sábado, 28 de junio de 2014

Yo, Claudia Livila (XVII)

Con retorcida ironía quiso la Fortuna enloquecida y amarga que el mismo día en que el viente de la cautiva Thusnelda se abría para entregar a la esclavitud perpetua al único hijo del caudillo querusco por la libertad germana, mi cuñada Agripina por sexta vez también pariera a una segunda hija a la que impuso el nombre de Drusila en un brusco homenaje a mi abuela Livia, que aquel cariñoso diminutivo en recuerdo de su difunto padre portara. Si con aquel estúpido vacío gesto pretendía ganarse el beneplácito, la benevolencia y hasta la neutralidad de la vieja arpía en la soterrada lucha que desde niñas muy estrechamente nos unía, no puedo por menos que recordar aún hoy con amplia sonrisa que, tal como segura ya esperara, estrepitosamente ella fracasara: con risa silenciosa se estremecía la viuda Livia cuando, sin necesidad de desvelarla, su tan poco oculta intención la señalara. Aunque desde mi ascenso parejo al ascenso de Tiberio a un opresivo olvido yo permitiera y él la entregara, manteniéndola intencionadamente relegada y desinformada, no dejaba de ser tu hija la única que en ocasiones la visitaba -y eso que tú sin césar toda tu vida la alabaras y admiraras; como siempre, solo palabras- aunque mis heridas y rencores por ella aún me animaran y sangraran, en una extraña veneración de la alumna por la maestra, de la esclava por su ama, hacia aquella por cuya causa tanto sufriera pero también que tanto me enseñara. Aunque si pensarás que era el cariño natural entre abuela y nieta lo que a nuestra relación aliento daba, terriblemente te equivocaras: Livia aún ejercía una férrea influencia sobre el hijo que engendrara o al menos poseía un profundo conocimiento de sus pensamientos, sus sentimientos y previsible comportamiento que era previsible que yo algún día necesitara y en mi provecho utilizara; yo, a un mismo tiempo, era ya su único nexo con el Senado, el César, el exterior, la familia por la que se sacrificara y el poder que siempre anhelara, la promesa de reina de nueva Roma que ella con sus manos moldeara, la imagen visible de la obra de toda una vida quizás malgastada, todo lo contrario de Agripina, cuya ambición, aún análoga a la nuestra, despreciaba, pues era la última representante de la familia que todo cuanto amara en la pasada guerra civil le arrebatara y ella, como venganza, en silencio destruyera, para en su caos y en sus ruinas asentar la gloria de la casa Claudia. Nuestra misma supremacía se demostraba por el torpe intento de la última integrante de la familia Julia por adoptar nuestras retorcidas, serpenteantes, efectivas armas.
Pues la misiva donde el nacimiento de mi segunda sobrina se me comunicaba, no había sido escrita por mi hermano Germánico, como acostumbraba, si no por la misma Agripina, que con anterioridad ni una sola mísera letra me dedicara. Sin duda pretendía encarnar en el nacimiento de la inocente Drusila el hecho palpable de la reconciliación con mi hermano después de que yo, entre ellos, con una repentina inspiración y muchisimo esmero, la desconfianza, la discordia y la cizaña sembrara negándole a Germánico su única hermana y señalando a Agripina como causa. Por desgracia para ella, su misiva despertó en mí la risa y no la furia, y me dio una nueva oportunidad para ahondar en la brecha que yo, sutil, silenciosa e imperceptible, trazara. Pues sabía bien contar no solo con los dedos, y desmadejando el tiempo, descubrí sin dificultad que el embarazo se había producido en las Galias, es decir, antes de su llegada a Roma tras sometidas las legiones de frontera y nuestro primer enfrentamiento directo, por lo que Drusila era el resultado de una buena época extinta y no la consecuencia del fin de la desgracia que yo iniciara. Con risa histérica tracé una carta donde con devoción, admiración, cariño y añoranza -mi escudo y mis armas-, la felicitaba por su nueva hija como si fuera a mi querida Julila a quién hablaba, y no contenta, envolví con cuidado un regalo envenenado: una vieja manta, descolorida y desgastada, y hasta en ciertos puntos, remendada. Sabía muy bien que Agripina ignorante consideraría el ajado presente un insulto directo a su persona, que con suerte incluso la arrojaría de su lado; pero no así Germánico: él sin duda la reconocería de inmediato como la humilde manta que nuestra abuela Octavia para ti y para tu hermana con