2016

En memoria del amigo más fiel

En un oscuro rincón de la pequeña iglesia de Santa Marina, en Amalfi (Salerno, Italia), se conserva una inscripción fragmentaria, tan sólo la esquina superior derecha (38 x 28 x 5 cm) de lo que debió ser, en el s. II d.C., una hermosa lápida de mármol blanco. Hoy hablamos de CIL X 659, dedicada a Patrice, muerto con 15 años. Podríamos creer que, como la pequeña niña Junia Prócula  -ver artículo anterior La maldición tras el epitafio-, Patrice murió muy joven, demasiado joven, pero, en realidad, era ya bastante viejo y había sin duda tenido una vida feliz y plena... porque Patrice no era un ser humano. Era simplemente un perro, "un buen perro", como lo califica su amo en la inscripción funeraria que le dedicara. Como nos recuerdan, entre otros, los coloridos mosaicos localizados en el umbral de entrada de las mansiones de Pompeya, con el conocido Cave Canem- "cuidado con el perro"-, la presencia de estos animales domésticos era relativamente frecuente en los hogares romanos. Pero no eran solamente guardianes y protectores, sino un miembro más de la familia, uno muy amado, y, a su muerte, eran llorados como a un fiel amigo. Sin duda, todos los que alguna vez hemos tenido un perro, podremos recordarlo en estas palabras y comprender sin problemas todo el dolor oculto detrás de cada uno de las líneas

Portavi lacrimis madidus te nostra catella
quod feci lustris laetior ante tribus
ego mihi, Patrice, iam non dabis osculla mille
nec poteris collo grata cubare meo
tristis marmorea posuit te sede merentem
et iunxi semper manib(us) ipse meis
morib(us) argutis hominem simulare paratam
perdidimus quales, hei mihi, delicias
tu dulcis, Patrice, nostras attingere mensas
consueras, gremio poscere blanda cibos
lambere tu calicem lingua rapiente solebas
quem tibi saepe meae sustinuere manus
accipere et lassum cauda gaudente frequenter

"Te he portado en mis brazos con lágrimas, nuestro pequeño perro, como en circunstancias más felices te llevé desde hace quince años. Pero ahora, Patrice, ya no me darás mil besos, ni serás capaz de echarte afectuosamente alrededor de mi cuello. Tu eras un buen perro, y con enorme pena he puesto para ti esta tumba de mármol, y te uniré para siempre a mí mismo cuando muera. Te acostumbraste fácilmente a un humano con tus hábitos inteligentes. ¡Ay, que animal doméstico hemos perdido! Tu, dulce Patrice, tenías la costumbre de unirte a la mesa y pedirnos dulcemente comida en nuestro regazo, estabas acostumbrado a lamer con tu lengua la copa que mis manos sostenían para ti y acoger con regularidad a tu cansado amo con meneos de tu cola... "

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No se trata de un caso aislado. Por todo el territorio del antiguo Imperio romano, hallamos numerosos ejemplos de la añoranza de los romanos por sus amigos de casi toda una vida. Aquí os dejo algunos casos representativos.

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El primer ejemplo sería AE 1994, 348. Hallado en la década de 1980 en Gallicano nel Lazio (Roma), una pequeña colina cerca de la iglesia de S.Rocco, mide 43 x 38,50 x 30 cm., fue elaborado en mármol y data del s. II d.C. aproximadamente.

Aeolidis tumulum festivae
cerne catellae
quam dolui inmodice
raptam mihi praepete
fato

"He aquí la tumba de Aeolis, el pequeño perro alegre, cuya pérdida por un destino fugaz me dolió más allá de toda medida"

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AE 1994, 699 fue hallado también en Italia, en concreto en Oderzo (Treviso, en la región del Véneto), en cuyo Museo Civico Archeologico se conserva en la actualidad. Datado en el siglo III d.C., no conocemos más características físicas del epitafio y por desgracia no hemos podido encontrar tampoco ninguna foto, así que os incluimos aquí la imagen de otra inscripción dedicada igualmente al amigo más fiel del hombre, en este caso Aminnaracus, quién un día recorrió las calles de la propia ciudad de Roma (CIL VI 29895)

Hac in sede iacet post reddita fata catellus (!)
corpus et eiusdem dulcia mella tengunt
nomine Fuscus erat, ter senos apstulit annos
membraque vix poterat iam sua ferre senex
[---] verit [---]

"En este lugar yace un pequeño perro después de una vida plena, y dulce miel cubre su cuerpo (¿para preservarlo?). Su nombre era Fuscus y tenía dieciocho años. Ya apenas podía mover sus miembros en la vejez..."

