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sábado, 15 de octubre de 2016

Fulvia y Marco Antonio

PRIMERA PARTE: Fulvia, ¿a la sombra de Clodio?
SEGUNDA PARTE: Fulvia y el prometedor Curio

Viuda por segunda vez, aún más rica, todavía más influyente, dueña desde hacia años de gran parte de las bandas callejeras de Roma y madre de al menos dos hijos -Clodia, con su primer marido, y Cayo Escribonio Curio, con el segundo-, Fulvia esperó algo más de tiempo que la vez anterior para casarse de nuevo. La guerra civil que enfrentaba a César y Pompeyo -ver nuestro artículo La Guerra Civil: César o Pompeyo-, y su propia situación personal, obligaban a actuar con suma cautela, y Fulvia se limitó a observar pacientemente desde la seguridad de su hogar en Roma el desarrollo caótico de los acontecimientos. Finalmente, vencedor César en la batalla de Farsalia y nombrado dictador ya en dos ocasiones por los restos de un Senado algo amedrentado, junto con el asesinato de Pompeyo Magno en Egipto -lo que dejó al partido senatorial descabezado y desmembrado, con únicamente dos focos de resistencia en Hispania y África-, todo parecía indicar que la balanza de la Fortuna se inclinaba a favor claramente del partido cesariano, y Fulvia no tardó mucho tiempo en casarse, en el año 47 a.C., con la figura más prominente dentro del mismo, sólo por detrás de César: Marco Antonio.

Perteneciente a una familia de origen plebeyo, Marco Antonio había nacido en Roma hacía el año 83 a.C. Su padre, Marco Antonio Crético, fue un político cuanto menos mediocre en el que todos los autores destacan su avaricia e incompetencia. Nombrado pretor en el 74 a.C. -la máxima magistratura que alcanzaría-, recibió la orden de limpiar el mar Mediterráneo de la amenaza de la piratería, como paso previo a apoyar sin riesgos las operaciones militares contra Mitrídates VI del Ponto; Crético no sólo fracasó, sino que además saqueó las provincias que se suponía debía proteger y en su ataque a los cretenses, aliados de los piratas, sufrió una gran derrota que le llevó a perder la mayoría de sus naves (Diodoro Sículo, 40, 1). Sólo él se salvó del desastre tas firmar un tratado por completo desfavorable para los intereses de Roma, lo que le valió el sobrenombre sarcástico de Creticus, o "vencedor de Creta". Su abuelo, en cambio, también del mismo nombre, fue uno de los oradores más destacados de su tiempo, ocupó el consulado y la censura, y recibió en 102 a.C., un triunfo naval. Fulvia y su tercer marido, por tanto, compartían un padre fracasado con una carrera política nula, cuando no vergonzosa, que les había valido un apodo ridículo y denigrante -ver articulo anterior Fulvia, ¿a la sombra de Clodio?-, hecho tan solo contrarrestado por la fama y gloria de su abuelo y antepasados. Sin embargo, no era lo único que ambos tenían en común: también en el caso de Marco Antonio, los errores e ineptitudes del padre eran compensados por la influencia, riqueza y conexiones familiares de la madre, y como Sempronia Graca para Fulvia, Julia Antonia fue el verdadero cauce del que partió la carrera política de su hijo. Prima carnal de Julio César, lo que convertía a Antonio en sobrino segundo del dictador, contrajo matrimonio a la muerte de su primer marido con Publio Cornelio Léntulo Sura, más tarde acusado de estar involucrado en la conspiración de Catilina -ver nuestro artículo La conjuración de Catilina- y ejecutado por ello por orden de Cicerón, lo que originó la enemistad permanente entre Antonio y el orador -otro punto en común con su nueva esposa, quién ya le guardaba odio por sus ataques contra su padre y su primer marido-.

Huérfano de padre hacia los once o doce años y privado de toda figura paterna con la ejecución de su padrastro a los veinte años, no es de extrañar quizás que Marco Antonio, cuyo carácter, ya de por sí, se asemejaba más al de su padre que al de su madre o su célebre abuelo, pasara su adolescencia y sus primeros años de edad adulta vagando por Roma en compañía de sus dos hermanos, Cayo y Lucio, y varios amigos, en una especie de vida rebelde en que se hizo frecuente su presencia en tabernas, casas de apuestas y prostíbulos. Plutarco, de hecho, en su Vida de Antonio, menciona el rumor de que ya antes de cumplir los veinte años de edad, Antonio ya estaba arruinado, debiendo aproximadamente 250 talentos (unos 6 millones de sestercios), que serían asumidos por su amigo Escribonio Curio, quien más tarde, curiosamente, se convertiría en segundo marido de Fulvia. A través de Curio, Marco Antonio entró además en contacto hacia el 59 a.C. con el círculo político de su primer marido, Publio Clodio Pulcro, y sus bandas callejeras, mostrando un rápido interés por ella. La pasión que su esposa despertaba en su nuevo amigo no pasó desapercibida para Clodio, y el asunto acabaría varios enfrentamientos entre ambos. Por fortuna, Antonio puso tierra de por medio, aunque no por que ya no se sintiera atraído por Fulvia, sino porque sus muchos acreedores le empujaron a huir a Grecia en 58 a.C. Allí, aprendería retórica en Atenas y pareció reconducir su vida, siendo convocado por Aulo Gabinio, procónsul de Siria, para participar en la campaña contra Aristóbulo de Judea y más tarde, en 55 a.C, también en la campaña de Egipto, ya como prefecto ecuestre, donde destacaría en la toma de Pelusio.

De regreso a Roma, la influencia de Curio y Clodio -quién sorprendentemente a pesar de la pasión que Antonio parecía sentir por su esposa nunca le negó su amistad- acercaron a Marco Antonio al círculo de su tío abuelo Julio César, quién, en 54 a.C., le concedió un mando militar en la Guerra de las Galias, donde destacó durante el doble asedio de Alesia. Su personalidad, sin embargo, no había cambiado y los conflictos a su alrededor eran más que frecuentes; el propio César reconocía que su conducta le irritaba enormemente, pero reconocía su genio militar. De ahí que le ayudará a obtener los cargos de cuestor (52 a.C.), augur (50 a.C.) -cargo que ocuparía hasta su muerte-, y tribuno de la plebe (49 a.C.). A cambio, Antonio permaneció leal a César cuando se desencadenó la guerra civil -ver nuestro artículo El primer triunvirato-, llegando a cruzar el río Rubicón a la derecha de su tío abuelo, y, en recompensa a su lealtad, fue nombrado por el nuevo dictador como su magister equitum y administrador de Roma e Italia en su ausencia, mientras combatía a los últimos focos de resistencia pompeyana. Un año más tarde, en 47 a.C. Marco Antonio conseguía por fin a la mujer que llevaba nada menos que doce años persiguiendo, y Fulvia encontraba un nuevo marido. Juntos, tendrían dos hijos: Marco Antonio Antilo (nacido el mismo año de su matrimonio) y Julo Antonio (nacido dos años más tarde)

Sin embargo, las habilidades como administrador de Antonio fueron bastante pobres en comparación con sus claras actitudes como militar. El uso tiránico que Antonio hizo de su nuevo cargo, así como sus excesos y extravagancias y los escándalos en los que se vio envuelto con su amante Cytheris, no tardaron en provocar numerosos disturbios, hasta el punto de que la ciudad se sumió en la anarquía más total y el Senado se vio obligado a declarar un nuevo estado de excepción, que Antonio convirtió en un auténtico régimen de terror, mientras que los veteranos del ejército de César, acantonados en Campania para la próxima campaña de África, se revelaban contra el magister equitum. El propio César se vería obligado a regresar a Italia para poder tranquilizar la situación, privando a Antonio de todas sus responsabilidades políticas, lo que generó un distanciamiento entre ambos que duraría dos años, si bien no fue constante. No podemos por menos que preguntarnos si Fulvia, que debió sentirse una especie de ama de Roma al casarse con Antonio, no se sintió decepcionada al darse cuenta de sus nulas habilidades en política y la situación desfavorable, para Roma y para ellos, que sus ahora obvias escasas aptitudes habían provocado. Si fue así, no lo demostró en ningún momento, si no que, en esta ocasión, y en otras aun peores que vendrían más tarde, siempre permaneció fiel a Antonio y a sus intereses, incluso cuando él acabó por olvidarla y traicionarla. Sin duda, la pasión que Fulvia sintió por su tercer marido fue más constante e intensa que la que él experimentó nunca por ella, si bien en un primer momento el afecto de Antonio por su nueva esposa fue claro y sincero, hasta el punto de renombrar la ciudad griega de Eunemia o Eunemeia como Fulvia en su honor, o acuñar moneda con su rostro para pagar a sus tropas -convirtiéndola en la primera mujer no mitológica en aparecer en las monedas romanas-.

