viernes, 26 de abril de 2013

Yo, Claudia Livila (IX)

Tras la repentina muerte de mi cuñado Lucio me entregué a un solitario y melancólico retiro en la Villa de la Farnesina, al otro lado del río Tíber. Desgarrado por el dolor, Augusto me había dejado partir: el sufrimiento le impedía ocuparse de los destinos de Roma y de su familia, y encerrado en su habitación tan solo con la compañía de los recuerdos de aquel nieto al que convirtió también en hijo -doble desgracia-, aquellos días nos gobernaba mi abuela Livia-aunque tú, como otras muchas cosas, no lo sabías-. Esperando quizás que, apartada y sin supervisor, al fin cometiera la falta que contra mi marido ella utilizaría o pensando quizás que cada uno sobrelleva el dolor como mejor le gusta, esa viaje arpía me permitía la marcha que el César no me concediera desde mi matrimonio y la propia partida de su heredero Cayo hacia la guerra. Allí, en la Farnesina, permanecí olvidada por casi todos hasta que, al cabo de un tiempo, viniste a verme. Desde que vivía en el Palatino, desde la ausencia de mi marido y a pesar de la estrecha vigilancia de mi suegro y de mi abuela, habías temido que su propio hermano Lucio le hubiera sustituido. Veías en mis nuevas costumbres reminiscencias de la vida alegre de mi querida tía Julia y temías que junto a su inmensa pasión por la vida y los placeres que ésta me ofrecía hubiera adoptado sus supuestos hábitos corruptos y depravados. En la inmensidad de mi pena y en la abundancia de mis lágrimas esperabas encontrar la definitiva constatación de mi culpa, como yo había pretendido ver en tu furia el amor que por otros métodos más comunes nunca supiste mostrarme, quizás porque no lo sentías-esa idea me atormentó toda la vida-. Orgullosa y herida, tragué mis lamentos y logré con mucho esfuerzo devorar cada suspiro, cada maldición, cada lágrima, cada recuerdo, cada grito, y en vez de ver en ello un nuevo acto de rebeldía y desafío, creíste que al fin había aceptado la entereza y la gravedad de las antiguas matronas, ¿no es cierto? Supongo que nuestros deseos a veces nos hacen ver la realidad torcida, tal como la querríamos. Abandonaste mi retiro convencida de que tu hija era por fin una auténtica romana, hasta tal punto habíamos dejado de entendernos. La falsa Livila había surtido efecto y creo que te hizo feliz un largo tiempo. No creo que te guste lo que ahora estás descubriendo. Aquel día entendí que jamás tendría tu comprensión y consuelo, de la misma manera que supe en el exilio de mi tía Julia que nunca conseguía ni tu apoyo ni tu ayuda ni tu fuerza ni tu capacidad de lucha. Dime, madre, entonces, ¿para qué me servías? ¿Crees de verdad que merecías ser llamada por tan sagrado nombre? Solo la lealtad de la sangre y la esperanza que nunca perece impedían que me desprendiera de ti como si solo fueras otro trasto inútil. Te rehuía. Curiosamente, la única compañía que fui capaz de soportar en mi duelo fue la de mi odiada Agripina; venía a verme y juntas dábamos paseos en silencio por los amplios jardines de la Farnesina, sin agobiarnos mutuamente con torpes consuelos. Siempre me ha resultado paradójico el hecho de que la despreciara en la alegría y la necesitara ardientemente en la pena. Podría decir que su carácter reservado se adaptaba bien a las necesidades de la inmensidad de mi pena o que contemplar su llanto me consolaba de forma insana, pero no estaría siendo completamente sincera. Te prometí que no diría mentiras, tampoco pronunciaré medias verdades. En nuestra larga guerra alguna vez he pensado que era injusta con ella; ahora que la muerte se acerca y es casi obligado hacer recuento de los buenos y malos actos, esa idea se abre paso en mi cabeza con dolorosa y punzante certeza. Puede que su ternura comedida, su comprensión ilimitada, su paciencia desconocida y su lealtad inmerecida estuvieran haciendo mella aquellos días de despedida en mi corazón resentido y amargo. Quizás, si después no hubieras consentido las últimas insensateces de Augusto, hubiéramos podido ser amigas y toda esa desgracia que he protagonizado no hubiera ocurrido. Oh si, él tiene tanta culpa como tú de lo sucedido.
