viernes, 7 de diciembre de 2012

El Rey Esclavo: Euno (13ª Parte)

Apenas repuesto de su enfermedad tuvo Euno que marcharse muy lejos de mi lado. Los soldados romanos habían sido expulsados de las fronteras de nuestro reino gracias a la victoria de Cleón el cilicio, pero nadie dudaba en que regresarían cuando la cálida y florida primavera hiciera de nuevo navegable el Mediterráneo. La estrategia había sido cuidadosamente diseñada mientras el sol gobernaba y las lucernas después brillaban: teníamos menos de siete meses para estar preparados. Se decidió que el rey Antíoco invadiría Siracusa, a fin de culminar la conquista de la zona este de la isla, suprimir la principal base de operaciones romana y asestar un duro golpe a la moral del enemigo conquistando su capital en Sicilia. Yo había insistido muchísimo en ello: si Euno debía de partir muy lejos de mi lado al menos que fuera para algo bueno; Cleón había adquirido una gran importancia tras liberar Enna y conquistar Tauromenium y, aunque jamás dudé de su lealtad por un sólo momento, tanto protagonismo era excesivo y podía ser peligroso si Antíoco se ganaba la enemistad de una parte de su pueblo, como ocurriera durante el asedio. Por este mismo motivo se había establecido que Cleón permaneciera en la retaguardia, si bien la verdadera causa, y al mismo tiempo excusa elaborada, era que a nuestras espaldas el oeste de la isla aún seguía en manos de nuestra enemiga y que aquel lugar sería dónde obligatoriamente los sucesores de Lucio Calpurnio desembarcarían en el momento en que Euno les imposibilitara echar el ancla en las costas orientales de Sicilia, labor en la que Comano colaboraría desde su base en Tauromenium ocupando el puerto más cercano a Italia, es decir, Mesina, y su importante estrecho. Culminados sus objetivos, Euno y Comano regresaría de inmediato para apoyar con sus fuerzas-salvo las que dejaran tras de sí como refuerzo-la resistencia de Cleón ante el ataque romano que pronto se produciría.
Despedirme de Euno fue mucho más duro de lo que pensaba, de lo que antes había sido. El nacimiento de nuestra hija, las duras condiciones del cerco y la proximidad constante de la enfermedad y de la muerte habían dado un ardiente aliento a un amor que por momento había creído muerto; había comprendido de forma definitiva que cada latido de mi corazón por siempre suyo se producía porque él y ahora mi hija existían. Experimenté por primera vez un dolo casi físico al tener que separarme de su lado, al tragarme todas las palabras de amor que jamás le dijera para no hacerle más difícil su marcha. Mi pequeña, en mis brazos, también lloraba, con fuerza extremada y una desesperación que me rompía el alma, que ninguno de los dos fuimos capaces de calmar por mucho que yo cantara o él acunara; y mientras ello ocurría, yo sin césar pensaba en cómo el favor de la poderosa Atargatis recaía ahora en ella, en que si, como ya ocurriera durante la partida de Cleón que precedió el asedio de Enna, su actitud no sería una señal infausta de que todo estaba llegando a un mal término. Mis brazos, ansiosos, no se cansaban de sostenerlo, no estaban dispuestos a dejarle marchar, y él no quería irse; me besó con la misma amargura que precede al adiós eterno aunque su mirada estaba llena de confianza y esperanza, y yo no dejé de llorar ni por un momento. No sería aquella la única despedida a la que habría de hacer frente. También Cleón vino a verme, tan solo dos semanas después de que Euno partiera al frente de sus ejércitos. La labor que su rey le asignara consistía no solo en vigilar la retaguardia, sino también en proteger a su familia entre las devastadas ruinas que los romanos habían hecho de Enna; por eso, acudía a mí a pedirme perdón por desobedecerlo. Nunca había sido hombre de permanecer quieto; quería marcharse también él para reconquistar Morgantina, ciudad vecina que Roma nos arrebatara antes del cerco y dónde los hombres supervivientes de Calpurnio habían buscado refugio. Yo debí impedírselo, pues rodeados no constituían un riesgo y era la clase de gloria que teníamos que evitar que consiguiera a toda costa. Pero viéndole tan decidido no me atreví a negarme. Me pidió coger a mi hija para decirla adiós también a ella; sonreía al verla envuelta por las pieles que él me regalara en su día, pero sus ojos no la veían, sino que de continuo se volvían hacia mi persona. Reconocí en su garganta el mismo esfuerzo por tragar palabras que yo hiciera con Euno, vi en sus ojos el mismo anhelo y el mismo dolor que contenían los míos al decirle adiós, y supe que su lealtad el reino esclavo se debía no al rey sino a su esposa. Me sentí conmovida y me vi a mi misma estrechándole entre mis brazos. Quizás hubiera sido feliz a su lado de no existir Euno; me habría dado la vida sencilla, humilde, anónima, que mi corazón ansiaba, lejos del lujo excesivo y frío de aquella corte. Pero aquello nunca ocurriría, y solo pude recompensar sus anhelos y esfuerzos con un único beso en aquella mejilla temblorosa que luchaba por no volverse buscando un contacto más intenso.
Su mirada, como la de nuestro rey Antíoco, estaba repleta a su marcha de confianza en la victoria y esperanza en el futuro. Los mismos sentimientos podía ver acrecentados allá donde fuera, en los ojos chispeantes de quienes antes padecían mil tormentos y a los que la derrota de Lucio Calpurnio había dotado de redobladas fuerzas y una mayor impulso...Ahora me arrepiento de no haber sujetado sus alas antes de que volaran demasiado alto, pues solo podían sentirse de esta forma porque desconocían algo que solo yo sabía en Sicilia. Algo que ni siquiera Euno, Cleón o Comano sabían.


*Fotografía 1: "Una lectura de Homero", de Alma-Tadema
*Fotografía 2:  Fresco conservado en el Museo Arqueológico de Nápoles

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