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viernes, 29 de junio de 2018

Plotina y Marciana: el uso de la imagen femenina en la política moral de Trajano


A partir de Augusto el establecimiento de un nuevo orden en la sociedad romana implicó que no sólo el princeps, si no la totalidad de su familia, incluidos tanto hombres como mujeres, tuviesen un gran protagonismo político. Era preciso, por tanto, otorgar algún papel a sus parientes femeninos, puesto que de forma inevitable se habían convertido también en personajes públicos -fundamentales además en los juegos sucesorios- pero sin que ello implicara cambiar el modelo de sociedad romana y la posición natural de la mujer dentro de la misma. Sus actuaciones privadas y domésticas debían, en consecuencia, responder a la perfección al llamado mos maiorum o “costumbre de los ancestros”, a la política moral del emperador de turno, y serían utilizadas, dada su gran transcendencia pública, como ejemplo a seguir en la época, en especial en la población femenina, y vehículo de transmisión de la importancia ética de la domus imperial y su ideología. La conducta de las mujeres imperiales, por consiguiente, debía ser -o por lo menos debía aparentar serlo- el que se esperaba de cualquier otra mujer romana: cuidar la casa, en ese caso la Augusta, aquella que regía los destinos del Imperio; ser fiel al esposo y tener hijos; no entrometerse en sus asuntos privados, salvo como simples consejeras del princeps, y nunca sobrepasar los espacios domésticos y privados.
Ante una dinastía como la Antonina que es considerada, con suma razón, en la historiografía antigua y moderna como una época de estabilidad, cohesión e integración, esta imagen de la familia imperial en armonía, sin conflictos familiares, sin intromisiones por parte de las mujeres en los roles masculinos, y dotadas de todas y cada una de las mejores virtudes tradicionales, sería necesaria para su propagación ideológica tanto en Roma como en las provincias como elemento, en cierta medida, legitimador de la dinastía al contraponerlo con los excesos de imperatores anteriores y sus esposas, que historiadores contemporáneos al inicio de la dinastía, como Tácito y Suetonio, se esforzaban en difundir a través de sus obras.
Aquel prototipo de familia imperial tenía que ser pues un referente en los ambiguos espacios de lo privado y lo público y erigirse como claro símbolo del retorno a una época gloriosa, gracias al respeto a las tradiciones y al buen hacer de Trajano y de sus sucesores. Expresaba la excelente salud y continuidad de la sociedad y la moral romanas en su conjunto tras los años de trastornos morales y desordenes políticos de Domiciano e incluso de los Julio-Claudios. La posterior divinización de las mujeres imperiales que habían servido como modelo de ese retorno a los ideales del pasado, que sin duda había provocado el esplendor del presente, no hacía mas que corroborar la idoneidad y utilidad de su comportamiento y la necesidad, para el conjunto de la población femenina, de tomarlas como ejemplo a fin de garantizar al fortaleza, permanencia y gloria del Estado y la cultura romanas. Para alcanzar este objetivo, sus imágenes, tanto reales como simbólicas, debían propagarse por todas las provincias del Imperio a través de los diversos modos de expresión artísticos y literarios al alcance del emperador.

Sus imágenes públicas servían pues para proyectar mensajes sobre la naturaleza e ideales del gobiernos y sus diferentes dirigentes, puesto que el propósito normal al honrar a cualquier mujer de la familia imperial no era únicamente el uso de su imagen con carácter ejemplarizante, sino también exaltar a los hombres de quienes ellas eran madres, hermanas, o esposas. La acuñación de monedas en el Imperio demuestra claramente que las mujeres de la familia del César eran vistas como poco más que sus apéndices, igual que el resto de mujeres romanas eran concebidas como extensiones de sus parientes masculinos.
Así en el reverso de una moneda imperial, la mujer imperial solía ser representada como una personificación de un atributo del emperador, o del aspecto que más quería destacar de su gobierno, tales como Concordia, Iustitia, Pax, Securitas, Fortuna... Debido a que estas cualidades abstractas eran designadas en latín a través de nombres femeninos y eran honradas como diosas femeninas, las mujeres imperiales pudieron personificarlas. Destaca, principalmente, su identificación con la diosa Ceres, cuyas características de fertilidad y de crianza los emperadores querían inculcar en todas las mujeres de acuerdo con la política oficial de aumentar la tasa de nacimiento; y con Vesta, deidad del hogar que debía constituir el entorno vital de la mujer como guardiana y protectora del mismo; así como con todas las tradicionales virtudes femeninas romanas: Pietas, que indicaba su total lealtad a la religión romana y al orden social establecido, deidad que se asocia tras su muerte con Matidia la Mayor, sobrina de Trajano, en numerosas acuñaciones; Fides, que denotaría su fidelidad a un único hombre incluso tras su fallecimiento, tal como observamos a Plotina en varias monedas; y Pudicitia, que asegura que su conducta sexual esta más allá de todo reproche, diosa reservada a Vibia Sabina en la numismática de su esposo Adriano.
Las acuñaciones no fueron sin embargo el único vehículo para transmitir la ideología moral de la dinastía. En numerosas representaciones escultóricas, sobre todo atribuidas a Vibia Sabina, la emperatriz es presentada como reencarnación de diversas diosas romanas y las virtudes asociadas a las mismas, tales como Venus Genetrix, matriarca de todo el pueblo romano; Fortuna, garantía de la prosperidad y abundancia del Imperio; o Diana, diosa no sólo de la caza, sino también del parto y de la productividad del campo.

Los propios emperadores además difundirían mediante documentos de carácter privado, que de forma intencionada fueron hechos públicos, la imagen que ellos tenían del prototipo de la mujer, y que, por tanto, debía regir durante su gobierno. Así, la armonía familiar en el palacio será el tema principal de la laudatio funebris que Adriano dedicará a su suegra Matidia, donde elogia sus buenas relaciones con Sabina y con él mismo, y le atribuye un elenco de virtudes similares a las de Plotina y Marciana en el Panegyricus Traiani de Plinio, del que hablaremos más adelante; Adriano destaca su modestia al afirmar que no le pidió nada que ella no utilizara más tarde no en provecho propio, si no del emperador, y que nunca le reclamó muchas cosas que a él le hubiera gustado concederle. Esa misma descripción de armonía familiar la encontramos en una carta dedicada, por su cumpleaños, a su madre Domitia Paulina, y escrita, como la Laudatio, supuestamente también por él mismo. En la misma, el emperador elogia la Pietas y la Castitas de su madre y ruega que todos sus actos fueran a sus ojos dignos de alabanza.
Sin embargo, donde mejor se observa esta concepción de la mujer imperial como modelo de sus contemporáneas, encarnación de valores y ideales tradicionales y del gobierno, es, como hemos dicho, en el Panegyricus Traiani, de Plinio el Joven; se trata de un discurso laudatorio de noventa y cinco párrafos en los que no hay ni una sola mención a un nombre de mujer, siendo el protagonista indiscutible Trajano, un hecho ya de por sí bastante significativo. Sin embargo, hay varias alusiones a mujeres identificables, como Pompeia Plotina y Ulpia Marciana, esposa y hermana del César. Las dos aparecen en virtud de la propia intencionalidad ideológica del discurso, de nuevo en calidad de justificación y alabanza del nuevo régimen1.
La descripción del carácter de la emperatriz comienza, como no podía ser de otra forma, por una alabanza de la vida privada de Trajano. Elegir una esposa adecuada era lo más necesario para el propio honor, y la esposa de Trajano es para él decus et gloria2, virtuosa y una “mujer a la antigua” adecuada, imposible de encontrar ninguna mejor3, sencilla en su aspecto, moderada y modesta4. Con respecto a su marido, se alegrará de su fortuna, pero no le respetará por ella, sino por él mismo, confortados por un muto aprecio5. Pero todas las virtudes de Plotina se las debe a Trajano, que así la ha enseñado, porque “a una esposa le basta la gloria de obedecer”6. El mérito de la emperatriz es la moderación del emperador, ante la que todo el respeto hacia él y hacia ella misma es poco en una esposa y en una mujer7. Así mismo, no compite en nada con su cuñada, distinguiéndose sobre todo su casa por la ausencia de rivalidades, queriéndose entrañablemente8. Pero otra vez el mérito es de Trajano, a quién se esfuerzan en imitar, de donde viene su moderación, mostrada cuando rechazaron el título de Augustas que el Senado les ofrecía9
La Casa Imperial debía ofrecer así, según Plinio, buenos ejemplos a las simples romanas. En primer lugar, la obediencia debida a los esposos por sus mujeres10; en segundo, la plena ausencia de envidia y de emulación entre cuñadas, ya que según el autor:“nada es más propenso a las querellas que la emulación sobre todo en las mujeres; ahora bien ésta nace especialmente en la familiaridad, se alimenta de la igualdad y se inflama con la envidia, cuyo remate es el odio”11.Y, en tercer lugar, la modestia y el rechazo de excesivos honores, porque “¿qué hay en efecto más honroso para unas mujeres que colocar el verdadero honor no en el esplendor de unos títulos, si no en los juicios del público, y hacerse dignas de las más altas distinciones precisamente por rehusarlas?”12
Plinio reduce en su Panegyricus el papel de esas mujeres imperiales en diversos aspectos: su significación en los momentos de la sucesión, que ha de depender de una elección libre del César de entre todos los ciudadanos, sin tener en cuenta a los posibles hijos de la esposa; las emperatrices han de obedecer en todo a sus maridos, en lo cual hallaban su gloria, e imitarle en la moderación, y en la modestia; sus virtudes sirven de adorno al princeps, y deben amarlo y respetarlo como a sí mismas. El ejemplo dado por las mujeres imperiales debe ser seguido por el resto de las mujeres romanas de la época evitando las disputas domésticas y la envidia, desdeñando los honores y buscando sólo una buena fama, mediante la obediencia al marido. El resto de sus obligaciones será dar hijos al Imperio y alabar hasta en en privado al emperador, en cuya glorificación se unirían a sus esposos; su actitud, por tanto, en el interior de la familia imperial deber ser solamente el de matrona, reduciéndose en la práctica su papel social y político a cero.
Plotina y la hermana de Trajano en el Panegyricus son modelos para su género, y sirven para definir las principales virtudes y valores de una mujer romana: obediencia ciega al marido, modestia en el vestido y acompañamiento, la sencillez y el pudor en el trato, la virtud en sus costumbres, y en la vida doméstica y la fidelidad tanto al marido como al poder establecido. No obstante, las virtudes de Plotina son producto de Trajano, que así la ha enseñado y a quién se esfuerza en imitar.
“Tu esposa, en cambio, te sirve para honra y gloria. ¿Qué hay más santo que ella ni más conforme a la tradición? (…) Con qué firmeza reverencia tu persona y no tu poder. Seguís siendo el uno para el otro lo que fuísteis; os guardáis recíproca consideración y nada os añadió la fortuna, si no es que habéis empezado a ver de veras qué bien la lleváis entre ambos. Obra del marido es haberla educado y formado así, pues le basta a la esposa la gloria de obedecer. Al ver ella que no entra en tu comitiva ni el terror ni la ostentación ¿no iba ella a andar también en silencio? ¿No iba a imitar, en lo que el sexo se lo permite, a su marido que va a pie? (…) Con un marido de tanta sencillez, ¿qué recato no debe tener, como esposa, para su marido, y, como mujer, para consigo misma?”13
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1 Ver POSADAS, J.L.: “Clientelas y amistades femeninas en Plinio el Joven”, Studia historica, Historia antigua, nº 26, 2008, 101-103 (Las mujeres en el Panegírico)
2 PLINIO, Panegyricus, 83.4
3 PLINIO, op.cit., 5
4 PLINIO, op.cit., 7
5 PLINIO, op.cit, 6
6 PLINIO, op.cit, 83.7
7 PLINIO, op.cit, 83.8
8 PLINIO, op.cit, 3-4
9 PLINIO, op.cit, 5-6
10 PLINIO, op.cit., 83.7
11 PLINIO, op.cit., 84.2
12 PLINIO, op.cit., 84.8
13PLINIO, op.cit. 83.5

