viernes, 13 de diciembre de 2013

Eunuco Imperial

Una colaboración para Arraona Romana

¿Cómo empezó todo esto? Han pasado tantas cosas que ya no recuerdo, o bien no quiero hacerlo... Ha llegado el momento de enfrentarme a ello. No se puede vivir con miedo, ni morir temiendo. Sin embargo, quizás no estoy haciendo la pregunta adecuada que me permita poner en orden todos mis pensamientos y afrontar mis sentimientos. No importa como empezó, si no como yo me convertí en algo nuevo, porque si pudiera elegir regresaría a mis comienzos, permanecería por siempre en ellos. El sonido de las olas, la música de mi juventud... Gustaba de sentarme en aquella playa solitaria, yo conmigo mismo y mi alma, y contemplar el batir de mil olas negras donde nadaban estrellas bajo la inmensidad de la luna llena, sentir en mis dedos jugueteando la fina arena y en mi espalda la caricia helada de una brisa tierna y salada. Imposible no ser consciente de la inmensidad del mundo y de mi propia insignificancia, y ese pensamiento, que tanto atormentó a hombres buenos, siempre fue para mí en cambio un consuelo, incluso en los peores momentos: las penas de un ser tan pequeño no pueden ser nunca grandes. ¡Divina inocencia! No bastaba una sola para ahogarme, pero a fuerza de acumularse han terminado por aplastarme. No obstante, aunque pudiera liberarme de ellas, aunque un dios benévolo tuviera a bien mirarme un solo momento y concedérmelo, me negaría: ellas son yo y yo soy ellas, fueron mis tragedias las que me dieron definitiva forma y algo semejante a la fortaleza. Con todo, preferiría que en mil últimas horas no desfilaran ante mis ojos. Me dijeron que sucedería, más ¿por qué? Quizás todos necesitemos en el momento de morir creer, creer que valió la pena, que no hemos malgastado nuestra existencia. Tendría ese temor si mi vida hubiera sido mía, pero nunca fui responsable de quien fui, jamás seré culpable de lo que sucedió por mí. Mi éxito -debería decir mi ruina- se debió a una pasión desgarradora, la experimentada por Nerón por su segunda esposa... Así concebida, mi existencia no ha sido tan mala: motivos peores mueven mejores vidas. 
Sentado en el tocador de mi habitación en palacio, observo con detenimiento mi reflejo en el espejo, este rostro de mujer que me impusieron, este cuerpo deforme que no fue mío. Actea, la dulce Actea, también observa esta farsa grotesca de una emperatriz muerta, y en su pupila azul, temblorosa por el miedo, en su entrecejo fruncido de preocupación y en el vacilar de sus labios hallo algún consuelo. Con cuidado, lavo mi rostro. El agua se tiñe de cien mil colores, revelando mejillas sin barba y cejas depiladas. Me arranco las pestañas postizas, me deshago de los grandes pendientes y deposito, entre perfumes, ungüentos y cajitas, collares, pulseras, anillos, tobilleras, diademas, fíbulas, redecillas del pelo y horquillas. Sin embargo, cuando cojo entre mis manos delicadas de uñas pintadas las tijeras, para deshacerme también del largo cabello teñido de encendido rojo, Actea no puede contenerse. Intenta detenerme. “Sabina”, me llama. Esa palabra maldita escapa con inocencia de su boca; así me llamaba Nerón en honor de su esposa fallecida. Rápida se lleva las manos a los horrorizados labios. Tranquila, Actea, ya no me importa. Esboza una sonrisa de amargura, me observa con benevolencia, me acaricia el rostro con ternura. ¿Qué es esto? ¿Compasión? Nunca la he tenido y no la quiero. Me debilita y preciso ahora más que nunca de todas mis fuerzas. Largos mechones de cabello caen con silencioso estrépito en el suelo de mosaico. Venus y Adonis quedan cubiertos de una montaña de pelo humano. Queda atrás solo el rostro de quién no es mujer, pero tampoco hombre, un cuerpo amorfo carente de pechos y de testículos. Un nuevo Tiresias. Otro Hermafrodito. Si acaso dudaba, ahora tengo motivos. Actea