domingo, 1 de junio de 2014

Yo, Claudia Livila (XV)

Observé incrédula, escéptica, la misiva, el mensajero, el inolvidable sello. Él, polvoriento, con la mano extendida, sudoroso, sucio, agotado, aguardaba en silencio con el además de una broncínea estatua; solo le delataba que aún respiraba aquella mirada inquieta, el tembloroso labio, un ruego callado en la vena férrea del cuello tensado, como si de continuo temiera que no la cogiera. Quizás le habían advertido de que yo, orgullosa y testaruda, quizás me negara a leerla, y le habían reconvenido a no marcharse hasta haberse asegurado de que aceptara no tanto la información contenida en ella, como la motivación oculta tras la mano que había trazado las letras. Miré entorno, esperando que alguien se riera, una burla, una palabra amarga, la constatación de que el mensajero se había equivocado con la destinataria o yo me había imaginado que era a mí a quién me la mandaba. Apenas tuve tiempo de haber frente a la sorpresa de Druso, la emoción de mi pequeña, la rabia mal disimulada de nuestro César: que Germánico eligiera a su hermano como receptora de las noticias de frontera y no al hombre que sobre el mundo gobernara, era una humillación que dudaba que Tiberio algún día perdonara. Estaba claro que el mensajero había elegido mal momento para dármelo, o al menos Germánico debió ser lo suficientemente astuto para instruirle en que condiciones exactas debía entregármela para no desatar un odio y una envida con las que Sejano el corazón de Tiberio emponzoñaba. Yo, a pesar de saberlo, callaba, siempre dispuesta a aceptar cualquier cosa que inclinara a mi favor la balanza, pero tampoco creía -debes, madre, creerlo- desencadenar una guerra contra mi propia casa, una guerra en la que pudiera haber cualquier víctima que no fuera mi insufriblemente perfecta cuñada.
Creía entender porqué era a mí y no a su padre adoptivo a quién aquella misiva mandaba: le había guiado el corazón y no la consciencia; finalmente mi desprecio, mi rencor y mi indiferencia habían hecho mella, y creyó agradecería aquella deferencia que no era más que una migaja, un débil fragmento, del sentimiento, leal e inquebrantable, de cuanto yo le importaba. Sabia bien que así era: desde aquel día en que nuestro padre muriera y él intentará dulce y suavemente sacarme de la tienda; desde que me sostuviera siempre mientras yo lloraba y nunca soltara mi mano en el largo trayecto de vuelta a casa; desde que fuera el primero en acudir cuando Cayo muriera o yo pariera; desde que fuera a mí a la única que siempre llamara cuando su corazón se quebraba o a alguien necesitara; desde aquel día en que Agripina y yo dejamos por fin las máscara y fuera a mí antes que a ella, a la hermana antes que a la esposa y madre de sus hijos, a quién él escogiera... desde que el destierro de mi querida tía Julia y mi única amiga, la alegre Julila; la muerte de Cayo y Póstumo Agripa; el matrimonio impuesto; madre, tu indiferencia y falta de entendimiento... le dejarán a él y a mi niña como únicos receptores del cariño que mi corazón desbordaba sin nadie que quisiera recogerlo... Intenté con todas mis fuerzas que aquella misiva mi determinación no quebrara: aquel gesto además me recordaba las largas cartas que hacía una eternidad Cayo me enviara sobre sus heroicas gestas en Armenia y Partia. Quizás Germánico también lo rememoraba: quizás aquella misiva fuera algo más que una petición para que le perdonara por revelar un secreto cuyas ramificaciones su saber no abarcaba, si no también la prueba de que me entendía, me conocía, sabía porque sufría y también me añoraba. Que en su lista de preferencias estaba yo antes que el Imperio o el César, algo de lo que tantísimas veces le acusara cuando a Druso y Tiberio como ramera y vulgar esclava me vendiera. Indecisamente emocionada, extendí la mano trémula hacia el mensajero que esperaba, y él, aliviado, me entregó la misiva que portara. A continuación se inclinó para darme las gracias. Otro gran error: yo solo era la sobrina y nuera de nuestro emperador, era a él a quién ese gesto de devoción y respeto debía tributarle. Nerviosa, observé de soslayo a Tiberio. Callaba. Con el tiempo había aprendido que eran más peligrosos sus silencios que sus palabras, no solo porque aunque me esforzara no podría desentrañar del todo la mente de nuestro dueño, si no porque también hay oscuros pensamientos que no pueden expresarse en palabras, y en él tenía menos valor lo que decía que lo que callaba. Al menos había aprendido si no a apaciguarlo al menos sí a contenerlo, y sabía del relativo favor que a sus ojos gozaba. Rompí el sello, leí la carta en voz alta sin que mediara petición, orden o ruego: sabía qué era lo que Tiberio deseaba, lo que él entendía debía serle entregado sin falta. Debía creer que yo no tenía para él secretos, ni conmigo mi hermano. Debía disolver las nubes negras que sobre su noble cabeza acechaban, aquellas que Sejano arrojaba y Tiberio contemplaba.