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De nuevo de Italia, ahora de Recina, en la región de Piceno, encontramos CIL IX 6785, conservada en la Biblioteca Comunale de Macerata. Datada en el s. II d.C. se encuentra en la actualidad en bastante mal estado, sin duda por alguna reutilización posterior 

Raeda[r]um custos
numquam latravit
inepte nunc
silet et cineres
vindicat um-
bra suos

"Este portero no ladró nunca inadecuadamente. Ahora él está en silencio y su sombra protege sus cenizas"

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De Auch, en Aquitania, procede CIL XIII 488, dedicada a un perro llamado Myia ("Mosquito")

Quam dulcis fuit ista quam benigna
quae cum viveret in sinu iacebat
somni conscia semper et cubilis
o factum male Myia quod peristi
latrares modo si quis adcubaret
rivalis dominae licentiosa
o factum male Myia quod peristi
altum iam tenet insciam sepulcrum
nec sevire potes nec insilire
nec blandis mihi morsib(us) renides

"¡Que dulce y amable eras! Mientras estaba viva solía acostarse en mi regazo, siempre compartiendo sueño y cama. ¡Qué pena, Myia, que hayas muerto! Sólo ladraba si algún enemigo se tomaba la libertad de mentir a su amo. ¡Qué pena, Myia, que hayas muerto! Las profundidades de la tumba ahora te protegen, aunque no sabes nada al respecto. No puedes correr salvaje ni saltar sobre mí, y no desnudas los dientes con mordisquitos que no duelen"

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En recuerdo de mi pequeña y cariñosa Hima,
que este mes de noviembre debería haber cumplido 14 años. 
Aún sigo esperando que asome tu hocico cuando abro la puerta




viernes, 4 de noviembre de 2016

La maldición tras el epitafio


Tras los epitafios de Allia Potestas, (quizás el único caso documentado en la antigüedad de poliandria o matrimonio de una mujer con dos hombres), y de Luceia Optata (en que Terentius Nicomedes recriminaba a su esposa fallecida todas las malas acciones cometidas en su vida), hoy os traigo la que es sin duda una de las inscripciones más interesantes y singulares de cuantas he visto en estos últimos años de máster y doctorado. Se trata de CIL VI 20905. Con unas dimensiones de 102 x 63 x 51 cm, y tallada en un mármol de muy buena calidad, la inscripción fue hallada en Roma en circunstancias desconocidas y en fecha indeterminada, pudiendo verse en la actualidad en la Galleria degli Uffizi, de Florencia, con el número de inventario 950. Datada entre los años 75 y 100 d.C gracias al peinado de la fallecida -que presenta el típico cardado con tirabuzones de moda durante la dinastía Flavia-, tiene un programa iconográfico complejo y de muy difícil interpretación.

Además del retrato de la fallecida, en la parte superior de la cara anterior, presenta elementos decorativos comunes a otros epígrafes funerarios -como las guirnaldas de flores o la pátera y el urceus en sus laterales-, así como elementos propios, tales como cabezas de sátiros en la parte anterior -aunque también podría tratarse de la deidad sincrética Zeus Ammón- y cabezas de carnero en la cara posterior, de cuyos cuernos cuelgan las guirnaldas florales; águilas imperiales en la cara anterior-quizás una nueva referencia a Júpiter-Zeus-, y esfinges en la cara posterior; y por último, diversas escenas de caza mitológicas, en las que participan desde pequeños cupidos a grifos, aunque también encontramos palomas, conejos y ciervos. Estas referencias a la cultura egipcia, como son Zeus-Ammón o las esfinges, han hecho que en ocasiones se atribuya un origen nilótico a la pequeña Junia Prócula, cuyo epitafio aquí reproducimos:


Dis Manibus
Iuniae M(arci f(iliae) Proculae vix(it) ann(os) VIII m(enses) XI d(ies) V miseros
patrem et matrem in luctu reliquid fecit M(arcus) Iuniu[s---?]
Euphrosynus sibi et [---] e tu sine filiae et parentium in u[no ossa]
requ(i)escant quidquid nobis feceris idem tibi speres mihi crede tu tibi testis [eris]



"A los dioses Manes de Iunia Procula, hija de Marco, que vivió ocho años, once meses y cinco días, dejando en luto a sus desventurados padre y madre. Lo hizo Marco Junio Euphrosynus para si y [---]. Dejad que los huesos de los padres y de la hija descansen siempre juntos. Aquello que has hecho por nosotros será también hecho para ti, créeme"

Sin embargo, lo más interesante de CIL VI 20905 se encuentra en realidad en su parte posterior. Únicamente excavada y sin pulir, los padres de la pequeña Junia Prócula no se preocuparon de esta parte del monumento en memoria de su hija, sin duda porque iba fijado a alguna pared; no obstante alguien, sin duda ajeno a la familia, reutilizó esta parte para escribir otra cosa muy distinta.


Hic stigmata aeterna Acte liberta scripta sunt vene-
nariae et perfidae dolosae duri pectoris clavom et restem
sparteam ut sibi collum alliget et picem candentem
pectus malum commurat suum manumissa grati(i)s
secuta adulterum patronum circumscripsit et
ministros ancilla et puerum lecto iacenti
patrono abduxit ut animo desponderet solus
relictus spoliatus senex e(t) Hymno feade(m) sti(g)m(a)ta
secutis
Zosimum


"Aquí tiene grabadas para siempre sus marcas de infamia la liberta Acte, bruja, pérfida, traidora, sin corazón: ¡clavo y cuerda para que se cuelgue, y pez candente para que queme su malvado corazón! Después de haber sido desinteresadamente manumitida, se fue con un amante, engañó a su patrono y, mientras éste yacía enfermo en su lecho, le robó sus sirvientes, unas esclava y un esclavo, de manera que el anciano murió solo, abandonado y desposeído. Tengan las mismas marcas de infamia Himno y quienes se fueron con Zósimo"

Para la mentalidad romana antigua, la pequeña Junia Prócula de ocho años, al haber muerto de forma tan prematura, era susceptible de transformarse en un espectro furioso y errante que permanecería para siempre en el mundo de los vivos con la única intención de atormentarlos; o lo que es lo mismo, se convertiría en parte de los lemures o larvas, muertos especialmente maléficos y dañinos entre los que se incluyen no solamente quienes han muerto demasiado pronto, sino también aquellos que han sido asesinados o no recibieron las honras fúnebres necesarias. Aunque sin duda los desventurados padres de Junia Prócula llevaron a cabo todos los rituales funerarios exigidos por la tradición para calmar el espíritu de su amada hija y permitirla descansar en paz, no era suficiente: la niña había muerto antes de la fecha fijada para ella por las Parcas y se incluiría entre los lemures y larvas hasta el día que había sido fijado por el destino para su muerte. Aquí es donde cobra sentido la inscripción de la parte posterior. Alguien, sin duda, quiso aprovecharse de esta trágica circunstancia e intentó valerse del espíritu atormentado de Junia Prócula como catalizador de la maldición contra la liberta Acte, y sus cómplices Himno y Zósimo, mediante la inclusión de la misma en la parte posterior del monumento funerario de la pequeña. Así pues, mediante este recurso, el desconocido causante de la inscripción en la parte posterior condenó al espíritu desgraciado de una niña de ocho años a perseguir y castigar a Acte, Himno y Zósimo durante el tiempo que durara su permanencia entre los lemures o larvas, antes de poder alcanzar por fin el descanso eterno.



lunes, 24 de octubre de 2016

¡¡Ahora también estamos en la radio!!