A este respecto, Cicerón (Filípicas, II, 77) y Plutarco (Vida de Antonio, X, 5) recogen una anécdota sin duda reveladora. Marco Antonio había partido hacia Hispania con la intención de reunirse con César, por entonces ocupado en la campaña de Munda. Sin embargo, no termina el viaje y vuelve precipitadamente sin haber ni siquiera pasado más allá de Narbona. Sobre la manera en que entra en Roma, Cicerón refiere:

            “Llegando sobre la décima hora a las Rocas Rojas entra en posada y, ocultándose de las miradas, no deja de beber hasta bien entrada la noche. Después, tras ser llevado, de forma repentinamente, a Roma en un carro, llega a su casa con la cabeza cubierta. El portero le dice: “Y tú.. ¿quién eres?”; Antonio: “Un correo de Marco Antonio”. Tras esto, es introducido con enorme celeridad dentro de su morada a la que él ha ido a ver-es decir, su esposa Fulvia- y le da una carta. Ella la lee anegada en lágrimas, pues su tono es enternecedor; en concreto esta carta la decía que, desde el mismo instante, Antonio cortaba sus relaciones con la comediante -su amante Cytheris- y le retiraba su afecto, en beneficio de su mujer. Cuanto ésta comenzó a llorar aún más fuerte, este hombre tan sensible no pudo contenerse. Descubrió su rostro y se lanzó para besar el cuello de su esposa”

Para Cicerón, tanto un hecho -el abandono del deber para con la comunidad por un único individuo, aunque éste fuera su esposa-, como otro -el sentimiento amoroso por la cónyuge- son censurables y criticables, como clara prueba de debilidad moral y de carácter; de ahí que el famoso incluya esa anécdota en sus Filípicas, una dura y agresiva invectiva contra Antonio, y use contra él cierta mordaz ironía (“tono enternecedor”, “este hombre tan sensible”), que, sin duda, buscaba provocar risa y burla. Esto no evita, no obstante, que se pueda apreciar el amor romántico que Antonio y Fulvia sentían él uno por el otro al inicio de su matrimonio.


Imágenes: Retrato de Marco Antonio, "Promise of Spring de Alma-Tadema", y moneda acuñada en Eumea con el rostro de Fulvia

viernes, 12 de agosto de 2016

Fulvia y el prometedor Curio

PRIMERA PARTE: Fulvia, ¿a la sombra de Clodio?

La turba enfurecida que se hizo con el cuerpo de Clodio para incendiarlo en el mismo foro y prender a continuación fuego a la Curia no fue sino el preludio de lo que vendría después. Roma se sumió en el caos más absoluto y la violencia se apoderó de las calles. El Senado se vio obligado finalmente a decretar el estado de excepción mediante un senatusconsultum ultimum por el que Pompeyo, en su calidad de procónsul, fue nombrado cónsul único -lo que es una muestra clara de la anormalidad de la situación-, recibiendo como tal poderes para reclutar tropas en Italia con el único fin de restablecer el orden, lo que lograría en apenas en mes -ver nuestro artículo anterior El primer triunvirato-. Pompeyo, además, promovería una amplia legislación en la que atendió, sobre todo, a frenar la causa de los desórdenes recientes, es decir, los métodos anticonstitucionales de lucha electoral en los que Clodio había destacado tanto, mediante la promulgación de leyes contra la corrupción y la violencia. Tomó también medidas para atajar los motivos de la corrupción electoral: la carrera por las magistraturas y el enriquecimiento que su ejercicio posibilitaba. Entre otras cláusulas, establecía que el gobierno de una provincia sólo podía ser ejercido por ex cónsules y ex pretores durante los cinco siguientes años a la finalización del cargo. Esta cuestión perjudicaba claramente a César, pues en pocas semanas -en concreto, el 1 de marzo del año 50 -finalizaba su mando en las Galias y, gracias a la nueva legislación de Pompeyo, corría el peligro de ser destituido e, incluso, juzgado. Entre una más que posible condena y el exilio, César escogió la rebelión, desatando una nueva guerra civil -ver nuestro artículo anterior La Guerra Civil: César o Pompeyo-

Mientras, Fulvia no había permanecido inactiva. Viuda, rica, bastante influyente, querida por la plebe, idolatrada por la factio popular del Senado y dueña absoluta de las bandas callejeras de Clodio, era obvio que no tardaría mucho en situarse nuevamente en la escena política mediante un nuevo matrimonio con algún otro político emergente, y así fue. Al año siguiente al asesinato de su primer marido, Fulvia estaba nuevamente casada, esta vez con Cayo Escribonio Curio. Buen amigo de Clodio y de Marco Antonio, Curio sin embargo se había alistado desde el principio de su cursus honorum en las filas de la factio optimate conservadora del Senado, hasta el punto de intercambiar correspondencia con Cicerón -quién veía en él un claro defensor de las ideas más tradicionales de la política y la moral romana y le consideraba una de las grandes esperanzas de la factio-, y destacar por sus ataques encarnizados contra César, uno de los líderes de la factio popular. Con semejantes ideales y relaciones, cuesta entender porque Fulvia se interesaría por alguien como Curio, y porque Curio se interesaría en alguien como Fulvia. Sin duda, la influencia, riqueza y conexiones de ella debieron de pesar en la elección de él, y la prometedora carrera de él en la decisión de ella: destacado enemigo del triunvirato, pretor en 54 a.C., procuestor de Asia en 53 a.C., y pontífice el mismo año de su boda con Fulvia -51 a.C.-, Curio parecía destinado al éxito.... y Fulvia no tardaría mucho en ayudarle a lograrlo.

Al estallar la guerra civil, todo parecía indicar que Curio, quién se había mostrado siempre como "un furibundo anticesariano" (Aulo Hircio, libro VIII, cap.52.4) y había sido el único en plantar cara a César durante su consulado, permanecería por entero fiel a la factio optimate, por lo que Pompeyo le nombró tribuno. No obstante, apenas hubo César demostrado sus posibles intenciones, Curio cambió de bando. El cambio está documentado en las cartas entre Cicerón, entonces en Laodicea, y su protegido Marco Celio Rufo, quién será el que le dé la noticia en mayo (Cicerón, A los amigos, 8.6). Tradicionalmente se ha considerado que la decisión de Curio estaba motivada porque César, quién había obtenido considerables riquezas durante la Guerra de las Galias, había pagado las muchas deudas de un derrochador Curio (Casio Dio, XL, 30), pero ¿por qué Curio recurriría a la caridad de César cuando contaba con las enormes riquezas de su nueva esposa? Sin duda, fue Fulvia quién convenció a su nuevo marido de las ventajas de abandonar la factio optimate, liderada por Pompeyo, por la factio popular, encabezada por César, a la que ella siempre se había mostrado tan adepta. Curio además, como otros jóvenes aristócratas del momento, debió considerar a César no solo como la apuesta más segura, sino también como un medio para lograr un rápido ascenso.

Curio tuvo la suficiente habilidad para que el cambio no fuese totalmente descarado, de manera que se esforzó por dar una imagen de neutralidad en el conflicto, dejando paulatinamente de lado sus ataques contra César. Finalmente, para marcar la ruptura entre él y el partido pompeyano, propuso algunas leyes que sabía que no podrían ser llevadas a cabo. Al rechazar sus planes, le dieron la excusa que necesitaba para abandonar a sus antiguos aliados, por lo que no dudó en vetar, en calidad de tribuno, la posible destitución de César, propuesta en marzo del 50 a.C. Con todo, Curio sería uno de los últimos políticos en pedir a César y Pompeyo una reconciliación, así como que ambos, y no sólo César, destituyeran de sus mandos al frente de sus respectivas legiones. Semejante propuesta le hizo temer por su seguridad, por lo que marchó a Rávena, donde se reuniría con César, acampado con la Legio XIII, y le instaría a avanzar inmediatamente hacia Roma. César se negó, confiado aún en un fin pacífico al conflicto; no obstante, éste no podía tardar mucho en estallar. La carta que llevó Curio al Senado de parte de César, poco después del acceso de Marco Antonio al tribunado de la plebe, en que afirmaba que si Pompeyo conservaba su mando él no abandonaría el suyo, sino que iría rápido y vengaría los errores, fue considerada una declaración de guerra. Metelo Escipión, suegro de Pompeyo, no tardaría en proponer la declaración de enemigo público para César. Sólo Curio y Marco Celio Rufo se opusieron a ello, y Antonio, como tribuno, vetó la moción. La consecuencia inmediata fue la disolución del Senado ante la oposición de los cónsules al veto. Poco después, César fue depuesto y Pompeyo declarado protector de Roma. Los tribunos Casio y Marco Antonio, junto con Curio, huyeron de inmediato junto a César, otorgándole a éste la excusa perfecta para convencer a sus legiones de un golpe de Estado y de la necesidad de que él, César, reinstaurara la República con su ayuda.

A partir de ese momento, Curio pasó a actuar directamente a las órdenes de César, encargándose en un primer momento de reunir las tropas estacionadas en Umbría y Etruria. Con las tres cohortes acantonadas en Rimini y Pisauro bajo su mando, Curio recuperó Iguvio para César, lo que le valió su nombramiento como propretor de Sicilia y África. Marcharía de inmediato a Sicilia para sustituir en el mando al pompeyano Catón, cuyas fuerzas aplastaría rápidamente, obligándole a pasar a África. César envió entonces a Curio a África con el fin de detener al rey Juba I de Numidia, partidario de Pompeyo, y al general pompeyano Publio Atio Varo; para ello, le otorgó el mando de dos legiones, doce barcos de guerra y varios barcos de carga. Llegado a Útica, puso en fuga a un cuerpo de la caballería númida y alcanzó el éxito contra Atio Varo en la batalla de Útica, lo que le valió que sus tropas le saludaran como Imperator. Fulvia, sin duda, al conocer la noticia, debió creer sus ambiciones colmadas. Sin embargo, su alegría no duró mucho: la deserción minó poco a poco las fuerzas de Curio y su marido cayó en una trampa tendida para él por el rey Juba en las cercanías del río Bagradas. Derrotado, no tuvo más remedio que retirarse a una zona alta, acosado por la fatiga, el calor y la sed. El enemigo cruzó el río y Curio guió su ejército abajo, hacia la llanura. La caballería númida no tardó en rodearle. Gneo Domicio, prefecto de su caballería, instó a Curio a salvarse mediante una huida rápida al campamento, pero Curio se negó, alegando que no podría mirar a César a la cara si perdía el ejército que éste le confiara. Así, luchó junto a su ejército hasta la muerte (Cesar, Guerra Civil, libro II, cap. XLII). Su cabeza fue cortada y llevada al rey Juba (Apiano, Guerras Civiles, Libro II, cap.46)

Fulvia quedaba viuda de nuevo en 49 d.C. después de apenas dos años de matrimonio y un hijo en común de mismo nombre que su padre, Cayo Escribonio Curio -a quién Augusto ordenará ejecutar tras la victoria en Actium-. Más rica aún que antes de su segunda boda, Fulvia no tardaría en cotizarse de nuevo entre los cesarianos y populares, y esta vez, elegiría con mucho cuidado. Con su tercer marido, la carrera política de Fulvia alcanzaría por fin su punto álgido.


