viernes, 21 de junio de 2013

Yo, Claudia Livila (XV)

Guardé en mi memoria todas y cada una de las reacciones que se produjeron a mi alrededor ante la noticia de mi próxima maternidad para poder contemplarlas, tranquila, en mi merecida, nocturna soledad, ya que ansiaba hallar en ellas cualquier explicación o ya tan solo un orden para la multitud de sentimientos que, desbocados, latían en mi pecho por aquel intruso que, deseado pero sin en realidad quererlo, me crecía muy dentro, y ahora, pasado el tiempo, entiendo que, poco o poco, me fui reconociendo en todos ellos: en la alegría desbordante de Augusto; en la airada indiferencia de Tiberio; en la confusión, la emoción y el miedo de Druso; en la satisfacción de Livia por el trabajo bien hecho; en el dolor trágico de Póstumo; en la ansiosa esperanza de mi hermano Germánico...No obstante no fue siempre así. Los primeros meses de mi embarazo transcurrieron como pasaron los anteriores años: nada cambió en mí, salvo mi vientre. Aunque como Julila me pidiera yo me esforzara, no sentía nada por aquel intruso que engendrara, que en mí albergaba, que en mí crecía y de mí se alimentaba. Es más, salvo por el hecho de llevarlo en mis entrañas me eran por completo indiferentes su bienestar, su existencia, su porvenir y su futuro: no preparé nada para el día en que naciera, no me preocupé por qué nombre le pondría, dónde residiría, que vestiría, con que jugaría, quién le alimentaría, le cuidaría o le enseñaría; y si mi mente se detenía en él, cansada y furiosa por las mil incomodidades que por su culpa padecía, no veía en él a una diminuta parte de mí, como decía Agripina, sino más bien como un parásito indeseable y molesto que tan solo deseaba expulsar ya de mi cuerpo para poder deshacerme de él al momento. Lo único que me preocupaba era mi cuerpo, mi belleza y mi aspecto, mantener lo más lejos posible a Druso de mi lecho, recuperar la vida y la libertad que había tenido antes de estar por segunda vez casada. ¿Te extraña? ¿Cómo iba a amarle por muy hijo mío que se llamara? Concebí a aquel intruso en deber, la obediencia, la resignación y la rabia, sin deseo, amor o placer alguno, con un hombre que desde lo más profundo yo despreciaba, detestaba, odiaba. Aquella cosa era el símbolo creciente de la mujer en que obligada y en contra de mis deseos yo me había convertido, de la lucha que había perdido; el recuerdo constante de cómo Roma y mi familia me habían vendido; una burla permanente que evocaba todo cuánto había querido y nunca había obtenido, de aquello que había dejado atrás por el camino. Creo que el intruso, a pesar de aún no haber nacido, sabía bien lo que yo sentía. Al fin y al cabo habitaba en mi cuerpo, dormía muy cerca de mi corazón, quizás escuchó mis pensamientos, quejas y lamentos. Debió sentirse profundamente dolido por mi repentino, brusco, inmerecido rechazo, pues como su propia madre solo quería ser amado. Por eso un día de encierro, tras una fuerte discusión con Druso y con Tiberio, en que inconsolable lloraba con el rostro hundido en la almohada y en un susurro le acusaba de todo el mal y dolor que experimentaba, decidió moverse.
 Se movió mucho antes que los hijos que Agripina y Julila portaban también en sus vientres. Se movió con fuerza, como si danzara, como si saltara, como si riera, como si desara decirme sin palabras, como fuera, que ya nunca estaría sola, que ahora siempre la tendría a ella... Consternada, sobresaltada y confusa, me acaricié por primera vez el vientre desde que lo ocupara: se había quedado muy quieto, como si temiera que le regañara, y de pronto, otra vez, ¡ahí estaba!, un fuerte parada. ¡Oh, madre, ¿cómo podría describirlo con palabras?! ¡No puedo! Aún tiemblo. Me sentí abrumada por tal cantidad de sentimientos, arrancada casi de mi propio cuerpo...Reía y al mismo tiempo, ¿puedes creerlo?, lloraba con desconsuelo. Vi pasar mi vida en un solo momento, y fui al fin consciente, en un torbellino vertiginoso y enloquecedor de felicidad y de terror, de que había llegado, sin esperarlo ni quererlo, un nuevo y más hermoso comienzo, por que yo ¡sería madre! Tendría una familia, alguien que incondicionalmente me amaría. Nunca más estaría sola. Ahora entendía las palabras de Livia. La emoción se apoderó de mí y sentí la necesidad urgente de compartir aquella alegría, y no elegí ni a Druso, que era el padre, ni a Julila, mi única amiga, ¡si no que te elegí a ti! ¿Por qué? Ni siquiera ahora lo comprendo. Es increíble contemplar como la dicha hace olvidar el daño. Con Germánico convertido en un Julio y yo entregada a Tiberio y Druso, te habías quedado sola con el tullido tartamudo de mi hermano Claudio, y, como si eso no fuera suficiente castigo, rencorosa y furiosa por que consentiste en mi segunda boda, yo te golpeaba de continuo con mi silencio y mi indiferencia, entregándote sin remordimientos al cruel olvido. Agripina, tu nuera, había acudido en persona a comunicarte que pronto te haría abuela; yo, tu hija, no me había molestado en cambio en escribirte una sola misiva. Orgullosa como eres, no hiciste nada por verme, pero cuando crucé tu puerta, con las mejillas encendidas y el vientre creciente, distinguí en tus ojos el reproche, pero también la alegría y el anhelo. Viniste casi corriendo a mi encuentro y me cogiste las manos con mucha fuerza, ¿lo recuerdas? Con el paso del tiempo había comprendido que aquello era lo más similar a un abrazo que desde la muerte de mi padre eras capaz de dar. Te retuve en mis dedos todo cuanto pude. Te dije: "madre, se mueve". No ocultaste tu sorpresa: "¿ya?" Asentí. Acariciaste mi vientre, queriendo sentir a tu nieto. Vi en ti el primer bosquejo de una sonrisa desde que era pequeña, desde que en las Galias tantas cosas perdieras, y con ella, sin dejarla ahora marchar, te embarcaste en multitud de advertencias y de consejos sobre mi próxima maternidad, te preocupaste de que comiera, de que no sintiera molestias, de que pudiera descansar... ¡Oh, madre! ¡Madre! ¡¿Por qué no hemos vivido más momentos como aquel?! De cercanía, de afecto, de mutuo entendimiento, de confesiones, de complicidad... ¡Te sentí tan humana! ¡Me sentí tan querida! ¡Te quise tanto! Madre, puede que todo hubiera cambiado de haber así continuado, no teníamos porque vivir siempre luchando. Bastaba con que tú dieras un paso y yo habría dado dos, y así nos hubiéramos ido acercando. Más solo fue un gota aislada en la inmensidad de la lluvia. Y aún así, a pesar de mi encierro, la agradezco. Era excepcionalmente hermosa.

Queridos lectores de Los Fuegos de Vesta:
un examen este domingo me impide ser más extensa.
Espero que aunque breve esta entrega haya sido de vuestro agrado.

* Las fotografías son obras de Gustav Klimt

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