viernes, 19 de abril de 2013

Yo, Claudia Livila (VIII)

Sé que crees que no tengo sentimientos, madre, que todo cuanto hay en mi pecho es ambición, envidia, odio o resentimiento. Pero no es cierto. Mi corazón late, a veces pienso que con más intensidad que los vuestros que me han condenado a ésto, y también sé llorar, aunque como a ti las lágrimas se me secaron hace mucho tiempo. No por ello mi pena ha sido alguna vez menos intensa. Es igual a la tuya. Ahora lo comprendo. Al fin entiendo que las lágrimas alivian pero no curan, que aún pudiendo verter las suficientes para ahogarme en ellas el dolor hubiera continuado dentro; entiendo que se puede continuar viviendo con el corazón muerto y que es posible sonreír aún con el alma hecha jirones y pisoteada en el suelo. He perdido demasiados seres queridos, demasiados sueños... A los que se fueron, debes creerlo, no les he olvidado un solo momento, si no que les llevo siempre conmigo, en mis pensamientos. El destino de los muertos es gozar de un merecido descanso eterno y el de los vivos continuar respirando aunque no se quiera, atormentados por el recuerdo de lo que fue, de lo que no ha sido, de lo que pudo haber ocurrido. Aferrada a él a veces he creído estos años que todo cuando hacia era por ellos, porque yo lo merezco, porque ellos querrían que siguiera ese camino, pero lo cierto es que no eran más que excusas para apaciguar mi conciencia o darme alas en los instantes de dudas. Te dije que te narraría mi existencia, no que sería sincera. Ahora te juro con una mano en el pecho que no pronunciaré una sola mentira. ¿De qué me serviría? ¿Hay algo que pueda decir que logré abrir esa puerta? Quiero despojarme del terrible peso de esta falsa Livila e ir al encuentro de Plutón y su subterráneo reino desnuda y única de nuevo; quiero que me veas tal como he sido y cuando me entierres puedas decir al menos que solo tú me has conocido. Solo tú, madre, tú que me has parido y que me has impuesto este castigo, que me diste la vida y me das la muerte, sabrás que fue lo que creaste y lo que ahora has destruido. Es lo justo. Por ello quiero confesarte algo que puede extrañarte, algo que quizás sea mejor guardarme, ya que únicamente aumentará tu creencia de que soy un monstruo que nunca sintió ni nunca quiso. Bien sabes que con quince años ya había experimentado más dolor de lo que a mi edad es soportable con la muerte de mi padre y de aquel que fue para mí un hermano. Ahora te confieso que mi sufrimiento fue mayor con éste que con aquel aunque me engendrara. ¿La causa? Sencilla. ¿Qué sabe la inocencia de una niña de la horrible inmensidad de la inexorable muerte? Un hombre muere, desaparece, nunca vuelve, pero no es más que uno más de los muchos cambios que esa niña experimenta, un recuerdo que se diluye en el tiempo con el resto de nuestra infancia -¡cuánto he luchado contra eso!-, y si de verdad llega a comprender lo que significa, de inmediato se consuela asiéndose con firmeza a la creencia de otra vida, de que algún día volverán a verse. Pero cuando le perdí a él, el primero de muchos, era plenamente consciente de cuanto implicaba su pérdida, que la muerte describe un camino del que no se regresa y ya había perdido la inocencia de creer que ese camino llega a alguna parte o que el alma es eterna. Las certezas y seguridades de la infancia habían dado paso a las dudas y miedos de la mujer inmadura. Ahora que con dificultad acepto que ese es mi destino, curiosamente, vuelvo a aferrarme a los mitos de ultratumba que me enseñaste en mi infancia; la posibilidad de ver a los que me precedieron es lo único que me da fuerzas para encarar a las Parcas. O quizás solo sea mi deseo de regresar a la infancia y olvidar todo cuanto he vivido, intentar destejer el hilo de mi vida e hilvanarlo de nuevo con trazos distintos, susurrar al oído de aquella Livila desenfrenada o ambiciosa los consejos que necesitara, las cosas que no comprendiera, los secretos que anhelara. Supongo que todos, en nuestras últimas horas, somos más conscientes de aquello de lo que nos arrepentimos que de las grandes obras que hicimos. Dime, madre, ¿he hecho algo por lo que merezca la pena ser recordada?... Es la única vez que te agradezco que no respondas.
