sábado, 17 de agosto de 2013

Yo, Claudia Livila (XXIII)

Desde que muriera, más aún que cuando viviera, las estatuas de mi abuela Livia nos vigilan desde las alturas con esa mirada fría, calculadora y vacía, tan suya. Muchas la observáis con admiración manifiesta, decís de ella que es el modelo a seguir de las antiguas virtudes de la patria, ejemplo de matrona, ideal de romana. Así sin duda habrá de recordarla la Historia siempre ingrata. Más yo, cuando me atrevo a mirarla, a enfrentarme a ella desde la distancia que poco a poco se reduce pero todavía nos separa, tan solo puedo rememorar con horror la infinita tortura a la que me sometió largos días para lograr la caída de Póstumo Agripa. Fingiendo estar enferma, pidió que su única nieta, "su querida nieta" -¡maldita arpía!-, la cuidara, ¿y cómo yo, aunque intuyera lo que de verdad tramara, podía negarme a ello sin correr el riesgo de levantar sospechas o de que finalmente me delatara? Fue rápida. Ni siquiera tuve tiempo de poner sobre aviso a Póstumo, de escribirle una breve carta, de alertarle aunque fuera por medio de Julila, su hermana, tras que con violencia de nuestro lecho de amor Livia me arrancara...¡Dioses de los infiernos, madre, si supieras lo que hizo con tu hija, tú que tanto la idolatraras...! No hubo recurso a su alcance que mi "bondadosa" abuela contra mí no usara: lejos de toda protección y consejo, sola, vulnerable, influenciable y algo asustada, sin posibilidad alguna de ataque o de defensa, recibí de ella una lluvia constante de insultos, gritos, amenazas, frases afiladas, buenas palabras, algún golpe, una caricia aislada, que poco a poco, sin darme apenas cuenta, minaron mi amor, mi lealtad y mi confianza por el único hombre con quién yo libremente decidiera compartir mi vida, pusieron en duda mi raciocinio y buen juicio, apelaron a mi ambición y mis sentimientos como madre, me inculcaron un terror más que asfixiante por las torturas de una pequeña isla, explotaron mi necesidad de que tú, madre, me amaras, de proteger a mi niña, me amenazaron con la humillación pública, con la posibilidad de que tú, Germánico y me pequeña me rechazarais, me odiarais, me olvidarais, os avergonzarais, me condenarais... Hoy, todo eso ya no me importa. Quizás el tiempo me ha vuelto más fuerte, más indiferente, más consciente, o conocido el castigo no es tan terrible como imaginarme pudiera, preferible al hecho de tener que soportar mi conciencia. La culpa fue mía, más que de Livia. Fui débil, me doblegué demasiado pronto, no luché con la suficiente fuerza... ¡Póstumo sin duda se merecía una mejor compañera! Mi instinto de supervivencia me gritaba que no debía sacrificarme con él si él caía, que debía conservarme para mi ambición y mi pequeña. pero ahora sé que hubiera preferido mil veces la soledad, el frío, el hambre, la sed, la locura y el escarnio del exilio, que vivir el resto de mi vida como la he sufrido, acosada por la añoranza y los remordimientos, buscando un remedio que paliara la doble ausencia, ¡hubiera preferido aquella vida sabiendo que él sabía cuánto yo le quería! No arrastrarme esta existencia bajo el peso de su odio, imposibilitada por mi necesidad de obtener su perdón, por la percepción de mi gran error, por la añoranza de un gran amor... ¡Madre, yo...! ¡La pasión que debió fortalecerme me debilitó!
Sucumbí... ¡Sucumbí! Basta de explicaciones y excusas, ¡solo importa que caí! ¡Qué sucumbí! ¡Cómo una vulgar esclava a las órdenes de su ama! ¡Oh, madre, vergüenza para tu casa! Perfectamente adoctrinada, con la voluntad destruida y la narración aprendida -¡lástima hubieras sentido si me hubieras visto!-, mi abuela me obligó a presentarme ante Tiberio. Quiso el destino o la mala suerte que estuvieran con él sus dos hijos, mi marido y mi hermano. Parecieron furiosos al verse interrumpidos, y con gusto me hubiera ida, pero más que a ellos temí a Livia. Sin atreverme a mirarles, encorvada bajo el peso de mi humillación y mi vergüenza, obligué a mi voz a salir sin apenas fuerza. Póstumo se ha acercado a mí, me oí decir. Me ha hecho muchas proposiciones nada honestas... Me detuve. Mi voz era débil, mis piernas flaqueaban, mi cuerpo temblaba, los latidos de mi corazón se desbocaban. Mi cuerpo se negaba a hacer lo que mi mente le obligaba, se resistía a llevar a cabo lo que a mi corazón destruiría, lo que en realidad nada en mi ser quería. Lo intenté por tres veces, pero mi