viernes, 15 de enero de 2016

El nacimiento de un romano

Lucio Opimio había intentado, en múltiples ocasiones y de múltiples maneras, tranquilizar su ánimo: sin embargo, nada podía distraerlo de los agudos y afilados gritos de dolor que traspasaban el eco de la casa y amenazaban con derrumbar sus paredes. En el viejo atrio, de un lado a otro, se esforzaba por ahogar sus pensamientos con el retumbar de sus pasos huecos, pero un nuevo aullido le despertaba siempre de nuevo como del peor de los sueños. Ni siquiera allí pues, donde los esclavos amontonaban ya la hojarasca seca que habría de ser encendida en cuanto el parto finalizara, podía escapar a su largo tormento. Llegaba demasiado pronto, se repetía. Opimio temía por su ansiado heredero pero también -aunque en menor manera-por su esposa Nonia: temía que la criatura que se negaba obstinada a nacer fuera demasiado grande para salir de su útero, que el esfuerzo hiciera explotar su corazón, o desgarrar su cuerpo, o que una infección se alojara en su vientre vacío y la devorara lentamente por dentro. Una anciana partera con gran cantidad de éxitos, recomendada por un socio comercial con una abundante descendencia, dos hábiles comadronas de manos expertas, y algo más de dos docenas de esclavas, la atendían en todo momento desde hacia demasiadas horas. Durante meses se habían provisto, además, de toda medicina o droga que para cualquier eventualidad pudiera ser remotamente necesaria... y no faltaban tampoco los amuletos propiciatorios de cualquier clase, repartidos por todos los rincones de la estancia... ¿Por qué entonces ¡maldita sea! tardaba tanto? No era el primer hijo que traía al mundo su esposa... aunque ninguno con la suficiente fortuna como para alcanzar el año... ¿Y si la cabeza se había quedado atascada? ¿Debía llamar al cirujano? ¿Estaba aún a tiempo de salvar su vida? Opimio se estremecía al recordar la fina sierra diestramente manejada con la que abriría el cráneo de su hijo nonato y lo partiría en un puñado de trozos para facilitar su extracción rápida. No quería perder a otro hijo.. pero si, por los dioses, éste también estaba condenado, si se le negaba, de nuevo, lo que tanto ansiaba, por lo que tanto rezara y en los templos de continuo muchas y grandes ofrendas sacrificara... no debía arrastrar con él a su madre al oscuro mundo bajo tierra del que nunca se regresa... Quizás debiera invocar a Antevorta ante el altar de sus dioses familiares si la criatura venía de cabeza...pero ¿y si venía de pie? No perdería por honrar también a Postverta...

Y, de repente, el primer llanto... Rápidamente, Opimio ansioso presentó un sacrificio a Vagitano, por las atenciones que el dios le había prestado en el que era, en verdad, su único cometido. Los esclavos se apresuraron a darle la enhorabuena, aunque fuera por completo indiferente y en nada sincera, y la llama se encendió por fin para dar vida al fuego simbólico que se mantendría durante los vulnerables primeros días de la criatura para apartar de ella cuantos espíritus malignos persiguieran dañarla... La imagen de Nonia, pálida y agotada, pero sana y salva en su cama inmaculada, mimada en exceso por solícitas esclavas, acabó por apaciguar todos sus temores, y mientras la comadrona se reclinaba hacia delante con el bebé para depositarlo en el helado suelo frente a él, sus instintos paternales pasaron de improviso, con violencia, a un primer plano, y una oleada de orgullo ciego y amor inmenso inundó su corazón emocionado... hasta casi arrasar la decepción sentida al saber que tan solo era una niña... Al menos -se esforzó en pensar- era fuerte y estaba sana: era un buen presagio de la posterior llegada de robustos hermanos, y, como tal, no podía rechazarlo...

Las invocaciones a los dioses protectores salían en voz alta y con claridad de su boca; de inmediato ofreció comida a Picumno y Pilumno, los hijos de Júpiter que presidían la tutela de los niños... sin olvidar a Ops, mientras el bebé estaba en el suelo boca arriba y vulnerable, aceptándola de esta forma en la familia. Miel y espelta fueron ofrecidas a Cumina para que la protegiera en la cuna, y a Rumina para se que preocupara por la alimentación de la pequeña Opimia. Mientras hacia todo esto, el padre orgulloso planeaba ya el futuro de su hija: no más de cuatro años en los pechos de sus nodrizas, para que la mandíbula de la niña no fuera demasiado pronunciada; eso no la haría atractiva para un futuro casamiento...Se la fajaría firmemente también, para que sólo el brazo derecho quedara libre, evitando así que fuera zurda, presagio de malos infortunios... Debía buscar también algún buen maestro, para que pudiera conversar sin profundizar en nada, y, en las reuniones sociales, si se la permitía hablar, sobre las demás deslumbrara... Nonia, por su parte, se encargaría de mostrarla los secretos del telar, el cardado y la lana... Pero para eso aún faltaba mucho tiempo. De momento, colgaría de la puerta una muñeca para anunciar la nueva incorporación a la familia. Tres hombres, uno armado con un hacha, el segundo con un mazo y el tercero con una escoba, con la cual barrería el umbral para expulsar a los malos espíritus del umbral que sus compañeros protegían, vigilarían su portal hasta trascurrir ocho días del nacimiento de su hija, momento en que sería públicamente reconocida en una gran ceremonia.