Fotografías: Retratos de Gneo Pompeyo Magno, Cayo Julio César y Juba I de Numidia

martes, 2 de agosto de 2016

Fulvia ¿a la sombra de Clodio?

Denostada por los historiadores de su época y olvidada por la posteridad, la imagen de Fulvia, tercera esposa de Marco Antonio, de quién Veleyo Patérculo (I, 74, 2) llegó a afirmar que "no tenía de mujer más que su sexo", fue construida en la literatura augústea por oposición a Octavia, cuarta esposa de Marco Antonio y hermana del propio Augusto, presentada en la propaganda y en la política moral del Principado, junto a su cuñada Livia, como la encarnación viviente de los mejores y más puros ideales de matrona romana  -ver nuestro artículo El arquetipo de esposa romana según la literatura latina-. Los diversos autores al servicio del régimen imperial elaboraron en sus escritos la contraposición Octavia/Fulvia, dos imágenes de la mujer romana incompatibles y mutuamente excluyentes, reflejo de dos realidades distintas y contemporáneas definidas mediante su completa y absoluta oposición a la contraria, sin que existiera una mínima posibilidad de un término medio entre ambas, un punto de unión o un nexo en común. De acuerdo con este deliberado sistema de opuestos, para que las virtudes de Octavia resultaran aún más extraordinarias y la distinguieran de la totalidad de las matronas, sirviendo de esta forma de ejemplo edificante para las mismas, la imagen de Fulvia hubo de adaptarse a todos y cada uno de los estereotipos negativos existentes sobre la mujer. Se convirtió, tras su muerte, en la manifestación tangible de la llamada impotentia muliebris: una mujer incapaz de controlarse, carente de todo sentido de la medida, desprovista de toda virtud, privada de la razón y dominada por entero por las pasiones; una mujer, en definitiva, débil moralmente e inclinada siempre hacia el mal, cuya naturaleza "incivilizada", similar a la de bárbaros y bacantes, no pudo ser sometida ante la ausencia de un padre o de un marido con auténtica autoridad -ver nuestro artículo Vicios y defectos de la mujer romana en la literatura latina: la "impotentia muliebris"-.

Sin embargo, ¿QUIÉN FUE REALMENTE FULVIA?

Nacida como Fulvia Flacca Bambalia a finales de la década de los 80 o inicios de la década de los 70 del siglo I a.C., era la única descendiente de Marco Fulvio Flacco Bambalio y Sempronia Graca. Aunque procedente de familia plebeya, contaba con varios cónsules entre sus antepasados. Su propio abuelo, Marco Fulvio Flaco, había ocupado la máxima magistratura en 125 a.C., siendo conocido por su apoyo incondicional a Tiberio y Cayo Sempronio Graco -ver nuestro artículo Las reformas de los hermanos Graco-. Su padre, no obstante, nunca destacó en el Senado debido a su tartamudez o como mínimo cierta vacilación al hablar, un defecto que provocaría que Cicerón le apodara "Bambalio", del griego bambulein ("tartamudez"); ello generó en la pequeña Fulvia cierto odio hacia el orador que no haría más que incrementarse con el paso de los años y los hechos posteriores. Por parte de su madre, Sempronia, era nieta de Cayo Graco, sobrino-nieta de Tiberio Graco, descendiente de la gens Licinia y la gens Claudia, del gran Publio Cornelio Escipión Africano y del general Lucio Emilio Paulo Macedónico. Gozaba Fulvia, por lo tanto, de una célebre, reputada e idolatrada ascendencia, de estupendas conexiones familiares con los más prominentes y antiguos linajes de la aristocracia romana, además del cariño incondicional de la plebe y el favor perpetuo de la factio popular del Senado -ver nuestro artículo Cayo Mario y los populares-, en su calidad de última descendiente viva de los hermanos Graco, los cuales habían alcanzado ya, para estos grupos, la categoría de héroes y mártires por la causa. A esta influencia y prestigio evidentes se añadiría, en el año 63 a.C. con la muerte de su madre, la enorme fortuna de los Graco. Todo ello convirtió a Fulvia en un partido muy solicitado y no pasó mucho tiempo antes de contraer su primer matrimonio, con Publio Clodio Pulcro

Perteneciente a la rica familia patricia de los Claudii Pulchrii, su marido había adoptado la pronunciación en latín vulgar de su nomen, Clodius, en un intento de ganarse a las clases bajas y de acercarse a la factio popular del Senado. Su carrera política, sin embargo, había comenzado de forma bastante mediocre. Había luchado a las órdenes de su cuñado Lucio Licinio Lúculo en la Tercera Guerra Mitridática contra Mitrídates VI del Ponto hasta que, considerándose tratado con poco respeto, instigó una revuelta entre los soldados. Otro cuñado, Quinto Marcio Rex, gobernador de Cilicia, le otorgaría el mando de su flota, hasta que acabó siendo capturado por los piratas. Tras su liberación marchó a Siria, donde estuvo a punto de perder la vida en un motín del que posiblemente fuera instigador. A su regreso a Roma en 65 a.C., procesó a Catilina por extorsión, pero sobornado por éste, le obtuvo la absolución -ver nuestro artículo La conjuración de Catilina-. En diciembre del año 62 a.C., menos de un año después de su boda con Fulvia, Clodio estaría también implicado en el gran escándalo de los Misterios de Bona Dea, en los que vestido como mujer -puesto que estaba prohibida la presencia de los hombres- entró en la Regia, hogar de Julio César en su calidad de pontifex maximus y lugar de la celebración de los misterios, con la intención, al parecer, de encontrarse en secreto con Pompeya Sila, esposa de César. Fue descubierto por una esclava y llevado rápidamente a juicio, pero evitaría la condena sobornando al jurado (Cicerón, Cartas a Ático, 1, 16). Las violentas declaraciones públicas que hiciera Cicerón contra él durante su juicio originaron en Clodio el enconado odio que sentiría el resto de su vida hacia el orador, y no hicieron más que reafirmar y acrecentar el rencor que Fulvia ya sintiera hacia él desde la infancia.

No obstante, a partir del año 61 a.C., todo comenzó a cambiar y la carrera hasta entonces mediocre de Clodio de repente inició un ascenso imparable. A su regreso de Sicilia, donde había sido designado cuestor, Clodio renunció a su rango patricial. Tras lograr el consentimiento del Senado fue adoptado por un tal Publio Fonteyo, miembro de una rama plebeya de su propia familia en 59 a.C. De esta forma, pudo optar y conseguir el cargo de tribuno de la plebe, al que no hubiera podido acceder siendo patricio. Con el apoyo de César, Pompeyo y Craso, que sin duda le consideraban un simple instrumento de sus intereses -ver nuestro artículo El primer triunvirato-, su primera acción como tribuno fue llevar a cabo una serie de leyes para ganarse el apoyo popular: distribuyó grano de forma gratuita durante un mes, aprobó medidas para aumentar el poder de las asambleas populares, prohibió a los censores excluir a cualquier ciudadano para el Senado, y a los senadores infligir cualquier castigo a un sospechoso hasta que hubiera sido acusado públicamente y condenado -lo que llevó a Cicerón al exilio-, y, sobre todo, restableció los collegia, en los que basaría su poder.  Se trataba de bandas armadas, dirigidas por un cabecilla, que, bajo la máscara de asociaciones de carácter religioso, profesional o político, ofrecían sus servicios para controlar las reuniones políticas o provocar disturbios en las asambleas, o en la calle, con el único objetivo de controlar la política mediante la coerción, la violencia y el miedo; ello refleja claramente el deterioro de la política interior romana y la creciente importancia de las masas. Los collegia habían sido prohibidos en el año 64, pero Clodio no sólo aprobó la ley que condujo a su restablecimiento, sino que además se convirtió en el organizador de los mismos, a los que distribuyó armas y dotó de un sistema paramilitar. Así pues, mientras los miembros del triunvirato consideraban a Clodio un medio para lograr sus fines desde el tribunado de la plebe, Clodio utilizaba su magistratura para crearse un poder personal e independiente de los triunviros, mediante la manipulación de la plebe.