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Imágenes:
1-Representación de Trajano en el Arco edificado en su honor en Benevento
2-Busto de Pompeia Plotina en los Baños de Neptuno, en Ostia
3-Vibia Sabina como Diana, en el Museo del Prado (Madrid)
4-Áureo de Matidia la Mayor identificada como Pietas 

sábado, 8 de julio de 2017

La casta Virginia

En nuestra revisión del papel de las mujeres en la obra de Tito Livio (ver nuestros artículos anteriores Lavinia, Las Sabinas, Tarpeya y Tulia: las mujeres en la obra de Tito Livio y El mito de Lucrecia) había una ausencia destacada, si bien por desgracia poco conocida: la trágica historia de una virgen plebeya llamada Virginia, sucedida durante el Decenvirato. Para comprender su desarrollo, y sobre todo, la decisión final del padre de la protagonista de este artículo, debemos analizar, aunque sea de forma breve, una de las cualidades más apreciadas según la literatura latina en toda mujer romana: la castitas. La castitas romana, al contrario que el concepto actual de "castidad" -fuertemente influido por el cristianismo-, no constituía una renuncia a las relaciones sexuales, sino a cualquier tipo de contacto íntimo fuera de los principios morales y religiosos imperantes, es decir, cualquiera que se diera fuera del matrimonio; por consiguiente, no sería una promesa de abstinencia sexual, sino un voto de fidelidad a un sólo hombre. No obstante, la castitas romana era, principalmente, un ideal de integridad sexual del cuerpo de la mujer romana; ello suponía negar a la mujer cualquier posibilidad de convertirse en objeto y deseo sexual no sólo de cualquier hombre que no fuera su legítimo esposo, sino incluso de éste. Actos tales como desear el cuerpo de la esposa, pretender que disfrutara de la relación sexual o tomara parte activa de la misma, o incluso ansiar verla desnuda, ya fuera parcial o totalmente, suponía degradar su dignidad como matrona, aniquilar su castitas, equipararla simple y llanamente con una prostituta o una esclava. Es la defensa de la castitas de su prometida Virginia lo que lleva a Lucio Icilio a pronunciar su encendida arenga contra el sistema del Decenvirato.

El Decenvirato fue una magistratura extraordinaria de la República romana establecida en el siglo V a.C. en el marco de la lucha entre patricios y plebeyos, y pensada para reemplazar a los cónsules. Los decenviros disponían no sólo de poder consular, sino que tenían también amplias funciones judiciales y religiosas. La misión principal de los decenviros era redactar nuevas leyes pensadas para regular las relaciones entre ciudadanos y sustituir del derecho consuetudinario-que tantas disputas había causado entre patricios y plebeyos por la interpretación libre y la aplicación severa que los primeros hacían de las leyes en perjuicio de los segundos -por un derecho escrito, normativa que tomaría cuerpo en las llamadas Leyes de las XII Tablas. El decenvirato se mantuvo durante dos años, siendo ocupada por dos colegios de decenviros sucesivos. El primero, formado por patricios exclusivamente y presidido por Apio Claudio Craso, redactó las primeras diez tablas. El segundo, formado por patricios y plebeyos y bajo la misma presidencia, fue mucho menos efectivo, pues su labor se limitó a sólo dos tablas. Además, se vio profundamente afecta por ambiciones personales y, al término de su año de gobierno, sus componentes se negaron a dimitir, como era normativo, manteniéndose ilegalmente en el poder y ejerciéndolo de forma despótica. El fin de su gobierno se vería marcado, al igual que la Monarquía romana derrocada varias décadas atrás, por el abuso cometido contra una mujer. En el caso de la Monarquía, la violación de Lucrecia; en el caso del Decenvirato, el abuso cometido contra Virginia. La historia de ambas mujeres, de hecho, guarda una enorme relación entre sí, tal como nos la narra Tito Livio en su Libro III, 44-58, quién afirma al comienzo de su relato:

"A esto (la muerte de Lucio Sicio) le siguió una segunda atrocidad, resultado de una lujuria brutal, que ocurrió en la Ciudad y llevó a consecuencias no menos trágicas que las que tuvo el ultraje y muerte de Lucrecia, que había provocado la expulsión de la familia real. No sólo tuvieron los decenviros el mismo final que los reyes, sino que la causa para que perdiesen el poder fue el mismo en ambos casos" (Tito Livio, III, 44)

Al igual que Sexto Tarquinio por Lucrecia, Apio Claudio, presidente del colegio de decenviros, sintió lo que Livio califica como "una lujuria brutal" y "una pasión culpable" por Virginia "una virgen de nacimiento plebeyo. El padre de la niña, Lucio Verginio, tenía un alto rango en el ejército de Álgido; era un hombre de carácter ejemplar, tanto en casa como en el campo de batalla (...) Había prometido a su hija con Lucio Icilio, que había sido tribuno, un hombre activo y enérgico". De nuevo, igual que Sexto Tarquinio intentó conseguir cumplir sus deseos mediante ruegos y juramentos de amor, Apio "trato de prevaler sobre ella (Virginia) mediante regalos y promesas". Ello equivale a la primera y segunda violación de la castitas de Virginia, no sólo porque al intentar convencerla con presentes la equipara, de forma consciente o inconsciente, con la prostituta que vende su cuerpo, si no también porque la ha convertido públicamente en objeto y sujeto de su deseo sexual, impensable hacia toda mujer romana que se preciara y respetara, una pasión además ilegítima, puesto que Claudio ni es su marido, ni su prometido, ni pretende serlo. Sin embargo "su virtud (la de Virginia) era a prueba contra toda tentación", y Apio, como Tarquinio, finalmente "recurrió a la violencia brutal y sin escrúpulos". Aprovechando, como Sexto Tarquinio, la ausencia de un padre y una prometido o marido que pudiera proteger a la mujer objeto de su deseo:

