jueves, 22 de enero de 2015

Yo, Claudia Livila (XXIV)

El tiempo, el silencio, la soledad y la espera en nada consiguieron calmar el ánimo exaltado de mi tío Tiberio, envenenado por los acontecimientos y los susurros siempre certeros de Lucio Elio Sejano, sin duda el mejor conocedor de los oscuros deseos y secretos del corazón de los seres humanos. Si algún momento abrigué yo esperanzas de que la lejanía y la reflexión sirvieran para ganar a Germánico el perdón o, al menos, cierta benevolencia, quizás un poco de conmiseración, una pizca de condescendencia, todo aquello se desvaneció cuando la opulenta e insigne comitiva de regreso de mis sobrinos, mi cuñada y mi hermano había ya cruzado la práctica totalidad de la Galia y observaba, a varios días de marcha aún para alcanzarlas, las cumbres de los Alpes seminevadas: los rumores, como siempre, precedieron su marcha. La Fama, de la que Virgilio nos hablara, de múltiples plumas, ojos, lenguas, oídos y bocas, de rápido vuelto, actividad insomne y vigilancia nocturna, alcanzó las ilustres mansiones del monte Palatino semanas antes de su llegada, mucho antes de que Germánico y su esposa estuvieran para, ante su constante y justificada inquina, plantear defensa: pronto, muy pronto, supo Tiberio que Agripina no solo se vanagloriaba a quién quisiera oírla, en todas las ciudades y las aldeas de Germania y la Galia, de haber detenido ella sola la rebelión legionaria que en las fronteras norteñas el ascenso al trono del César amenazara en los días posteriores a que Augusto muriera y se le divinizara, si no que ahora también, sin rubor, se jactaba de, con su actuación, haber salvado las legiones de Germania a los que los propios mandos, con su orden de derrumbe de los puentes, casi condenaran, concluyendo así ella ¡ella! con éxito la campaña... ¡Maldita mujer que nunca supo refrenarse! ¡Ni siquiera por el bien de mi hermano callaba! ¡Su orgullo y ambición dominó siempre su lengua más que su necesidad de supervivencia! ¡Que nunca poseyó humildad, resignación y modestia! ¡Tan dispuesta al odio y a la guerra!... Esas palabras eran incluso mayor ofensa para el César que el hecho de que, vestida con coraza, diera órdenes a las tropas y éstas, sin rechistar, la obedecieran.
Tiberio, por supuesto, enfureció al ser informado, aunque la furia sería un sentimiento demasiado benigno, leve y sosegado para describir aquel fuego que hizo estragos en su mente y corazón. Con la espalda pegada a la pared para evitar recibir algún daño y los ojos desorbitados, observé con terror y complacencia -¿para qué negarlo?- al César destrozar todo su despacho, el épico duelo de los gladiadores Druso y Sejano: mi marido pretendiendo calmar a su padre con torpe oratoria y argumentos mal elaborados, nunca para proteger a Agripina, sino por la lealtad a su único amigo Germánico; el prefecto del pretorio vertiendo como respuesta sus sutiles venenos al oído de Tiberio con dobles sentidos, ironía y gran sarcasmo...los aspavientos rítmicos, nerviosos y apasionados de Druso Cástor y su voz desgañitada opuesta a la fría calma de Sejano y su sonrisa de medio lado. Mientras mi tío Tiberio, como animal salvaje atado y enjaulado, de continuo se revolvía contra los captores y barrotes; los documentos volaron por el despacho como mil truenos y cien relámpagos; la tinta tiñó los caros y exquisitos mosaicos y emborronó los frescos de ninfas y sátiros; los cálamos dejaron profundas heridas en la madera y en las cortinas; las sillas quedaron reducidas a astillas y no hubo un solo mueble que no fuera volcado ni objeto que no fuera usado como arma arrojadiza: una lucerna dejó cicatriz en la nuca de un guardia germano, una tablilla de cera hirió a un esclavo. Yo, como la bestia que olisquea con suma avidez la carroña y observa escondida a la presa escogida, sabía reconocer una oportunidad en cuanto la veía; ya Sejano me observaba como si de mi algo esperara, como si diera por hecho que yo rápido actuara. Sabía sin duda reconocer en mis ojos lo que los demás nunca jamás descifraron con un millón de palabras. Ordené a mis asustadas esclavas traer vino y vendas, y mientras el César gritaba, maldecía, y se indignaba, sentada humilde en el suelo, silenciosa, desapercibida, modesta, y atenta a sus necesidades y ante su presencia, me aplicaba con lo que pretendía ser