La marcha de César a las Galias, convirtió a Clodio en el dueño absoluto de Roma. No contento con su nueva situación y buscando quizás minar los cimientos del primer triunvirato, como paso previo para aumentar aún más su propio poder, Clodio enfrentó a Craso y Pompeyo en ausencia de César y atacó la imagen pública de este último. Para defenderse de Clodio y intentar restablecer su autoridad y popularidad, bastante minadas por su asociación con César y Craso, Pompeyo recurrió de nuevo a otro tribuno de la plebe, Tito Anio Milón, que se enfrentará a él formando sus propias bandas callejeras, no con la plebe urbana, como Clodio, si no reclutando a los veteranos de Pompeyo y contratando a escuelas de gladiadores enteras. Así mismo, hizo regresar del exilio a Cicerón, el cual, agradecido, actuó como mediador a partir de entonces entre Pompeyo y el Senado. La nueva situación no favorecía a Clodio, quién reaccionó con un inesperado giro político a fin de conservar su poder. Confiando en la lealtad de las clases bajas y la factio popular, decidió ofrecer a la factio optimate del Senado, dividida en su fidelidad a Pompeyo, Catón y otros, un nuevo líder: él mismo. Para ello, se declaró dispuesto a invalidar la legislación de César, y arrastró con él a Craso, cansado de su papel en la sombra

Es imposible no preguntarse por el papel de Fulvia en la fulgurante carrera de su marido, la cual se inició, sin duda no casualmente, tras su matrimonio. Es obvio que a Clodio le fueron más que útiles las conexiones familiares de su esposa y el favor del que gozaba ésta entre las clases bajas y la factio popular como única descendiente de los Graco, así como su inmensa fortuna. Sin embargo, la actuación de Fulvia no debió limitarse a una aportación tan pasiva, puesto que, como afirmó Plutarco (Antonio, X, 3), "era una mujer que no había nacido para hilar ni hacer las tareas domésticas". Valerio Máximo declaró al respecto: "Clodio Pulcro tenía el favor de la plebe, pero este hombre duro llegó a estar obsesionado con Fulvia, y su gloria pasó a estar bajo el mando de una mujer". Así pues, dejando de lado el ataque contra Clodio -la acusación de estar sometido a la esposa como una clara muestra de debilidad y causa de mofa se repetirá nuevamente con Marco Antonio-, es claro que lo que, en inicio, fue un matrimonio concertado se había convertido en algo más: una asociación política y económica muy productiva para ambas partes y, aún así, impregnada de auténtico afecto sino amor, en la que Fulvia jugó un papel bastante activo como aliada, tesorera y consejera de Clodio -hasta el punto de que Valerio Máximo la considera el verdadero poder en la sombra-.

Sin embargo, la violencia creada por Clodio acabó por pasar factura. En el año 53 a.C., mientras Milón era candidato al consulado y Clodio aspiraba a la pretura, ambos rivales reunieron sus collegia enfrentándose en las calles de Roma, retrasando así las elecciones. Finalmente, el 18 de enero de 52 a.C., Clodio fue asesinado en un enfrentamiento con los hombres de Milón en la Vía Apia. Con la muerte de su marido, Fulvia se muestra, por primera vez, de forma pública, como el animal político que en verdad es en lo que fue, sin duda, una brillante puesta en escena, equiparable tan sólo a la que años más tarde llevará a cabo Marco Antonio con ocasión del funeral de César. Inconsolable y llorosa, emitiendo grandes alaridos y lamentos mientras se aferraba a las manos de sus hijos pequeños, ahora huérfanos, Fulvia paseó el cuerpo acuchillado de su marido por las calles de Roma sublevando a la plebe, la cual, conmovida por la imagen y furiosa por la muerte del que fuera su lider, formó una turba incontrolable e imparable que tomó el cuerpo de Clodio y lo incineró frente al Senado, quemando también la Curia Hostilia en represalias. Milón tampoco tardó mucho en caer; llevado a juicio por dos de los hermanos de Clodio, Apio Claudio Pulcro el Mayor y Apio Claudio Pulcro el Menor, fue torpemente defendido por Cicerón y acabó por perder sus bienes y partir al exilio. Aquellas serían las primeras demostraciones de fuerza de Fulvia, quién, en calidad de viuda de Clodio y madre de sus hijos, heredó su liderazgo de los collegia y aumentó su influencia y poder sobre la plebe urbana.

LA ESTRELLA DE CLODIO SE HABÍA APAGADO, LA DE FULVIA COMENZABA A ALZARSE



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Imágenes:

1-Moneda acuñada con Fulvia como la diosa Victoria.
2-"Los Graco", de Eugene Guillame
3-Ruinas de la Regia, en el Foro Romano, donde Clodio fue sorprendido durante los Misterios de la Bona Dea
4-Retrato de Marco Tulio Cicerón
5-Retrato de Gneo Pompeyo Magno
6-Representación de sepelio romano en un sarcófago del s.III

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Bibliografía a consultar:

BABCOCK, C.L: “The early career of Fulvia”, American Journal of Philology, 86, 1965, 1-32 DELIA, D: “Fulvia reconsidered”, en Pomeroy, S. (ed.): Women´s History and Ancient Historiay, North Carolina, 197-217
FISCHER, R.A: Fulvia und Octavia. Die beiden Ehefrauen des Marcus Antonius in der politischen Kämpfen des Umbruchzeit zwischen Republick un Prinzipat, Berlin, 1999
GARCÍA VIVAS, G.A: “Apiano, BC, 4, 32: Octavia como exemplum del papel de la mujer en la propaganda política del Segundo Triunvirato (44-30 a.C.)”, Fortunatae, nº 15, 2004, 103-112; IDEM: Octavia contra Cleopatra: el papel de la mujer en la propaganda del Triunvirato (44-30 a.C.),Madrid, 2013
VIRLOUVET, C: “Fulvia la pasionaria”, en Fraschetti, A (ed.): Roma al femminile, Roma-Bari, 1994

martes, 20 de octubre de 2015

El fin de Marco Antonio y Cleopatra

A pesar de que las llamadas Donaciones de Alejandría -ver artículo anterior Marco Antonio en Oriente- parecían otorgar a Octaviano la excusa precisa para declarar la guerra a su rival y antiguo aliado Marco Antonio, necesitaba con todo una prueba precisa y fehaciente de su traición, puesto que ni los rumores que sobre él corrían, ni las acusaciones orales de testigos sospechosos, bastaban para hacer creíble la deslealtad de Marco Antonio y para convencer al pueblo de asumir nuevos impuestos para otra guerra civil. Esta prueba auténtica no tardó en presentarse: Munancio Planco, antiguo gobernador de Siria, y su sobrino M.Tizzio, que había acompañado a Antonio en la expedición fallida contra los partos -ver artículo anterior Marco Antonio en Oriente-, entregaron a Octaviano el testamento del antiguo triunviro, que había sido depositado por su autor en el templo de Vesta. Antonio atestiguaba en este testamento que Ptolomeo Cesarión era hijo natural del divinizado Julio César y, renunciando a su patria, ordenaba se le sepultara en Alejandría junto a su amante Cleopatra incluso si moría en la propia ciudad de Roma. Cuando todo esto se hizo público, la ira del pueblo estalló contra el traidor: los cónsules Ahenobarbo y Sosio, que intentaron defender a Antonio, tuvieron que huir ocultamente de Roma para salvarse; el Senado, siguiendo el sentimiento público, excluyó a Antonio del consulado del año siguiente, 31 a.C. y despojándole de la potestad tribunicia, y para no dar a la inevitable lucha subsiguiente la apariencia de una guerra civil, a pesar de que eso era en verdad, la contienda le fue declarada a Cleopatra como usurpadora de las provincias romanas, limitándose respecto a Antonio a llamar beneméritos a quienes le abandonasen y entregándole a él la opción de decidir por que bando decantarse en la próxima guerra, opción que no era más que una trampa: alinearse a favor de Cleopatra suponía confirmar definitivamente todas las acusaciones que Octaviano y el Senado le hacían, y decantarse por Roma era el abandono de sus aliados y posición de fuerza para quedar reducido a poco más que en proscrito para su patria. A esta provocación respondió Antonio llamando a su lado a todos los príncipes orientales y jurando a sus soldados que haría la guerra hasta las últimas consecuencias, sin prestar oídos a los negociadores, hasta alcanzar la victoria, restableciendo la república en solo seis meses, después de lo cual renunciaría al poder.

Sin embargo, Antonio dejó escapar también esta vez la ocasión propicia que se le presentó contra su rival: Octaviano había sido sorprendido en medio de sus preparativos para la guerra por una sublevación popular; los nuevos tributos impuestos a los propietarios para sufragar la contienda habían suscitado un enorme descontento, principalmente entre los libertos, que era la clase a la que más se castigaba con estas cargas fiscales, siendo el hijo de Lépido quién más fomentaba el descontento. Si Antonio se hubiera apresurado a marchar sobre Italia habría obtenido un fácil triunfo; pero, en vez de ello, decidió invernar en Patrás y dio a su rival tiempo suficiente para reprimir la rebelión, cobrar los impuestos, ordenar las tropas y recibir el juramento de fidelidad de Italia y de las provincias de Galia, Hispania, África, Sicilia y Cerdeña. El 1 de enero del 31 a.C., además, con arreglo al pacto de Miseno -ver artículo anterior El Segundo Triunvirato (III Parte): La Guerra contra Sexto Pompeyo-, Octaviano obtuvo su tercer consulado, con M. Valerio Mesala por colega en lugar de Marco Antonio. Para complacer al pueblo, que hasta el último momento intentó evitar la guerra, mandó a Grecia comisionados proponiendo a Antonio una conferencia, pero la respuesta fue una negativa; sólo entonces envió a Oriente parte de la flota, al mando de Agripa, para que le abriese el camino. Las fuerzas de ambos adversarios eran desiguales: Antonio mandaba 100.000 infantes, y Octaviano sólo 80.000; aquel contaba con 800 naves, más del doble de las de Octaviano; Antonio tenía en sus manos también las riquezas de las que se había apoderado en Oriente, mientras Octaviano tenía escasez de dinero, a pesar del producto de los nuevos impuestos.