"(Apio Claudio) encargó a un cliente, Marco Claudio, que reclamase a la muchacha como su esclava y no cediese a ninguna demanda de los amigos de la joven para retenerla hasta que el caso fuera juzgado, pues pensaba que la ausencia del padre le daba una buena ocasión para este desafuero. Cuando la chica iba a su escuela en el Foro, el secuaz del decenviro la agarró y manifestó que ella era hija de un esclavo suyo, y ella misma esclava. Luego le ordenó que le siguiera y la amenazó, si vacilaba, con llevársela por la fuerza (...) (Marco Claudio) había ensayado una historia que ya conocía perfectamente el juez (Apio Claudio), pues éste había sido el autor del argumento. Cómo había nacido la muchacha en su casa, robada de ella, llevada a casa de Virginio y presentada como su hija" (Tito Livio, III, 44)

Apio, pues, pretende aniquilar por completo tanto la castitas como la dignitas de Virginia, pues al pretender convertirla, por medios ilegales, en su esclava, no sólo tendrá acceso irremediablemente a su cuerpo cómo y cuando quiera desde su posición dominante de amo, sino también destruirá su propia identidad al negarla algo tan inherente a la misma como era su ciudadanía. Y todo parece indicar que podrá lograr su deseo. Aunque la multitud reunida en el Foro, a los gritos de la sierva de Virginia, se opuso a esta acción, pues tanto el padre de la muchacha, Virginio, como su prometido, Lucio Icilio, eran muy respetados, forzó a Marco a llevar el caso ante los decenviros, que estaban encabezado por el propio Apio Claudio, lo que obviamente no auguraba un juicio justo. En el tribunal los defensores de Virginia manifestaron que su padre estaba ausente, como lo estuvo también el padre de Lucrecia años atrás, y que debía ser llamado para defender a su hija. Pero Apio Claudio no estaba dispuesto a renunciar a su presa tan fácilmente, aunque tuviera que pasar por encima de las leyes que él mismo colaboró a fijar por escrito: "Pidieron que se interrumpiese el procedimiento hasta la llegada del padre y que, de acuerdo con la ley que él mismo había redactado, se entregase la custodia de la muchacha a quienes asegurasen su libertad, y que no pudiese la doncella en plenitud sufrir peligro en su reputación (es decir, que no se abusara de ella de ninguna manera, ni física, ni mental ni por supuesto sexualmente). Su decisión (...) fue que se citase al padre y, en el entretanto, el hombre que la reclamaba no debía renunciar a su derecho a llevarse a la muchacha y dar seguridad de que se presentaría con ella a la llegada de su presunto padre" (Tito Livio, III, 44-45). 

Es importante el matiz: Apio ordena que Marco se comprometa a presentarse con Virginia en el tribunal cuando su padre pueda al fin comparecer, pero no dice absolutamente nada de que deba mantener intacta su reputación. Así pues, Apio no descarta declarar finalmente que todo ha sido un simple malentendido y devolver a la muchacha a su casa cuando su padre comparezca dos días más tarde, pero no antes de haber abusado de ella. El prometido de Virginia, Lucio Icilio, se da cuenta de sus intenciones, e irrumpe a gritos en el tribunal:

"Por tus órdenes, Apio, se me expulsa a punta de espada para ahogar cualquier comentario sobre lo que quieres mantener oculto. Me voy a casar con esta doncella y estoy decidido a tener una esposa casta (...) Desahoga tu crueldad en nuestras espaldas y cuellos; pero deja a salvo, al menos, el honor de nuestras mujeres. Si se hacia violencia a esta muchacha (...) no podrás ejecutar tal sentencia sino al precio de nuestras vidas. ¡Reflexiona, Apio, te lo pido, el paso que das! Cuando Virginio haya venido, él deberá decidir que acción tomar acerca de su hija; si accede a la pretensión de este hombre, tendrá que buscar otro marido para ella. Mientras tanto, reivindico su libertad al precio de mi vida, antes que sacrificar mi honor" (Tito Livio III, 45)

Así pies, Icilio está decidido a morir si es preciso, pero no por Virginia, hacia la que no parece sentir ningún tipo de sentimiento amoroso, sino por su castitas, requisito indispensable para que algún día pueda ser su esposa y cuya existencia garantiza su honor como futuro marido. Si Virginia pierda esa cualidad, incluso por decisión de su padre, Icilio renuncia a casar con ella y, apartándose a un lado, permitirá que Apio haga lo que quiera con ella. Sin embargo, esa no es la intención de Virginio ("¡Es a Icilio y no a ti, Apio, a quién he prometido a mi hija!; la he criado para el matrimonio, no para el ultraje" Tito Livio III, 47). Apio lo sabe, y por eso intenta por todos los medios impedir que Virginio declare: pretende interceptar los mensajeros que se le envían, ordena que no se le concede permiso para ausentar del campamento, sugiere incluso que se le arreste, y cuando todo eso falla, y Virginio se halla ya en el Foro, le impide hablar e intenta desviar las acusaciones contra él relativas a Virginia acusando a los partidarios de padre e hija de sedición: "El decenviro, totalmente poseído por su pasión, se dirigió a la multitud y les dijo que había comprobado, no sólo por el insolente abuso de Icilio el día antes y por la violencia de Virginio que el pueblo romano podía atestiguar, sino por una información definitiva que le había llegado, que durante la noche se habían celebrado reuniones en la Ciudad para organizar un movimiento sedicioso. Avisado del riesgo de disturbios, había venido al Foro con una escolta armada, no para herir a ciudadanos pacíficos, sino para afianzar la autoridad del gobierno acabando con los perturbadores de la tranquilidad pública" (Tito Livio, III, 48). Y así, valiéndose de la fuerza y de su posición privilegiada como presidente del colegio de los decenviros, Apio consigue su deseo y declara que Virginia es esclava de Marco. "La gente retrocedió y dejó a la niña abandonada a la injusticia. Virginio, no viendo ayuda en ninguna parte, se dirigió al tribunal: "Perdóname, Apio, si he hablado sin respeto, perdona el dolor de un padre. Permíteme que interrogue aquí a su nodriza, en presencia de la doncella, por los hechos exactos del asunto; pues si he sido llamado padre con engaño, podría dejarla marchar con la mayor resignación"" (Tito Livio III, 48)

Se trata de una trampa: "Habiendo obtenido el permiso, llevó a la muchacha y a su ama de cría junto a las tabernas cercanas al templo de Venus Cloacina (...) y allí, empuñando un cuchillo de carnicero, lo hundió en su pecho diciendo: "Hija mía, ésta es la única forma en que puedo darte la libertad" (Tito Livio III, 48). Al contrario que Lucrecia, quién se da muerte así misma para eliminar la impureza que ha dejado en su cuerpo la violación de Sexto Tarquinio, Virginia no puede elegir ese camino, sino que a de ser obligatoriamente su padre quién la libre de la deshonra. En el relato de Livio (recomendamos nuevamente leer nuestro artículo anterior El mito de Lucrecia), la noble Lucrecia se opone a Sexto Tarquinio, se resiste al destino que este quiere imponerle, y cuando no tiene más remedio que aceptarlo, no se resigna: llama a su padre, a su marido y a dos testigos, expone los hechos y finalmente pone fin a su vida por su propia mano. Lucrecia ejerce un papel activo en su tragedia, tiene lo que el propio Livio llamó "un ánima masculina". Virginia no. Ella no se resiste cuando Marco Claudio la secuestra por la fuerza en el Foro, se deja llevar aquí para allá por los partidarios de Apio o de su padre sin pronunciar una queja, y finalmente, cuando la condenan a la esclavitud, no hace tampoco nada. Lucrecia era un sujeto, Virginia sólo es un objeto. La prueba más fidedigna del papel pasivo de Virginia es que, también al contrario que Lucrecia, jamás toma la palabra en su propio relato, sino que guarda un absoluto silencio. Así pues, debe ser Virginio, uno de los agentes activos del relato, quién tome la iniciativa y ponga fin a la deshonra de su familia, aún a costa de su hija. 

Su muerte, como la de Lucrecia, pone fin a un gobierno injusto mediante la misma puesta en escena (Tito Livio III, 48): el cuchillo ensangrentado, la multitud de simpatizantes, mostrar el cuerpo sin vida de la víctima al pueblo, pronunciar una arenga contra el culpable y todo cuanto él representa.... Todas estas semejanzas y las ya expuestas anteriormente han llevado a muchos a considerar que la historia de Virginia está inspirada en la de Lucrecia y que si bien, no necesariamente es por entero una invención, si toma muchos elementos prestadas de la misma. Sin embargo, como hemos visto, aunque muchas partes de su desarrollo puedan tomarse prestadas de la violación de Lucrecia, ambas protagonistas, en cuantos a su actitud, son diametralmente opuestas y, por tanto, debió tratarse de dos mujeres distintas, influidas por dos épocas y dos educaciones distintas.


