domingo, 15 de junio de 2014

Yo, Claudia Livila (XVI)

La siguiente misiva de Germánico íntima fue también para mi persona, pero al menos en esta ocasión iba ya acompañada de un extenso y detallado informe a Tiberio de todo cuanto había acontecido en cada batalla, escaramuza y día en calma en una Germania aún no reconquistada. Dudaba que eso sirviera para hacerle a nuestro tío olvidar la primera y grave afrenta, el hecho de que para él una simple mujer, por muy hermana suya que fuera, hubiera superado en dignidad al César haciéndola merecedora antes que nadie de noticias nuevas, para su débil y necio sexo a su entender extrañas, pero al menos - yo confiaba- podrían en algo sus victoriosas palabras aplacar la indignación por la humillación no intencionada sufrida y la falta de respeto no deseada demostrada con el gusto por la gloria de Roma recién alcanzada y la honra que con ello su joven reinado alcanzaba. Fue por ello por lo que me esforcé por esconder la misiva fraterna apenas recibida, ni siquiera abierta, como si fuera algo que en lo más profundo me avergonzara, buscando no agravar la herida de la sensible dignidad y delicado orgullo de nuestro César, si no contener la sangre que copiosa manaba sin razón de ellas, pues jamás habría Tiberio de encontrar soldado más fiel y leal que Germánico sobre la tierra. Aguardé días impaciente a la soledad y el abandono para poder leerla, a la firme constatación de que no me habría de interrumpir nadie en su lectura cuando la abriera, pues sabía bien que mi adorada pequeña, por su juventud e inexperiencia, no comprendía aún que existen secretos que han por siempre de callarse en lugar de compartirlos como si fueran mera información sin peligros que solo divirtiera; también sabía que Druso, de saberla, revelaría raudo a Tiberio su existencia, no esperando que la traición de Germánico, a quién en lo profundo admiraba, su causa favoreciera, si no buscando la aprobación del César que nunca claramente alcanzaba a pesar de que a veces le favoreciera y él desesperado la deseara. Por fin, parapetada en mis estancias privadas como si fuera la última superviviente de una ciudad asediada y rodeada de enemigos me preparara, con todo, para el sacrificio y la larga resistencia, esperé la noche cerrada en que solo los pasos de los pretorianos y guardias germanos y el susurro silbante del sonoro viento suenan, y me atreví a romper el sello y perderme en las palabras. Agradecía entonces mi precaución y mi cautela, aunque por momentos me parecieran extremas. En su segunda misiva Germánico vertía el alma, cada angustia que le atenazaba, cada preocupación que le obsesionaba, cada tristeza que le dominaba, cada miedo que le asaltaba, dejando de lado el noble espíritu romano que vida le insuflaba y en el que los sentimientos no importaban nada ante fines más elevados, cuya expresión pública puede traer vergüenza ajena a la más noble casa. Y en este caso -aunque me duela admitirlo- estaba en lo cierto la amarga moral de nuestros ancestros: esa misiva, en malas manos, podía ser un arma poderosísima contra mi hermano, pues desnudo, sin adornos ni artificios, hermoso y perfecto en su imperfección única, aquellas letras me traían de vuelta a mi Germánico, al auténtico, al verdadero, al que perdí hace tiempo en algún punto inconcreto de nuestros caminos, el que nunca me hubiera abandonado, traicionado y vendido. Y abrazada a las palabras lloré lágrimas de gratitud y negra nostalgia, porque como yo contigo ahora, me había abierto en canal su frágil pecho y mostrado cuanto guardaba dentro. Y sin embargo, ¿por qué me contaba ahora todo aquello? Aquellos anhelos, aquellas ausencias, aquellas ambiciones, errores y penas, son materias que suelen verterse en susurros apresurados y quedos en el secreto íntimo de un apasionado lecho, siempre temerosos de que sean recogidos por oídos ajenos, ¿qué me hacía ahora a mí digna de ellos? Supuse: mi férreo silencio, mi negativa a dar una respuesta a mi anterior misiva, obligando a mi hermano a cambiar de estrategia para intentar ganar el perdón que mi corazón dispuesto le entregaba y mi boca testaruda le denegaba; mostrarme que para él, Agripina y yo gozábamos siempre de la misma importancia y confianza. Ante aquella compañera que en la comparación se me asignaba, dudaba si sentirme ofendida o halagada.