No esperé encontrar en la misiva palabras de ternura ni de añoranza, ni consuelos ni recuerdos. Aquella hubiera ido en contra del espíritu romano que a Germánico animaba, hubiera sido una bajeza, una debilidad, la mera plasmación en tinta de un sentimiento. No lo amé menos por ello. Jamás valoré los hechos tanto como las palabras; estas son traicionaras, mientras apenas contienen mentiras lo que los actos narran. Guardé en mi corazón, como un tesoro, su gesto, y todo cuanto él significaba. Narraba: la guerra contra los germanos había comenzado. A pesar de que la estaba preparando con todas sus fuerzas para el verano, había tenido que adelantarla a principios de aquella primavera, casi recién llegado, con una expedición contra los catos, pues albergaba la esperanza de que el pueblo germano, que unido nos había vencido en Teotoburgo bajo el mando del traidor Arminio, por fin se encontrara desorganizado y dividido. ¿La causa? El caudillo enemigo había cometido el error de tomar como esposa a una mujer raptada, Thusnelda, hija del mismo Segestes que tantas veces intentó advertir a Publio Quintilio Varo del desastre que contra él, tres legiones y nuestro Imperio se fraguaba. Segestes, finalmente, había sido arrastrado a la guerra por decisión unánime de su pueblo, contra su propio criterio que se inclinaba siempre por lealtad y obediencia al pueblo romano, y ahora, aquella boda no había hecho aumentar si no sus odios particulares hacia un Arminio que tiempo atrás ya despreciara, convirtiéndose así, de nuevo, lo que debió ser una ocasión para estrechar lazos y asentar un reino en una nueva excusa para un odio exacerbado. Como ya Cayo hiciera en sus respetuosas misivas, donde nada había para la esposa niña que ilusionada le aguardaba, también Germánico me describió con minuciosidad el orden de batalla como si creyera que me importaba: entrega a Cecina cuatro legiones, cinco mil hombres entre las unidades auxiliares y una masa indisciplinada de germanos que habitan en el interior de nuestras fronteras; él en persona se pone al frente de otras cuatro legiones y doble número de aliados, y con ellos edifica un fortín sobre los cimientos del establecido por nuestro padre en el monte Tauro, abandonado, como tantas de sus obras, tras el desastre de Varo; desde allí. aprendiendo de lo ocurrido en Teotoburgo, marcha sin los carros de impedimenta contra los catos, dejando la retaguardia y los francos asegurados. Solo entonces Tiberio se incorpora; Druso, pensativo, cruza las manos; mi pequeña se sienta a mi lado y se apoya contra mi brazo; también los pretorianos que nos rodean están atentos de mis labios. Continuaba: Germánico había caído sobre los catos de forma tan rápida y tan imprevista, que todos los débiles, por razón de edad y sexo, habían sido de inmediato capturados y ejecutados. Los jóvenes, por el contrario, habían cruzado a nado el río Éder e impedían a los nuestros la construcción de un puente. Fueron rechazados con proyectiles y flechas, y tras negociar un débil tratado de paz, muchos se unen a Germánico y el resto se dispersa por bosques y aldeas. No tardó mucho más en incendiar Matto, la capital de aquel pueblo de bárbaros, y en el momento en que me escribía, se encaminaba por fin hacia el Rin, sin que el enemigo se atreviera a hostigar la retaguardia y a los que se retiraban, seguramente por el miedo y el respeto que de nuevo les inspiraban nuestras águilas. Así pues, mi hermano lo había logrado: había de nuevo pisado las tierras de nuestra perdida provincia germana. Me invadió una oleada de orgullo y disgusto; quizás por eso había permitido Agripina, retorcida, que fuera a mí y no a Tiberio, como bien correspondía, a quién le enviara la misiva. Por que de nuevo la gloria sería para Germánico y no para mi casa, pues aunque Druso por fin ejerciera el consulado, no eran esas las proezas que el pueblo recordaba y admiraba. Mi tío, por el contrario, se mostraba satisfecho de lo que bien podía ser la gran hazaña que legitimara su reinado: poseer de nuevo lo que bajo el divino Augusto se había perdido. Se puso en pie, dando por concluida la agitada cena, y sin mediar palabra, ni hacer un comentario, extendió la mano para que le hiciera entrega del informe de Germánico. Después se encerró en su despacho con Druso y Sejano. Al día siguiente, me sorprendió despertarme con una breve carta del prefecto pretoriano narrándome cuanto allí los tres habían hablado, algo que mi propio marido jamás me había revelado. Sin duda confiaba mucho en sus posibilidades: no podía revelar a Druso y mi suegro que los había traicionado pues eso podría haberme señalado, y con una siempre nota pretendía mostrarme la importancia que para él tenía mi rango, más ahora que había demostrado no solo el favor que gozaba con Tiberio, o el relativo afecto que arrancaba a Druso, si no también la lealtad que me prodigaba Germánico. Sonreía a mi pesar mientras quemaba la misiva que podía habernos delatado

*Fotografía 1 y 2: "Ochenta y dieciocho" y "La vieja historia", de John William Godward
*Fotografía 3: "Arminio se despide de Thusnelda", de Johannes Gehrts

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