IMÁGENES.
Fotografía 1: "Virginius y su hija" (1897) en la ciudad de Tervuren. Obra de Élise Bloch
Fotografía 2: "La muerte de Virginia" (1878). Obra de James Sheeidan Knowles
Fotografía 3: "La muerte de Virginia" (1760). Obra de Francesco de Mura
Fotografía 4: "La muerte de Virginia" (1857). Obra de Nikolay Ge
Fotografía 5: "El destino de Virginia" (1882). Obra de Camillo Viola
Fotografía 6: "La muerte de Virginia", grabado de 1838

martes, 20 de junio de 2017

En la radio: Sexo y familia en Roma

Tras nuestras dos primeras colaboraciones, una de ellas en su programa inaugural, en las que pudimos hablar de nuestras queridas sacerdotisas vestales -podéis escuchar esta primera entrevista en el siguiente enlace: Istopia Historia Nº1 (11-10-16)- y de la situación de la provincia romana de Judea en tiempos de Jesús -no dudéis en clickear aquí para saber más: Istopia Historia Nº23 (11-04-2017)-, volvemos a ponernos en las manos de Juan Ramón Ortega Aguilera, del blog Istopia Historia, para formar parte de su nuevo y más ambicioso proyecto: un programa semanal de radio sobre Historia emitido por la emisora local Radio Iznájar, el cual se emite martes a las 20:00 y miércoles a las 13:00.

En esta ocasión hablamos largo y tendido sobre sexo y familia en Roma: los recursos mágicos y los métodos médicos usados para evitar el embarazo o bien para ponerlo fin; las infecciones sexuales; las enfermedades venéreas; la importancia de la descendencia no sólo para la familia, sino también para la sociedad y el Estado; los papeles contrapuestos del marido y la esposa; las relaciones sexuales con esclavos; la prostitución....y mucho, ¡mucho!, más... ¿De verdad os lo vais a perder?

El programa se emitió los pasados días 18 y 19 de junio; sin embargo, por fortuna para aquellos que no pudieron escucharlo, se subió a continuación a Ivoox para que podáis disfrutarlo cómo y cuándo queráis, disponible tanto para escucharlo online como para su descarga. Por lo demás, disculpad cualquier error producto de los nervios y ya tan solo desearos que lo disfrutéis tanto escuchándolo como yo grabándolo.

¡¡Sin más dilación, aquí lo tenéis!!: ISTOPIA HISTORIA Nº32 (13-06-2017)

sábado, 15 de octubre de 2016

Fulvia y Marco Antonio

PRIMERA PARTE: Fulvia, ¿a la sombra de Clodio?
SEGUNDA PARTE: Fulvia y el prometedor Curio

Viuda por segunda vez, aún más rica, todavía más influyente, dueña desde hacia años de gran parte de las bandas callejeras de Roma y madre de al menos dos hijos -Clodia, con su primer marido, y Cayo Escribonio Curio, con el segundo-, Fulvia esperó algo más de tiempo que la vez anterior para casarse de nuevo. La guerra civil que enfrentaba a César y Pompeyo -ver nuestro artículo La Guerra Civil: César o Pompeyo-, y su propia situación personal, obligaban a actuar con suma cautela, y Fulvia se limitó a observar pacientemente desde la seguridad de su hogar en Roma el desarrollo caótico de los acontecimientos. Finalmente, vencedor César en la batalla de Farsalia y nombrado dictador ya en dos ocasiones por los restos de un Senado algo amedrentado, junto con el asesinato de Pompeyo Magno en Egipto -lo que dejó al partido senatorial descabezado y desmembrado, con únicamente dos focos de resistencia en Hispania y África-, todo parecía indicar que la balanza de la Fortuna se inclinaba a favor claramente del partido cesariano, y Fulvia no tardó mucho tiempo en casarse, en el año 47 a.C., con la figura más prominente dentro del mismo, sólo por detrás de César: Marco Antonio.

Perteneciente a una familia de origen plebeyo, Marco Antonio había nacido en Roma hacía el año 83 a.C. Su padre, Marco Antonio Crético, fue un político cuanto menos mediocre en el que todos los autores destacan su avaricia e incompetencia. Nombrado pretor en el 74 a.C. -la máxima magistratura que alcanzaría-, recibió la orden de limpiar el mar Mediterráneo de la amenaza de la piratería, como paso previo a apoyar sin riesgos las operaciones militares contra Mitrídates VI del Ponto; Crético no sólo fracasó, sino que además saqueó las provincias que se suponía debía proteger y en su ataque a los cretenses, aliados de los piratas, sufrió una gran derrota que le llevó a perder la mayoría de sus naves (Diodoro Sículo, 40, 1). Sólo él se salvó del desastre tas firmar un tratado por completo desfavorable para los intereses de Roma, lo que le valió el sobrenombre sarcástico de Creticus, o "vencedor de Creta". Su abuelo, en cambio, también del mismo nombre, fue uno de los oradores más destacados de su tiempo, ocupó el consulado y la censura, y recibió en 102 a.C., un triunfo naval. Fulvia y su tercer marido, por tanto, compartían un padre fracasado con una carrera política nula, cuando no vergonzosa, que les había valido un apodo ridículo y denigrante -ver articulo anterior Fulvia, ¿a la sombra de Clodio?-, hecho tan solo contrarrestado por la fama y gloria de su abuelo y antepasados. Sin embargo, no era lo único que ambos tenían en común: también en el caso de Marco Antonio, los errores e ineptitudes del padre eran compensados por la influencia, riqueza y conexiones familiares de la madre, y como Sempronia Graca para Fulvia, Julia Antonia fue el verdadero cauce del que partió la carrera política de su hijo. Prima carnal de Julio César, lo que convertía a Antonio en sobrino segundo del dictador, contrajo matrimonio a la muerte de su primer marido con Publio Cornelio Léntulo Sura, más tarde acusado de estar involucrado en la conspiración de Catilina -ver nuestro artículo La conjuración de Catilina- y ejecutado por ello por orden de Cicerón, lo que originó la enemistad permanente entre Antonio y el orador -otro punto en común con su nueva esposa, quién ya le guardaba odio por sus ataques contra su padre y su primer marido-.

Huérfano de padre hacia los once o doce años y privado de toda figura paterna con la ejecución de su padrastro a los veinte años, no es de extrañar quizás que Marco Antonio, cuyo carácter, ya de por sí, se asemejaba más al de su padre que al de su madre o su célebre abuelo, pasara su adolescencia y sus primeros años de edad adulta vagando por Roma en compañía de sus dos hermanos, Cayo y Lucio, y varios amigos, en una especie de vida rebelde en que se hizo frecuente su presencia en tabernas, casas de apuestas y prostíbulos. Plutarco, de hecho, en su Vida de Antonio, menciona el rumor de que ya antes de cumplir los veinte años de edad, Antonio ya estaba arruinado, debiendo aproximadamente 250 talentos (unos 6 millones de sestercios), que serían asumidos por su amigo Escribonio Curio, quien más tarde, curiosamente, se convertiría en segundo marido de Fulvia. A través de Curio, Marco Antonio entró además en contacto hacia el 59 a.C. con el círculo político de su primer marido, Publio Clodio Pulcro, y sus bandas callejeras, mostrando un rápido interés por ella. La pasión que su esposa despertaba en su nuevo amigo no pasó desapercibida para Clodio, y el asunto acabaría varios enfrentamientos entre ambos. Por fortuna, Antonio puso tierra de por medio, aunque no por que ya no se sintiera atraído por Fulvia, sino porque sus muchos acreedores le empujaron a huir a Grecia en 58 a.C. Allí, aprendería retórica en Atenas y pareció reconducir su vida, siendo convocado por Aulo Gabinio, procónsul de Siria, para participar en la campaña contra Aristóbulo de Judea y más tarde, en 55 a.C, también en la campaña de Egipto, ya como prefecto ecuestre, donde destacaría en la toma de Pelusio.