sus propias manos tejiera, y luego, yo, él y nuestro común hermano Claudio y después mi adorada pequeña en la cuna usáramos. Sin embargo, en aquel contexto de enfrentamiento, en que yo le negaba la palabra y no respondía a sus cartas, enfurruñada por lo que a Agripina sobre mí y Póstumo él revelara, por como ella en la última ocasión me tratara, la manta era algo más: una ofrenda de paz, una última esperanza de reconciliación que él con tanta ilusión aguardara... destrozada por la rabia ciega de mi cuñada, tal como yo esperara. ¡Ah, divina Némesis, que con tus ojos amables siempre me observabas, mil gracias! Tiempo después descubrí que los gritos entre los dos se oyeron en casi todo el campamento, y aún transcurridos días y semanas de ellos, saboreé la imagen como un dulce caramelo, reí de nuevo en la soledad profunda y oscura de mi cuarto: ella había esperado destrozarme con el anuncio del nuevo nacimiento disfrazándolo de nuevo entendimiento, y yo, con un simple movimiento, había alejado aún más ese momento. Ella era ahora la torpe aprendiz y yo el consumado maestro. Prueba de ello es que, quizás, con paciencia esperara mi comportamiento, ansiosa de comprobar si sus letras habían logrado efecto, como demostrara la explosión de sentimientos que mi regalo estallara; yo, en cambio, tendido el señuelo y hecha la trampa, me olvidé de tan insulsa batalla, sobre todo por que en Roma, lejos de las encarnizadas fronteras de Germania, una guerra también se libraba. 
Lucio Elio Sejano por fin empezaba a mostrarnos su oculta cara, una migaja apreciado de los planes e intenciones que callaba. Había convencido a Tiberio, quién siempre ha temido al pueblo que sabe no le ama, de las ventajas de agrupar en un solo cuartel a la totalidad de las cohortes pretorianas repartidas por distintos puntos de la Ciudad e incluso urbes cercanas, para que, en caso de peligro o de necesidad, pudieran todos recibir las órdenes a un mismo tiempo y para que, cuando unos con otros vieran su gran número y enorme común fuerza, surgiera en ellos la confianza y en el insumiso pueblo, y demás enemigos del Estado, el miedo. Ponía como pretextos la instrucción, la disciplina, el adiestramiento; defendía que, si los soldados estaban diseminados en un único campamento, enclavado en el monte Viminal, en su más alejado extremo, fuera ya de las regias murallas y donde ya finalizan los funerarios monumentos, lejos, por tanto, de las tentaciones y distracciones de la Ciudad, vivirían con más austeridad, sometidas por completo a la imperial autoridad, aportando en conjunto una ayuda mayor en caso de imprevisto o necesidad. Tiberio se mostraba en extremo satisfecho, casi entusiasmado mientras se alzaban las altas torres y se excavaba el foso y la empalizada del nuevo campamento, y Sejano se esmeraba consumiendo su tiempo en dotar de instrucción y uniformidad mediante el duro entrenamiento y un nuevo equipamiento a quienes hasta entonces habían sido un cuerpo de soldados caótico y disperso, una hazaña que no podía de dejar de recordarle a nuestro César Tiberio, con orgullo y nostalgia, su propio trabajo con las legiones fronterizas del Imperio. De pronto, delegó en Druso sus tareas de gobierno y concentró su ilusión -increíblemente, tenía esperanzadores y tiernos y buenos sentimientos- en Sejano y su proyecto. Podría haberme sentido honrada por la confianza que nuestro amo demostraba en el buen hacer y conocimientos de mi marido, su hijo y su heredero, si el César no hubiera salpicado nuestras tensas e incómodas familiares cenas de quejas y correcciones a Druso y desusadas alabanzas desmesuradas al prefecto. Mi marido fruncía el entrecejo, enfurecido y disgustado, sin atreverse a levantar la voz ni contradecir a su padre y dueño, y luego, para aplacarse, se entregaba a la noche romana y casi al amanecer regresaba, apestando a vino, sudor, vómitos y rameras, y con la lengua pastosa me planteaba exigencias. Me preguntaba que lo enfurecía en realidad de aquella manera: que yo me negara, que su padre le despreciara por un extraño arribista ajeno a nuestra casa, o lo que el proyecto de Sejano en el fondo implicaba: concentrar en un punto concreto y bajo su único gobierno todo el poder armado presente en la Ciudad, convirtiéndonos al resto poco más o menos que en sus presos, plegados en principio a los deseos de Sejano y, supuestamente a través de él, de mi tío Tiberio. 