Augusto consideró -no ordenó- que no debíamos comunicar a Cayo la muerte de su hermano Lucio a fin de no distraer su pensamiento e impedir su gran obra en el lejano Oriente. Yo no estaba de acuerdo; si lejos de mí Germánico hubiera muerto hubiese querido saberlo al momento, para rendir inmediato homenaje al amor que le tengo con infinito llanto e interminable lamento. Sin embargo, temiendo perder a Cayo tras saber que jamás volvería a abrazar a Lucio, callé un tiempo, egoísta, queriendo tenerle a salvo. Pero dos misivas más tarde, en las que a duras penas pude disfrazar de alegría la pena que me desgarraba, mi marido me interrogó sobre porqué no recibía cartas de su hermano desde Hispania y no pude seguir guardando silencio. Mezclé tinta y lágrimas y escribí con sufrimiento cartas de dolor y cariño intenso, dónde le hablé de Lucio y del gran hombre en que, en su ausencia, se había convertido, del orgullo que por él, Cayo, sentía, de la lealtad que siempre le tuvo reservada; le hablé de su reciente afición al juego de dados, de la suerte que los dioses le reservaron en cada apuesta, de cuánto se había ejercitado para que pudieran sentirse orgullosos él y su abuelo y padre adoptivo Augusto. Le confesé que, a pesar de su destreza con la espada, prefería la lectura y el estudio y de cómo yo, a pesar de saber qué debía entregarse a la disciplina de la legión, le había prometido enviarle nuevos legajos. Ensalcé su carácter sencillo y afable, incapaz de dejarse vencer por el infortunio, que siempre encontró de cada situación su mejor cara; le confesé que su alma era patriota y noble, que, aún así, hubiera preferido el olvido del mundo a la gloria de las armas y la fama inmortal del buen gobierno, pero que, a pesar de todo, hubiese aceptado el sacrificio de convertirse en soldado y hombre de estado para no dejarle de lado. Le narré también los momentos pasados, cómo había llegado a quererle como un hermano, de cuánto me había cuidado y de que su pérdida era para mí igual de intensa que si hubiera muerto  mi querido Germánico. Su respuesta fue breve y concisa: me agradeció con letra temblorosa y forzada mi sinceridad frente al silencio del resto. Después no volvimos a tener contacto. Como Agripina hizo conmigo y yo con ella, respeté su duelo y le dejé a solas con su dolor: el consuelo que él necesitaba no podía dárselo yo con mis cartas. Cuando el cadáver embalsamado de Lucio llegó a Roma, aunque debí y quizás Cayo lo hubiera agradecido, no le escribí nada. Mi letra solo hubiera podido transmitirle horror y rabia. Aquel cuerpo blancuzco, hinchado y pálido no podía ser mi cuñado. Apenas podía encontrar en sus facciones alguno de sus rasgos. Asqueada, me alejé de lo único tangible que quedaba de él. Prefería el recuerdo inmaterial a aquel tacto helado y cuando ardió, agradecí inmensamente que se hubiera visto libre de tan indigna forma. Después, solo vivió en mi memoria y hasta se suprimió su mención en las crónicas. Al contrario que yo, él no merecía el olvido. Mi buen y dulce y leal y único amigo, mi querido, queridísimo hermano Lucio...