De regreso a Roma, la influencia de Curio y Clodio -quién sorprendentemente a pesar de la pasión que Antonio parecía sentir por su esposa nunca le negó su amistad- acercaron a Marco Antonio al círculo de su tío abuelo Julio César, quién, en 54 a.C., le concedió un mando militar en la Guerra de las Galias, donde destacó durante el doble asedio de Alesia. Su personalidad, sin embargo, no había cambiado y los conflictos a su alrededor eran más que frecuentes; el propio César reconocía que su conducta le irritaba enormemente, pero reconocía su genio militar. De ahí que le ayudará a obtener los cargos de cuestor (52 a.C.), augur (50 a.C.) -cargo que ocuparía hasta su muerte-, y tribuno de la plebe (49 a.C.). A cambio, Antonio permaneció leal a César cuando se desencadenó la guerra civil -ver nuestro artículo El primer triunvirato-, llegando a cruzar el río Rubicón a la derecha de su tío abuelo, y, en recompensa a su lealtad, fue nombrado por el nuevo dictador como su magister equitum y administrador de Roma e Italia en su ausencia, mientras combatía a los últimos focos de resistencia pompeyana. Un año más tarde, en 47 a.C. Marco Antonio conseguía por fin a la mujer que llevaba nada menos que doce años persiguiendo, y Fulvia encontraba un nuevo marido. Juntos, tendrían dos hijos: Marco Antonio Antilo (nacido el mismo año de su matrimonio) y Julo Antonio (nacido dos años más tarde)

Sin embargo, las habilidades como administrador de Antonio fueron bastante pobres en comparación con sus claras actitudes como militar. El uso tiránico que Antonio hizo de su nuevo cargo, así como sus excesos y extravagancias y los escándalos en los que se vio envuelto con su amante Cytheris, no tardaron en provocar numerosos disturbios, hasta el punto de que la ciudad se sumió en la anarquía más total y el Senado se vio obligado a declarar un nuevo estado de excepción, que Antonio convirtió en un auténtico régimen de terror, mientras que los veteranos del ejército de César, acantonados en Campania para la próxima campaña de África, se revelaban contra el magister equitum. El propio César se vería obligado a regresar a Italia para poder tranquilizar la situación, privando a Antonio de todas sus responsabilidades políticas, lo que generó un distanciamiento entre ambos que duraría dos años, si bien no fue constante. No podemos por menos que preguntarnos si Fulvia, que debió sentirse una especie de ama de Roma al casarse con Antonio, no se sintió decepcionada al darse cuenta de sus nulas habilidades en política y la situación desfavorable, para Roma y para ellos, que sus ahora obvias escasas aptitudes habían provocado. Si fue así, no lo demostró en ningún momento, si no que, en esta ocasión, y en otras aun peores que vendrían más tarde, siempre permaneció fiel a Antonio y a sus intereses, incluso cuando él acabó por olvidarla y traicionarla. Sin duda, la pasión que Fulvia sintió por su tercer marido fue más constante e intensa que la que él experimentó nunca por ella, si bien en un primer momento el afecto de Antonio por su nueva esposa fue claro y sincero, hasta el punto de renombrar la ciudad griega de Eunemia o Eunemeia como Fulvia en su honor, o acuñar moneda con su rostro para pagar a sus tropas -convirtiéndola en la primera mujer no mitológica en aparecer en las monedas romanas-.

A este respecto, Cicerón (Filípicas, II, 77) y Plutarco (Vida de Antonio, X, 5) recogen una anécdota sin duda reveladora. Marco Antonio había partido hacia Hispania con la intención de reunirse con César, por entonces ocupado en la campaña de Munda. Sin embargo, no termina el viaje y vuelve precipitadamente sin haber ni siquiera pasado más allá de Narbona. Sobre la manera en que entra en Roma, Cicerón refiere:

            “Llegando sobre la décima hora a las Rocas Rojas entra en posada y, ocultándose de las miradas, no deja de beber hasta bien entrada la noche. Después, tras ser llevado, de forma repentinamente, a Roma en un carro, llega a su casa con la cabeza cubierta. El portero le dice: “Y tú.. ¿quién eres?”; Antonio: “Un correo de Marco Antonio”. Tras esto, es introducido con enorme celeridad dentro de su morada a la que él ha ido a ver-es decir, su esposa Fulvia- y le da una carta. Ella la lee anegada en lágrimas, pues su tono es enternecedor; en concreto esta carta la decía que, desde el mismo instante, Antonio cortaba sus relaciones con la comediante -su amante Cytheris- y le retiraba su afecto, en beneficio de su mujer. Cuanto ésta comenzó a llorar aún más fuerte, este hombre tan sensible no pudo contenerse. Descubrió su rostro y se lanzó para besar el cuello de su esposa”

Para Cicerón, tanto un hecho -el abandono del deber para con la comunidad por un único individuo, aunque éste fuera su esposa-, como otro -el sentimiento amoroso por la cónyuge- son censurables y criticables, como clara prueba de debilidad moral y de carácter; de ahí que el famoso incluya esa anécdota en sus Filípicas, una dura y agresiva invectiva contra Antonio, y use contra él cierta mordaz ironía (“tono enternecedor”, “este hombre tan sensible”), que, sin duda, buscaba provocar risa y burla. Esto no evita, no obstante, que se pueda apreciar el amor romántico que Antonio y Fulvia sentían él uno por el otro al inicio de su matrimonio.


Imágenes: Retrato de Marco Antonio, "Promise of Spring de Alma-Tadema", y moneda acuñada en Eumea con el rostro de Fulvia

viernes, 12 de agosto de 2016

Fulvia y el prometedor Curio

PRIMERA PARTE: Fulvia, ¿a la sombra de Clodio?

La turba enfurecida que se hizo con el cuerpo de Clodio para incendiarlo en el mismo foro y prender a continuación fuego a la Curia no fue sino el preludio de lo que vendría después. Roma se sumió en el caos más absoluto y la violencia se apoderó de las calles. El Senado se vio obligado finalmente a decretar el estado de excepción mediante un senatusconsultum ultimum por el que Pompeyo, en su calidad de procónsul, fue nombrado cónsul único -lo que es una muestra clara de la anormalidad de la situación-, recibiendo como tal poderes para reclutar tropas en Italia con el único fin de restablecer el orden, lo que lograría en apenas en mes -ver nuestro artículo anterior El primer triunvirato-. Pompeyo, además, promovería una amplia legislación en la que atendió, sobre todo, a frenar la causa de los desórdenes recientes, es decir, los métodos anticonstitucionales de lucha electoral en los que Clodio había destacado tanto, mediante la promulgación de leyes contra la corrupción y la violencia. Tomó también medidas para atajar los motivos de la corrupción electoral: la carrera por las magistraturas y el enriquecimiento que su ejercicio posibilitaba. Entre otras cláusulas, establecía que el gobierno de una provincia sólo podía ser ejercido por ex cónsules y ex pretores durante los cinco siguientes años a la finalización del cargo. Esta cuestión perjudicaba claramente a César, pues en pocas semanas -en concreto, el 1 de marzo del año 50 -finalizaba su mando en las Galias y, gracias a la nueva legislación de Pompeyo, corría el peligro de ser destituido e, incluso, juzgado. Entre una más que posible condena y el exilio, César escogió la rebelión, desatando una nueva guerra civil -ver nuestro artículo anterior La Guerra Civil: César o Pompeyo-

Mientras, Fulvia no había permanecido inactiva. Viuda, rica, bastante influyente, querida por la plebe, idolatrada por la factio popular del Senado y dueña absoluta de las bandas callejeras de Clodio, era obvio que no tardaría mucho en situarse nuevamente en la escena política mediante un nuevo matrimonio con algún otro político emergente, y así fue. Al año siguiente al asesinato de su primer marido, Fulvia estaba nuevamente casada, esta vez con Cayo Escribonio Curio. Buen amigo de Clodio y de Marco Antonio, Curio sin embargo se había alistado desde el principio de su cursus honorum en las filas de la factio optimate conservadora del Senado, hasta el punto de intercambiar correspondencia con Cicerón -quién veía en él un claro defensor de las ideas más tradicionales de la política y la moral romana y le consideraba una de las grandes esperanzas de la factio-, y destacar por sus ataques encarnizados contra César, uno de los líderes de la factio popular. Con semejantes ideales y relaciones, cuesta entender porque Fulvia se interesaría por alguien como Curio, y porque Curio se interesaría en alguien como Fulvia. Sin duda, la influencia, riqueza y conexiones de ella debieron de pesar en la elección de él, y la prometedora carrera de él en la decisión de ella: destacado enemigo del triunvirato, pretor en 54 a.C., procuestor de Asia en 53 a.C., y pontífice el mismo año de su boda con Fulvia -51 a.C.-, Curio parecía destinado al éxito.... y Fulvia no tardaría mucho en ayudarle a lograrlo.