voz no salía. Intenté pensar en mi hija, convencerme de que sacrificaba a Póstumo por el bien de mi niña, que era lo correcto lo que hacía. Pero apenas conseguí empujar fuera de mi garganta un lamento, un suspiro. Me di cuenta de que lloraba, gruesas lágrimas de pena y de rabia, de plena certeza de la grandeza del amor al que traicionaba. No pude seguir. Lo intenté. No pude. Me derrumbé y caí, presa del llanto, de violentos espasmos. Germánico corrió hacia mí, conmocionado, confuso y conmovido, me abrazó con inmensa fuerza contra su pecho, enredó sus dedos en mis cabellos, depositó en mi frente infinitos besos. Aquellos brazos fueron mi perdición, la perdición de Póstumo; en ellos, desde que era niña, desde que intentaran sacarme con dulzura de la tienda dónde mi padre perecía, siempre me había sentido querida, aceptada, protegida. No me sentí capaz de renunciar a ellos, de vivir sin ellos, de que me apartaran si algún día supiera quién era realmente su hermana y lo que había hecho. A susurros entrecortados le confesé al oído los falsos crímenes del único hombre que incondicionalmente me ha amado -¡dioses, Póstumo!-; le dije que me ambicionaba a mí y al Imperio desde hacia tiempo, que por obtenernos no podía esperar más años, ni un momento, y que, poco a poco, como me había descubierto, había comenzado a envenenar a Augusto y Tiberio. Germánico transmitió mis palabras. Apenas alcancé a escuchar el silencio horrorizado, a sentir el aire helado, a palpar la furia callada, antes de que unas manos, comprensivas y cariñosas, me condujeran con dulzura y delicadeza a mi cuarto, dónde de nuevo me entregué a la locura. Creísteis todos que mi estado se debía a las revelaciones obtenidas, no a lo que me había obligado a hacer Livia, y yo os dejé creerlo, ¡débil, cobarde, escoria de mi familia!
Debí haber revelado entonces a la verdadera Livila... pero no lo hice, si no que callé, mentí, fingí, representé la escandalizada esposa para unos, la afligida amante para otros, ¡ni siquiera tuve valor para enfrentarme a las consecuencias de mis actos! ¡Dejar que con justicia me destruyeran o bien al contrario me fortalecieran! Pues quise verle, intentar explicarme, pero cada vez que mis pies comenzaban a describir el camino a su prisión algo me retenía, me obligaba a regresar; prefería recordar los felices días de nuestra pasión, negarme que la causante de tan abrupto final había sido yo... No quise saber lo que sucedió después, preferí creer que simplemente se había marchado, obviar que se había torturado a esclavos, que se habían encontrado pruebas o inventado, que se había producido un juicio falso a puerta cerrada en el que Póstumo, a pesar de mi acusación, permaneció fiel a mi, sin hablar de las largas y apasionadas conspiraciones tejidas al calor de un amor que yo no merecía... Solo tuve que enfrentarse a la ira de su abuelo, con la cabeza alta y la mirada clara, demostrando en su valor y su firmeza que era mejor hombre que todos nosotros, y Augusto, con esa crueldad que solo reservaba para su familia, no quiso en ningún momento escuchar sus argumentos, las verdades que vertía sobre mi abuela Livia, si no que prefirió escuchar a quienes no le querían y desterrar a su último nieto a una abandonada y diminuta isla, como antes ya hiciera con su propia hija. Cómo yo, muy pronto se arrepentiría, cómo yo también lo haría demasiado tarde, más al menos su agonía fue mucho más corta que la mía... Julila, que jamás sabría cuanto de todo aquello era culpa de quién creyó su amiga, me dijo entre lágrimas que Póstumo partió con una amenaza y una sonrisa... ¡Póstumo! ¡Dioses, Póstumo!¿Qué habré de decirle cuando nos veamos de nuevo? No merezco su perdón aunque lo deseo. Es justo que reciba su ira que me redima aunque no la quiero. Al menos nos veremos de nuevo.


*Fotografía 1: Retrato de Livia, en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid
*Fotografía 2: "Memorial al niño no nacido", de Martín Hudácek. Aunque como su nombre indica es una escultura contra el aborto, tema que no discutiré aquí, he optado por incluir la imagen porque, en relación con esta historia, creo que refleja perfectamente el dolor de Livila al verse obligada a sacrificar a Póstumo para conservar a su hija
*Fotografía 3: Costa occidental de la isla italiana de Pianosa, la romana Planasia, dónde Póstumo Agripa estuvo desterrado


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