De cuántos sentimientos y pensamientos Germánico me entregó en tinta honrosa, prefiero todos guardarlos en el silencio y custodiarlos en el recuerdo, pues fui llamada guardiana leal de ellos aún no siendo digna de poseerlos, y aunque sin más criterio que el habernos engendrado y parido puedas tú, mujer desnaturalizada que vegetaste encerrada siempre ajena a nuestro padecimientos, llamarte "nuestra madre" sin merecerlo, no te considero, con todo, apropiada para saberlos. Deja que al menos, pese a despojarme voluntaria de mis secretos para no llevarme demasiadas cargas a los infiernos, sea sepultada con aquellos que otros en su tiempo me entregaron ciegos. Prefiero concentrarme en sus grandes hazañas, para que al menos, madre, puedas enorgullecerte de uno de los hijos que alimentaras, como yo caminé con la cabeza alto por ser su hermana, ya que mi inútil marido no parecía capaz de proporcionarme nada que me elevara. Asi pues, tras su rápida victoria sobre catos y marsos, recibió Germánico embajadores de un Segestes aterrado, puesto que su propio pueblo le tenía asediado ya que Arminio, que ansiaba la guerra del pueblo germano, gozaba de un mayor prestigio entre ellos que su suegro, en quién solo veían un obediente perro de los nuestros. En la embajada formaba parte Segimundo, hijo de Segestes, de ánimo inconstante como su padre aunque en este caso inclinado a favor de quienes se habían rebelado, pues habiendo sido nombrado sacerdote romano en el Altar de los Ubios, un honor raramente entregado a un príncipe de los bárbaros, había roto todos sus votos sagrados para huir junto a Arminio y plantearnos feroz batalla en el infame Teotoburgo. Su vacilación a presentarse ante Germánico, temiendo ser castigado por sus malas acciones del pasado, hubiera podido costar la campaña a mi hermano por culpa solo del desconocimiento no superado, pero prevaleció en el ánimo de Segimundo la lealtad paterna, aunque bien pudiera creérsele carente de ella puesto que había antes perecido su fidelidad jurada y declarada al César. Así conocí pronto la oportunidad que sin haberla buscado repentina y dispuesta se le brindaba, y pudo Germánico hacer marchar a todo su ejército y llegar a tiempo, antes de que Arminio hubiera conocido la situación en que Segestes se encontraba y que hubiera inclinado a su favor inexorablemente la balanza; sin embargo, todavía se encontraba a varios días de camino de las posesiones de su suegro cuando Germánico ya había puesto fin al precario cerco venciendo a los sitiadores, aniquilando a la totalidad de sus partidarios, y liberando al suplicante Segestes con sus familiares y clientes; entre los que se contaban Thusnelda, hija de éste y esposa del rebelde. Sé que su visión impresionó mucho a mi buen hermano, que por años lamentó el trato que la costumbre y su reputación le obligaron a prodigarla, ya que con las manos juntas entre los pliegues de su vestido, no se presentó deshecha en lágrimas ante el general que los había capturado y sometido, si no que prevaleció su ánimo guerrero y en ofendido silencio permaneció con los ojos fijos en su hinchado vientre de embarazada, en aquel hijo, Tumelico, que habría de condenarla a la esclavitud y al exilio, engendrado, en una rara y cruel ironía de la Fortuna y la vida, por un padre que buscaba una libertad inmerecida para su pueblo. Su padre, Segestes, en cambio, se arrojó en llanto suplicante y reconfortado a los pies de Germánico: juró lealtad y fidelidad, lamentó el destino de Varo, entregó los últimos despojos de las legiones aniquiladas bajo su mando, y no contento, a fin de asegurarse su pellejo, entregó a su propia hija como presente a mi hermano, sin dejar de defender las mil veces que había intentado alertar al gobernador romano de la traición de los auxiliares germanos y de cómo solo obligado contra los nuestros había luchado. Tu hijo, madre, de espíritu sencillo y austero, como todos los nuestros más propenso a aceptar pequeños gestos que grandes palabras, sentía mayor simpatía por la túnica sobria de Thusnelda y su lealtad inquebrantable aún cuanto todo para ella estaba perdido, que por aquella mala caricatura de un romano en que Segestes, adulador y voluble, se había convertido, con las manos cuajadas de anillos y el vientre flácido, por la pereza y el buen comer vencido; y, sin embargo, obedeciendo al Senado y cumpliendo las ambiciones del Estado, Germánico hubo de tomar a la mujer como prisionera y ensalzar al padre como ciudadano romano en un cómodo retiro con sus hijos en las riberas del Mediterráneo.


* Fotografía 1: detalle de "Un poeta favorito", de L. Alma-Tadema
* Fotografía 2: "La captura de Thusnelda", de H. Konig

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