viernes, 28 de diciembre de 2012

El Rey Esclavo: Euno (16ª Parte)

Apenas recibimos la noticia del ataque conjunto de los ejércitos romanos a nuestro reino esclavo de Sicilia quiso Cleón regresar a Morgantina para reunirse con sus tropas y hacer frente a la amenaza más próxima, Marco Perpenna, que desde el oeste se aproximaba a nuestra capital de Enna. No tuvimos mucho tiempo para despedidas prolongadas, aunque mis brazos le retenían contra mi pecho con marcada ansia y toda mi fuerza, como si temieran no volver a sostenerlo mientras viviera; le permití que me robara un único beso, largo, intenso, amargo pero también dulce, y él me prometió con una caricia de nostalgia y pena que jamás hablaría con ello mientras continuara sobre la tierra. Llorábamos ambos cuando cruzó las puertas de la muralla; sin embargo yo no me permitía ser derrotada por la tristeza: debía pensar en mi pequeña. El ataque de Cleón me daría tiempo para poner en marcha lo que desde hace tiempo había estado temiendo. Llamé a Medugena a mi lado; ella acudió servicial, rauda y yo, con voz temblorosa, le revelé la verdadera causa de su presencia en mi casa: no cómo mi sirvienta, sino como la futura madre de mi única hija, libres ambas en los bosques de Sicilia. Ella se resistió duramente a mi decisión: me rogó que la permitiera quedarse para siempre a mi lado, me dijo que quería luchar hasta su último aliento por nuestro sueño, que deseaba morir junto a mi costado, sosteniendo mi mano... se arrastró incluso a mis pies suplicando, confesando que después de compartir la esclavitud, de acogerla tras la muerte de su pequeño y su marido, era yo ya su única familia. No podía perder a más gente querida. Profundamente conmovida, forcé a mi garganta a decir con dureza que era un orden, y ella, por el arraigado instinto de la esposa sometida y el esclavo castigado, aceptó finalmente mis deseos sin más quejas. Aquella misma noche soldados fieles nos descolgaron por la muralla, al lugar dónde los caballos nos estaban esperando, y partimos hacia la pequeña cabañita que Cleón me había mostrado. Todo estaba dispuesto: los muebles, los víveres e incluso un pequeño huerto. Mi hija permaneció callada mientras nos alejábamos de Enna, como si supiera que cualquier mínimo ruido podría delatar mi traición a la causa, pero según nos acercábamos a su nuevo hogar y al momento de la despedida definitiva comenzó a llorar con fuerza, a petalear y golpear con rabia y a aferrarse a mi pelo con ansia más que desesperada, consciente de que jamás volvería a abrazarla. Apartarla del calor de mi cuerpo fue como desgarrarme la piel y dejar el pecho abierto, expuesto a los golpes del viento y al frío del invierno; sabía que mi corazón se detendría, que nunca volvería a latir con la misma fuerza. Diez veces se la entregué a Medugena y diez veces volvía a cogerla, pues, por mucho que me repetía que estaba haciendo lo correcto, mis brazos me dolían horriblemente por no poder sostenerla. Muerta, regresé a Enna: mis labios ardían por el último beso y en mis pupilas retenía la última imagen de mi pequeña, con los brazos tendidos hacia mí en una dolorosa súplica callada que me hizo sentir que no merecía seguir viviendo.
Permanecí postrada en mi cuarto días enteros, sumida en la oscuridad de mis recuerdos y entregada al llanto sin conocer siquiera el dulce descanso del sueño debido a los remordimientos. Me levantaba únicamente para ir a buscarla y con esfuerzo regresaba al tormento de mi cama vacía y de la cuna abandonada. Aqueo de Acaya, el último miembro del consejo que quedaba a mi lado, venía de vez en cuando a comprobar que seguía respirando, a rogarme comiera algo, pero se abstuvo de más palabras que en nada podían consolarme: nada había en Enna que pudiera hacerme abandonar mi pena. Un día, Aqueo regresó a mi cuarto portando una carta: noticias del rey Antíoco, dijo. Se la arranqué de las manos. Tampoco había nada en esas líneas que pudiera mitigar el dolor que sentía, sólo intensificarlo hasta límites insospechados. Había llegado tarde, escribía con pulso quebrado. Acaricié su letra mientras leía. El cónsul Rupilio, decía, había sometido a Tauromenium a un bloqueo tan cruel y tan despiadado que sus habitantes se habían visto obligados en poco tiempo