viernes, 23 de noviembre de 2012

El Rey Esclavo: Euno (11ª Parte)

"Un año", repetía Euno con insistencia, los ojos iluminados por la más tenue de las esperanzas. Tan solo doce meses. Un único año. Ése es el tiempo de mandato para un magistrado de la República de Roma: el tiempo máximo del que Lucio Calpurnio Pisón disponía como cónsul para tomar la ciudad de Enna antes de ser relevado de su cargo, un tiempo limitado que había comenzado a descontarse rápido mucho antes de su desembarco y de nuestro cerco. Yo amaba esa última y diminuta luz de su mirada con enloquecida pasión, como si solo ella me atara a la agónica existencia de aquel asedio, y por ello no deseaba aniquilarla casi por completo haciéndole comprender que antes de que esos infinitos doce meses se consumieran toda comida se había acabado dentro de los muros de Enna. Solo Cleón y sus fuerzas podían salvarnos de la derrota y de una muerte más que anunciada, más ¿dónde se encontraba? ¿por qué no había respondido a nuestra más que desesperada súplica de ayuda, pronunciada hacía ya demasiado tiempo? Desesperada, oteaba con gran insistencia el horizonte, más allá de los fosos, de las empalizadas, de las torres, de las catapultas, de los fuertes y de los campamentos, pero los días se agotaban y en la lejanía no aparecía nuestro ejército. Comencé a dudar al amanecer de la octava semana y los temores que me atormentaban, robándome el sueño, escalaban mi garganta con dedos afilados pretendiendo abandonar mi cuerpo, buscando alivio para mi alma cargando con su peso otra espalda, pero yo quería que la luz de su mirada siguiera brillando hasta el último momento y me los tragaba con mucho esfuerzo. Ellos, como venganza, se repetían sin césar en mis pensamientos: ¿acaso Lucio Calpurnio Pisón había aniquilado antes del cerco a las tropas del cilicio? ¿Esperábamos en balde la ayuda de unos hombres que yacían muertos en cualquier campo olvidado de batalla? ¿O quizás la lealtad de Cleón había sucumbido en el último momento, en el peor momento? ¿Se habría rendido a Roma? ¿O quizás, como ya ocurriera con Hermeias, esperaba la muerte de Euno para suceder al rey Antíoco y el asedio no era más que una oportunidad única para no mancharse las manos? Si mi última sospecha era cierta, mi destino, unido inexorablemente al de mi marido, sería breve incluso con la ciudad liberada y, en realidad, me era indiferente; moriría con la dignidad y el orgullo propios de la reina que nunca había sentido ser realmente. Con todo, antes de mi muerte, y de haber podido romper los muros de madera, hueso y hierro que Roma había levantado para someternos, hubiera escrito a Cleón una larga carta, humillándome si era preciso, para suplicarle de todas las formas concebibles por la vida de mi hija, que ajena a la tragedia, dormía en mis brazos con sus diminutos dedos enredados en mi cabello. Jamás pensé hacer lo mismo con Lucio Calpurnio; de la nación que ha sometido al mundo no se puede esperar ningún tipo de clemencia.
Los primeros meses de asedio, aunque las raciones de comida paulatinamente disminuían y las reservas de agua ya escaseaban, la población mantuvo siempre la esperanza en la victoria y el tesón de la resistencia, y no era el desánimo por nuestra situación extrema el que los poseía, sino que era la rabia y el odio quienes los inspiraban, negándose a entregar de nuevo la libertad y la vida a quién antaño les sometiera. Evocaban de continuo el ejemplo de Numancia, en la desconocida Hispania, que había resistido diez años de cerco sin jamás caer en manos romanas, y nosotros por nuestra parte afirmábamos, porque así sinceramente lo creíamos, que Cleón pronto vendría en nuestra defensa. Nuestros ciudadanos, aunque debilitados, tomaban cualquier cosa que pudiera servir de arma y montaban guardia en la muralla y en las puertas, alertas ante un posible ataque directo que jamás se produciría; o bien entrenaban en las explanadas hasta el límite de sus fuerzas. Las mismas mujeres se entrenaban con las armas y las menos diestras atendían a desconocidos y cuidaban de extraños enfermos, mientras todo cuanto teníamos lo compartíamos con el resto, en una inmensa avalancha de compasión, de solidaridad y de esperanza que parecía no fuera a acabarse nunca. 