El día en que con sus manos Augusto depositó las cenizas de Lucio en el mausoleo que habría de albergarlos y cuyas puertas para mí permanecerán por toda la eternidad cerradas, recibí una nueva carta de Cayo. En ella me pedía que le hablara de su hermano. Las acciones de guerra por fin habían callado. Creí ver en el papiro las huellas del llanto, emborronando la tinta, trazada con esfuerzo y espasmos: la acaricié con dulzura, como si fuera su cabello el que enredara en mis manos. En su dolor, me sentí más esposa suya de lo que lo había sido desde su marcha, de lo que lo había sido nunca, pues la pena lo volvió humano, cercano, y me hizo comprender con dolorosa certeza que apenas sabía nada de mi marido. Ese desconocimiento, sin embargo, no apaciguó o apagó mi cariño lejano, sino que inflamó una pasión que creía muerta, devorando mi alma de impaciencia: había amado el mito, me había hastiado de la fría leyenda, ahora ansiaba conocer al verdadero Cayo. Cesé de inmediato todo contacto con Postumo, su último hermano. Prefería las misivas que acumulaba en el vacío despacho a los torpes galanteos de quién no era aún más que un muchacho.  Él no estuvo dispuesto a aceptarlo. Vino a verme a la villa de la Farnesina, dónde yo todavía permanecía. Le devoraba la envidia por Cayo, el resentimiento contra su abuelo que le daba peor trato, la ambición por escalar muy alto, y el deseo...sobre todo el deseo. Me dijo gritando que algún día, seguramente no muy lejano, querría estar a su lado y que entonces no me aceptaría. Juzgué sus amenazas como locuras del rechazado y el ignorado. Le besé, castamente, y sin esfuerzos le mentí: le dije que había confundido el cariño y el respeto de una simple cuñada con el coqueteo de una amante que busca llenar su cama, pero que, a pesar de sus malos pensamientos que ensuciaban mi reputación y mi imagen, los entregaría al olvido y le trataría como a un hermano, como si nada hubiera pasado. Mis buenas palabras le golpearon con fuerza, como si hubiera usado las manos y no la lengua, lo vi en sus ojos desconcertados y en su boca abierta. Pronto llegué al temor desde el triunfo y, fingiendo entereza, rauda me di media vuelta para marcharme, pero Postumo me retuvo con violencia. Intenté zafarme, pero no grité por las apariencias: ¿qué dirían mis esclavos si nos descubrieran? Me besó...Hacía tres años que nadie me besaba y mi cuerpo ardía. ¡Maldita sea! Llevaba demasiado tiempo deseando que alguien me tocara. Apenas pude oponer resistencia mientras sus manos dibujaban las formas de mi cuerpo y solo pude detenerme cuando acarició mis senos. Postumo se separó de mí riendo, victorioso, pero no satisfecho. Él fue el primero que me dijo que Cayo por fin regresaba. Consternada y arrepentida, palidecí. La noticia no tardó en extenderse por Roma.
El mismo pueblo que llorara hacia pocas semanas la pérdida de Lucio ahora clamaba festejos por el regreso de Cayo. Yo estaba rabiosa: ¡¿tan pronto le habían olvidado?! Augusto, a quién la pena arruinara la salud y envejeciera treinta años, accedió a sus deseos y puso fin al luto. Pronto el Tíber se llenó de barcazas con los más exóticos animales, en las escuelas de gladiadores se duplicó el entrechocar de armas y desde el Circo Máximo llegaba intenso el agotado relincho de los caballos. Fue entonces cuando aprendí que el pueblo de Roma no tiene memoria y que fácilmente se le somete y se le compra, pero también que en la misma medida en que son esclavos del Estado también el Gobierno es su siervo. Yo no estaba nerviosa, ni exultante, ni asustada, sino que me embargaba una inmensa confianza y una ansiedad mal disimulada. ¡Cayo por fin regresaba a casa! Los dioses me habían concedido lo que pidiera y mi belleza era alabada por encima de la de Agripina o de Julila. Sabía que esta vez le gustaría. Los ojos de Postumo, que con lujuria y anhelo me seguían, me indicaban que así sería; también los de Druso, mi primo, el hijo que mi tío Tiberio olvidara al partir a su voluntario exilio griego; incluso la mirada de Emilio Paulo, el anodino marido de Julila, y a veces, creía, también la del propio Augusto. Había cuidado todo, ¡todo!: mi elegancia, mis modales, mi forma de andar, de moverme, de hablar, de vestir, de arreglarme. Esta vez, estaba segura, no me rechazaría. Cuando llegó el día, hacia tiempo que había escogido con cuidado mis joyas, mis sandalias, mi peinado, mi manto y mi túnica. Nada demasiado llamativo, sensual y atractivo, pero comedido; sabía que Cayo, como Augusto, apreciaba la sencillez y la austeridad en el vestido, pero que como marido agradecería algo más...femenino. La clave, me dije, estaba en el equilibro. El color era más bien oscuro -lo recuerdo como si lo hubiera ayer mismo vivido- y las joyas no muy grandes ni abundantes, pero si caras y elegantes. Era mi manera de recordar el luto por Lucio en medio de la celebración por la victoria de Cayo. Recuerdo que cuando me viste se encendió por vez primera el orgullo en tu mirada, madre, aquel que tanto yo buscara, interpretando de nuevo una nueva muestra de mi rebeldía como un acto de acatamiento de la moral establecida. Te dejé a ti con tu mentira y a mí con mi fantasía. Permaneciste a mi lado todo el tiempo, mientras las mujeres esperábamos en el Palatino. Debido a su juventud no concedieron a Cayo el honor del triunfo por haber pacificado Armenia y firmado un tratado de alianza con Partia, pero la celebración preparada por Augusto sin duda se le parecía. Lamento tanto habérmela perdido...Al mediodía se produjo el ansiado encuentro. Magnífico a sus veintidós años, vestido con aquella resplandeciente coraza, Cayo parecía un nuevo Marte, más bello que el mismo Apolo.