Octaviano, sin embargo, contaba con ventajas que compensaban su escasez de tropas: componían la columna vertebral de sus fuerzas veteranos disciplinas y experimentados, muy superiores a las turbas orientales, desobedientes y sin formación, de Antonio. El jefe de la armada de Octaviano, además, era el gran estratega Agripa, mientras que los capitanes de Antonio apenas lograban ponerse de acuerdo sobre las tácticas a seguir. Por último, había una gran diferencia en la condición moral de ambos ejércitos, toda a favor de Octaviano, quién ya se había ocupado de ello a través de una muy estudiada campaña de propaganda: con él, el heredero de César, estaba el alma de la patria, su honor y su grandeza, y hasta de su libertad frente a la tiranía oriental, mientras que con Antonio estaban la traición y el vasallaje a una mujer bárbara de costumbres corruptas, con la sumisión de Italia a la africana Alejandría. Esto nos explica las numerosas deserciones que hubo en el campo de Antonio hasta la víspera misma del combate. Cuando Octaviano, en la primavera de 31 a.C., zarpó de Brindisi para Oriente, su capitán Agripa, desembarcado sin problemas en Epiro, llegaba hasta el Peloponeso y quitaba a Antonio las importantes ciudades de Metón y de Corinto, obligándole también a dejar Patrás, y viniendo más tarde a reunirse con Octaviano, que había acampado junto a Cornaro después de apoderarse de Corcira, sorprendió a una escuadra enemiga, mandada por Sosio, cuando iba en persecución de algunas naves octavianas, y la desbarató. Más graves que estas pérdidas fue la inmediata desmoralización de las tropas de Antonio: no sólo los soldados y auxiliares se pasaron al campo de Octaviano, sino también sus capitanes y hasta sus amigos más íntimos, entre ellos Ahenobarbo y Delio, los cuales, después de haber sido cómplices obedientes de sus caprichos y haberle defendido públicamente, le volvieron la espalda al presentir la derrota

Antonio no tendría más remedio que presentar batalla ante una situación que tan solo podía empeorar. Contra el consejo de sus mejores jefes, que querían un combate terrestre, prefirió el naval, que deseaba Cleopatra, bien fuera para atribuir a su tropa el máximo protagonismo en la victoria o para tener una vía de huida rápida en caso de desastre. El 2 de septiembre del año 31 a.C. los dos ejércitos estaban acampados frente a frente en las playas opuestas del golfo de Ambracia: el de Octaviano en Epiro, el de Antonio en la Acarnania, cerca de Anzio; ante ellos estaban también las dos flotas: la de Antonio a la entrada del golfo, y la de Octaviano a una distancia de ocho estados -para saber más sobre el combate, recomendamos el artículo La ¿decisiva? batalla de Actium-. Ambas permanecieron quietas durante algunas horas, hasta que, al mediodía, Sosio, que mandaba el ala izquierda de Antonio, avanzó con sus naves; Octaviano retrocedió hasta alta mar, y sólo entonces lanzó sobre Sosio sus buques ligeros. Entre tanto, Agripa atacó el ala derecha, obligando al comandante Publícola a extender su línea para no verla cercada, y a dejar así al descubierto su centro. Esta maniobra pareció anunciar el desarrollo y resultado de la batalla, por lo que sesenta naves egipcias, que habían permanecido fuera del orden de combate, volvieron la proa y huyeron hacia el Peloponeso. En medio de ellas se destacaba la nave real, con sus velas de púrpura. Antonio, al verla, olvidó por completo cuanto se decidía aquel día y quienes por él morían, y corrió tras Cleopatra. Su flota se defendería aún algunas horas más; luego, desmoralizada por la huida de su jefe, y acobardada por el incendio que se extendía por varios buques, se rindió a Octaviano.

En el cabo Tenario supo Antonio de la rendición de su flota. Sin embargo, aún quedaba el ejército de tierra intacto y deseoso de combatir; Antonio le envió la orden de retirarse por Macedonia a Asia; pero esta orden y la fuga de su jefe P.Canidio Craso acabaron de desmoralizar a las tropas, que no tardaron en rendirse a Octaviano; era el séptimo día después del combate naval. Éste, con el fin de atraer a los vencidos, tomó ejemplo de Julio César y recurrió a la clemencia, perdonando al mismo Sosio a pesar de haber sido quién inició el combate en Anzio; retuvo a su lado a los soldados nuevos y licenció a los veteranos, enviándolos a Italia; luego ordenó los asuntos griegos y asiáticos, sustituyendo a los gobernadores de Antonio, y al empezar en Asia, el 1 de enero de 30 a.C., su cuarto consulado, fue a Samos a esperar la primavera antes de marchar a Egipto. Sería allí donde le llegaría la noticia de que los veteranos de Antonio se habían revelado en Italia, y envió contra ellos a Agripa con plenos poderes; poco después marchó él mismo a Brindisi, donde senadores y magistrados se reunieron con él para rendirle homenaje. Calmados los rebeldes mediante repartos de dinero y promesas de tierras, volvió a sus cuarteles para preparar la campaña egipcia. Allí, antes de ponerse en marcha, recibiría mensajeros de Antonio y Cleopatra; aquel le pedía permiso de retirarse a Atenas a una vida privada; la reina le suplicaba que dejara la corona de Egipto a sus hijos. Octaviano se negó a contestar a su antiguo rival; a Cleopatra en cambio le hizo multitud de promesas, siempre que se comprometiera a acabar con Antonio y no hiciera ningún daño ni a su tesoro ni a su propia persona. Mientras, avanzaba hacia Egipto. Cornelio Galo, a quién mandó a la Cirenaica, se apoderó de Paretonio, llave del Egipto occidental, y él mismo, llegado a Asia, conquistó Pelusio, de tal forma que el reino quedó invadido al mismo tiempo por el este y el oeste.

Por fin, a última hora, Antonio se decidió a moverse tras un período prolongado de depresión e inactividad. Al saber que el enemigo se acercaba a la misma Alejandría, el antiguo triunviro, desesperado, reunió a sus ya escasas y esparcidas tropas y se preparó para la defensa. Un pequeño triunfo obtenido por su caballería le infundió nuevo valor y el propósito de combatir a Octaviano por tierra y mar, pero en el día del combate la flota y la caballería egipcias se pasaron a Octaviano, y la infantería, mermada, no tardó en ser derrotada. Tras la derrota y la deserción, Antonio recibió además la noticia, quizás intencionada, de que Cleopatra, encerrándose en su mausoleo con sus tesoros, había tomado veneno y había muerto. Conmovido por su ejemplo, Antonio se suicidó arrojándose sobre su espada. Mientras aún estaba en agonía, supo que la reina vivía y pidió ser llevado a su lado, muriendo en sus brazos. Al mismo tiempo, Octaviano entraba en Alejandría aquel 1 de agosto. Queriendo capturar a Cleopatra viva, le renovó las promesas de Samos hasta convencerla de abandonar su mausoleo y regresar a palacio. Cuando acudió a visitarla, la halló rodeada de recuerdos de Julio César, y la oyó hablar con entusiasmo de la gloria de éste y de cuánto la había amado; esperaba quizás conmover o fascinar al joven conquistador. Pero no obtuvo de Octaviano más que respuestas frías e indiferentes. Así pues, cuando Dolabella la anunció que en tres días debería ser conducida a Roma, Cleopatra decidió suicidarse. Fue hallada una mañana en su lecho, vestida de reina, con dos esclavas a sus pies, también muertas. Circularon muchos rumores sobre la causa de su muerte, desde la mordedura de un áspid a que el propio Octaviano la hizo ejecutar. El vencedor ordenó enterrar a los dos amantes juntos, en Alejandría. Antes, Ptolomeo Cesarión, supuesto hijo de Cleopatra y de Julio César, y Antilo, hijo primogénito de Antonio con Fulvia, fueron ejecutados. Los hijos supervivientes de la reina -Cleopatra Selene, Alejandro Helios y Ptolomeo Filadelfo- serían criados por la viuda romana de Antonio, Octavia, la hermana del conquistador de Egipto.

*Fotografía 1: Tetradracma con Cleopatra en el anverso y Marco Antonio en el reverso.
*Fotografía 2: La batalla de Actium según Lorenzo A.Castro
*Fotografía 3: Retrato de Marco Vispanio Agripa, el gran artífice de Actium, en el Museo del Louvre, en París.
*Fotografía 4: Denario acuñado por el futuro Augusto que celebra la conquista de Egipto.
*Fotografía 5: "Cleopatra sostiene a Marco Antonio mientras muere", de Alexander Bida. Ilustración de finales del siglo XIX para el acto IV, escena 15, de Antonio y Cleopatra, en una colección recopilatoria de la obra de Shakespeare
*Fotografía 5: "La muerte de Cleopatra", de Juan Luna, 1881



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jueves, 15 de octubre de 2015

