viernes, 4 de marzo de 2016

La esposa romana, mediadora entre familias y consejera del marido

Tanto el gran Senado de Roma como un pequeño consejo municipal de decuriones, ubicado en cualquier civitas y provincia del Imperio, constituían en sus respectivas áreas de poder el orden o grupo político-social donde se trataban los asuntos de relevancia y se decidían las carreras políticas, estando integrado por varios conjuntos diferenciados de personas, relacionadas entre sí por lazos de tipo familiar, económico, de interés o de dependencia que rivalizaban entre sí en influencia. No eran los principios y las normas de gobierno las que marcaban las diferencias, sino mucho más a menudo las simples rivalidades entre personalidades y también entre familias.
Cada alto personaje a su vez atraía a su alrededor a un grupo de personas ya de menor rango que le halagaban constantemente, intentado asegurarse con aquello su apoyo para llegar luego a las magistraturas, aprovechándose de su prestigio entre el pueblo y creciendo en la sombra de su gloria. Así mismo, la fuerza social, económica y hasta política de los cabeza de familia o de facción en los diferentes senados se medía por el número de amigos y clientes que formaban su cortejo en el foro y en las ceremonias municipales, oficiales o religiosas. Y el vínculo principal dentro de estos grupos, que les daba cohesión mediante el establecimiento de relaciones duraderas entre sus miembros, eran las alianzas familiares mediante el matrimonio y como resultado del mismo la común descendencia.
De este punto de vista, el matrimonio se entendería, ante todo, como un acto político, ya que habría de servir para establecer entre familias no solo relaciones duraderas sino también, basadas en las mismas, un contrato no escrito, un pacto de asistencia mutua con validez en los ámbitos privados y públicos. Así, para un joven, ser aceptado como yerno en una noble familia le garantizaba tanto la manutención como la posibilidad de recibir determinados cargos honoríficos, así como su apoyo, ya fuera político, social o económico, para poder medrar. A su vez para un padre dar su hija a cualquier varón destacado aseguraba a su clan un aliado cuyo prestigio, algún día, podía resultar decisivo.
Los autores antiguos nos han legado numerosos ejemplos de matrimonios “de conveniencia” que celebraban o se rompían cuando las alianzas entre familias y hombres se convertían, de repente, en rivalidades. Así, cuando César trató de ganarse el favor de Pompeyo, casó a su hija, Julia, con él; Julia había estado prometida anteriormente a Servilio Caepio, quizás Marco Junio Bruto. Como una compensación, Pompeyo ofreció a su hija a Servilio, aunque todavía no era libre, puesto que había sido ya desposada por Fausto Cornelio, hijo de Sila. Ya durante el denominado segundo triunvirato, Octaviano rompió su compromiso con Servilia para casarse con una hijastra de Marco Antonio, de nombre Clodia; pero pronto rompió toda relación con ésta para contraer matrimonio con Escribonia, buscando atraerse el favor de un pariente suyo, Sexto Pompeyo, de quién le separaba una rivalidad política; cuando la guerra con éste último era ya más que inminente, Octaviano también se divorció de Escribonia para casarse con Livia, matrimonio con el que pretendía conseguir el apoyo de la más vieja aristocracia. Octaviano, así mismo, arreglaría el matrimonio de su hermana Octavia con Marco Antonio, su compañero de triunvirato, con el fin de sellar un tratado de paz establecido por ambos en Brindisi, pero ello no impediría a Antonio entablar una relación con Cleopatra que favorecía sus intereses en Oriente y finalmente separarse de su esposa Octavia.
Ahora bien, aunque el objetivo último de todas estas uniones y separaciones no dejaba de ser -como ya dijimos- el de establecer alianzas entre familias en las que la esposa, como único miembro común de ambas -pues se consideraba a los hijos como “propiedad” de su padre y no de su madre, y por tanto pertenecientes exclusivamente a la familia paterna y no materna-, ejercía como un nexo de unión destacado entre las mismas, se esperaba igualmente que la mujer hiciera honor a esta posición intermedia -hija de un grupo familiar, y esposa y madre de otro- garantizando el buen entendimiento entre los dos clanes, ejerciendo para ello como mediadora y consejera. Por eso Lucano1atribuye en su Farsalia a Julia, la hija de César y la cuarta esposa de Pompeyo Magno, las excelentes relaciones mantenidas entre su padre y su marido, hasta el extremo de considerarla capaz -en caso de no haber con 22 o 23 años- de evitar la guerra civil que tras su fallecimiento habría de enfrentarlos:
“Si el destino te hubiera dejado permanecer más tiempo en la luz-dice en su poema, Lucano a Julia -tú sola hubieras podido contener la demencia desencadenada, aquí por un padre y allá por un esposo, arrancar el hierro de sus manos y reconciliarles, como las Sabinas mediadoras en su día supieron unir a suegros y yernos”
Buen ejemplo de esa concepción de la esposa como mediadora y nexo de unión entre las dos familias a las que pertenece por nacimiento y por matrimonio, son igualmente las Cartas de Aurelio Símaco, datadas a finales del siglo IV. En las mismas observamos cómo el senador desea y pretende reforzar su posición dentro de la clase nobiliar y cómo acaba por comprender que la única manera de conseguirlo pasa forzosamente por fortalecer su familia mediante alianzas económicas, políticas, y familiares, que, en realidad, no dejan de responder a una misma realidad o pacto. Los móviles de tipo socio-económico de Símaco le obligaban también a consolidar su poder dentro de unas siempre cambiantes relaciones de fuerza del grupo familiar, jugando en este entorno un papel fundamental la capacidad de imponer una determinada forma de relación en el seno de su clase a través de vínculos estables, en los que inevitablemente juega un papel destacado la mujer2.