Sin embargo, no me engaño. Me recordarán por mis crímenes. A él, de alma mucho más noble y de vida más correcta, con sentimientos más elevados, le olvidaron pronto debido a la fugacidad de su existencia... Lucio vino a verme antes de su marcha; nunca te dije nada porque desaprobabas nuestros encuentros a solas -siempre fuiste experta en sospechar sin causa e ignorar las auténticas faltas-. Estaba nervioso, no me lo ocultaba; habíamos llegado ya a ese grado de confianza. Le agarré las manos con fuerza, como si solo eso bastara para retenerlo por siempre a mi lado, y avergonzándose de repente de su flaqueza, negándose el torpe consuelo de su cuñada, se impuso la máscara de amor a la patria y habló con voz segura del noble destino que le aguardaba. Augusto le había ordenado unirse a las legiones acantonadas en Hispania; yo sabía que Lucio hubiera preferido no ir si no quedarse en Roma entregado al estudio que tanto amaba, pero que temiendo decepcionar a su abuelo y no estar a la altura de su hermano, había acabado aceptando invocando al mismo tiempo la razón de Estado y las necesidades del gobierno. No le dije nada: muchas veces necesitamos creernos nuestros propios cuentos para seguir caminando por una senda que no queremos y no sería yo, que tanto me engañara, quién destruyera su farsa; y aunque su inminente partida suponía para mí un nuevo abandono y me entristecía, una cosa me consolaba: al contrario que Cayo, Lucio estaría a salvo, pues Hispania es una provincia por completo pacificada desde que Augusto sometiera a los pueblos del norte, astures y cántabros. No se me escapaba el significad del imperial mandato: Lucio debía dejar las letras y aprender el oficio de las armas, pero a él le entregaba a la paz sin fama mientras que a Cayo le confiaba la gloria y la guerra. Así era: Lucio estaba siendo educado con esmero como mero ayudante y secundario, hábil consejero, apoyo en los momentos malos, tal como yo había soñado, y lo cierto es que parecía cómodo con aquel papel que le habían asignado. Carente de ambiciones y en nada celoso de la preeminencia de su hermano, prefería dejar a otro la pesada carga de dirigir el Estado, y ser un nuevo Agripa, otro Mecenas. Le abracé por primera vez desde con doce años me cogiera el día de mi boda para cruzar conmigo el umbral de la puerta, y le sentí pequeño, desamparado, frágil, dubitativo. Le sonreí, deseando infundirle coraje. Le prometí que le escribiría cada día, como ya hiciera con Cayo, y que, si me lo pedía, le enviaría sus libros más amados. Me acarició el pelo, la mejilla, deposito en mi frente un fraternal beso; desconociendo la causa, sentí temblar en mi pecho el sollozo que precede al llanto, y arrebatada por un violento sentimiento, le abracé de nuevo. Nos quedamos así largo tiempo. Yo no quería dejarle ir. Él no quería marcharse. Roma como siempre impuso su voluntad a nuestra felicidad
Días después, me despediría de nuevo de él, como el resto, en el puerto de Ostia. Pero todo fue distinto. No fuimos Lucio y Livila. Fuimos el heredero de Augusto y la esposa de Cayo César. Todo resultó distante y frío, palabras vacías que desdibujaban el verdadero cariño. Hubiera preferido que por una vez nos dejáramos de convencionalismos. Con su marcha, cayó la última barrera, y huérfana de padre, con un marido ausente, un hermano ocupado en sus entrenamientos de soldado y un cuñado partiendo al frente, gocé de la mayor libertad que conociera en mi existencia, pero en vez de dejarme arrastrar por ella la disfruté con disimulo y mucha prudencia. Los mil ojos de mi abuela Livia me perseguían por los pasillos ávidos por devorar cualquier error mío; no para acusarme y eliminarme -esa viaje arpía arrugada siempre supo proteger a los miembros de su familia- sino para asustarme y someterme a su voluntad con una amenaza que quizás nunca cumpliría. Aquellos días me divertía acudiendo a su presencia y la de su marido el César y leyendo mis cartas con las heroicas gestas de Cayo en su asedio de la ciudad armenia; casi podía oírla rechinar los dientes rememorando como, a pesar del exilio de mi amada tía Julia, su hijo Tiberio, mi tío, se seguía pudriendo en su retiro forzoso en una isla griega. Aumentó la vigilancia sobre su persona, casi me asfixia, más no consiguió nada. Era consciente de que las mujeres debemos parecer honradas y con las miras puestas en mi glorioso futuro de dominación de Roma junto a Cayo, me esforcé en proteger a mi marido con apariencias. Contra mi voluntad, me alejé una Julila cuyas infidelidades y escándalos cada vez menos escondía pero cuya alegría aliviaba las presiones, conspiraciones y desconfianzas de nuestra enloquecida familia, y me acerqué a la siempre perfecta Agripina, aunque su compañía me repugnara, pues la cercanía a