sábado, 13 de julio de 2013

Yo, Claudia Livila (XVIII)

No me sentí capaz de soportarle más tiempo dentro de mi cuerpo, manoseando torpemente mis senos, ni deseaba dar más hijos a aquel monstruo con el que me casara ahora que había demostrado ser incapaz de amar no ya a mí, que no me importaba, si no al primer descendiente que yo le proporcionara, que él mismo engendrara. Por ello decidí dejar de lado todo fingimiento, ya en nuestro primer encuentro, ya en el primer momento. Druso se sintió, según creo, desconcertado, confuso y perdido ante mi nuevo comportamiento, y fue incapaz de culminar, frustrado e incrédulo, el acto para el cual cada noche desde nuestra boda me forzara, ejerciendo sobre mí sus derechos como mi dueño y marido sin tener jamás en cuenta cuáles eran mis sentimientos, ni pedirme tampoco mi consentimiento o bien mi permiso primero. No por eso dejó de intentarlo. Hastiada de sus besos y de sus manos, de su aliento de taberna sobre mi rostro o de su sudor en mi cuerpo, le respondí siempre de la misma forma, indiferente, fría, y una noche, furiosa de que continuara poseyéndome sin césar a pesar de que yo no hacía nada por complacerlo, ni me movía, ni respondía a sus caricias, le confesé que jamás me había proporcionado ningún placer auténtico. Herido, volvió a golpearme, pero también dejó de molestarme. Desde ese día, aunque padres de la misma hija y contra nuestra voluntad aún casados por imposición de Augusto, Tiberio y Livia, vivimos como dos extraños en una misma casa y cada uno, al margen del otro, sin mediar explicación, culpa o preocupación, hizo su vida. Solo continuamos siendo un matrimonio de cara a la galería, demasiado hábiles en alabar en público lo que no conocíamos, en ensalzar a quién en privado ni siquiera hablábamos, en apreciar lo que por voluntad propia ignorábamos, y fue el mismo tiempo divertido y amargo comprobar que al separarnos éramos mucho más felices que cuando quizás habíamos pretendido ser algo. Para mantener la paz que sin palabras establecimos, la concordia que sin negociación firmamos, él dejó de visitarme y yo procuré tener siempre la casa bien surtida de atractivas esclavas; él procuró que a mi pequeña y a mí nada nunca nos faltara y yo me esforcé por administrar la casa de modo que él apreciara y solo tuviera que disfrutar de las bondades que guardaba; él intentó no humillarme haciendo públicas sus mil y una aventuras y yo fingí como marido respetarlo; Druso interpretó el papel de hombre generoso y protector y yo perfeccioné a la falsa Livila hasta convertirla en una esposa en apariencia obediente y sumisa, atenta tan solo en educar a su hija, cuidar la casa y cardar lana. Fue así como logramos que entre nosotros no hubiera más discusiones violentas, recriminaciones, insultos, golpes y peleas, y cómo durante años languidecimos en una relativa calma, a la espera del momento en que todo lo que nos rodeara estallara y se destrozara.
Sin embargo, dejando de lado mis sentimientos, no sería justa con su recuerdo si no reconociera que aunque Druso fue sin duda un pésimo primo, un mal marido y un peor amante, fue en cambio, aunque me cueste decirlo, el mejor de los padres. Pasó del desprecio, la decepción y la indiferencia a la adoración y el cariño más infinito. Mi pequeña comenzaba a dar sus primeros torpes pasos, con aquellas piernecitas suyas, tan regordetas -¿lo recuerdas?-, cayéndose continuamente pero negándose siempre a recibir ayuda, ¡mi terca, orgullosa, valiente niña!. Yo, sonriendo, la perseguía y ella casi corría, encendidas las mejillas de pura risa. Sin darme cuenta, excedimos los límites de nuestro confinamiento y nos adentramos en las posesiones de su padre, y de pronto, sin pretenderlo, sin yo verlo, mi niña tropezó con las piernas de Druso, atónito al vernos. Cayó de nuevo al suelo, y en vez de llorar como habrían hecho otros niños, le miró con aquello ojos que de él heredara, con el entrecejo fruncido al igual que mi marido cuando algo le molestaba, los labios fuertemente apretados como su padre en un rictus de desagrado. Yo odiaba cada rasgo de mi pequeña, por minúsculo que fuera, que me recordaba aunque fuera un solo instante a aquel que la engendrara, pero Druso se sintió subyugado ante aquel parecido casi idéntico y por primera vez desde que la reconociera públicamente como hija legítima, suya, la cogió entre sus brazos. Sus ojos estaban vidriosos, emocionados, y atónita contemplé maravillada y absorta el primer resplandor en su rostro de un sentimiento humano. Mi pequeña de inmediato me requirió a su lado, tendiéndome los brazos, y aunque pude haberme marchado, haberla alejado de aquel monstruo que me forzara y a ella casi la abandonara, no pude negar a mi hija su derecho a tener un padre. Sonreí a Druso por primera vez en demasiado tiempo y le dije con mucho esfuerzo: "vamos al jardín, ¿nos acompañas?" Él asintió mudo, no sé si sorprendido por mi repentina amabilidad o abrumado ante sus recién encontrados sentimientos de padre, y yo pude ver emocionada como mi marido y mi hija jugaban. Pude ver a Druso como lo que de verdad era, un ser humano, y antes de que me diera cuenta enseñaba a mi pequeña las primeras letras, la compraba juguetes nuevos, elegía para ella los mejores maestros, le contaba cuentos... Más ya era demasiado tarde para que nuestra relación, corrompida, dañada y en exceso de rencores cargada, pudiera convertirse en lo que debió haber sido desde el principio: una familia, pues aunque feliz de ser madre con Druso como padre, no estaba dispuesta a ser nunca más su esposa, porque yo ya había encontrado un nuevo marido.

*Fotografía 1: Detalle de "Rapto de Proserpina", de Bernini
*Fotografía 2: Imagen tomada de internet. 

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