Marco Antonio en Oriente

Depuesto Lépido y disuelto el Segundo Triunvirato -ver artículo anterior Segundo Triunvirato (III Parte): La Guerra contra Sexto Pompeyo- se encontró Octaviano al frente de 45 legiones, la fuerza militar más grande de la República romana. Sin embargo, apenas tuvo tiempo de celebrar nada: sus soldados no tardaron en pedir recompensas iguales a las que se entregaron a los veteranos después de la batalla de Filipos -ver artículo anterior Segundo Triunvirato (I Parte): La Batalla de Filipos-: Octaviano les ofreció honores, que rehusaron de inmediato para declararse en rebelión, obligando al heredero de César a dar a cada individuo 2.000 sestercios. Sofocado así el tumulto, hizo Octaviano salir de las filas a los esclavos tránsfugas del ejército de Pompeyo, esparcidos entre las legiones, y los restituyó a sus antiguos amos: eran 3.000. Los que no quisieron declarar el nombre de sus amos, fueron mandados a las poblaciones de la que habían huido, siendo ejecutados en ellas: fueron más de 6.000 los que padecieron este destino. Arregladas las cosas en Sicilia tras la victoria sobre Sexto Pompeyo, y enviado Statilio Tauro a tomar posesión de las provincias de África arrebatadas a Lépido, Octaviano regresó a Roma. El Senado lo recibió en las puertas de la ciudad; antes de pasarlas quiso el vencedor hacer oír su palabra imperial a los senadores y el pueblo, sin duda para acostumbrar a ambos a recibir sus mandatos. No escatimó promesas y regalos: prometió al pueblo la paz y la clemencia para el futuro, y consolidó el presente condonando el resto de los tributos impuestos para los gastos de las últimas guerras. No aceptó sin embargo nada más que los más modestos de los honores que el Senado le decretaba, ni permitió que al pie de la estatua que se le había erigido en el Foro se pusiera otra inscripción que no fuera: "A César, restaurador de la paz por tierra y por mar". Asimismo, sabiendo que la seguridad pública es elemento necesario a la estabilidad de un nuevo orden de cosas, procuró el exterminio de las bandas de criminales que infestaban Italia, creando para la protección de las propiedades las cohortes vigiles; lo que le dio en breve gran popularidad, a la cual contribuyó él también anunciando que, al volver Antonio de la guerra contra los partos, ambos depondrían el triunvirato. Halagado el pueblo con esta promesa, saludó a Octaviano como su protector, le confirió la inviolabilidad tribunicia y le regaló un edificio público.

Mientras Octaviano ganaba así las simpatías populares, Marco Antonio, por sus derrotas militares y aún más por su escandalosa vida privada, se acarreaba el público desprecio y ofrecía a su antiguo aliado y cuñado la forma propicia de conseguir su ruina. Tras la firma del Tratado de Tarento, Antonio volvió a Oriente para acabar de forma definitiva con los partos -ver artículo anterior Segundo Triunvirato (III Parte): La Guerra contra Sexto Pompeyo-, en una campaña que hasta ese momento sus legados habían llevado a cabo con bastante éxito: C.Sosio arrojó a los partos de Siria y se apoderó de Jerusalén; Craso venció a los albanos y a los iberos, sus aliados; pero los mayores triunfos fueron los obtenidos por P.Ventidio, que en el año 39 a.C. derrotó, en la falda del monte Tauro, a un ejército parto, cuyo jefe, Labrino, caído en manos del gobernador de Chipre, fue ejecutado por éste. Asia quedó libre con esta victoria, que determinó también la posesión de Cilicia y del camino de Siria. Al año siguiente Ventidio derrotó por segunda vez a los partos y mató a su nuevo jefe, Pacoro, hijo del rey Orodes; después de esta segunda derrota, los partos cruzaron de regreso el Éufrates, dejando libre toda el Asia Menor. En Atenas, entregado por completo al ocio más desenfrenado, Antonio supo de los grandes triunfos de su legado, y los celebró con juegos públicos en los que apareció vestido de Hércules. Los atenienses secundaron la vanidad del triunviro celebrando su matrimonio místico con la mismísima diosa Minerva; pero pronto tuvieron que lamentar su actitud servil, ya que Antonio pidió que a su consorte divina la acompañase una dote de 1.000 talentos. Después marchó a Asia a compartir con los suyos los beneficios de la victoria: mandó a Ventidio a Roma para que celebrase su triunfo sobre los partos y él tomó la dirección del asedio de Samosata en Armenia.

Sin embargo, frente a las victorias de Ventidio, Antonio no logró más que derrotas: Antíoco le había ofrecido 1.000 talentos para que le dejase libre aquella ciudad, y al cabo Antonio hubo de contentarse con tomar sólo 300 talentos para alejarse de ella; volvió a Atenas dejando a Sosio la dirección de Siria, perdiendo así su mejor oportunidad de conquistar Partia, la cual, tras la marcha de Ventidio, quedó por algún tiempo en la anarquía: Fraate, otro hijo del rey Orodes, había asesinado a su padre y sus hermanos para poder sentarse en el trono. Esta inusitada maldad suscitó contra el parricida tumultos y rebeliones en muchas partes del reino. Pidieron, por fin, el auxilio de Antonio contra el tirano, y Artavasde, rey armenio y tributario de los partos, fue a su campo para solicitar su alianza; pero Antonio no se entusiasmó demasiado con las invitaciones, y prefirió permanecer gran parte del año en la ciudad de Laodicea con la reina egipcia Cleopatra en medio de constantes festines. Esto permitió al nuevo rey parto Fraate restablecer el orden en su Estado y Artavasde, viendo que nada lograba de Antonio, se alió con su enemigo en secreto. De modo que, cuando Antonio salió al fin de su inanición se encontró con un enemigo formidable, mucho más que aquel al que enfrentara Ventidio. A la inferioridad de las fuerzas se añadió la traición: Artavasde consiguió llevarlo a Media donde Fraate le había preparado una trampa. Mientras Antonio se dirigía a Fraata, capital de Media, los partos derrotaron a su legado Opio Stratiano, que le seguía a cierta distancia con el bagaje y las máquinas de asedio. Emprendió Antonio entonces la retirada, y acosado constantemente por el enemigo, pisó al fin, después de veintisiete días de desastrosa marcha, la orilla del Arase. La expedición le había costado, además del bagaje y las máquinas de asedio, 20.000 infantes y 4.000 caballos. Pero estas perdidas ni le preocuparon ni le acobardaron: envió a Roma mensajeros con falsas noticias de victoria y distribuyó entre las tropas supervivientes, para contentarlas, dinero que afirmaba enviaba Cleopatra. Después, regresó a Egipto con su amante, donde permanecería, casi ininterrumpidamente, hasta el 32 a.C.

En uno de esos intervalos, Antonio emprendió una expedición a Armenia para vengarse de la traición de Artavasde. Su esposa Octavia, aún abandonada en Roma desde hacia mucho tiempo, se esforzó con todo por lograr de su hermano un auxilio de 2.000 soldados escogidos para aquella expedición, y quiso llevárselos ella misma. Sin embargo, al llegar a Atenas recibió la orden de Antonio de detenerse allí y de mandarle las tropas, con lo que Octavia volvió a Roma junto a su hermano sin volver a ver jamás a su marido. La guerra armenia acabó con la derrota, la captura y ejecución de Artavasde. Su hijo Artaxias, colocado en el trono por los contrarios al dominio romano, fue también vencido. Antonio destinaría el reino armenio a uno de sus hijos habido con la reina Cleopatra. No obstante, no dispuso sólo de los países por él conquistados, como si fueses de su propiedad personal: en las llamadas Donaciones de Alejandria, del año 32 a.C. entregó a Cleopatra y a su primogénito Ptolomeo Cesarión -que reconoció oficialmente como hijo de Julio César-, Egipto, Celesiria, Cilicia con Chipre y Creta, y la Cirenaica; a los dos hijos varones que tuvo con Cleopatra, Ptolomeo Filadelfo y Alejandro Helios, señaló los dominios asiáticos, dando al primero el reino de Siria y el Asia Menor y al segundo Armenia y los países de más allá del Éufrates. Fuera del reparto, sólo quedaba la hija habida con la reina, Cleopatra Selene. Cesarión, Filadelfo y Alejandro deberían llevar el título regio y reconocer la alta soberanía de su madre, puesta así al frente de un gran imperio oriental, cuya metrópoli, Alejandría, debría eclipsar a Roma y sucederla en el dominio del mundo.

*Fotografía 1: Áureo acuñado en Éfeso hacia el año 41 a.C. por el cuestor provincial de Marco Antonio, Marcus Barbatius Pollio, que muestra en el anverso el retrato de Marco Antonio y en el reverso el rostro de César Octaviano.
*Fotografía 2: Moneda de Fraate IV, rey de Partia, al que Marco Antonio hizo frente con tan poca fortuna
*Fotografía 3: Moneda de Artavasde II, rey de Armenia, quién traicionó a M.Antonio.
*Fotografía 4: Moneda con el retrato de Marco Antonio en el anverso y el de Cleopatra en el reverso donde celebran la conquista de Armenia y las donaciones de Alejandría.