al canibalismo debido a la hambruna acuciante, pues el romano había arrasado sus campos fértiles, quemado sus bosques y destruido sus depósitos de alimentos con continuos bombardeos. Aún así nuestros hermanos habrían resistido hasta al último aliento y hubieran logrado conocer la victoria y la venganza de sus manos de haber podido esperar menos de una semana; pero un antiguo esclavo de origen sirio llamado Sarapión, creyendo en las promesas de nuestros enemigos de que sería liberado y recompensado, había traicionado antes su causa y había abierto las puertas de la ciudad a los romanos...Sería torturado largo tiempo y después despeñado por un risco de piedras afiladas, precediendo en su caída al resto de nuestros pobres hermanos. Comano, sin embargo, no había conocido tal destino aunque como Sarapión lo merecía: había sido capturado por las tropas de Roma huyendo de la ciudad asediada en solitario, abandonando a los hombres que creyeran en él a un destino incierto. Euno no sabía que suerte le había aguardado al cilicio ni tampoco le importaba si había muerto: sus pensamientos estaban concentrados en la batalla, pues, al otro lado de la llanura dónde acampaba, le esperaban las legiones de Rupilio. Me preguntó por nuestra hija. Tuve que contener el llanto mientras le respondía con una misiva llena de mentiras, dónde ni siquiera le revelé el otro ejército romano que acechaba Enna: no quería que se distrajera en la lucha pensando en el peligro que corría su familia demasiado lejos de él como para poder protegerlos.
Su carta valió al menos para que despertara de mi largo letargo de sufrimiento. Si había una razón para levantarme cada mañana porque, aunque mi hija estuviera lejos de mí al menos estaba a salvo, y yo ya no era solo una mujer, era también la reina de todo un pueblo, unido a mí no por lazos de sangre si no por la fuerza de un hermoso y brillante sueño. Como mi familia debía cuidarlos hasta que la noche que no acaba cubriera mis ojos. Y así, en ausencia de Cleón, comencé a preparar a la ciudad para un nuevo asedio: llenamos los almacenes con todo alimento con el que pudimos hacernos, comprobamos que las cisternas de agua estuvieran llenas y me abastecí de toda hierba que pudiera sanar a los que sin duda enfermarían en caso de bloqueo, incluso me abastecí de venenos para aquellos que no quisieran seguir sufriendo o no desearan conocer la derrota. Tomando ejemplo de Rupilio, ordené quemar los campos e incendié los bosques, no para limitarnos el abastecimiento, sino para dificultarles a ellos el alimento. Ordené a todos los habitantes trasladarse a las viviendas del centro, dónde padecerían en menor medida los efectos de los bombardeos, y comencé los racionamientos. Después esperé. No tuve que aguardar mucho tiempo. Días después de recibir la misiva de Euno vimos aparecer en la lejanía las doradas insignias de Roma. Atrancamos las puertas y ellos comenzaron con su habitual construcción de campamentos, fosos, torres y empalizadas. No había acabado su trabajo cuando recibí aviso de que se acercaba una embajada. Les recibí frente a las puertas, como mi pueblo observando sobre las murallas. Los romanos me hicieron las mismas promesas que supongo conoció Sarapión; las rechacé todas. Entonces, con desprecio, arrojaron a mis pies un fardo ensangrentado y se marcharon riendo. Con mano temblorosa aparté la tela y yo y todos vimos su cadáver desnudo y ajado cubierto de heridas. Lo único que pudo consolarme fue comprobar que ninguna de ellas se encontraba en la espalda. Cleón había muerto luchando de frente, con el mismo valor y la misma determinación con la que había vivido, a pesar de que, desde que partiera de Enna había sabido que le superaban en número y que la victoria no sería posible. Fue conducido al interior de la ciudad como un héroe y la capital al completo gritó su nombre; yo, por el contrario, solo pude llorar aferrada a su cuerpo derramando agradecimientos y lamentos.

*Fotografía 1: "Las edades de la mujer" de Gustav Klimt. Detalle.
*Fotografía 2: Estela de un legionario romano. Inmolación de prisioneros. Gracias ArteHistoria por la imagen
*Fotografía 3: "El llanto de la Magdalena sobre Cristo muerto" de Arnold Böcklin

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