viernes, 21 de diciembre de 2012

El Rey Esclavo: Euno (15ª Parte)

Las noticias que recibía desde los confines de la isla en nuestra capital de Enna no parecían en un principio confirmar mis aciagos temores. Quién más escribía era nuestro rey Antíoco, mi amado Euno; cada semana un mensajero sin aliento traía ante mí una nueva misiva, que yo retenía con amor contra mi cuerpo como si fuera su propio cuerpo y releía una y otra vez para la fiel Medugena y para nuestra hija. Cada letra allí escrita destilaba una nostalgia infinita solo comparable a mi añoranza y era nuestra pequeña, sus paulatinos progresos, mi propio estado, lo que más le preocupaba, lo que más espacio ocupaba en sus cartas: era un cambio agradable con respecto a la etapa anterior a mi embarazo, en el nacimiento de nuestro reino, si bien sus palabras de amor dañaban mi corazón en vez de curarlo debido a la prolongada ausencia. No estuvo contento cuando le hablé de Medugena; que entregara la educación de nuestra niña a una extraña no le pareció una buena idea y estaba en extremo ansioso por conocerla; yo no le revelé mis verdaderas intenciones para con ella e intenté convencer a Euno de todo cuánto la hispana podía enseñar a Berenice a medida que ésta creciera. Sin embargo, también había sitio para la administración del reino en aquellas cartas. En ellas me narraban los nulos avances en el asedio a Siracusa, afirmaba que no tenía mayor suerte el rudo Comano ante la ciudad de Mesina y yo le respondía que en igual situación se encontraba Cleón con Morgantina. Los tres sufrían según sabía las mismas duras condiciones en sus respectivas situaciones: heladas continuas, graves problemas de abastecimiento, comida podrida, robos, indisciplina, conatos de rebelión, deserción... Y, como si tales problemas no bastaran, el invierno se consumía: los romanos no tardarían en regresar a nuestras costas. Tal amenaza y algo de desesperación impulsó a Euno a actuar de forma temeraria. Valiéndose de una noche sin luna, con las estrellas ocultas tras densas nubes negras, y de las aguas tranquilas de un frío Mediterráneo, él y algunos de sus hombres-los más leales, los más valientes-salvaron la distancia a nado que existía entre una cercana playa y el puerto de la capital romana de Sicilia, desde el que los sitiados habían recibido continua ayuda de sus aliados y en el que podían dar la bienvenida a un posible contraataque de nuestros enemigos italianos. Las dársenas y astilleros de madera, los almacenes y las naves estaban por completo desprotegidos al encontrarse las fuerzas de la ciudad concentradas en las murallas, frente a las que seguían acampados nuestros soldados como si nada hubiera cambiado. No comprendieron lo que pasaba hasta que las llamaradas ganaron gran altura y los gritos se redoblaron, y para entonces Euno y sus hombres se encontraban de nuevo lejos, de regreso por el mar salado a la playa de la que salieron. Aunque intentaron apagar las llamas, el invierno seco y un fuerte viento desde mar a tierra alentaron sin césar las llamas, que no tardarían en extenderse a las casas aledañas. La noche siciliana quedó iluminaba por una nueva luna, roja y cálida, y las murallas quedaron desprotegidas mientras intentaban apagarla. Así no les fue difícil, en la madrugada forzar las puertas y pasar a espada a todos los que habían abandonado su defensa.
Mi corazón tamborileó de felicidad al saberlo y la ansiedad de tenerlo casi me ciega: no solo Siracusa era ahora nuestra y con ella todo el Oriente de la isla de Sicilia, sino que pronto Euno regresaría, tal como habíamos acordado. Yo también tenía noticias para él, noticias que no me atrevía a poner en carta porque quería ver su rostro cuando se las narrara. Roma atravesaba graves problemas internos en esos momentos: un tribuno de la plebe llamado Tiberio Sempronio Graco pretendía lo que a ojos de muchos de los suyos era una locura. Exigía nuevos repartos de tierra para los ciudadanos romanos más pobres, la fundación de colonias dónde asentar a todos los futuros nuevos propietarios, distribución de grano a cargo del Estado y a un precio inferior al del libre mercado y la extensión del derecho de ciudadanía para el resto de los latinos y a los demás itálicos el derecho de voto en la ciudad de Roma. Con ello quería contrarrestar los profundos desequilibrios sociales que atravesaba su patria, desequilibrios causados por la enorme expansión territorial del Estado y que había motivado a muchos a unirse a nuestra causa, tales como recesión económica, ruina del campesinado, alza de los precios, desempleo...Durante un tiempo las medidas de Tiberio me hicieron soñar con un mundo nuevo, el mundo con el que Euno, yo y nuestros hermanos habíamos soñado, un mundo en el que Roma y el reino esclavo podrían ser no enemigos sino aliados, buscando el bien de los que nunca tienen voz haciendo comprender que ello no tenía porqué alterar de forma obligatoria su amado orden establecido. Después sabría que aquel mismo año le asesinaron, sin ni siquiera permitirle gozar de descanso ni un buen sepelio.
No tendría tiempo de recoger los pedazos de mis estúpidos sueños ni de lamentar la pérdida del primer y único enemigo al que había admirado pues las noticias que Euno enviaba desde Siracusa eran cómo mínimo alarmantes. No habría regreso ni el anhelado reencuentro. ¿La causa? Había recibido desesperadas súplicas de ayuda por parte de Comano. En nuevo cónsul romano enviado, Publio Rupilio, sucesor de Lucio Calpurnio, había desembarcado con sus fuerzas en el puerto de Mesina, lo que siempre habíamos temido, mientras las fuerzas de Comano, ignorantes, permanecían acampadas ante sus puertas. No le costó apenas esfuerzo romper el cerco para después derrotar al cilicio en campo abierto. Ahora las tornas se habían vuelto: al asediador era asediado dentro de Tauromenium, ciudad en la que buscara refugio con el puñado de supervivientes de su fracaso. Cleón y yo leímos con estupor todo esto, y dispuesto estaba mi guardián a partir en ayuda de su hermano, cuando nuestros vigías añadieron más malas noticias a las que ya conocíamos: se había avistado otro ejército romano, comandado por un tal Marco Perpenna, cruzando la frontera oeste y dirigiéndose directamente a Enna. ¿Era posible? ¿Dos ejércitos? Cleón no salía de su asombro. Yo callaba. Recordaba. Numancia había caído y los hombres que la humillaron engrosaban ahora las filas de nuestros enemigos y se dirigían hacia el umbral de mi casa. Antes les superábamos en número. Ahora, con esa incorporación y la derrota de Comano, no.
Presa del pánico todos mis pensamientos se redujeron a una única cosa: mi hija.


*Fotografía 1: "Comparisons" de Alma-Tadema
*Fotografía 2: "La muerte de Cayo Graco" de Topino-Lebrun. Cayo continuaría la política de su hermano Tiberio y al igual que éste acabaría siendo asesinado.
*Fotografía 3: Relieve romano expuesto en el Landesmuseum de Mainz (Alemania)

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