miércoles, 7 de mayo de 2014

Prostitución romana en Plauto

Una colaboración para Arraona Romana

Introducción.

Es Gimnasia, uno de los personajes de la Cistellaria, quién establece en esta obra la diferencia más básica entre los tipos existentes de prostitutas en el mundo romano al decir que va a meterse dentro de su casa ya que “estar en la calle es más de puta barata”, por que ella, como cortesana, o prostituta de lujo, trabaja en su casa. Pero hay también un tercer tipo, como bien establece José Luis Ramírez Sadaba1: las que trabajan como prostitutas a cuenta de locales tales como termas, tabernas o posadas ya sea por ser esclavas, dueñas del negocio, o cobrar un sueldo por su oficio.
Son tres tipos diferentes de prostitutas, pero en latín no existe un único termino para designarlas, como en español-independientemente de sus variantes peyorativas-, ni siquiera tres, uno para cada grupo, sino que, en latín, hay decenas de términos para referirse a una prostituta dependiendo de cuánto cobre, cuál sea su especialidad, donde trabaje, quienes sean sus clientes, su belleza…Entre otros, podemos citar:
       -Aelicarae: chicas que trabajan en panaderías y ofrecían allí sus servicios sexuales.
       -Copae: camareras que ejercían la prostitución en las tabernas.
       -Blitidiae: recibían su nombre de una de las bebidas más baratas de las tabernas.
       -Diobolaris: término que alude a los dos míseros óbolos (moneda griega) que cobraban.
       -Forariae: ejercían a los alrededores de las ciudades para atraer a los viajeros.
       -Gallicanae: prostitutas que robaban a sus clientes.
       -Noctivae: ejercían de noche.
       -Schanicullae: las que alquilaban su cuerpo a soldados y esclavos.
       -Ambulatarae: trabajaban en la calle o el circo.
       -Bustuariae: trabajaban en los cementerios.
       -Cymbalistriae, ambubiae, mimae o citharistriae: designadas por sus habilidades artísticas.
       -Dorae: iban desnudas y pintadas.
       -Delicatae: de la más alta categoría, con clientes entre senadores, negociantes, generales…
       -Prostibulae: ejercían su profesión donde podían, librándose del impuesto.
       -Meretrices: registradas en las listas públicas.
       -Fellatrix: experta en felaciones.

Otra gran diferencia entre los romanos y nosotros con respecto a la prostitución, es que ésta estaba no sólo legalizada, sino también perfectamente integrada en la vida social. Los romanos, al igual que los griegos, consideraban la prostitución como una necesidad, un remedio para la seguridad de las matronas, ya que al existir la posibilidad de acudir a una profesional, no era necesario seducir a las esposas de otros hombres.

       “Nada te impide ir a casa del proxeneta ni comprar lo que allí está en venta... Siempre que no te aventures por un territorio privado, siempre que no toques a una mujer casada, a una viuda, una virgen, a un joven o a niños que son libres de nacimiento ¡ama a quién quieras!”2

El propio Horacio3, en una de sus primeras Sátiras, también predica las bondades de esta práctica:

¿El cuerpo de una princesa es acaso más hermoso, más deseable, que el de una cortesana? ¿Por qué arriesgarse a recibir un terrible castigo atacando a matronas cuyos encantos están siempre ocultos por un traje largo?...Resulta más satisfactorio y menos peligroso para el patrimonio y para el honor ir a buscar fortuna en los callejones donde una belleza poco huraña ofrece a todo el que llega sus encantos”

En este sentido, se veía la prostitución como una forma de preservar tanto la moralidad como la fidelidad de las matronas, así como una de las mayores garantías para el honor y la familia. Es por este motivo por el que un padre -según una anécdota recogida por Valerio Máximo4- recomienda a su hijo, enamorado de una mujer casada, que antes de visitar a su amante acuda a un prostíbulo; el joven obedece, y este remedio parece surtir efecto: el primer día el joven llega a casa de su amante muy cansado. Al cabo de varios días, satisfecho de sus visitas al lupanar, acaba por abandonar definitivamente a su amante casada.
Incluso el propio Catón felicita a un muchacho por visitar a las prostitutas y no molestar a las casadas5, y Terencio llega a declarar que “no es vergonzante para un adolescente beber y frecuentar a las prostitutas”6
Pero, aunque a los jóvenes se les recomendaba las prostitutas, no es éste el caso de los ancianos:

Será preciso que a tu edad te abstuvieras de esta clase de desorden... Como cada estación, cada edad tiene sus ocupaciones. Si se permite a los viejos perseguir a las muchachas… ¡donde irá el Estado! ¡Son los jóvenes los que deben entregarse a los placeres!”7