Al estallar la guerra civil, todo parecía indicar que Curio, quién se había mostrado siempre como "un furibundo anticesariano" (Aulo Hircio, libro VIII, cap.52.4) y había sido el único en plantar cara a César durante su consulado, permanecería por entero fiel a la factio optimate, por lo que Pompeyo le nombró tribuno. No obstante, apenas hubo César demostrado sus posibles intenciones, Curio cambió de bando. El cambio está documentado en las cartas entre Cicerón, entonces en Laodicea, y su protegido Marco Celio Rufo, quién será el que le dé la noticia en mayo (Cicerón, A los amigos, 8.6). Tradicionalmente se ha considerado que la decisión de Curio estaba motivada porque César, quién había obtenido considerables riquezas durante la Guerra de las Galias, había pagado las muchas deudas de un derrochador Curio (Casio Dio, XL, 30), pero ¿por qué Curio recurriría a la caridad de César cuando contaba con las enormes riquezas de su nueva esposa? Sin duda, fue Fulvia quién convenció a su nuevo marido de las ventajas de abandonar la factio optimate, liderada por Pompeyo, por la factio popular, encabezada por César, a la que ella siempre se había mostrado tan adepta. Curio además, como otros jóvenes aristócratas del momento, debió considerar a César no solo como la apuesta más segura, sino también como un medio para lograr un rápido ascenso.

Curio tuvo la suficiente habilidad para que el cambio no fuese totalmente descarado, de manera que se esforzó por dar una imagen de neutralidad en el conflicto, dejando paulatinamente de lado sus ataques contra César. Finalmente, para marcar la ruptura entre él y el partido pompeyano, propuso algunas leyes que sabía que no podrían ser llevadas a cabo. Al rechazar sus planes, le dieron la excusa que necesitaba para abandonar a sus antiguos aliados, por lo que no dudó en vetar, en calidad de tribuno, la posible destitución de César, propuesta en marzo del 50 a.C. Con todo, Curio sería uno de los últimos políticos en pedir a César y Pompeyo una reconciliación, así como que ambos, y no sólo César, destituyeran de sus mandos al frente de sus respectivas legiones. Semejante propuesta le hizo temer por su seguridad, por lo que marchó a Rávena, donde se reuniría con César, acampado con la Legio XIII, y le instaría a avanzar inmediatamente hacia Roma. César se negó, confiado aún en un fin pacífico al conflicto; no obstante, éste no podía tardar mucho en estallar. La carta que llevó Curio al Senado de parte de César, poco después del acceso de Marco Antonio al tribunado de la plebe, en que afirmaba que si Pompeyo conservaba su mando él no abandonaría el suyo, sino que iría rápido y vengaría los errores, fue considerada una declaración de guerra. Metelo Escipión, suegro de Pompeyo, no tardaría en proponer la declaración de enemigo público para César. Sólo Curio y Marco Celio Rufo se opusieron a ello, y Antonio, como tribuno, vetó la moción. La consecuencia inmediata fue la disolución del Senado ante la oposición de los cónsules al veto. Poco después, César fue depuesto y Pompeyo declarado protector de Roma. Los tribunos Casio y Marco Antonio, junto con Curio, huyeron de inmediato junto a César, otorgándole a éste la excusa perfecta para convencer a sus legiones de un golpe de Estado y de la necesidad de que él, César, reinstaurara la República con su ayuda.

A partir de ese momento, Curio pasó a actuar directamente a las órdenes de César, encargándose en un primer momento de reunir las tropas estacionadas en Umbría y Etruria. Con las tres cohortes acantonadas en Rimini y Pisauro bajo su mando, Curio recuperó Iguvio para César, lo que le valió su nombramiento como propretor de Sicilia y África. Marcharía de inmediato a Sicilia para sustituir en el mando al pompeyano Catón, cuyas fuerzas aplastaría rápidamente, obligándole a pasar a África. César envió entonces a Curio a África con el fin de detener al rey Juba I de Numidia, partidario de Pompeyo, y al general pompeyano Publio Atio Varo; para ello, le otorgó el mando de dos legiones, doce barcos de guerra y varios barcos de carga. Llegado a Útica, puso en fuga a un cuerpo de la caballería númida y alcanzó el éxito contra Atio Varo en la batalla de Útica, lo que le valió que sus tropas le saludaran como Imperator. Fulvia, sin duda, al conocer la noticia, debió creer sus ambiciones colmadas. Sin embargo, su alegría no duró mucho: la deserción minó poco a poco las fuerzas de Curio y su marido cayó en una trampa tendida para él por el rey Juba en las cercanías del río Bagradas. Derrotado, no tuvo más remedio que retirarse a una zona alta, acosado por la fatiga, el calor y la sed. El enemigo cruzó el río y Curio guió su ejército abajo, hacia la llanura. La caballería númida no tardó en rodearle. Gneo Domicio, prefecto de su caballería, instó a Curio a salvarse mediante una huida rápida al campamento, pero Curio se negó, alegando que no podría mirar a César a la cara si perdía el ejército que éste le confiara. Así, luchó junto a su ejército hasta la muerte (Cesar, Guerra Civil, libro II, cap. XLII). Su cabeza fue cortada y llevada al rey Juba (Apiano, Guerras Civiles, Libro II, cap.46)

Fulvia quedaba viuda de nuevo en 49 d.C. después de apenas dos años de matrimonio y un hijo en común de mismo nombre que su padre, Cayo Escribonio Curio -a quién Augusto ordenará ejecutar tras la victoria en Actium-. Más rica aún que antes de su segunda boda, Fulvia no tardaría en cotizarse de nuevo entre los cesarianos y populares, y esta vez, elegiría con mucho cuidado. Con su tercer marido, la carrera política de Fulvia alcanzaría por fin su punto álgido.


Fotografías: Retratos de Gneo Pompeyo Magno, Cayo Julio César y Juba I de Numidia

martes, 2 de agosto de 2016

Fulvia ¿a la sombra de Clodio?

Denostada por los historiadores de su época y olvidada por la posteridad, la imagen de Fulvia, tercera esposa de Marco Antonio, de quién Veleyo Patérculo (I, 74, 2) llegó a afirmar que "no tenía de mujer más que su sexo", fue construida en la literatura augústea por oposición a Octavia, cuarta esposa de Marco Antonio y hermana del propio Augusto, presentada en la propaganda y en la política moral del Principado, junto a su cuñada Livia, como la encarnación viviente de los mejores y más puros ideales de matrona romana  -ver nuestro artículo El arquetipo de esposa romana según la literatura latina-. Los diversos autores al servicio del régimen imperial elaboraron en sus escritos la contraposición Octavia/Fulvia, dos imágenes de la mujer romana incompatibles y mutuamente excluyentes, reflejo de dos realidades distintas y contemporáneas definidas mediante su completa y absoluta oposición a la contraria, sin que existiera una mínima posibilidad de un término medio entre ambas, un punto de unión o un nexo en común. De acuerdo con este deliberado sistema de opuestos, para que las virtudes de Octavia resultaran aún más extraordinarias y la distinguieran de la totalidad de las matronas, sirviendo de esta forma de ejemplo edificante para las mismas, la imagen de Fulvia hubo de adaptarse a todos y cada uno de los estereotipos negativos existentes sobre la mujer. Se convirtió, tras su muerte, en la manifestación tangible de la llamada impotentia muliebris: una mujer incapaz de controlarse, carente de todo sentido de la medida, desprovista de toda virtud, privada de la razón y dominada por entero por las pasiones; una mujer, en definitiva, débil moralmente e inclinada siempre hacia el mal, cuya naturaleza "incivilizada", similar a la de bárbaros y bacantes, no pudo ser sometida ante la ausencia de un padre o de un marido con auténtica autoridad -ver nuestro artículo Vicios y defectos de la mujer romana en la literatura latina: la "impotentia muliebris"-.

Sin embargo, ¿QUIÉN FUE REALMENTE FULVIA?

Nacida como Fulvia Flacca Bambalia a finales de la década de los 80 o inicios de la década de los 70 del siglo I a.C., era la única descendiente de Marco Fulvio Flacco Bambalio y Sempronia Graca. Aunque procedente de familia plebeya, contaba con varios cónsules entre sus antepasados. Su propio abuelo, Marco Fulvio Flaco, había ocupado la máxima magistratura en 125 a.C., siendo conocido por su apoyo incondicional a Tiberio y Cayo Sempronio Graco -ver nuestro artículo Las reformas de los hermanos Graco-. Su padre, no obstante, nunca destacó en el Senado debido a su tartamudez o como mínimo cierta vacilación al hablar, un defecto que provocaría que Cicerón le apodara "Bambalio", del griego bambulein ("tartamudez"); ello generó en la pequeña Fulvia cierto odio hacia el orador que no haría más que incrementarse con el paso de los años y los hechos posteriores. Por parte de su madre, Sempronia, era nieta de Cayo Graco, sobrino-nieta de Tiberio Graco, descendiente de la gens Licinia y la gens Claudia, del gran Publio Cornelio Escipión Africano y del general Lucio Emilio Paulo Macedónico. Gozaba Fulvia, por lo tanto, de una célebre, reputada e idolatrada ascendencia, de estupendas conexiones familiares con los más prominentes y antiguos linajes de la aristocracia romana, además del cariño incondicional de la plebe y el favor perpetuo de la factio popular del Senado -ver nuestro artículo Cayo Mario y los populares-, en su calidad de última descendiente viva de los hermanos Graco, los cuales habían alcanzado ya, para estos grupos, la categoría de héroes y mártires por la causa. A esta influencia y prestigio evidentes se añadiría, en el año 63 a.C. con la muerte de su madre, la enorme fortuna de los Graco. Todo ello convirtió a Fulvia en un partido muy solicitado y no pasó mucho tiempo antes de contraer su primer matrimonio, con Publio Clodio Pulcro