devoción y ternura a curar y vendar sus manos temblorosas y crispadas. En mi se mezclaban la salvaje alegría por aquella escena que ansiaba acabara de condenar a Agripina y conducir a mi enemiga de forma ya inexorable a su ansiada ruina, y la preocupación y angustia por Germánico, que por su torpeza e inocencia sin razón habría de sufrir las consecuencias de la ambición, desmesura y demencia de aquella ramera codiciosa que en mejores días por error tomó como compañera. La actuación y las palabras de la última nieta del divino Augusto César solo podía ser percibida por Tiberio como un desafío, no solo a su persona y al poder que ostentaba, sino también a las profundas y severas convicciones morales que su espíritu animaban. Si una mujer se atrevía a dirigir los ejércitos y aspiraba a la jefatura máxima del Imperio, ¿qué quedaría entonces para los hombres? ¿Acaso pretendía Agripina revertir el orden natural de las cosas? ¿Qué las matronas acudieran a batalla al tiempo que sus maridos cuidaban la descendencia y la casa? Y si de esa forma se conducía en las fronteras, armada, comportándose como si un general fuera, ¿qué la impediría llegado el momento que considerara más adecuado acceder al Senado y hacerse llamar Augusta y César? Una amenaza a la moral, las antiguas y el Imperator, eso era.
Augusto había trazado leyes severas sobre la conducta de las matrona más correcta, ¿qué diría al ver a su nieta? En su mente, su masculina conducta era tan o más grave que el mismo adulterio, ¿qué habría por tanto de hacer Tiberio? ¿Cómo cortar de raíz el mal que brotaba en Germania? Al fin y al cabo, ¿qué sucedería si el resto de mujeres decidía imitarla? La propia estabilidad de la familia y el Estado estaba amenazada. Como Augusto en su momento, había que ofrecer ejemplos de conducta femenina recta al pueblo para que pudiera regresar al camino moral correcto, una mujer a quién imitar desearan, a quién admiraran y envidiaran, una mujer a quién los hombres desearan tener por madre, los maridos por esposa, los padres por hija. "Pero, ¿quién? El César no contaba con una esposa, con una hermana, con una hija... pero si con una sobrina" Atolondrada, levanté la vista. Sejano continuaba vertiendo su sutil veneno con una consumada maestría; empecé a comprender el camino que el prefecto se trazara, el lugar que yo en éste desde hace tiempo ocupara. Sabía lo que sus palabras significaban. Me marché con una leve inclinación de cabeza antes de que mi corazón y entusiasmo me delataran. Pronto, en todos los talleres de la capital y de las colonias resonó el sonido ronco de los cinceles arrancándome del frío mármol; mi cuerpo togado sería fundido en el bronce; mi rostro acuñado como encarnación de la pietas, aquella que ha cumplido todos sus deberes para con la divinidad, su familia, la religión, la moral, los antepasados y la patria, plenamente y en todos sus aspectos... ¡Yo! ¡Precisamente yo! ¿No crees que es irónico? ¿Te sentiste, madre, entonces de mí orgullosa? No sé porqué, pero voy a dudarlo...Sin duda debiste saber al menos lo que aquello representaba. Todo sucedió más rápido de lo que esperara: mi transformación definitiva en mi abuela Livia, la tan anciana anciana arpía que no moría. Ahora por fin tu hija no solo dominaría las altas mansiones del Palatino como la custodia, cuidadora, continuadora y protectora de la insigne casa Claudia, sino que mi presencia se sentiría en la propia Roma, en las provincias; por fin todos sabrían que yo era la heredera, la Imperatrix, ¡Augusta!; todos conocerían por fin mi poder, sabrían de mi autoridad, ¡me habrían de una vez de querer, aunque solo fuera porque me habrían de temer!


*Fotografía 1: Detalle del retrato de Livila en el Museo Nazionale Archeologico delle Marche (Grosseto)
*Fotografía 2: Detalle del retrato de Livila en el Museo Arqueológico de Argelia. La razón de la corona fue la transformación de la estatua en la Edad Media de una imagen de la Virgen María.
*Fotografía 3: Anverso de un dupondius con el retrato de Livila como Pietas

                    *Nota: La inmensa mayoría de las imágenes y representaciones de Livila fueron destruidas tras su muerte, ya que fue condenada a damnatio memoriae, por lo que la identidad de las imágenes aquí publicadas es dudosa.

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