¡Al fin se desvela el secreto! Juan Ramón Ortega Aguilera, del blog Istopia Historia, nos entrevistó hace poco tiempo para su nuevo proyecto: un programa de radio semanal de Historia en la emisora local Radio Iznájar, el cual se emite todos los Martes a las 20:00 y los Miércoles a las 13:00. Tuvimos el enorme honor de formar parte del programa inaugural, donde hablamos, como no podía ser de otra forma, del culto a la diosa Vesta, de su fuego sagrado, y de nuestras amadísimas vestales, incluyendo a nuestras tres favoritas: Pinaria, la primera sacerdotisa en sufrir el castigo del entierro en vida por romper su voto de castidad; Aquilia Severa, quién se vio obligada a traicionar sus votos contrayendo matrimonio con el infame emperador Heliogábalo; y Celia Concordia, la última vestal, resignada a contemplar el cierre definitivo del templo. El programa se emitió los pasados días 11 y 12 de octubre, y por fortuna para aquellos que no pudieron escucharlo, se colgó a continuación en Ivoox para que podáis disfrutarlo cómo y cuándo queráis. Os recomiendo que os descarguéis el programa si no lo vais a escuchar en vuestro ordenador, porque a través del móvil o de otro dispositivo de pequeño formato puede quedarse "colgado" -no siempre pasa, pero ya sabéis, más vale prevenir que curar...-. Por lo demás, disculpad cualquier error a los nervios de la primera vez y tan solo desearos que disfrutéis tanto oyéndolo como yo grabándolo. ¡¡Sin más dilación, aquí lo tenéis!!: Istopia Historia nº1 (11-10-2016)

sábado, 15 de octubre de 2016

Fulvia y Marco Antonio

PRIMERA PARTE: Fulvia, ¿a la sombra de Clodio?
SEGUNDA PARTE: Fulvia y el prometedor Curio

Viuda por segunda vez, aún más rica, todavía más influyente, dueña desde hacia años de gran parte de las bandas callejeras de Roma y madre de al menos dos hijos -Clodia, con su primer marido, y Cayo Escribonio Curio, con el segundo-, Fulvia esperó algo más de tiempo que la vez anterior para casarse de nuevo. La guerra civil que enfrentaba a César y Pompeyo -ver nuestro artículo La Guerra Civil: César o Pompeyo-, y su propia situación personal, obligaban a actuar con suma cautela, y Fulvia se limitó a observar pacientemente desde la seguridad de su hogar en Roma el desarrollo caótico de los acontecimientos. Finalmente, vencedor César en la batalla de Farsalia y nombrado dictador ya en dos ocasiones por los restos de un Senado algo amedrentado, junto con el asesinato de Pompeyo Magno en Egipto -lo que dejó al partido senatorial descabezado y desmembrado, con únicamente dos focos de resistencia en Hispania y África-, todo parecía indicar que la balanza de la Fortuna se inclinaba a favor claramente del partido cesariano, y Fulvia no tardó mucho tiempo en casarse, en el año 47 a.C., con la figura más prominente dentro del mismo, sólo por detrás de César: Marco Antonio.

Perteneciente a una familia de origen plebeyo, Marco Antonio había nacido en Roma hacía el año 83 a.C. Su padre, Marco Antonio Crético, fue un político cuanto menos mediocre en el que todos los autores destacan su avaricia e incompetencia. Nombrado pretor en el 74 a.C. -la máxima magistratura que alcanzaría-, recibió la orden de limpiar el mar Mediterráneo de la amenaza de la piratería, como paso previo a apoyar sin riesgos las operaciones militares contra Mitrídates VI del Ponto; Crético no sólo fracasó, sino que además saqueó las provincias que se suponía debía proteger y en su ataque a los cretenses, aliados de los piratas, sufrió una gran derrota que le llevó a perder la mayoría de sus naves (Diodoro Sículo, 40, 1). Sólo él se salvó del desastre tas firmar un tratado por completo desfavorable para los intereses de Roma, lo que le valió el sobrenombre sarcástico de Creticus, o "vencedor de Creta". Su abuelo, en cambio, también del mismo nombre, fue uno de los oradores más destacados de su tiempo, ocupó el consulado y la censura, y recibió en 102 a.C., un triunfo naval. Fulvia y su tercer marido, por tanto, compartían un padre fracasado con una carrera política nula, cuando no vergonzosa, que les había valido un apodo ridículo y denigrante -ver articulo anterior Fulvia, ¿a la sombra de Clodio?-, hecho tan solo contrarrestado por la fama y gloria de su abuelo y antepasados. Sin embargo, no era lo único que ambos tenían en común: también en el caso de Marco Antonio, los errores e ineptitudes del padre eran compensados por la influencia, riqueza y conexiones familiares de la madre, y como Sempronia Graca para Fulvia, Julia Antonia fue el verdadero cauce del que partió la carrera política de su hijo. Prima carnal de Julio César, lo que convertía a Antonio en sobrino segundo del dictador, contrajo matrimonio a la muerte de su primer marido con Publio Cornelio Léntulo Sura, más tarde acusado de estar involucrado en la conspiración de Catilina -ver nuestro artículo La conjuración de Catilina- y ejecutado por ello por orden de Cicerón, lo que originó la enemistad permanente entre Antonio y el orador -otro punto en común con su nueva esposa, quién ya le guardaba odio por sus ataques contra su padre y su primer marido-.

