viernes, 19 de octubre de 2012

El Rey Esclavo: Euno (6ª Parte)

Apenas tuvimos noticia de la caída de Morgantina, yo y los miembros del consejo partimos de inmediato hacia la nueva ciudad de nuestro joven reino. Encontramos las calles repletas a partes iguales de alegría y de muerte y a nuestro soberano, Antíoco, mi Euno, presidiendo los juicios de los supervivientes en el teatro. Al vernos, fue a nuestro encuentro y nos recibió con una sonrisa, con abrazos en los que se desbordaba todo el inconmensurable cariño auténtico que su corazón por nosotros atesoraba. A pesar de ello, quizás por ser su esposa o por ser la persona que más tiempo había permanecido a su lado, noté de inmediato la oscura preocupación que arrugaba su frente y la angustia que, por primera vez, había apagado la danzarina chispa alegre y confiada que brillaba en su mirada clara. No quise preguntarle, delante de nuestros súbditos, la razón de su pena, pues si Euno se había impuesto aquella máscara de indiferencia para no amargar la fiesta no sería yo quién la destruyera. Una vez a solas, fuera de las murallas de Morgantina, en la misma tienda donde planeó meticulosamente su victoria, me rebeló a media voz las razones de su profunda inquietud. Mientras sitiaba los muros de aquella ciudad, dijo, no quiso permanecer ocioso, y escogiendo con sumo cuidado a los más leales, a los más valientes o solo a los más temerarios, les había enviado a todos los rincones de Sicilia como espías, a fin de recabar cualquier información de interés para nuestro joven reino esclavo, como, por ejemplo, los movimientos de los romanos o el estado de las defensas. Uno de aquellos hombres había regresado pocos instantes después de que las puertas de Morgantina fueran abiertas y las noticias que portaban eran todo menos halagüeñas.
Hablaban de Cleón, un cilicio y, como nosotros, antiguo esclavo. Él y su hermano Comano habían malvivido desde niños criando caballos en los bosques y en las montañas para un rico propietario romano residente en la ciudad de Agrigento. Aquel hombre no había sido muy diferente al avaro Antígenes o al cruel Damófilo, pues les había exigido siempre lealtad absoluta e inagotable trabajo y, a cambio, jamás les había entregado vestido alguno o ya solo comida, alegando con una risa que los campos de Sicilia ya les ofrecían todo lo necesario para su subsistencia. Fue así como pronto Cleón se convirtió en ladrón, salteador de caminos y hasta asesino. La noticia de nuestra rebelión le llegó cuando la justicia había comenzado a perseguirle y su amo le había abandonado a su suerte. Ante esto, decidió tomar ejemplo de Euno y mientras nosotros dábamos los primeros pasos como reino y planeábamos la conquista de Morgantina, él logró reunir, con velocidad pasmosa y lengua prodigiosa, hasta 5.000 o 7.000 seguidores-dependiendo de los informes-, entre esclavos, pastores y, por primera vez, gentes libres desposeídas de sus tierras por la dominación romana y hasta artesanos. Con ellos se había dirigido a Agrigento clamando venganza y ante sus puertas, viéndolas inexpugnables, volvió a imitar a nuestro rey Euno y decidió atraerse el apoyo de los esclavos que padecían dentro. Para ello, montó un espectáculo de mimos en una explanada ante las murallas, en el que reprodujeron diversas escenas de nuestras revuelta que mostraban la liberación de las cadenas y los abusos de los propietarios. Los amos reían al verles gesticular y moverse con grandilocuencia, pero sus esclavos, en cambio, comprendían al instante lo que pretendían y creyendo quizás que se trataba de Euno y no de Cleón, decidieron unirse a la causa del cilicio. Agrigento quedó arrasada al cabo de una semana y todos sus habitantes perecieron en el asalto.
Mi rey, mi marido, calló su relato cuando el sol ya nacía más allá de Morgantina; aún así, no parecía capaz de dormirse entre mis brazos. Comprendía las razones de su angustia. No era por Cleón. Era por si mismo. La gran diosa siria, nuestra guía, Atargatis, no le había mostrado aquel imprevisto en sus visiones, en realidad, hacía tiempo que callaba. ¿Le había abandonado?, se preguntaba. Enredé mis dedos en su cabello, besé su frente: ella era su madre, respondí, y una madre enseña a andar a su hijo, le muestra el camino correcto, pero no puede andarlo por él. Que no le hablaba ya no significaba que no le amara: simplemente aguardaba, como toda madre, dónde le llevarían sus pasos, para reír por su logro o para correr a ayudarlo. Euno no parecía muy convencido por mis palabras, pero se aferró a ellas con fuerza por ser el único consuelo que se le ofrecía. Decidió dar otro paso: convocó de inmediato al consejo. ¿Era Cleón aliado nuestro o enemigo de nuestra causa? Era la única cuestión que nos preocupaba. Hermeias abogaba con pasión por el ataque inmediato; yo defendía actuar con prudencia. El que fuera mi amigo me observó con rabia: con la muerte de su hermano había hecho de las visiones de Euno la única causa de su existencia y sus acciones rayaban con el fanatismo exacerbado; hacía tiempo que yo había comenzado a apartarle de mi lado. Gritó cuando se impuso mi criterio: a nadie de aquel consejo le resultaba cómoda la idea de luchar contra otros esclavos, no era esa la razón por la que nos habíamos revelado, y más cuando supimos que los amos se relamían de gusto pensando que las tropas de Cleón y las de Euno se destruirían mutuamente, sin necesidad de la intervención de Roma. Se estableció enviar emisarios al conquistador de Agrigento para interrogarle sobre cómo debíamos tratarle. Regresaron diciendo que no había querido escucharles y que avanzaba con todo su ejército a nuestro encuentro. Hermeias no cabía de felicidad en su cuerpo, alardeando haber tenido razón y no haber sido escuchado. Euno tuvo que rendirse a las evidencias y dejando fuertes guarniciones de soldados en Morgantina y en Enna, marchó con sus tropas hasta una extensa llanura a medio camino entre su territorio y nuestro reino. De frente, Cleón y los suyos. Descabalgó junto con su hermano. Lo mismo hicieron Euno y Hermeias, su general en la batalla.
Avanzaron hasta quedar cerca y se hizo el silencio. Nadie quería ser el primero en pronunciar la primera palabra.

*Fotografía 1: "Youth and Time" de Godward
*Fotografía 2: Representación de mimos en un mosaico de la antigua Pompeya
*Fotografía 3: Valle de los Templos de la ciudad griega de Akragas, conocida como Agrigento en latín. Al fondo de la imagen puede apreciarse la actual urbe de Girgenti.






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