Son varios los ejemplos femeninos que aparecen en la obra de Símaco; su madre, una hija de Fabio Tiziano; su esposa, de nombre Rusticiana, hija de Vitrasio Orfito, miembro influyente dentro del orden senatorial3; si bien el caso más destacado sería su hija, que casaría con un miembro de la importante familia de los Nicómacos, cuyo máximo representante, Virio Nicómaco Flaviano, sería a su vez primo hermano de Símaco, ya que el padre de éste y la madre de Flaviano eran hermanos4.
La historia y prosperidad de ambas familias, la de los Símacos y los Nicómacos, fueron de la mano de forma estrecha durante un período de tiempo en el que la suerte sonreiría a unos y otros de forma desigual. Teniendo en cuenta este hecho se percibe en las Cartas la necesidad que su escritor siente de mantener una actitud de continua diplomacia, en función de la creencia de la conveniencia de crear y mantener estables uniones familiares.
Esta diplomacia se pone por ejemplo de manifiesto en una de las Cartas de Símaco en la que se refiere al matrimonio cum manu, no tanto como un cultismo, como defendiera Arjava5, sino más bien como “la manera de refrendar a través del halago ímplicito en el uso de la tradición una unión que se deseaba duradera entre dos familias determinadas (…), a través del uso de al terminología se pretendía que el pacto entre una serie de domus diera pie a entender, de una forma simbólica, que se trataba de una sola, la cual unificaba tanto propiedades como personas e incluso ideales”6. En este sentido resulta significativo que Símaco escriba a su primo y además consuegro comunicándole que se encuentra en Campania junto a la madre de ambos, en realidad tía suya y hermana de su padre7.
Ambas familias dieron nuevas muestras de cohesión en relación con la caída en desgracia y posterior suicidio de Nicómaco Flaviano, como consecuencia de su apoyo a Eugenio en su lucha en contra de Teodosio. Mediante una larga serie de cartas sabemos de los muchos esfuerzos de Símaco por preservar a su yerno de los perjuicios económicos que conllevaban el ser el hijo del Prefecto del Pretorio del usurpador Eugenio, lo que le obligaba a devolver los pagos recibidos por su padre en el desempeño de sus funciones8. Símaco le prestará su ayuda en todo momento hasta conseguir poner fin a su problemas económicas.
Pero no cesan aquí las muestras de preocupación y solidaridad del senador romano: éste no cejará hasta lograr rehabilitar la figura de sus aliados y parientes, objetivo que alcanzará finalmente con el nombramiento de Flaviano el Joven como Prefecto de Roma, un cargo en el que repetirá más tarde y al que se añadirán los de Prefecto por Italia, Ilírico y África en los años 431 y 4329. Símaco además se declara continuador de su consuegro tras la muerte de éste, al afirmar que ahora estaba desempeñando el oficio de padre10, extendiendo así el papel paterno, reservado hasta entonces a su hija, al marido de ésta. Su interés último es el mantenimiento de los vínculos familiares, como pone de relieve esta asunción de la paternidad del hijo huérfano, como síntoma claro de solidaridad y de afán de cohesión el grupo político-familiar.
De nuevo es el matrimonio el que mejor ejemplifica esta unión familiar y intereses: el autor se dirige a su hija y su yerno a lo largo de unas ochenta cartas como los Nicómacos, dando una clara preeminencia a la familia. La caída en desgracia de un determinado miembro relevante de la familia no supone por lo tanto la inmediata ruptura de la relación preexistente, si no que esta se mantiene y se asienta en el matrimonio entre dos de sus miembros. Así pues, la mujer -hija de Símaco y esposa de Flaviano el Joven- vuelve a jugar un papel fundamental de intervención y cohesión en su calidad de principal punto de unión entre dos mitades que aspiran desde el primer momento a ser una sola y como tal se comportan. En este contexto, se entiende el interés de Símaco de situar a la mujer como depositaria de una serie de virtudes, de las que hemos hablado con anterioridad11 -ver artículo El arquetipo de esposa romana según la literatura latina- con el propósito de consolidar y afirmar el pacto entre familias: el comportamiento de la esposa se convierte así en una garantía de la perdurabilidad de las alianzas políticas -ver artículos anteriores Las mujeres en la obra de Tito Livio y Creúsa y Dido: prototipos de mujer en la Eneida de Virgilio-.

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1 LUCANO, Farsalia, I, 114-118 
2 Ver PÉREZ SÁNCHEZ, D. y RODRÍGUEZ GERVÁS, M.J.: “Imagen y realidad de la mujer en un aristócrata del siglo IV: Símaco”, Studia historica. Hª Antigua, nº 18, 2000, 315-330
3 Fabio Tiziano, PLRE, I, 917; Titianus, 1 y 2; Vitrasio Orfito, PLRE, I; Orfitus, 3, 651
4 PLRE, II, 474
5 ARJAVA, A: Women and Law in Late Antiquity, Oxford, 1996, 74
6 PÉREZ SÁNCHEZ, D. y RODRÍGUEZ GERVÁS, M.J.: “Imagen y realidad de la mujer en un aristócrata del siglo IV: Símaco”, Studia historica. Hª Antigua, nº 18, 2000, 324
7 SIMACO, Ep. II, 32
8 SIMACO, op.cit. IV, 19
9 Recomendamos CECCONI, G.A: Commento storico al libro IV dell´Epistolario de Q.Aurelio Simmaco, Pisa, 2002
10 SIMACO, Ep. IV, 4
11 SIMACO, Ep. IV, 67

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