Huérfano de padre hacia los once o doce años y privado de toda figura paterna con la ejecución de su padrastro a los veinte años, no es de extrañar quizás que Marco Antonio, cuyo carácter, ya de por sí, se asemejaba más al de su padre que al de su madre o su célebre abuelo, pasara su adolescencia y sus primeros años de edad adulta vagando por Roma en compañía de sus dos hermanos, Cayo y Lucio, y varios amigos, en una especie de vida rebelde en que se hizo frecuente su presencia en tabernas, casas de apuestas y prostíbulos. Plutarco, de hecho, en su Vida de Antonio, menciona el rumor de que ya antes de cumplir los veinte años de edad, Antonio ya estaba arruinado, debiendo aproximadamente 250 talentos (unos 6 millones de sestercios), que serían asumidos por su amigo Escribonio Curio, quien más tarde, curiosamente, se convertiría en segundo marido de Fulvia. A través de Curio, Marco Antonio entró además en contacto hacia el 59 a.C. con el círculo político de su primer marido, Publio Clodio Pulcro, y sus bandas callejeras, mostrando un rápido interés por ella. La pasión que su esposa despertaba en su nuevo amigo no pasó desapercibida para Clodio, y el asunto acabaría varios enfrentamientos entre ambos. Por fortuna, Antonio puso tierra de por medio, aunque no por que ya no se sintiera atraído por Fulvia, sino porque sus muchos acreedores le empujaron a huir a Grecia en 58 a.C. Allí, aprendería retórica en Atenas y pareció reconducir su vida, siendo convocado por Aulo Gabinio, procónsul de Siria, para participar en la campaña contra Aristóbulo de Judea y más tarde, en 55 a.C, también en la campaña de Egipto, ya como prefecto ecuestre, donde destacaría en la toma de Pelusio.

De regreso a Roma, la influencia de Curio y Clodio -quién sorprendentemente a pesar de la pasión que Antonio parecía sentir por su esposa nunca le negó su amistad- acercaron a Marco Antonio al círculo de su tío abuelo Julio César, quién, en 54 a.C., le concedió un mando militar en la Guerra de las Galias, donde destacó durante el doble asedio de Alesia. Su personalidad, sin embargo, no había cambiado y los conflictos a su alrededor eran más que frecuentes; el propio César reconocía que su conducta le irritaba enormemente, pero reconocía su genio militar. De ahí que le ayudará a obtener los cargos de cuestor (52 a.C.), augur (50 a.C.) -cargo que ocuparía hasta su muerte-, y tribuno de la plebe (49 a.C.). A cambio, Antonio permaneció leal a César cuando se desencadenó la guerra civil -ver nuestro artículo El primer triunvirato-, llegando a cruzar el río Rubicón a la derecha de su tío abuelo, y, en recompensa a su lealtad, fue nombrado por el nuevo dictador como su magister equitum y administrador de Roma e Italia en su ausencia, mientras combatía a los últimos focos de resistencia pompeyana. Un año más tarde, en 47 a.C. Marco Antonio conseguía por fin a la mujer que llevaba nada menos que doce años persiguiendo, y Fulvia encontraba un nuevo marido. Juntos, tendrían dos hijos: Marco Antonio Antilo (nacido el mismo año de su matrimonio) y Julo Antonio (nacido dos años más tarde)