Sentí que me temblaban mis piernas, como la niña que había sido tras conocer la noticia de nuestro compromiso. Intenté contenerme. Abrazó a sus hermanas, te dio un respetuoso beso, también a Livia y a otras mujeres de la familia, pero a pesar de estar a tu lado, madre, y de ser yo su esposa, no me reconoció. Enfurecí. Después comprendí, con satisfacción: al marchar, había dejado tras de sí a una niña, desaliñada, miedosa, que con el pelo revuelto y los sucios pies descalzos se detenía un solo momento en sus juegos a mirar deslumbrada a su reciente marido, y ahora se reencontraba con una ardiente, decidida y orgullosa muchacha de quince años, elegante, educada, bien vestida, de exuberantes formas. Reí. Reí con fuerza. Cayo se volvió para mirarme incrédulo -aún late el corazón acelerado en mi pecho, como si aún lo estuviera haciendo-: había recordado mi risa, había reconocido a su esposa. Sus ojos, asombrados y maravillados, no me abandonarían más aquella noche de celebración, ni durante los juegos, ni en la cena, ni mientras los poetas declamaban su triunfo o su abuelo Augusto le pedía detalles de la guerra. Lo había logrado... Más allá de media noche, seguía sintiendo su mirada perseguirme por los jardines de la Farnesina. Por fin, se habían acallado los rumores de la fiesta, estábamos a solas. Le sonreí. No dijo nada. Yo tampoco dije nada. No era palabras lo que necesitábamos tras tan larga ausencia, habíamos tenido demasiadas, solo a ellas, en aquellos tres interminables años. Rodamos por la hierba. Cayo devoraba mi boca y yo reía dentro de ella. Impacientes, no esperamos a llegar a la cama. Me tomó de nuevo como su compañera con mil estrellas brillando sobre mi cabeza y el viento aullando entre los árboles. Había aprendido algo más que tácticas de batalla en aquella guerra armenia. ¡Ojalá hubiera conocido la oculta ciencia del tiempo aquella noche de ensueño! No para detenerlo, como muchos desean, sino para ralentizarlo, repetirlo, alargarlo, regresar a él en cualquier momento. Aquella noche, mientras sentía contra mi cuerpo su cuerpo y olía el agua y la hierba, me sentí por primera vez feliz y completa y al contrario que las veces anteriores, cuando hubimos terminado no se marchó, si no que me retuvo contra él, dormí apoyada sobre su pecho y al despertar, seguía a mi lado. Río al ver mi pelo enmarañado de hojas y enredado. Yo también reí. ¿Cómo momentos así pueden ser algo malo?

Dedicado con inmenso cariño a dos viejas compañeras,
cómplices de muchas historias y ávidas lectoras.  A la primera, 
mi querida Belial, le pido que no olvide que tenemos una conversación
pendiente. A la segunda, le digo que siento perderme su cumpleaños y que ya 
nos veremos por el Prado, viendo el Suicidio de Séneca y a doña Juana la Loca.

* Todas las fotografías son obras de Waterhouse. En orden descendente. "Mi dulce rosa", "Psyche entrando en el jardín de Cupido", "Apolo y Dafne", Detalle de "Flora en los jardines de Céfiro", y "Dulce verano"

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