Pero a medida que las horas morían y sus esperanzas y nuestras promesas se convertían en arena en sus vacías bocas, la situación en Enna comenzó a sumirse en la anarquía. El hambre, que habíamos logrado engañar y relegar a un segundo plano, se hizo de pronto presente cuando los consumidos cuerpos sin fuerza, apenas carne y solo hueso, tuvieron también que soportar la enfermedad. El desconocido mal se extendió con gran virulencia por aquella ciudad atestada y mugrienta y las personas muy pronto comenzaron a morir a decenas, después a cientos, sin que ningún remedio lograra salvarles la vida ni paliar la dolorosa y lenta agonía que precedía al último suspiro. La gente, aterrada, se escondía en sus moradas y abandonaba en las calles los cuerpos temiendo contagiarse de ellos, o bien encerraba a los enfermos sin asistencia y sin alimento en sus casas, tras puertas valladas y ventanas tapiadas, para, cuando creían que debían haber muerto, prenderles fuego. Temiendo que tanto cadáver en la vía provocara nuevas infecciones aún más graves, Euno ordenó excavar una profunda fosa en la zona más alejada de las casas y allí, sin ceremonia alguna que garantizara su paso al mundo del inframundo, se fueron acumulando los cadáveres de los seres queridos. Verlos y perderlos hizo presente en todas las mentes la posibilidad de la muerte y ya nada se compartía, sino que se robaba y se asesinaba por el más pequeño trozo de pan mohoso. Se crearon bandas, se asaltaron negocios, se produjeron las primeras revueltas y casi no logramos detener una embajada clandestina que pretendía rendir la ciudad a Lucio Calpurnio. Ni siquiera era seguro que Euno y yo pisáramos la calle, dónde recibíamos insultos, y en la que fuerte escolta garantizaba que no sufriéramos daños.
Con todo, apenas abandonábamos nuestro palacio para exponernos a semejantes peligros, no por miedo, sino porque el rey Antíoco finalmente también cayó enfermo. Había tardado demasiado tiempo. Mientras había durado el asedio, había renunciado múltiples veces a su ración de comida a favor de los más enfermos, había cuidado de los moribundos, prescindido de los médicos a favor de sus súbditos, entrenado a los ciudadanos, acompañado a los espías a los campamentos romanos, había cavado fosas, impartido justicia, presidido el consejo, apagado los fuegos, perseguido a los asesinos, ejecutado las sentencias...todo al mismo tiempo y sin jamás concederse el descanso ni por un momento. Me hacia recordar con intensidad más que dolorosa los tiempos en que le conociera, cuando ni yo ni él éramos más que esclavos de una villa, la forma en que siempre se desviviera por el resto abandonando su propio cuidado, y yo le amé con mucha más intensidad que en demasiado tiempo. Comprendí con nitidez que mi corazón sería por siempre de aquel hombre humilde, sencillo, risueño en la adversidad, fuerte cuando el resto flaquea, que sabe leer el corazón de los hombres y abrazarme cuando necesito consuelo; lo entendí al mismo tiempo que supe que jamás amaría al rey en el que se convirtiera. Muertas nuestras siervas, y aunque hubieran estado vivas, permanecí día y noche en la cabecera de su lecho mientras duró su agonía, sin ni siquiera soltarle la mano, cambiando sus vendajes, secando su frente, aplicándole los pocos remedios de que disponía e intentando que comiera. A veces, despierto, me sonreía; a veces, sumido en las tinieblas, padecía horribles pesadillas. Aqueo de Acaya, nuestro último consejero, poseído por una horrible tos y violentos temblores, le había dado ya por desahuciado y me apremiaba de continuo a reorganizar el reino y establecer una sucesión segura. No obstante, yo no tenía valor para pronunciar ningún adiós: simplemente era incapaz de concebir la vida si no era a su lado. Pronto, ni siquiera tuve tiempo de pensar en ello. El hambre secó la leche de mis senos e incapaz de alimentar a mi hija, ella también cayó enferma. Hervía en el escaso agua de que disponíamos cualquier cosa que pudiera servírlos de sustento, pero cada vez era más difícil encontrar algo con que hacer los caldos. Las reservas de comida se habían acabado, todo fruto había sido devorado de los árboles, cualquier hierba comestible se consumió hacia tiempo y ya no quedaban en la ciudad de Enna animal que pudiera servir de alimento, mientras cada día el número de perros, gatos y ratas disminuía. Había caído Euno en la inconsciencia cuando tuve noticias del primer caso de canibalismo.


*Fotografía 1: Detalle del sepulcro de las Plañideras de la Necrópolis Real de Sidón (mediados del siglo IV a.C.) Gracias a Arquehistoria por la imagen.
*Fotografía 2: "La barca de Caronte" (1919), de José Benlliure, hoy en el Museo de Bellas Artes de Valencia
*Fotografía 3: "Cerbero", el perro infernal que vigila las puertas del Inframundo, en una acuarela de William Blake
*Fotografía 4: Detalle de "El descendimiento" de Domingo Valdivieso, en el Museo del Prado de Madrid

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