Sin embargo, las habilidades como administrador de Antonio fueron bastante pobres en comparación con sus claras actitudes como militar. El uso tiránico que Antonio hizo de su nuevo cargo, así como sus excesos y extravagancias y los escándalos en los que se vio envuelto con su amante Cytheris, no tardaron en provocar numerosos disturbios, hasta el punto de que la ciudad se sumió en la anarquía más total y el Senado se vio obligado a declarar un nuevo estado de excepción, que Antonio convirtió en un auténtico régimen de terror, mientras que los veteranos del ejército de César, acantonados en Campania para la próxima campaña de África, se revelaban contra el magister equitum. El propio César se vería obligado a regresar a Italia para poder tranquilizar la situación, privando a Antonio de todas sus responsabilidades políticas, lo que generó un distanciamiento entre ambos que duraría dos años, si bien no fue constante. No podemos por menos que preguntarnos si Fulvia, que debió sentirse una especie de ama de Roma al casarse con Antonio, no se sintió decepcionada al darse cuenta de sus nulas habilidades en política y la situación desfavorable, para Roma y para ellos, que sus ahora obvias escasas aptitudes habían provocado. Si fue así, no lo demostró en ningún momento, si no que, en esta ocasión, y en otras aun peores que vendrían más tarde, siempre permaneció fiel a Antonio y a sus intereses, incluso cuando él acabó por olvidarla y traicionarla. Sin duda, la pasión que Fulvia sintió por su tercer marido fue más constante e intensa que la que él experimentó nunca por ella, si bien en un primer momento el afecto de Antonio por su nueva esposa fue claro y sincero, hasta el punto de renombrar la ciudad griega de Eunemia o Eunemeia como Fulvia en su honor, o acuñar moneda con su rostro para pagar a sus tropas -convirtiéndola en la primera mujer no mitológica en aparecer en las monedas romanas-.

A este respecto, Cicerón (Filípicas, II, 77) y Plutarco (Vida de Antonio, X, 5) recogen una anécdota sin duda reveladora. Marco Antonio había partido hacia Hispania con la intención de reunirse con César, por entonces ocupado en la campaña de Munda. Sin embargo, no termina el viaje y vuelve precipitadamente sin haber ni siquiera pasado más allá de Narbona. Sobre la manera en que entra en Roma, Cicerón refiere:

            “Llegando sobre la décima hora a las Rocas Rojas entra en posada y, ocultándose de las miradas, no deja de beber hasta bien entrada la noche. Después, tras ser llevado, de forma repentinamente, a Roma en un carro, llega a su casa con la cabeza cubierta. El portero le dice: “Y tú.. ¿quién eres?”; Antonio: “Un correo de Marco Antonio”. Tras esto, es introducido con enorme celeridad dentro de su morada a la que él ha ido a ver-es decir, su esposa Fulvia- y le da una carta. Ella la lee anegada en lágrimas, pues su tono es enternecedor; en concreto esta carta la decía que, desde el mismo instante, Antonio cortaba sus relaciones con la comediante -su amante Cytheris- y le retiraba su afecto, en beneficio de su mujer. Cuanto ésta comenzó a llorar aún más fuerte, este hombre tan sensible no pudo contenerse. Descubrió su rostro y se lanzó para besar el cuello de su esposa”

Para Cicerón, tanto un hecho -el abandono del deber para con la comunidad por un único individuo, aunque éste fuera su esposa-, como otro -el sentimiento amoroso por la cónyuge- son censurables y criticables, como clara prueba de debilidad moral y de carácter; de ahí que el famoso incluya esa anécdota en sus Filípicas, una dura y agresiva invectiva contra Antonio, y use contra él cierta mordaz ironía (“tono enternecedor”, “este hombre tan sensible”), que, sin duda, buscaba provocar risa y burla. Esto no evita, no obstante, que se pueda apreciar el amor romántico que Antonio y Fulvia sentían él uno por el otro al inicio de su matrimonio.


Imágenes: Retrato de Marco Antonio, "Promise of Spring de Alma-Tadema", y moneda acuñada en Eumea con el rostro de Fulvia