Es obvio, por tanto, que la prostitución se consideraba en Roma con gran tolerancia. Ahora bien, aunque la prostitución era aceptada, las mujeres que la ejercían eran despreciadas como parte de los infames, junto a actores, gladiadores, proxenetas, condenados…, personas que constituían el paradigma del deshonor, que atentaban contra la dignitas propia de un ciudadano, contra la gravitas que debe adornar a todo romano, y por lo tanto eran excluidas de la sociedad. Reflejo de esta discriminación son la serie de prohibiciones que el Estado romano impuso a la prostituta: en primer lugar, y a fin de que nunca pudiera ser confundida con una matrona, no podía vestir la stola ni recogerse el cabello sino que debía llevar una túnica corta a la vez que oscura y el pelo suelto; así mismo, se prohibió el matrimonio de un ciudadano romano con cualquier prostituta o con los parientes y descendientes de ésta; de hecho sus hijos eran considerados como infames, careciendo por ello de derechos cívicos, y la inmensa mayoría de ellos estaba abocada a la prostitución.
También tenían prohibido el uso de carros, carrozas o literas, para obligarlas a desplazarse siempre a pie, y, aunque podían participar en la vida religiosa, no se les permitió mezclarse con el resto de los creyentes; tampoco con las mujeres honestas y, al contrario que éstas, podían ser juzgadas en los tribunales públicos.
Por último, en el Imperio, se las obligó a registrarse en un registro especificando el nombre, la edad, lugar de nacimiento, pseudónimo si iban a usarlo y su tarifa, tras lo cual recibían la licentia stupri. Pero una vez inscritas, debían pagar un impuesto diario equivalente a lo que cobraban por uno de sus servicios y nunca podrían robarse, por lo que quedaban inhabilitadas, ellas y sus descendientes, para el matrimonio y para llevar en el futuro una vida honesta.

El reclutamiento de las prostitutas.

Encontramos entre las prostitutas romanas a adolescentes abandonadas al nacer, a las esclavas, huérfanas, mujeres pobres e hijas de prostitutas. Los proxenetas recogen a los niños abandonados-especialmente del sexo femenino, pero también del masculino-para dedicarlos a la prostitución hasta el siglo IV d.C., fecha en la que se prohíbe definitivamente en Roma el abandono y la exhibición de niños.
Así mismo-al contrario de lo que sucedía en Grecia-apenas había prostitutas menores de catorce años, con la excepción de las niñas que sus propios padres prostituían para alimentar al resto de la familia, ya que su condición social les había privado ya de sus derechos cívicos Esa práctica será cada vez más frecuente, en especial a finales de la República, para intensificarse con los primeros emperadores. Un diálogo de Plauto muestra lo orgullosas que se sentían las madres al convertir a sus hijas en prostitutas:

-Nos hemos convertido en prostitutas, tu madre y yo, porque somos ambas mujeres emancipadas. Nosotras mismas hemos educado a las hijas que hemos tenido de padres de ocasión. Si yo he convertido a mi hija en prostituta, no es por indiferencia, sino para evitar morir de hambre.
-¿No hubiera sido mejor casarla?
-¿Por qué? ¡Mi hija tiene un marido a diario! Tuvo uno ayer; tendrá otro esta noche. ¡Jamás he permitido que pasara una noche como viuda, ya que, sin marido, nos haría morir de hambre en casa!1

También se podían encontrar entre las prostitutas a mujeres “honradas” cuyo único recurso era vender su cuerpo-este caso se produce sobre todo cuando fallece el marido-, así como emancipadas que escogían la prostitución como forma de independencia, y a las esclavas, ya fuera por obligación o con la esperanza de poder así comprar algún día su libertad.

La vestimenta.

Las cortesanas están obligadas a vestir con elegancia, y por ello dedican infinidad de tiempo a su aseo. La joven Adelfasia cuenta a su hermana sus preparativos la mañana de la fiesta de Venus:

“Desde el alba, tú y yo solamente hemos tenido una ocupación: bañarnos, frotarnos, equiparnos, secarnos, pulirnos, repulirnos, pintarnos, componernos; y, además, ellos nos habían dado a cada una dos criadas que se han dedicado todo el tiempo a lavarnos, a relavarnos; sin contar los dos hombros que se han derrengado llevándonos agua”2