Ya colgaba Opimio del cuello de la recién nacida la lunula que la protegería del mal de ojo hasta el instante mismo de su matrimonio, cuando un nuevo grito de dolor estremeció la casa... Un esclavo, avergonzado, se inclinó raudo ante él con reticencia: "Es la esclava celta, Cilea". Opimio se volvió hacia el rostro dormido de la recién nacida, sin atreverse a enfrentar la mirada dura, exhausta y furiosa de la convaleciente Nonia... Al parecer, aquel día los dioses le habían concedido ser padre por vez segunda.

En las entrañas de la casa, más allá de la diminuta cocina, del retrete demasiado sucio, del estrecho pasillo sin decoración ninguna, en el angosto cuartucho compartido por la totalidad de los esclavos, Cilea se esforzaba por traer al mundo a su hijo sin más ayuda que la de otra esclava, una anciana de uñas roñosas sin más experiencia que la de haber parido primero un bebé que naciera muerto. Sin comadrona, ni partera, ni siquiera una amiga o una compañera que la sostuviera en cuchillas para así facilitar un parto que se antojaba complicado y largo, la fuerza vacilante de sus manos bastaba para aferrarse al duro camastro semi sentada con las piernas abiertas mientras los demás esclavos salían y entraban del hacinado cuarto con indiferencia. Uno le advirtió de que callara, para no molestar a los amos y sus invitados que celebraban ya el nacimiento de la pequeña. Tampoco a su hijo recién nacido le dejaron llorar demasiado para no perturbar el sueño de Nonia y Opimia. Negando con la cabeza, Cilea exhausta se arrastró al camastro que ambos compartirían los próximos años y se dejó caer sin resuello. La anciana esclava, cumplido su trabajo, la dejó sola con el bebé sin ni siquiera arroparlos; tampoco esperó a que, de improviso, apareciera el padre para conocerlo, ni las felicitaciones de los otros esclavos, para quien su hijo no era más que un estorbo que, durante años, dificultaría su sueño, estorbaría su trabajo y les robaría parte del alimento sin merecerlo. Cilea negó con la cabeza; no sabía de qué se quejaban, era a ella a quién le habían impuesto la compañía del pequeño sin quererlo, era ella quién tendría que cargar con su peso. Ni siquiera había pensado cómo podría llamarlo. Mientras acunaba por primera vez a aquel niño en sus brazos y él bebía con avidez de sus senos, envuelto con descuido en una de sus viejas túnicas de esclava, pensó que, al menos, debería estar agradecida de haber sobrevivido al parto. Quizás debiera dirigir una plegaria a las divinidades que vigilan el nacimiento y protegen al recién nacido en sus primeros momentos, pero nadie se las había nunca enseñado. Finalmente, sus labios se abrieron para cualquier dios o diosa que quisiera escucharla y, satisfecha por el trabajo bien hecho, se quedó dormida de inmediato.

*Fotografías: Ciclo de obras de G. Zocchi sobre la maternidad en la Antigua Roma


6 comentarios:

  1. Por un momento he temido que intercambiara a los recién nacidos.


    Muy bien cogido el pulso a la vida de los romanos, de puertas para adentro

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    1. Me alegro que te haya gustado!!! Creo que el buen Lucio Opimio ni siquiera se ha preocupado por saber que su esclava ha tenido un varón... Un abrazo!!!

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    2. Por muy herederos que los europeitos nos consideremos de la cultura de Roma, a estas alturas de nuestra propia evolución y tras haber cambiado tanto en la ética y significado que le damos a conceptos esenciales en cualquier sociedad como el matrimonio y la paternidad, estamos ya a insalvables años luz de comprender la mentalidad de un pater familias o una esclava en aquella Roma (no tan Æterna) acerca de estos temas. Insalvables, para todos excepto para unos pocos como tú, dotados con el privilegio de asomarse a la ventana del tiempo y las emociones.
      Te felicito de nuevo y te leeré de cerca.

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    3. Gracias!!! Aunque yo también estoy lejos de entender en su totalidad la compleja mentalidad de un romano del s.I d.C. No solo por la distancia del tiempo, si no también por la influencia del pensamiento cristiano y germano. Así pues, como mucho mirar por el ojo de la cerradura, pero no abrir la puerta. Gracias por tus palabras!!! Me alegra verte por aquí otra vez. Espero no sea la última vez :D :D

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    4. Me ha encantado el relato. Una estupenda manera de dar a conocer el mundo romano... ¡gracias! Te seguiré leyendo seguro

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    5. Me alegro que te haya gustado!! Has leído mis otros relatos?? Puedes encontrarlos en la columna de la derecha, en la sección "Mis relatos y vuestras noticias", ordenados por temas. Un abrazo!!!

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