aquello calificado como bondad y sabiduría parece revestirte con ellas aunque no se tengan. Con todo, ¿lo recuerdas?, se intensificaron los problemas y diferencias entre nosotras. El maquillaje, las joyas y las telas caras a las que Julila me aficionara te hicieron comprender que a pesar de la esmerada educación que me habías proporcionado y de la falsa Livila que revestía a tu lado, yo no estaba siguiendo tu ejemplo, al menos en lo relativo a la sencillez de costumbres y la austeridad en el vestido -tampoco en el resto, aunque eso lo desconocías por el momento-. Tus sermones y duras amonestaciones dieron paso a violentas discusiones; aún no habías perdido la esperanza de convertirme en tu doble. Yo disfrutaba haciéndote sufrir y debo admitir que las joyas más caras, las telas más suntuosas y los maquillajes más extravagantes no los reservaba para Postumo Agripa y nuestro inocente coqueteo, sino para cuando iba a verte. Disfrutaba intensamente de tus gritos, con tus ojos desorbitados, tu rostro enrojecido, la vena palpitante de tu cuello, la crispación en tus manos. Si, me gustaba mucho que sufrieras, ¡no sabes cuánto!. No era solo venganza por todo no me habías dado y había necesitado. Yo necesitaba de tu furia, de tus gritos y de tus lágrimas calladas para saber que yo te importaba, para saber que me seguías amando, o al menos que una vez lo habías hecho, porque el corazón solo se lamenta por lo que mucho adora...Madre, ¿cuando el amor incondicional, sincero, inocente, puro y sin dobleces de un niño se volvió algo tan confuso y retorcido? Supongo que siempre fui una persona perversa que necesitaba torturar a las personas para sentirse por encima de ellas, esperando que en ese puesto de importancia que me distinguía claramente del resto alguien se diera cuenta de lo que de verdad necesitaba. Postumo, Livia, tu, madre, fuisteis solo piezas de un tortuoso juego que cesó abruptamente una tarde de agosto.
Augusto me llamó a su morada del Palatino. Aquello solo podía significar malas noticias; temí que al fin mi abuela Livia hubiera encontrado algo en mi contra, pero no estaba preparada para que la realidad me azotara de esa forma. Encontré las puertas cerradas y las ventanas selladas y en cada dintel vi claveteadas espesas ramas de abeto, ciprés y pino, los árboles sagrados de Libitina, la diosa de la muerte. Como una brutal bofetada los recuerdos inundaron mi mente, rememorando los días del largo luto por mi padre, y sentí en mis venas la sangre helada y el corazón detenerse. Desesperada, incrédula y aterrada corrí por los pasillos vacíos: vi apagado el sacro fuego del hogar, las estatuas de los dioses cubiertas, y en todas parte oí resonar en el eco llantos, lamentos y rezos. Me arrojé al interior del despacho del César como el náufrago que se ahoga en la tormenta y sin saber nadar busca una bocanada de aire, una última esperanza, y vi a Augusto envejecido al menos treinta años, acurrucado en un esquina, en el suelo sentado, con la cabeza cubierta y la mirada perdida; a su lado, mi abuela Livia se erguía rígida y severa como una nueva Libitina. Caí de rodillas, destrozada e incrédula. Cayo...Cayo había caído, mi Cayo, ¡mi Cayo! Mi esposo de apenas unas pocas semanas, aquel del que conservaba menos recuerdos que cartas. Recordé su última misiva, en que me narraba cómo había sido herido de gravedad en una emboscada en el interior de Artagira, después de que el comandante de la fortaleza le engañara, pero ¡me había jurado que se recuperaba! ¿Había acaso perecido de la misma muerte innoble que mi padre, el buen Druso? Livia negó con la cabeza. Lucio, dijo, ¡Lucio! Augusto reprimió un sollozo. No era posible, protesté, Lucio había sido enviado a la pacificada Hispania, no a una frontera en guerra como su hermano. "Una repentina enfermedad le sorprendió en Massilia, en las Galias, y se lo llevó en pocos días" Esas fueron sus palabras, la injusticia. Oscilé entre la incredulidad y la rabia. Después me desgarré en lágrimas y apenas recuerdo como regresé a mi cama. Creo que me desmayé. Después me encerré, dejé de hablar, de comer: no quería saber nada de un mundo capaz de arrebatarnos a alguien como él. Lucio había sido el único amigo que había conocido, mi infatigable y fiel compañero, el único en el que confiara, cuya sonrisa me reconfortara, cuya compañía me llenara, de quién no tenía que temer nada y siempre sabría que me protegería. Sin él, sentía que no era nada ni nada tenía.

* Fotografía 1: Obra de Waterhouse, no he encontrado el nombre.
* Fotografía 2: "Si o no", de Godward
* Fotografía 3: "Tocador de una dama romana", de Simeon Solomon.
* Fotografía 4: "Virgilio leyendo la Eneida a Augusto, Octavia y Livia", Jean Baptiste Wicar

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