Sin embargo, a todas las prostitutas se las reconoce por su forma de vestirse, obligatoria por ley con el fin de diferenciarlas de las matronas: la matrona viste túnica larga, o stola, mientras a las prostitutas sólo se las permiten llevar una túnica corta y oscura, el cabello sin recoger, e, incluso, se las obligó a ir descalzas en algunas épocas. Con todo, las prostitutas pronto desafiaron la prohibición y comenzó a imponerse cada año una moda nueva, llevándose la palma el vestido más excéntrico: se inventaban “camisas a la reina, a la pobreza, o al impluvium, una túnica ligera, un túnica tupida, el lino blanco, la camisola con cenefas, el vestido amarillo caléndula o azafrán, el vestido real o exótico, verde agua o recamado, color cáscara de la nuez, miel o paja”3.
Pero el vestido no es suficiente. Se completa con joyas o con un maquillaje de dudoso gusto, se perfuman cada parte del cuerpo con aromas distintos, y pronto se pone de moda el cabello teñido, especialmente el color rubio. Obtienen el tinte con el sapo galo, compuesto a base de cenizas de haya y de sebo de cabra, o con la ayuda de una infusión de nogalina, de vinagre de heces de vino y de aceite de lentisco. Si quieren recuperar el color oscuro de un día para otro, a fin de complacer a un cliente, utilizan un licor extraído de semillas de saúco, vino negro y una decocción de sanguijuelas. Aunque todas se cuidan mucho el cabello, ya que su pérdida supone una ignominia, esto suele sucede a menudo dado los productos que usaban, por lo que las pelucas están a la orden del día. En cuanto a los peinados, son muy sencillos:
Colorean con carmín la punta de los senos y se sujetan el pecho con unas redecillas de hilos dorados. Así mismo, se depilan todas las partes del cuerpo. Para disimular su edad, las más mayores se fijan en la boca dientes de oro o de marfil con hilos de oro, o se esmaltaban los dientes con un compuesto del asta molida. Se lavan varias veces al día las manos, las orejas y los dientes, pues temen que les invada el sarro, y hacen gárgaras con agua aromatizada, ligeramente perfumada, que sirve para conservar el frescor del aliento, o bien, chupan pastillas de mirto y de lentisco amasadas con vino rancio, mastican perejil o raíces de iris…
Las prostitutas se aclaraban el rostro con linimento extraído de excrementos de cocodrilo, con albayalde o con un residuo de plomo preparado en forma de pasta y que se produce en Rodas. A veces utilizan como alternativa tiza, disuelta en un ácido. Colorean las mejillas con minio, producto muy tóxico que provoca estragos en la piel o con un tono rojo obtenido de espuma de salitre rojo. Subrayan la forma del párpado y de la ceja con carbón, o con pasta de hollín y sebo, que se aplican sirviéndose de una aguja. Disimulan los granos y verrugas con lunares postizos.
Así mismo, abusan de las cremas y los polvos: polvo astringente para evitar contre la exudación, pomada depilatoria y pasta de alubia para teñir la piel y borrar las arrugas.
Todas las noches, así mismo, se aplican en el rostro una mascarilla a base de flor de harina y de miga de pan diluida, de huevos secos y de harina de cebada que machacan en el mortero con asta de ciervo, bulbos de narciso triturados, arenilla de vino, harina de trigo candeal y miel, para evitar la vejez. Otras optan por un ungüento de sebo extraído de la lana de un gran cordero seboso y que, aún derretido por dos ocasiones y blanqueado al sol, despide un fuerte olor. Pero nada es mejor que la leche de burra.
Las cortesanas, las únicas que pueden permitirse todos estos productos y cuya clientela se encuentra entre la nobleza más alta de Roma, no se pueden permitir ni un grano ni una erupción. La harina de cebada con mantequilla borra las manchas rojizas; los excrementos de bueyes, el aceite y la goma, el mal aliento, y la grasa de oca, las grietas4
En cuanto a las joyas, el diamante se utiliza poco, ya que se desconoce como tallarlo; las perlas, el ópalo, la aguamarina y la esmeralda son los más utilizados y se utilizan para adornarlo todo, hasta las sandalias. Los brazaletes de oro macizo y con forma de serpiente son muy utilizados y los anillos-ligeros en verano, recargados en invierno-pueden llegar adornar todas las falanges.


1 José Luis Ramírez Sadaba: La prostitución, ¿un medio de vida bien retribuido?, Estudios sobre la mujer en el mundo antiguo, Universidad Autónoma de Madrid.
2 Plauto, El gorgojo, versos 33-38
3 Cf. Violaine Vayoneke, La prostitución en Grecia y Roma, pags. 99-100
4 Cf. Violaine Vayoneke, La prostitución en Grecia y Roma, pag. 101
5 Cf. Catón, Schol. Ad horat.serm, 1, 2, 31 en Violaine Vayoneke, La prostitución en Grecia y Roma, pag. 100
6 Cf. Terencio, Las Adelfas, 101 en Violaine Vayoneke, La prostitución en Grecia y Roma, pag. 101 
7 Plauto, El mercader, versos 983-967

1 Plauto, Cistellaria, versos 38-41
2 Plauto, Poenulus, verso 217
3 Plauto, Epidicus, versos 224-233
4 Ovidio, El arte de amar

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1 comentario:

  1. Desde el blog de Arqueología e Historia del sexo les devuelvo la visita! Así que esta tarde me la pasaré contemplando los fuegos de vesta! Y añado este estupendo blog a la lista de mis favoritos ;)

    Saludos!

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