Perteneciente a la rica familia patricia de los Claudii Pulchrii, su marido había adoptado la pronunciación en latín vulgar de su nomen, Clodius, en un intento de ganarse a las clases bajas y de acercarse a la factio popular del Senado. Su carrera política, sin embargo, había comenzado de forma bastante mediocre. Había luchado a las órdenes de su cuñado Lucio Licinio Lúculo en la Tercera Guerra Mitridática contra Mitrídates VI del Ponto hasta que, considerándose tratado con poco respeto, instigó una revuelta entre los soldados. Otro cuñado, Quinto Marcio Rex, gobernador de Cilicia, le otorgaría el mando de su flota, hasta que acabó siendo capturado por los piratas. Tras su liberación marchó a Siria, donde estuvo a punto de perder la vida en un motín del que posiblemente fuera instigador. A su regreso a Roma en 65 a.C., procesó a Catilina por extorsión, pero sobornado por éste, le obtuvo la absolución -ver nuestro artículo La conjuración de Catilina-. En diciembre del año 62 a.C., menos de un año después de su boda con Fulvia, Clodio estaría también implicado en el gran escándalo de los Misterios de Bona Dea, en los que vestido como mujer -puesto que estaba prohibida la presencia de los hombres- entró en la Regia, hogar de Julio César en su calidad de pontifex maximus y lugar de la celebración de los misterios, con la intención, al parecer, de encontrarse en secreto con Pompeya Sila, esposa de César. Fue descubierto por una esclava y llevado rápidamente a juicio, pero evitaría la condena sobornando al jurado (Cicerón, Cartas a Ático, 1, 16). Las violentas declaraciones públicas que hiciera Cicerón contra él durante su juicio originaron en Clodio el enconado odio que sentiría el resto de su vida hacia el orador, y no hicieron más que reafirmar y acrecentar el rencor que Fulvia ya sintiera hacia él desde la infancia.

No obstante, a partir del año 61 a.C., todo comenzó a cambiar y la carrera hasta entonces mediocre de Clodio de repente inició un ascenso imparable. A su regreso de Sicilia, donde había sido designado cuestor, Clodio renunció a su rango patricial. Tras lograr el consentimiento del Senado fue adoptado por un tal Publio Fonteyo, miembro de una rama plebeya de su propia familia en 59 a.C. De esta forma, pudo optar y conseguir el cargo de tribuno de la plebe, al que no hubiera podido acceder siendo patricio. Con el apoyo de César, Pompeyo y Craso, que sin duda le consideraban un simple instrumento de sus intereses -ver nuestro artículo El primer triunvirato-, su primera acción como tribuno fue llevar a cabo una serie de leyes para ganarse el apoyo popular: distribuyó grano de forma gratuita durante un mes, aprobó medidas para aumentar el poder de las asambleas populares, prohibió a los censores excluir a cualquier ciudadano para el Senado, y a los senadores infligir cualquier castigo a un sospechoso hasta que hubiera sido acusado públicamente y condenado -lo que llevó a Cicerón al exilio-, y, sobre todo, restableció los collegia, en los que basaría su poder.  Se trataba de bandas armadas, dirigidas por un cabecilla, que, bajo la máscara de asociaciones de carácter religioso, profesional o político, ofrecían sus servicios para controlar las reuniones políticas o provocar disturbios en las asambleas, o en la calle, con el único objetivo de controlar la política mediante la coerción, la violencia y el miedo; ello refleja claramente el deterioro de la política interior romana y la creciente importancia de las masas. Los collegia habían sido prohibidos en el año 64, pero Clodio no sólo aprobó la ley que condujo a su restablecimiento, sino que además se convirtió en el organizador de los mismos, a los que distribuyó armas y dotó de un sistema paramilitar. Así pues, mientras los miembros del triunvirato consideraban a Clodio un medio para lograr sus fines desde el tribunado de la plebe, Clodio utilizaba su magistratura para crearse un poder personal e independiente de los triunviros, mediante la manipulación de la plebe.

La marcha de César a las Galias, convirtió a Clodio en el dueño absoluto de Roma. No contento con su nueva situación y buscando quizás minar los cimientos del primer triunvirato, como paso previo para aumentar aún más su propio poder, Clodio enfrentó a Craso y Pompeyo en ausencia de César y atacó la imagen pública de este último. Para defenderse de Clodio y intentar restablecer su autoridad y popularidad, bastante minadas por su asociación con César y Craso, Pompeyo recurrió de nuevo a otro tribuno de la plebe, Tito Anio Milón, que se enfrentará a él formando sus propias bandas callejeras, no con la plebe urbana, como Clodio, si no reclutando a los veteranos de Pompeyo y contratando a escuelas de gladiadores enteras. Así mismo, hizo regresar del exilio a Cicerón, el cual, agradecido, actuó como mediador a partir de entonces entre Pompeyo y el Senado. La nueva situación no favorecía a Clodio, quién reaccionó con un inesperado giro político a fin de conservar su poder. Confiando en la lealtad de las clases bajas y la factio popular, decidió ofrecer a la factio optimate del Senado, dividida en su fidelidad a Pompeyo, Catón y otros, un nuevo líder: él mismo. Para ello, se declaró dispuesto a invalidar la legislación de César, y arrastró con él a Craso, cansado de su papel en la sombra

Es imposible no preguntarse por el papel de Fulvia en la fulgurante carrera de su marido, la cual se inició, sin duda no casualmente, tras su matrimonio. Es obvio que a Clodio le fueron más que útiles las conexiones familiares de su esposa y el favor del que gozaba ésta entre las clases bajas y la factio popular como única descendiente de los Graco, así como su inmensa fortuna. Sin embargo, la actuación de Fulvia no debió limitarse a una aportación tan pasiva, puesto que, como afirmó Plutarco (Antonio, X, 3), "era una mujer que no había nacido para hilar ni hacer las tareas domésticas". Valerio Máximo declaró al respecto: "Clodio Pulcro tenía el favor de la plebe, pero este hombre duro llegó a estar obsesionado con Fulvia, y su gloria pasó a estar bajo el mando de una mujer". Así pues, dejando de lado el ataque contra Clodio -la acusación de estar sometido a la esposa como una clara muestra de debilidad y causa de mofa se repetirá nuevamente con Marco Antonio-, es claro que lo que, en inicio, fue un matrimonio concertado se había convertido en algo más: una asociación política y económica muy productiva para ambas partes y, aún así, impregnada de auténtico afecto sino amor, en la que Fulvia jugó un papel bastante activo como aliada, tesorera y consejera de Clodio -hasta el punto de que Valerio Máximo la considera el verdadero poder en la sombra-.

Sin embargo, la violencia creada por Clodio acabó por pasar factura. En el año 53 a.C., mientras Milón era candidato al consulado y Clodio aspiraba a la pretura, ambos rivales reunieron sus collegia enfrentándose en las calles de Roma, retrasando así las elecciones. Finalmente, el 18 de enero de 52 a.C., Clodio fue asesinado en un enfrentamiento con los hombres de Milón en la Vía Apia. Con la muerte de su marido, Fulvia se muestra, por primera vez, de forma pública, como el animal político que en verdad es en lo que fue, sin duda, una brillante puesta en escena, equiparable tan sólo a la que años más tarde llevará a cabo Marco Antonio con ocasión del funeral de César. Inconsolable y llorosa, emitiendo grandes alaridos y lamentos mientras se aferraba a las manos de sus hijos pequeños, ahora huérfanos, Fulvia paseó el cuerpo acuchillado de su marido por las calles de Roma sublevando a la plebe, la cual, conmovida por la imagen y furiosa por la muerte del que fuera su lider, formó una turba incontrolable e imparable que tomó el cuerpo de Clodio y lo incineró frente al Senado, quemando también la Curia Hostilia en represalias. Milón tampoco tardó mucho en caer; llevado a juicio por dos de los hermanos de Clodio, Apio Claudio Pulcro el Mayor y Apio Claudio Pulcro el Menor, fue torpemente defendido por Cicerón y acabó por perder sus bienes y partir al exilio. Aquellas serían las primeras demostraciones de fuerza de Fulvia, quién, en calidad de viuda de Clodio y madre de sus hijos, heredó su liderazgo de los collegia y aumentó su influencia y poder sobre la plebe urbana.