Yo observaba fascinada al prefecto, intentando discernir el camino que con firmeza se había a sí mismo trazado y sus recovecos, queriendo vislumbrar a lo lejos su intención y final, y él simplemente me sonreía en silencio cuando, súbito, me descubría observándole con una pregunta trazada en mi pupila inquieta; yo también sentía su mirada a menudo en mi cuerpo, y acabé comprendiendo que para él yo constituía el más extraordinario enigma, lo mismo que yo por Sejano sentía. Me pregunto si sabía lo que estaba haciendo, si se daba cuenta de que muchas veces Druso le descubría viéndome, si buscaba provocar a mi marido para sumergirle en el descrédito. Si fue así, tuvo éxito, sumando agravios a agravios en la mente de un hombre irascible que, aún queriendo hacer exhibición de magnanimidad y clemencia, eso no entraba en su naturaleza: sin duda no dejaba de repetirse como Sejano le desobedeció en Panonia y después le arrebató la gloria; cómo gozaba de mayor favor ante Tiberio que él, su propio hijo; cómo ahora acechaba con ojos lascivos sin temor a su esposa. ¡Pobre patético Druso! Incapaz siempre de resolver sus problemas, siempre insignificante por mucho que hiciera, siempre oscurecido, siempre comportándose como una víctima desgraciada tratada con suma injusticia, comportándose con crueldad con sus subordinados en lugar de enfrentar a su verdugo, siempre envidiando aquello que no podía tener en lugar de hacer algo para tomarlo, imitando a Germánico creyendo que eso le valdría únicamente para ser amado y respetado como mi hermano... ¡Divina Juno, sagrado Himeneo, cuánto tuve qué soportar demasiado tiempo! Cuando me narraron lo sucedido ni siquiera puedo decir que una parte de mi llegó a extrañarse. No tardaría en extenderse la noticia del enfrentamiento para nuestra enorme vergüenza eterna, aquella reyerta de taberna que le ganó a mi marido el sobrenombre de "Cástor", irónicamente divino protector del cuerpo pretoriano. Que Druso acabara envuelto en una pelea durante una borrachera no era algo en absoluto insólito; por desgracia, la novedad radicaba en que era el heredero del Imperio quién había agredido al hombre encargado de su protección y vigilancia, al mismísimo Sejano, que encarnaba la autoridad de su padre Tiberio. Nunca he visto tan enfurecido a mi tío; me llevé lejos a mi pequeña Julia para que no escuchara sus gritos. Por desgracia, no tardaría en aparecer su padre, visiblemente alterado, con el pelo alborotado, apestando a vino y los nudillos ensangrentados. Asustada por que aquella visión de Druso se grabara en la memoria de mi niña, la tapé los ojos y la expulsé del cuarto. Él, indiferente, me cogió con fuerza de la muñeca y me ordenó no acercarme jamás a Sejano; asentí con fingida sumisión mientras me reía para mis adentros: ni siquiera mi añorado Cayo, mucho mejor hombre que él, había podido decirme que podía o no hacer, y, cuando regresé a mis estancias, como si disfrutara riéndose de Druso a sus espaldas aunque él nunca supiera que lo hiciera, hallé decenas de docenas de rosas por todo mi cuarto: no pude por menos que sonreír ante el descaro y atrevimiento del prefecto pretoriano



*Fotografía 1 y 2: "Confidencias" y "Juego de madre", de G. Zocchi
*Fotografía 3: Relieve con pretorianos, Museo del Louvre
*Fotografía 4: Detalle de "Las rosas de Heliogábalo", de L. Alma-Tadema

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