con mano temblorosa me alcanza una toga. La rechazo con vehemencia: me disfrazaría de un hombre como me he disfrazado de una matrona... ¡Oh, Actea, ¿por qué lloras?! No lloras por mí, si no por ti; conmigo se marcha lo único de Nerón que te queda, serás ahora el último vestigio de una gran era. Me abofetea. Me abraza. Es imposible, ¿son para mí estas lágrimas? Actea, ¡son hermosas! Por favor, llora, llora hasta quedarte sin ellas. Me reconfortan, me dan fuerzas. ¡Actea, me amas lo suficiente como para poder verterlas! ¡Mi dulce, dulce Actea! Cuando me vaya habré dejado en ti al menos un diminuta huella; no habré sido solo una sombra de mi mismo, de otra persona... de la emperatriz Popea. Si ella no hubiera muerto de aquella forma yo no me habría convertido en esto...No es cierto. No debo mentirme a mi mismo en mis últimas horas. Soy lo que soy por el corazón de un hombre destrozado incapaz de aceptar lo que había hecho.
Cuando me vaya habré dejado en ti al menos un diminuta huella; no habré sido solo una sombra de mi mismo, de otra persona... de la emperatriz Popea. Si ella no hubiera muerto de aquella forma yo no me habría convertido en esto...No es cierto. No debo mentirme a mi mismo en mis últimas horas. Soy lo que soy por el corazón de un hombre destrozado incapaz de aceptar lo que había hecho. “Te lo suplico”, me susurra contra la sensible piel de mi nuca y su voz se extiende como una caricia a lo largo de mi espalda desnuda. “Reconsidéralo”. Por un momento flaqueo. Después, olvido... No, me digo, no hay nada que reconsiderar. ¿Ser violado en público sobre el escenario para diversión de nuestro nuevo César, Vitelio? No, Actea, lo lamento, mi decisión es firme. Multitud de personas han dirigido mi vida; ahora quiero ser responsable de mi propia muerte. Sí, me iré, y mi memoria la desgarrará la infamia. Pocos recordaran mi lealtad y mi fidelidad. Pensé que ellas me redimirían ante los ojos de la Historia, que me granjearían el perdón de la Memoria, y que quizás bastaran para no ser recordado con odio ni con desprecio, sino con cierto asombro, cierta compasión, cierta admiración, cierta lástima. Me esforcé por practicarlas y finalmente surgían de mi solas: Nerón me enseñó que se puede llegar a amar lo que mucho se odia... Amar...quizás de una retorcida y ambigua forma, pero nunca al César, si no al loco incomprendido y perdido que buscaba su propio lugar en el mundo de continuo. Fui yo, y no Mesalina, la última de sus esposas, quién permaneció junto a nuestro marido hasta el mismo final, solo yo y tres más, en el desgarrador viaje final que le condujo a la muerte olvidado en una villa. Fui yo quién inició ante su petición los lamentos rituales previos a su suicidio. Fui yo quién le recogió entre mis brazos cuando cayó por vez última y fui yo quién bebió de sus labios el último aliento... y sin embargo ella vive en una tranquilidad por siempre honrosa y yo me preparo para un inminente suicidio. Da igual todo lo que hiciera; en el mejor de los casos mi vida se perderá como lágrimas entre la lluvia. De haber sabido lo que vendría después le hubiera seguido tras su último suspiro, le hubiera seguido si alguna vez me hubiera querido, pero no me amaron ninguno de los hombres que se impusieron a la fuerza a mi lado: siempre Popea. Aunque la encarné no puedo decir que la he conocido. Ardo en deseos de hacerlo para saber que hubo en ella que tanto los ha seducido, que hubo en mí indigno.

Si queréis leer el resto del relato solo tenéis que pinchar aquí:


* Fotografía 1: "Los remordimientos de Nerón por la muerte de su madre", John William Waterhouse
* Fotografía 2: "Joven vertiendo perfume", Fresco romano
* Fotografía 3: Posible retrato de Popea Sabina, segunda esposa de Nerón, con la que el eunuco guardaba tanto parecido

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