viernes, 4 de octubre de 2013

Yo, Claudia Livila (XXVIII)


Fracasó. Le faltó valor, resolución, una mejor planificación... Su último amante, Décimo Junio Silano, la vendió a cambio de un exilio honroso, de un pronto retorno, sin importarle que llevara ya un hijo suyo en las entrañas. Su marido, Emilio Paulo, sería sin un juicio ejecutado, su cuerpo expuesto. Ella misma languideció en la diminuta isla de Trimera durante veinte años, sin que nadie salvo yo la recordara; su último hijo, fuerte y sano, fue expuesto y murió a merced de las bestias de la montaña. Así se cumplió la voluntad de Augusto, ese monstruo que durante tanto tiempo nos gobernara. Esa es la verdadera Roma que nos atrapara. A partir de ese día, sola quedé con mi alma. A partir de ese día, entregué el resto de mi vida a la furia, la ambición y la desconfianza. Ignoro las mentiras que la lengua de serpiente de mi abuela Livia vertió con una sonrisa de renovado triunfo en el oído sometido de su marido. Olvídalas, te lo ruego. Yo te contaré la verdad, la única verdad, para que el espíritu de Julila, que me acecha sin cesar, pueda al fin descansar en paz cuando por fin alguien en Roma sepa su inocencia. Ella, la más pura de las alegrías, nunca jamás tuvo el alma corrompida que yo forjaría en la hoguera de mis deseos insatisfechos y mis pérdidas. No planeó como yo el asesinato de su abuelo, a pesar de que tuviera mejores razones que yo para verlo muerto. No deseó como yo el Imperio, aunque tuviera más derechos que yo para poseerlo. No, no quería ver a Emilio Paulo al frente del reino, ni suceder a mi abuela Livia en el gobierno; sabía bien que su marido era un incapaz y ella no deseaba asumir esa responsabilidad. Julila, tan ingenua, superficial, orgullosa, coqueta, espontánea, despreocupada, egoísta, ignorante, elegante, educada, desenvuelta, solo vivía para el lujo y las fiestas, para alcanzar otro placer más que diera una mayor intensidad a su existencia, pero la ausencia de su familia, la constatación de una inferior condición que a su entender como hija de los Césares no merecía, la percepción de la injusticia cometida, amargaba terriblemente sus días. Esa noche, cuando asaltó el Palatino rodeada de partidarios y exigió por la fuerza ser por una vez escuchada, solo pretendía lograr el regreso de su madre y de su hermano, restituir su herencia a la legítima descendencia del divino Julio. Yo sabía que de conseguirlo supondría por completo el fin de los Claudios, que pronto Póstumo ocuparía el lugar de honor en la sucesión y Tiberio sería de nuevo relegado.
Para poder ver colmadas las ambiciones que dieran algún sentido a mis sacrificios y traiciones, mi lealtad, infinita e inquebrantable, debía ser para con Druso, pues sin duda Póstumo nunca me perdonaría y jamás regresarían los felices días en que juntos trazamos grandiosos y enloquecidos sueños en miserables cuartuchos infectos. Sin embargo, no pude resistir la tentación de verle de nuevo. Él, al contrario que Cayo, aún estaba vivo, aún podía salvarlo. Oscilé entre la culpa y el miedo cuando escuché de la boca de Julila sus planes y sus lamentos, angustiada ante el futuro rechazo, temerosa de ver expuesta mi condición de traidora ante Roma entera, pero con todo apoyé sus proyectos en vez de denunciarlos, dispuesta por fin a aceptar mi juicio y mi castigo, a expiar mis pecados del modo en que dispusieran para poder así acallar de una vez la voz de mi lacerante conciencia. No eran ellos, si no yo, quién merecía una isla desierta. Cuando fracasó, sentí alivio y pena. Había perdido a mi única amiga, a mi única compañera en las alegrías y en las penas, mi único sostén en la desgracia, mi único apoyo en cada caída y cada pérdida, pero conservaba mi posición de heredera y con ella partía una rival, una amenaza. Poco a poco, sin percibirlo, me estaba transformando en la abuela que despreciara, de quién porto el nombre; amargada y sola, era capaz de vender a mis amigos, utilizar sin compasión a mis enemigos, conspirar y convertirme en piedra con tal de ver cumplidas todas mis aspiraciones. Lo comprendí con dolorosa certeza mientras veía partir a Julila con las manos en el rostro para que nadie viera su humillación y su vergüenza, y me daba cuenta que, aún con el corazón destrozado, no vertía una sola lágrima por ella. Eso no quiere decir que no la compadeciera o no la añorara, si no que ya era lo suficientemente fuerte para no necesitarla. Con todo, en cierta forma culpable, me hice cargo de sus hijos, logrando que su pequeña Emilia casara con uno de los Junio Silanos que a su madre traicionara como forma de que pagaran sus actos en la tragedia; también me ocupé de Julila y presentándome ante Livia le exigí que nunca le faltara de nada en su diminuta isla abandonada, afirmando que ese era mi pago por haber delatado a Póstumo Agripa, que si quería podía usarlo como forma de garantizar mi lealtad a la familia pero que supiera que, en el momento en que la descuidara, haría todo lo posible por destrozarla. Pensé que se negaría o se indignaría ante mis amenazas, pero en lugar de eso mi abuela me sonrió: afirmó que por fin me estaba comportando como una Claudia. Ambiciosa y desalmada. Supongo que se refería a eso. No fui siempre así ni quise serlo. Sin duda el retorno de Póstumo me hubiera vuelto de nuevo humana; ahora solo me quedaba mi pequeña para volcar en ella el torrente de amor insatisfecho que una vez di sin medir los beneficios y consecuencias.

* Fotografía 1: "La muerte de Mesalina" de Georges Antoine Rochegrosse
* Fotografía 2: "Esperanzada", de Lawrence Alma-Tadema

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