viernes, 14 de septiembre de 2012

El Rey Esclavo: Euno

Con el alma arruinada por la guerra y la enfermedad, subí desnuda al estrado del marcado de Siracusa, con los pies manchados de tiza blanca para demostrar que era recién importada y un cartel colgado del cuello, como el resto de desgraciados, dónde habían consignado nuestras supuestas virtudes menos evidentes o nuestros defectos más graves, en mi caso que había intentado huir dos veces. Había llegado a la isla de Sicilia, para mí por siempre extraña, tres días antes gracias a los romanos que incendiaron y saquearon mi aldea. Jamás volvería a casa. Mientras se iniciaba la puja, solo podía sentir humillación y furia, pero sobre todo hastío y cansancio. Como pude intenté cubrir mi desnudez con las manos. Uno de los esclavos que estaba a mi lado enredó sus dedos con los míos, un gesto de cariño, compasión y apoyo insólitos en un desconocido, pero también enormemente necesarios. Me sentí  humana de nuevo el tiempo preciso para hacer frente al escrutinio intenso de los desconocidos y a las decenas de manazas que me manoseaban buscando debilidades. Él, mientras tanto, no me soltaba, sino que permanecía junto a mí con la cabeza alta y el orgullo tallado en la espalda, como si fuera comprador y no mercancía usada. Incluso, como si no estuviera también condenado, de vez en cuando me sonreía. Se llamaba Euno y procedía de la ciudad siria de Apamea. Como yo y como otros había llegó a aquella situación debido a la guerra entre Roma y nuestro rey Antíoco. A parte de eso, no supe más de su pasado: los esclavos no hablamos de quienes fuimos antes de nuestra condena, duele demasiado.
Nos compró  a ambos el rico terrateniente Antígenes para su lujosa villa cercana a la ciudad de Enna. A mí me había elegido como esclava doméstica, pero el primer día que intentó sobrepasarse conmigo no pude contenerme y le crucé la cara con una sonora bofetada. Recibí cuarenta azotes por ello y fui degrada al trabajo agrícola: allí, al contrario que en la casa, se trabajaba desde el amanecer hasta el ocaso-lloviera, tronara, granizara o hiciera sol-, se hacía una sola y pésima comida al día y se nos proporcionaba un solo manto, un solo calzado y una sola túnica para todo un año-dos si llegaban a los doce meses en buen estado, casi un milagro-. A pesar de castigo sufrido, o precisamente a causa de él, yo me negué a emprender tarea alguna o a tocar ninguna herramienta. Había sido una mujer libre y no pensaba someterme fácilmente.
Ellos, como respuesta, me desnudaron, me golpearon con sus manos, me azotaron con látigos y varas, me marcaron a fuego, me encadenaron, me encerraron, me violaron, me humillaron, se burlaron, me privaron de comida, me condenaron a padecer sed. No dejaron de maltratarme hasta que toda voluntad quedó arruinada dentro de mi ser y, aterrada, solo sabía obedecer; aún así, fácil era despertar la ira del amo y volver a soportar todo el calvario. Sería en la ergástula, el séptimo día de mi noveno encierro, cuando Euno me miró de nuevo. El habitáculo, subterráneo, era también lo suficientemente pequeño para no pudiera tumbarme ni ponerme en pie; mi cuerpo, desnudo y sucio, anclado a la pared por pesadas cadenas que herían mi piel con el más mínimo movimiento, padecía por el dolor, el hambre, la sed, la falta de sol y la privación del sueño. Si la muerte hubiera venido a verme, no la hubiera rechazado. Sin embargo, en su lugar, apareció él. Como logró llegar hasta allí, lo desconozco. Lo primero que vi fueron sus ojos, intentando discernir en la oscuridad mi silueta; creyendo que era el amo, me encogí de terror y rogué clemencia. De inmediato, sus ojos fueron sustituidos por una boca amplia que sonreía con pena y unos dedos, inquietos, que intentaban abrirse paso entre la madera. Astilla a astilla, fue haciendo el hueco cada vez más grande. Finalmente, logró introducir en pequeños trozos un pedazo de pan antes de desaparecer.
Cuando me liberaron, le busqué en mi debilidad. No fue difícil encontrarle. Encadenados unos a otros, dormíamos hacinados todos juntos en una misma estancia fuertemente vigilada. Quería agradecerle su ayuda; en lugar de eso, cuando le ví, rompí a llorar. Yo misma miré extrañada aquellas lágrimas y fui consciente de que a lo largo de todo mi tormento jamás había derramado una sola de aquellas preciadas gotas de agua: quizás porque fuera demasiado orgullosa, quizás porque estaba demasiado asustada. Llorar fue como una liberación para mí de todo el dolor que había acumulado dentro de mi alma. Euno no hizo preguntas, solo me sostuvo entre sus brazos incluso después de que me calmara y cayera rendida por el agotamiento. A partir de entonces, siempre regresaba a ellos cada vez que alguien de la casa me violaba o me maltrataba: había encontrado un hogar donde volver a sentirme pura, segura y amada.
No era la única. Euno tenía un don para consolar y para ayudar: solía ceder parte de su ración a los más débiles y enfermos; asumía el trabajo de ellos; pronunciaba palabras que apaciguaran o dieran nuevo aliento al alma. Muchos le consideraban un estúpido o solo buena persona. Al principio me sentí celosa, feliz como había sido al creerme especial, de nuevo única entre una multitud cuyos rostros la esclavitud borrara para dejarles solo mostrar la misma máscara de tristeza y amargura. Finalmente, comprendí que todos éramos parte de una misma familia, unida no por los lazos de sangre sino por otros más sólidos como son las cadenas, y comencé a imitar la actitud de Euno. Descubrí con ello una parte de mi felicidad perdida, nacida de la satisfacción de paliar la miseria del prójimo o de la retorcida venganza de mi pequeña lucha contra las disposiciones del amo. Pero, por lo general, los esclavos acudían a Euno buscando un tipo de ayuda muy diferente, fuera de mi alcance: sabía interpretar los sueños y leer el futuro como nadie, aunque prefería que solo unos pocos supieran de sus grandes cualidades. Muchas veces sus palabras proféticas se revelaron como ciertas y su número de seguidores, aunque quisiera evitarlo, crecía. Otras muchas se ofreció a revelarme mi destino, y todas me negué a que lo hiciera: dudaba que alguien como yo tuviera futuro fuera de aquellos muros. Le dije que, dado que los dioses le habían concedido aquellos dones, no debía avergonzarse de ellos, sino darlos a conocer; fue entonces cuando me confesó en nuestro habitáculo estrecho, mientras el resto de esclavos dormían, que la gran diosa siria, Atargatis, se le había aparecido en sueños para desvelarle que algún día sería rey de aquella isla. Sin duda, esperaba que me riera de ello, pero yo le había visto realizar demasiados portentos como para no creerle. Mi fascinación por él crecía a cada momento.
No tardaría mucho tiempo en comprobar la veracidad de sus sueños. Lo que habría de pasar después no lo iniciamos nosotros, si no el propio Antígenes. Entre nuestros compañeros había un hombre llamado Hermeias que había llegado a la villa con anterioridad a nuestra compra en compañía de su hermana. La muchacha, bendecida por los dioses con una relativa fealdad, no había sido molestado por el amo. Un día cayó gravemente enferma. En vez de proporcionarla un médico, la obligó a seguir trabajando hasta que el mal la consumió por completo. Inútil ya para obtener de ella ningún beneficio económico, producción o rendimiento, la abandonó a su suerte en la montaña. Hermeias, que había estado cuidando de ella desde que naciera hasta entonces, enloqueció al saberlo y tomando una azada, intentó darle muerte a Antígenes. Sus soldados le protegieron a tiempo. Nadie tenía duda de que el esclavo sería condenado a muerte, pero eso hubiera supuesto otra pérdida económica para el siciliano. En su lugar lo vendió mediante mentiras a otro terrateniente de Enna llamado Damófilo, que tenía fama de ser aún más cruel que el propio Antígenes. Con Hermeias se expandiría fuera de los límites de la villa a otros esclavos la fama de Euno como mago, adivino, intérprete de sueños y amado de los dioses. Pronto el mundo que conocíamos se desvanecería.

