viernes, 10 de mayo de 2013

Yo, Claudia Livila (XI)

Sabía que no podría hacer nada para impedir aquella aberrante boda, que cualquier acción mía no pasaría de inútil pataleta que me pondría en evidencia, pero era incapaz de resignarme ante lo inevitable; como en otras ocasiones anteriores, me confié al tiempo, rumiando en soledad y silencio una indefinida venganza siempre aplazada por nunca poder cobrar forma, postergando así, en definitiva, el doloroso momento en que habría de aceptar que Agripina había vuelto a ganar. Ella, madre, que me arrebatara tu afecto ya en la misma infancia, ahora también me arrebataba cruel a mi hermano favorito, a Germánico, al mejor de los romanos, -con aquella falsa sonrisa suya, inocente y bondadosa, que muchas veces desee borrar a puñetazos de su cara-. Conocía su naturaleza como la palma de mi mano. Lo que en mi constituyó un rotundo fracaso en Germánico y en el tonto de mi hermano Claudio supuso un enorme éxito  Uno por uno había aceptado todos los firmes principios morales que le inculcaras y, aunque quizás jamás llegara a amarla, Agripina seria por siempre su única compañera, la única mujer en su vida, la única que aceptase en su lecho. Me dolía reconocer que aquella ladrona era una mujer mucho mas afortunada de lo que yo sería. Fuera lo que fuera lo que Cayo por mi sintiera, y a pesar de que en Roma me guardase el respeto debido a toda esposa, lo cierto es que en su mente, al contrario que en la de Germánico  aquello no era en nada incompatible con la posibilidad de disfrutar del cuerpo de otras mujeres; sabia, aunque nunca me lo confesara, que en la guerra había conocido a mas de una ramera y en mi propia casa le observaba seguir con la mirada a alguna esclava y prefería ignorar cualquier gemido imprevisto tras una puerta...Envidia, ambición  deseo...sin duda esos han sido los sentimientos que han dominado mi vida, que por ser, aquellos días, joven e inexperta, me poseían con una desconocida violencia, incapaz de dominarlos, de reducirlos y de utilizarlos solo en el momento adecuado. ¿Hubiera cambiado algo lo sucedido si hubiera aprendido antes a controlarlos? No lo creo. El odio que experimentara por Agripina ha sido la única constante en mi existencia y ahora ¿puedes creerlo? la echo de menos. Pequeñas ironías de la vida o sentimientos ocultos que debí revelar hace tiempo...
Los días se consumían y yo contemplaba acercarse la fatídica fecha como si llegara el momento de consumarse mi propia condena. Germánico siguió con su rutina como si nada sucediera, pero Agripina se sumió en un torbellino de tareas, ¿lo recuerdas?, preocupada por los detalles de la ceremonia y ocupada en organizar la que seria su futura vivienda, una pequeña residencia en la cima del Palatino, asomada como una elegante atalaya al centro mismo de los grandes foros y en cercanía con la propia casa del Cesar. Con su madre recurrida en una minúscula isla del Tirreno y Julila, su hermana, desentendida por completo, incapaz como fue siempre de toda precaución y necesario fingimiento, Agripina recurrió a mi, su doble cuñada, solicitando ayuda ante la desconocida vida que la aguardaba. Tentada estuve de arruinarle boda y matrimonio con malos consejos, pero pensando en la felicidad de mi hermano prevalecieron en mi los mas nobles sentimientos -¿Lo ves? Yo también los tengo-. Aquellos días  a pesar de mi indignación y mi furia, casi llegue a quererla, pues era fácil reconocer en sus dudas, temores y nervios los de esa Livila de doce años que ignorante se enfrentaría a su propia boda, reconocer que los dos no eramos muy distintas y dejarme arrastrar por sus atenciones, peticiones, confidencias y preferencia a la borrosa certeza de que eramos amigas. Dejé que tan elaborado engaño prevaleciera en mi algunas semanas para poder enfrentarme a aquella maldita boda con mi mejor mascara. Pude incluso tratarla con cariñosa ternura, que ella parecía valorar y agradecer, y yo misma la impuse el azafranado velo y la ate el nudo hercúleo  es mas, deposite en su mejilla temblorosa el único beso que en toda nuestra vida le diera, poco antes de que de mi se despidiera camino al altar; Agripina se arrojo a mis brazos con emoción contenida y mientras temblaba en mis brazos, tan vulnerable y al mismo tiempo tan afortunada, sentí mezclarse en mi pecho las ansias de consolarla y al mismo tiempo de degollarla. Conseguí sonreírla mientras se marchaba. El resto del festejo procure mantenerme alejada, no fuera a ser que la falsa Livila me fallara. Estaba preocupada. Aunque el esplendor de las celebraciones en nada había superado a los de mi propia boda, ambas pagadas con la fortuna del viejo Augusto, el pueblo había aclamado a Agripina y Germánico con mas intensidad que a mi y a Cayo, y el amor del populacho no deja de ser poder al fin y al cabo. ¿Eran acaso nuestros hermanos una amenaza para nuestro acceso