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martes, 6 de octubre de 2015

Segundo Triunvirato (III Parte): La Guerra contra Sexto Pompeyo

Roma recibió con gran alegría la firma del Tratado de Brindisi que suponía el inicio de una nueva paz entre los triunviros -ver artículo anterior El Segundo Triunvirato (II Parte): Guerra de Perugia y Paz de Brindisi-: el Senado decretó una ovación a Octaviano y otra a Antonio por haber conjurado el peligro de una nueva guerra civil, y dispensó a Octavia de su luto obligatorio de un año por la muerte reciente de su primer marido C.Claudio Marcelo para que pudiera contraer matrimonio cuanto antes con Marco Antonio. Sin embargo, la felicidad por aquella paz duró poco: Sexto Pompeyo se negó a aceptar los términos del tratado de Brindisi y abandonar Cerdeña. Octaviano, decidido a combatirlo y en cumplimiento de lo acordado en Brindisi, tuvo que imponer para lograr medios nuevos impuestos: el impuesto sobre los esclavos, creado para la guerra contra Bruto y Casio, y dejado hasta allí sin efecto, fue puesto en ejecución; se estableció también otro impuesto sobre las sucesiones. El pueblo, que ya murmuraba descontento por la carestía que la flota a las órdenes de Sexto Pompeyo había sumido a la capital, se enfureció al conocer los nuevos impuestos, llegando a poner en peligro la vida del propio Octaviano. Esta precaria situación obligó consecuentemente a buscar no la guerra, sino un nuevo acercamiento con el enemigo, para lo cual medió L.Scribonio Libón, pariente al mismo tiempo de Sexto Pompeyo y Octaviano, de quienes era suegro y cuñado respectivamente. En el Pacto del cabo Miseno, se acordó que Pompeyo retendría Sicilia, Córcega y Cerdeña, con Acaya por cinco años, a cuyo término obtendría el consulado y sería admitido en el colegio de los augures: en recompensa por el patrimonio que Antonio le había arrebatado, recibiría diecisiete millones y medio de dracmas, y todos sus amigos y aliados prófugos y proscritos, excepto los comprendidos en la ley Pedia -ver artículo anterior El Segundo Triunvirato (Primera Parte): La Batalla de Filipos-, quedaban libres para volver a Roma, devolviéndose a los primeros todos sus bienes y una cuarta parte a los segundos. Pompeyo por su parte se obligaba a retirar todas sus guarniciones de las costas de Italia, a no dar refugio a los fugitivos y a proveer de trigo a Roma. Para una mayor garantía de este tratado, su texto fue remitido a las Vestales, que debían custodiarlo, y la paz se confirmó, como ya sucediera en Bolonia y Brindisi, con un matrimonio: la hija de Pompeyo habría de casarse con M.Claudio Marcelo, sobrino de Octaviano e hijastro de Antonio.

Sin embargo, a pesar de las garantías y protestas, cada uno de los tres contratantes impidió por su parte su cumplimiento: Antonio, desde Atenas, donde se había establecido con su nueva esposa para pasar el invierno entre fiestas, escribió a Pompeyo que no le entregaría la Acaya hasta que se le pagaran ciertas sumas que aseguraba le debían los del Peloponeso. Pompeyo continuaba atacando las costas de Italia y Octaviano acabó por repudiar a su esposa Escribonia, el mismo día que daba a luz a su única hija Julia, único nexo de unión y parentesco con Pompeyo, para casarse con Livia Drusilla, cedida por su esposo T. Claudio Nerón con el consentimiento de los pontífices, a pesar de estar embarazada de seis meses de su primer marido en el momento de la boda. Octaviano fue aún más lejos: intentó ganarse al almirante de Pompeyo, el liberto Mena, quién le entregó traidoramente Córcega y Cerdeña junto a tres legiones y una escuadra. Pompeyo, enfurecido, entró en Campania, saqueando y devastando ciudades y tierras. Octaviano llamó a Brindisi a los otros dos triunviros para conferenciar y decidir con ellos, pero Lépido no acudió y Antonio no llegó el día fijado, notificando por carta a Octaviano que no aprobaba la guerra y exhortándole a permanecer fiel al pacto de Miseno: extraño consejo por parte de quién había sido el primero en no seguirlo. Debió por tanto Octaviano hacer frente sólo a la amenaza: organizó dos flotas, dando el mando de una de ellas a L.Cornificio, y el de la otra a Calvisio Sabino y al traidor Mena, con orden de reunirse en Regio, para marchar desde allí a Sicilia; pero Pompeyo impidió la reunión enviando sin tardanza al liberto Menecrates a las costas de Tirreno con una fuerte flota. En el golfo de Cumas encontró éste a Calvisio y Mena, presentándoles batalla, cuyo resultado hubiera sido apoderarse de la flota enemiga sino hubiera muerto. Octaviano supo en la ciudad de Regio el desastre de Cumas, y se lanzó al mar con las naves de Cornificio para socorrer a sus generales: encontró en el cabo Scileo la escuadra conducida por Democrates, legado del difunto Menecrates, y obligado a aceptar el combate, fue nuevamente derrotado: al día siguiente, una tempestad acabó con el resto de sus naves.

Hundido por tantos desastres, Octaviano sintió la necesidad de pedir ayuda y envió al hábil Mecenas a Grecia para hacer regresar a Antonio. Al mismo tiempo, hizo volver de la Galia a Vipsanio Agripa para confiarle la dirección de la guerra. Agripa, valiente y modesto, rehusó el triunfo que se le ofreció como premio de su victoria sobre los rebeldes de Aquitania, pero aceptó el consulado en 37 a.C. y la dirección de la guerra contra Pompeyo. Comenzó edificando un nuevo puerto en el Mediterráneo, poniendo con comunicación el mar de Baya con los lagos Lucrino y Averno; construyó una nueva flota, y adiestró a remeros y soldados, entre los cuales se encontraban 20.000 esclavos libertados por Octaviano. Mientras en Baya se llevaban a cabo todo estos preparativos, apareció Antonio en Tarento con 300 naves, y Octaviano, recelando de su conducta y de una posible intriga con Lépido, no se mostró muy dispuesto a aceptar aquel auxilio tan inesperado como oportunamente sospechoso. No obstante, acabó aceptando, negociándose un nuevo acuerdo en Tarento con mediación de Agripa y Mecenas: Antonio pondría a su disposición 120 de sus naves para su guerra con Pompeyo, a cambio de lo cual Octaviano le entregaría cuatro legiones para la guerra contra los partos. Se renovó por otros cinco años el triunvirato, que había terminado en enero de aquel año, y Octaviano se encargó de hacer legalizar la prórroga por un plebiscito en virtud de la ley Tizia. Tampoco faltó esta vez una boda para sellar el nuevo pacto: la pequeña hija de Octaviano, Julia, de dos años de edad, fue prometida con Antilo, el hijo mayor de Antonio y su anterior esposa Fulvia. Después de aquello, y con la excusa de evitar a su esposa e hijos las molestias de seguirlo en su expedición contra los partos, pero en verdad para que no estorbaran un nuevo acercamiento con Cleopatra, envió Antonio a su familia a Roma y se separó de Octaviano, con el que no volvería a encontrarse hasta Actium.  

La guerra contra Pompeyo se emprendió con mayor vigor, aún más cuando Lépido dio noticias por fin de su persona y entró con 12 legiones y 5000 caballos en Sicilia. Tras diversos incidentes, en septiembre del 36 a.C. se llegó, entre Mile y Nauloco, a una jornada decisiva. Las fuerzas de las dos armadas se equilibraban: eran 300 naves por una y otra parte, y a su vista en la costa estaban en orden de batalla los dos ejércitos. El encuentro fue terrible, y el éxito estuvo largo tiempo incierto: al fin, la batalla se decantó por el bando de los triunviros. Pompeyo, más pirata que estratega, apenas vio asomarse la derrota, apagó el fanal de la nave almirante y, dejando sin guía a sus tropas y a los buques que tenía en Lilibea y Nauloco, se hizo a la vela con sólo 17 naves en dirección a Asia, deseoso de ganarse el favor de Antonio. Éste no desdeñó la oferta, y mandó a Mitilena, donde Pompeyo desembarcara, un oficial suyo para estipular las condiciones del pacto. Pero el enviado no tardó en darse cuenta del doble juego de Pompeyo, quién trataba al mismo tiempo con Antonio y con los partos para apoderarse con su ayuda de Asia Menor. Esta traición causó finalmente la ruina de su autor: sus amigos, hasta entonces fieles, le abandonaron, y el legado de Antonio dio muerte a Pompeyo en Mileto en 35 a.C. Acabada así la guerra pompeyana, amenazaba iniciarse otra entre Lépido y Octaviano. Pretendía Lépido que se le diera Sicilia, porque era a él a quién se habían rendido las ocho legiones que Sexto Pompeyo dejara en Mesina, con las cuales ya eran veinte las que tendría bajo su mando; pero Octaviano sabía que aquellos soldados ni amaban ni respetaban a Lépido, y pudo fácilmente sobornarlos y atraérselos. Lépido se vio de pronto sin ejército, y fue relegado a Circeo, conservando sin embargo la dignidad de pontífice máximo por la generosidad de Octaviano, que le perdonó la vida. Se puso así fin al Segundo Triunvirato.


*Fotografía 1: Áureo de Sexto Pompeyo emitido en Sicilia entre 42 a.C. y 40 a.C., en el que se titula hijo de Magno imperator y Prefecto de las costas y los mares, en un claro desafío al poder de los triunviros
*Fotografía 2: Nave romana representada en un fresco del s.I
*Fotografía 3: Nave romana representada en un fresco del Templo de Isis de Pompeya. Hoy en el Museo Archeologico di Napoli.
*Fotografía 4: Denario acuñado con la efigie de Marco Emilio Lépido como póntifice máximo