Dedicado a Francesc Sánchez y al grupo Arraona Romana,
con todo mi cariño por su aprecio por este blog. 
Gràcies!!!

*Fotografía 1: Una esclava a la venta, de José Jiménez Aranda
*Fotografía 2: Mercado de esclavos en la antigua Roma (detalle), de Jean-Léon Gêrome
*Fotografía 3: Reverso de una moneda de Demetrio III Eucarios que muestra una representación de la diosa Atargatis o Derceto: un cuerpo de pez con la parte superior velada, flanqueada por tallos de cebada.
*Fotografía 4: Mercado de esclavos, de Gustave Clarence Boulanger.


5 comentarios:

  1. En primer lugar agradecerte la dedicatoria; en cualquier caso tu blog me encanta y escribes muy bien, y tus escritos transcriben una gran sensibilidad, por lo que su difusión es casi obligatoria.
    Respecto al texto, demuestra la crueldad de la esclavitud. Normalmente los admiradores del mundo romano no solemos entrar en el fondo de esta tragedia, que no querríamos para nosostros, sólo hablamos de su civilización avanzada, etc. Esta bien que alguién nos recuerde los padecimientos que sufría esta gente.
    Besos y a continuar.
    Francesc

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  2. Me paso por aquí, y aprovecho para felicitarte por tu blog, la verdad es que acabo de entrar y estoy ojeando las publicaciones y me gusta mucho! Y sobre el relato, como bien dice Francesc arriba, refleja muy bien la cruda realidad que vivían los esclavos. Seguiré pasándome a leer!
    Besos:)

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  3. Oye esta prosa es magnífica eh ¡saludos!

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  4. He visitado con emoción la ciudad siciliana de Enna, para conocer el lugar donde Euno se hizo fuerte. El enclave es una auténtica acrópolis y, al visitarla, comprende uno que se convirtiera en un hito de resistencia.

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    1. Que envidia!!Es una de mis visitas pendientes. Sin duda, es una fortaleza inexpugnable, de ahí que Euno solo consiguiera hacerse con ella mediante la traición de los esclavos, quienes le abrieron de noche las puertas. Viste el monumento que la ciudad de Enna dedicó a Euno? Se trata de una estatua en la que puede vérsele romper sus cadenas, junto a una placa conmemorativa de mármol. Me encantaría poder verla para rendirle el homenaje que se merece

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