al Imperio? Intenté desterrar ese pensamiento. Cayo era el legitimo heredero, el único heredero. Julila parecía igualmente inspirada por ese pensamiento. Contenta y tranquila porque su hermana pequeña, la eterna favorecida, se hubiera casado con un personaje igual de anodino y sin importancia -por el momento-que su propio marido, Emilio Paulo, fue capaz de olvidar sus envidias, recelos y rencores por una noche, y entregarse a una insana alegría; la sorprendería divirtiéndose con un esclavo en lo mas recóndito de la noche. Como amigas, creyó que guardaría su secreto. Como Livila, almacené el hecho en mi memoria por si algún día debía usarlo en mi favor o en su contra; sin duda, estaba aprendiendo deprisa del despreciable ejemplo de mi abuela Livia. Regresamos a tiempo para contemplar la despedida, para ver como Agripina, como yo hiciera, rememoraba el rapto de las sabinas; pero ausente su madre, abandonada en su isla, fue a tu regazo al que se arrojó buscando fingida protección, casi como una burla en la que me recordaba todo lo que me quitaba, y tu la recibiste con una sonrisa. En aquel momento, desapareció cualquier buen sentimiento que por ella sintiera los días previos. Deseé arrancarla yo misma del lugar que a mi me correspondía y dejarla malherida en el suelo, sin importarme la presencia de tan distinguidos visitantes. Descargar en su cuerpo toda la frustacion acumulada en mi propio cuerpo y liberar por fin la tensión de fingir por tanto tiempo, de desear sin obtenerlo. Aquella visión me persiguió muchas noches, semanas enteras, y en ocasiones ha vuelto, imprevista, para atormentarme, pero pronto debería con esfuerzo relegarla antes problemas mas acuciantes. 
Mientras Germánico y Agripina se entregaran a sus primeros días felices de matrimonio, los mismos que yo no tuviera, la cantidad y duración de las reuniones de Cayo con su abuelo el Cesar aumentaban y yo sabia que algo sucedía  Era terriblemente desdichada. ¿Por que callaba? ¿Que ocultaba? Cada vez le notaba mas distante, mas ausente, mas astraido, mas distraído  pasaba mucho tiempo encerrado en su despacho, consultando libros, mapas y otros legajos o convocando a su lado a expertos soldados. Finalmente comprendí y acepte que la mejor época de mi vida se había consumido y que pronto Cayo partiría de nuevo, a la batalla contra un enemigo que sin conocerle yo ya odiaba. Azuzada por el fantasma de los celos, no queriendo aceptar aquella separación y deseando también marchar de Roma y conocer al fin los remotos y exóticos rincones del Imperio de los que en mas de una ocasión me hablara, admití aun sin sufrirlos los rigores de la vida del campamento y le dije a Cayo que esta vez me iría con él. Se negó  Eso me partió el corazón  Le recordé tu ejemplo, madre, que peregrinaras por Germania y Galia con tus hijos tras tu marido, incluso a su madre, mi querida tía Julia, que acompañara a Agripa por el Oriente, incluso rememore los días de mi infancia entre los soldados de la frontera, y le afirmé que tanto por experiencia como por herencia estaba preparada, pero Cayo, a pesar de aceptar mis razonamientos, continuo negándose. Respondió con elaborados argumentos y excusas baratas, diciendo que no podía combatir con el ardor y concentración necesarios temiendo constantemente por mi seguridad, exponiéndome a la lujuria de sus hombres, a los peligros que entraña toda batalla, a las incomodidades de un continuo traslados, a privaciones, hambre y enfermedades. Le creí solo a medias. Sin duda trataba de asustarme. Quería gozar de la liberta de la guerra sin las obligaciones que una esposa, aun sin desearlo, impone. Rameras. Llore con amargura en sus ausencias. Me repetí a mi misma que aquel sacrificio era necesario para algún día gobernar Roma a su lado, pero los altos designios de un Imperio siempre exigente empalidecían ante las necesidades acuciantes y los sentimientos de la mujer que en mi surgía  Postumo se dio cuenta de ello. Como un ave carroñera que da vueltas sobre la presa esperando los restos que arroja un ave mejor que ella, se abatió sobre mi con nuevas atenciones y cuidados. Me prometí ser fuerte y le rechace cuanto pude con educación y débil determinación. Cayo comprendió pronto lo que por mi sentía su hermano. Procure intensificar sus celos sin parecer yo la culpable de ellos, esperando que el miedo a perderme o de caer en el descrédito de un adulterio le empujaran a llevarme en su viaje. De nuevo, otro juego perverso. Nunca fui buena expresando mis sentimientos; recurrí demasiado a manipulaciones y laberintos para lograr lo que deseara. Debí haberme ejercitado con la sinceridad y las palabras... Debi hacer demasiados cosas o no muchas otras...

* Fotografía 1: "Eco" de Cabanel
* Fotografía 2: "La Pensativa", de Godward
* Fotografía 3: "No me digas mas", de Alma-Tadema

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