martes, 29 de septiembre de 2015

Segundo Triunvirato (II Parte): Guerra de Perugia y Paz de Brindisi

Tras obtener la victoria sobre republicanos y cesaricidas en las dos batallas consecutivas de Filipos -ver artículo anterior El Segundo Triunvirato (Primera Parte): La batalla de Filipos- los triunviros procedieron a un nuevo reparto de las provincias romanas: Octaviano se apoderó de las dos Hispanias y Numidia; Antonio se hizo con Galia Transalpina y África. La Galia Cisalpina, por su parte, debía dejar de ser provincia para que Italia llegara por el Norte hasta sus fronteras naturales. En cuanto al tercer socio, Lépido, sospechoso -muy convenientemente para sus dos aliados- de estar en un secreto acuerdo con el nuevo enemigo supremo del triunvirato, Sexto Pompeyo -que había aglutinado a su alrededor las últimas fuerzas supervivientes de la oposición-, quedó fuera de este segundo reparto: más tarde obtendría África. Habiendo obtenido su recompensa los jefes, se preocuparon de dar su parte también a los soldados. Reclamaban éstos un doble premio: dinero y tierras. Antonio debía encargarse de obtener el primero en las provincias asiáticas; Octaviano, por su parte, debía asegurar el reparto de tierras en Italia para nada menos que 170.000 hombres y haber además la guerra a Sexto Pompeyo. Mientras el heredero de César regresaba a Roma y se aseguraba el favor de las legiones enriqueciéndolas a costa de las propiedades de los senadores italianos, Antonio atravesaba Grecia recibiendo continuos homenajes de un pueblo acobardado. Llegado a la provincia de Asia, publicó en Éfeso un edicto donde obligaba a la población a pagarle en dos años el tributo de nueve, orden aún más gravosa debida al hecho de que hacia poco se habían visto obligados también a pagar al vencido Casio 200.000 talentos, es decir, el décuplo del tributo anual. De allí, Antonio pasaría a Tarso, en la Cilicia, donde en su afán de recaudación ordenaría presentarse ante sí a Cleopatra, la reina de Egipto, para que se justificara de la ayuda prestada a Casio en Filipos. Lo sucedido en su encuentro es bien conocido: subyugado por el encanto y los lujos de la soberana, Antonio dejó por ella el gobierno de Asia en manos de sus legados y se marchó a Alejandría, donde permanecería el invierno entero en medio de rumores sobre fiestas desenfrenadas y orgías. Serían las graves noticias llegadas de Italia y Oriente lo que le harían reaccionar: los partos invadían Asia Menor, mientras en Italia Fulvia, esposa de Antonio, avivaba el descontento de los desposeídos por la codicia de las legiones de Octaviano y amenazaba con hacer estallar una nueva guerra civil. Después de vacilar algún tiempo sobre qué decisión tomar, Antonio resolvió instigado por Fulvia volver a la península itálica, mientras confiaba a sus legados la tarea de contener y expulsar a los partos.

El odio y la enemistad entre Octaviano y la esposa de su aliado se remontaba a los días posteriores a la batalla de Filipos. En ausencia de los triunviros, Fulvia, mujer ambiciosa y de fuerte carácter, se había hecho con el gobierno sobre el Estado romano sometiendo a su voluntad incluso a los cónsules de aquel año, Servilio Isáurico y su propio cuñado, Lucio Antonio. Como es obvio, el regreso a Roma de Octaviano supuso el fin del "gobierno" de Fulvia, que a la pérdida de su poder absoluto hubo de sumar una gravísima ofensa personal: la devolución por parte de Octaviano de su hija Clodia, con quién el heredero de César se había casado sólo para complacer al ejército después de la formación del triunvirato. Fulvia, lejos de resignarse, se propuso vengar aquel insulto de inmediato, recuperar el poder perdido y, además, arrancar a su marido Antonio de los brazos de Cleopatra. Para lograr estos tres objetivos le bastó con convencer a su cuñado Lucio Antonio de que tanto ella como él, en calidad de cónsul, se pusieran a la cabeza de los descontentos de Italia con los saqueos y expropiaciones de Octaviano y de sus tropas, llegando a amenazar con una nueva guerra civil. El reparto de tierras a los legionarios había afectado de hecho a nada menos que dieciocho ciudades, empeorando la situación la extrema avaricia de los soldados que, no contentos con las tierras asignadas, se apoderaron también de las vecinas, multiplicando por dos el número de los desposeídos de sus propiedades y medios de vida. Fulvia y Lucio Antonio aprovecharon la situación para situarse a la cabeza de los descontentos y tranquilizaron a los veteranos prometiendo que Marco no tardaría en regresar de Oriente con todas las riquezas obtenidas de los onerosos tributos impuestos a Asia. De esta forma, la esposa y hermano del triunviro lograron reunir 17 legiones, mientras que Octaviano sólo tenía en su poder 10, aunque de gran experiencia y mayor disciplina. Sin embargo, al principio, la suerte no favoreció al heredero de César: mientras marchaba contra Nursia y Lentino, favorables a Lucio Antonio, éste entraba en la ciudad de Roma y se hacia saludar por el pueblo como Imperator, afirmando que su hermano Marco había decidido romper el triunvirato y acudiría pronto a Italia para ocupar el consulado.

Sin embargo, el triunfo de Lucio Antonio fue bastante breve: al aparecer Marco Vipsanio Agripa, general de Octaviano e íntimo colaborador suyo, tuvo que huir de la capital y refugiarse en Perugia ante el acoso de sus perseguidores; de ahí el nombre de perugina que recibió esta nueva guerra civil, y que se hizo famoso por el hambre que varios meses padecieron los asediados, quienes, encerrados en la ciudad por el ejército al completo de Octaviano -al que se unieron las seis legiones de Hispania a cargo de Q. Salvidenio- y débilmente defendidos por los generales de Antonio, Polión, Ventidio y Planco, tuvieron finalmente que rendirse en marzo. Lucio Antonio salvó la vida por consideración a su hermano y hubo de exiliarse a Hispania. Sus veteranos fueron también tratados generosamente por Octaviano, quién actuó con suma prudencia para asegurarse nuevas fuerzas. No obstante, no sería tan generoso con los senadores y caballeros que habían apoyado la sublevación de Fulvia: eran cerca de 300 y todos murieron ejecutados al pie del altar de César. La mísera ciudad de Perugia, entregada al saqueo, fue también incendiada. Trató igualmente Octaviano de ganarse el apoyo de los aliados de Lucio Antonio, pero ya fuera que no se fiaran de sus promesas visto lo sucedido con los trescientos senadores y caballeros, o fuera que de verdad creían que Marco Antonio no tardaría en acudir a Italia, huyeron de él. Polión, que desempeñaba el consulado del nuevo año, 40 a.C., junto con Domicio Calvino, se marchó con siete legiones a las islas Vénetas, y de ahí pasó a las costas meridionales, donde logró que se declarara a favor de Marco Antonio a Gneo Domicio Enobarbo, que mandaba, de acuerdo con Sexto Pompeyo, la flota de Bruto. Planco por su parte huyó a Grecia con Fulvia, dejando a sus legiones, por ineptitud o cobardía, en manos de Agripa. Entre los fugitivos iba también Tiberio Claudio Nerón, que después de tomar parte de la guerra alejandrina junto a César, y de ser premiado con cargos honoríficos, se había declarado a favor de los cesaricidas; ahora mandaba con el grado de pretor una guarnición en Campania, y al saber de la rendición de Perugia, huyó primero en busca de Sexto Pompeyo y después de Marco Antonio, llevando consigo a su esposa Livia Drusilla y su hijo Tiberio, ambos destinados a jugar un papel importante en el futuro de Octaviano. Éste, por su parte, tras el incendio de Perugia, había marchado a la Narbonense para combatir al gobernador Fufio Caleno, pronunciado a favor de Marco Antonio. Caleno murió en la marcha, con lo que Octaviano se hizo con dos legiones más, que le fueron entregadas por el propio hijo del fallecido.

Dueño de una inmensa fuerza militar, de Roma y de casi toda Italia, Octaviano podía esperar tranquilo el regreso de Antonio, seguro de su victoria, hasta el punto de ceder a Lépido -justificado de su conducta con Sexto Pompeyo y huido cobardemente de Italia ante el avance de Lucio Antonio- las dos provincias de África con seis legiones, y al propio Lucio Antonio las dos Hispania, ordenando a sus legados que los vigilasen. Por fin, en el verano del 40 a.C., llegaría Marco Antonio a las costas de Italia con una flota de 200 naves, incluidas las de Enobarbo. El gobernador de Brindisi al verle llegar cerró las puertas de su ciudad, defendida con cinco legiones, y Antonio les puso cerco inmediato. Al mismo tiempo aparecía en Italia meridional la flota de Sexto Pompeyo, aliado provisional de Marco Antonio, y sitiaba Turio y Cosenza, enviando una escuadra suya además a atacar Cerdeña. Pero los soldados de ambos triunviros se negaron a combatir entre ellos, obligando a los antiguos aliados a negociar de nuevo. Por medio de Coceyo Nerva, amigo de ambos, se avinieron a un nuevo tratado, facilitado por la repentina muerte de Fulvia. Se procedió en primer lugar a un nuevo reparto del mundo romano: Antonio recibió el Oriente hasta el Adriático, con la obligación de combatir a los partos; Octaviano consiguió Occidente, con la orden de hacer la guerra a Sexto Pompeyo si éste no se contentaba con Sicilia y no aceptaba el nuevo pacto, y a Lépido se le dejó África. Los dos aliados convinieron, además, que, cuando no quisieran ejercer el consulado, lo ejercerían sucesivamente sus amigos. De nuevo un matrimonio sellaría la nueva alianza: Octavia, hermana de Octaviano, viuda recientemente de C.Claudio Nerón y madre ya de tres hijos, sería la nueva esposa de Marco Antonio.





*Fotografía 1: Moneda acuñada en Eumea (Frigia) con el retrato de Fulvia, segunda esposa de Marco Antonio, en el anverso. Se trata de la primera mujer romana, no mitológica, cuyo rostro aparece representado en las monedas.
*Fotografía 2: Moneda acuñada en Éfeso con el retrato de Lucio Antonio en el año de su consulado, el 41 a.C.
*Fotografía 3: Retrato de Marco Vipsanio Agripa en el Ara Pacis
*Fotografía 4: Copia de un retrato de Octavia Minor, hermana del futuro Augusto, en el Ara Pacis