LA ESTRELLA DE CLODIO SE HABÍA APAGADO, LA DE FULVIA COMENZABA A ALZARSE



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Imágenes:

1-Moneda acuñada con Fulvia como la diosa Victoria.
2-"Los Graco", de Eugene Guillame
3-Ruinas de la Regia, en el Foro Romano, donde Clodio fue sorprendido durante los Misterios de la Bona Dea
4-Retrato de Marco Tulio Cicerón
5-Retrato de Gneo Pompeyo Magno
6-Representación de sepelio romano en un sarcófago del s.III

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Bibliografía a consultar:

BABCOCK, C.L: “The early career of Fulvia”, American Journal of Philology, 86, 1965, 1-32 DELIA, D: “Fulvia reconsidered”, en Pomeroy, S. (ed.): Women´s History and Ancient Historiay, North Carolina, 197-217
FISCHER, R.A: Fulvia und Octavia. Die beiden Ehefrauen des Marcus Antonius in der politischen Kämpfen des Umbruchzeit zwischen Republick un Prinzipat, Berlin, 1999
GARCÍA VIVAS, G.A: “Apiano, BC, 4, 32: Octavia como exemplum del papel de la mujer en la propaganda política del Segundo Triunvirato (44-30 a.C.)”, Fortunatae, nº 15, 2004, 103-112; IDEM: Octavia contra Cleopatra: el papel de la mujer en la propaganda del Triunvirato (44-30 a.C.),Madrid, 2013
VIRLOUVET, C: “Fulvia la pasionaria”, en Fraschetti, A (ed.): Roma al femminile, Roma-Bari, 1994

martes, 14 de junio de 2016

Sobre reseñas y críticas: "No sólo hilaron lana: Escritoras romanas en prosa y verso"

Quienes llevan un tiempo siguiendo este blog sabrán, o al menos sospecharán, el interés que siento -quizás "pasión" sería una palabra más exacta- por el estudio de la mujer en el mundo romano. Mi Trabajo Fin de Máster, de hecho, versó sobre un tema en concreto de este gran y magnífico ámbito de estudio: "Vxor Merens: La consideración de la mujer en la epigrafía funeraria de Hispania Citerior" -podéis descargaros un artículo resumen pinchando aquí-. En este tiempo, como podéis imaginar, he leído muchos libros sobre la mujer romana, y el que hoy os traigo aquí, obra de Aurora López, es uno de los primeros que cayó en mis manos -cuando aún estaba en tercero de licenciatura- y quizás por esto, además de por su contenido, también uno de mis favoritos.

Aurora López realizó la Licenciatura de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, graduándose en abril de 1975 en Filología Clásica con la memoria de Licenciatura El vocabulario de las relaciones amorosas en Plauto. Se doctoró en esta Universidad en febrero de 1979 con la tesis Fabularum Togatarum Fragmenta. En la Universidad de Granada desempeñó los puestos de Profesora Ayudante de Filología Latina durante los cursos 1976-79, de Adjunta Interina en 1979-1984, y de Profesora Titular numeraria de Filología Latina en 1984-2003. Desde el 25 de junio de 2003 es Catedrática por oposición. Sus líneas de investigación preferentes son la literatura latina, centrada muy especialmente en la comedia y la tragedia, la edición de varios textos clásicos, la pervivencia y tradición clásica, y la investigación sobre la literatura de la mujer y sobre la propia mujer. A lo largo de su dilatada carrera, ha publicado un gran número de artículos y libros sobre dichos temas, entre los que destaco los que más me han gustado y sido de utilidad:

            *A. LÓPEZ – C. MARTÍNEZ – A. POCIÑA (eds.), La mujer en el mundo mediterráneo antiguo, Granada, Universidad, 1990.
            *A. LÓPEZ, “Hortensia, primera oradora romana”, Florentia Iliberritana 3 (1992) 317-332.
            *A. LÓPEZ, “Prototipo y estereotipo: la mujer en Horacio”, en D. Estefanía (ed.), Horacio, el poeta y el hombre, Madrid, Ediciones Clásicas, 1994, pp. 33-59.
            *A. LÓPEZ, “Escritoras romanas y escritoras actuales: puntos de convergencia”, en J. M. García González – A. Pociña Pérez (eds.), Pervivencia y actualidad de la cultura clásica, Granada, Universidad y SEEC, 1996, pp. 211-233.
            *A. LÓPEZ, “Reflejos de la sociedad romana en las comedias. El caso de Plauto”, en A. Pociña – B. Rabaza (eds.), Estudios sobre Plauto, Madrid, Ediciones Clásicas, 1998, pp. 3-46.
            *A. LÓPEZ, “Mujeres en busca de la palabra, desde Roma a nuestro mundo”, Florentia Iliberritana 10 (1999) 163-186.
            *A. LÓPEZ - A. POCIÑA (eds.), Medeas. Versiones de un mito desde Grecia hasta hoy, Granada, Universidad, 2002. 2 vols.
            *A. LÓPEZ, “Las prostitutas en Roma”, en J. M. García González - A. Pociña Pérez (eds.), En Grecia y Roma: las gentes y sus cosas, Granada, Universidad y SEEC, 2003, pp. 143-163.
            *A. LÓPEZ – A. POCIÑA, Comedia romana, Madrid, Akal, 2007.
            *A. POCIÑA – A. LÓPEZ, Otras Medeas: Nuevas aportaciones al estudio literario de Medea, Granada, Universidad de Granada, 2007.

El libro que nos ocupa, No sólo hilaron lana. Escritoras romanas en prosa y en verso (Ediciones Clásicas, 1994) es tanto reflejo de los avances en los estudios de la mujer que se produjeron a lo largo de la década de los ochenta -destacando Eva Cantarella y Sarah B. Pomeroy-, como de la postura personal de la autora, que la lleva a plantear aquí no solamente un estudio de la literatura femenina en Roma, sino también el de la propia mujer dentro de la literatura latina masculina. En este sentido, hace especial hincapié a lo largo de su obra, en su deseo de devolver las palabras a las mujeres -no siempre escritoras de oficio- que considera han sido relegadas al olvido por una concepción masculina de la sociedad, la literatura y la Historia.

Enmarcado dentro de esta línea de trabajo, la elección del título No sólo hilaron lana: Escritoras romanas en prosa y verso no es fruto del azar, sino que pretende recoger dos aspectos sumamente importantes en la consideración de la mujer. Desea descartar el ideal de la mujer perfecta que construyeron los romanos, que se resume en el prototipo univira, domiseda, lanifica, es decir esposa de un solo hombre, mujer de su casa, e hiladora -destacar el artículo El arquetipo de esposa romana según la literatura latina-; prototipo simbolizado por la rueca y el huso, y personificado en la mítica Lucrecia -os recomendamos el artículo publicado en este blog El mito de Lucrecia-. El cálamo, por el contrario, es un símbolo masculino, instrumento por excelencia de escritura. La autora resalta en su título, por tanto, que no sólo no todas las mujeres cumplieron el prototipo, sino que algunas entraron en un mundo de hombres como era la escritura.

Ahora bien, el termino “escritoras” usado por la autora puede inducir a autor, ya que en la mayoría de los casos ni fueron escritoras de oficio, ni se ha conservado su producción literaria, ni lo conservado puede ser analizado como representativo del resto de la obra perdida, y mucho menos es de naturaleza reivindicativa de su sexo. Todas “estas” escritoras pertenecían a la clase alta, habían recibido una educación esmerada, y su nombre, o bien también parte de su obra, se conservan por haber estado su producción ligada a hombres importantes o por responder al ideal de mujer antes mencionado. Son los casos de:

            *Hortensia, cuyo discurso se ha conservado en Apiano. Aduce razones solo aplicables a su sexo y su linaje ilustre para justificar el no pagar el tributo exigido por los triunviros -en este blog la dedicamos el artículo El valiente discurso de Hortensia-
            *Sulpicia, sobrina de Mesala, cuya obra poética se confundió con la producción de Tíbulo -en este blog la dedicamos el artículo Sulpicia, la poetisa olvidada-
            *Aconia Fabia Paulina, cuyo poema, conservado en un pedestal de piedra, es un encendido elogio al marido muerto, Vetio Pretextato.

Sin embargo, estas tres mujeres son excepciones. En la mayoría de los casos sólo encontramos referencias breves a la producción literaria de las mujeres en obras masculinas, y siempre por estar ligado su nombre al de grandes hombres. Es el caso de la obra epistolar de Cornelia, madre de los Graco, de Terencia, mujer de Cicerón, o de Octavia Minor, Livia y Julia, hermana, esposa e hija de Augusto. Es también el caso de las memorias de Agripina, esposa de Claudio y madre de Nerón, o la poesía de Perila, hijastra de Ovidio. La autora recoge en las páginas de su libro estas y otras menciones, y analiza, en el caso de conservarse, la producción literaria de éstas mujeres, tanto la composición como el contenido, si bien sin establecer nunca comparaciones o similitudes con la producción masculina coetánea