viernes, 8 de noviembre de 2013

Yo, Claudia Livila (XXXIII)

Augusto me despidió brusco, sereno, sin una sola palabra de agradecimiento o bien de consuelo. Abandoné sus estancias con el alma hecha girones y enredada en el suelo, mutilada por un simple puñado de "vete, de acuerdo" que hieren y pesan, más que punzantes rocas modeladas por el continuo batir de hostiles embravecidas olas; que vuelan cruzando el viento como afilados cuchillos nuevos en busca los resortes escondidos de una mente atormentada y temerosa... porque una mujer, tan capaz de vender a un hombre inocente como de traicionar a su propia abuela, no merece compasión, no es digna de confinaza ni atención, nunca tendrá credibilidad. Aún así, sin escrúpulos ni remordimientos, el César estaba dispuesto a aceptar mi nuevo testimonio aunque no lo creyera cierto con tal de poder recuperar a su último nieto, obviando por siempre el hecho de que fue él quién convirtió mis mentiras en destierro. Dispuesta por fin a aceptar mi culpa me topé en cambio, incrédula, con la férrea barrera de la conciencia mentirosa del César, y erigida por ello en la única responsable de tan terrible hecho comenzó a hacerme vigilar muy de cerca, temiendo que mi repentino cambio de parecer, sin duda inexplicable para él por todo cuanto le tuve por mi seguridad que esconder, no fuera más que una treta  de su esposa, mi incansable abuela. ¡Necio! Nada habría yo de confesarla, porque más que a él la temía a ella, a las consecuencias que soportaría si descubría lo que había dicho y hecho, que ya una vez sufriera en mi espíritu y mi cuerpo; podía por tanto estar seguro de mi aterrado silencio, mientras que él, en cambio, con su actitud, nos dejaba vulnerables y expuestos. ¿Acaso no creía que Livia se preguntaría la razón de aquellos guardias que sin precaución ni disimulo me seguían? ¿Cuantos errores puede cometer un solo hombre? Aplazar el viaje a Córcega no fue tampoco una gran idea; Augusto pensaba que la espera le ayudaría a conocer antes de actuar cuál era su auténtica fuerza, más allá de los espejismos que otros durante años formaran en su cabeza, y con qué armas contaba aquel taimado enemigo que con plácida sonrisa y con omnisciente ojo siempre abierto dormía satisfecho a su lado en el lecho. Hubiera querido advertirle del peligro de darle tiempo a mi abuela de descubrir, imaginar, intuir, sospechar o ya solo concebir que era lo que a escondidas tramaba, pero el César, que una vez hacía demasiado tiempo me llamara "hija", jamás hubiera aceptado de mí un consejo o solo una palabra amiga... Pobre, pobre Augusto, que en el poder supremos, rodeado de buitres y cuervos, miraba a su alrededor y solo unos pocos veía; con la razón embotada por décadas de alabanza y la prudencia arrasada por la prisa y la confianza; que queriendo hacer las cosas por una vez bien, todo, absolutamente todo estropeaba, con aquellas manos tan torpes desaconstumbrada por décadas de paz romana -en todos los lugares del Imperio salvo en nuestra casa- a intrigas y conspiraciones necesarias; sin duda demasiado orgulloso y expuesto para entregarse a la huida o asumir la derrota o una tregua; demasiado viejo y débil para ser una serie amenaza, cuando los meses restantes de su vida ya se contaban con avidez con los dedos. Dividida, contemple angustiada y aliviada la última farsa del reinado de la augusta familia; como con Julila, no sabía que final desear para mi propio personaje en la tragedia de su vida: ¿podría vivir sin mi posición, riqueza y familia? ¿podría sobrevivir acosada por una conciencia intranquila? Tan pronto me decía que todo merecería la pena por rescatar a Póstumo de su isla, aunque nadie me lo agradeciera, aunque supusiera nuestra ruina, como contemplaba a mi hija jugar en los jardines de la Farnesina y respiraba con dificultad por la terrible angustia de la posible pérdida. Finalmente, incapaz de decidir, entregé mi destino a las huesudas manos de las Moiras y alcé mi ruego a Hécate, Juno y Venus.
Tu tampoco nada decías cuando recorrías los jardines de mi villa tras tus nietos -pues en mi soledad y miedo, desesperada por compañía que adormeciera mi ánimo atormentado e inquieto y apartara con su presencia mis malos pensamientos, había acabado por recurrir a ti y a Agripina, pues a nadie más que a vosotras tenía tras haber perdido en el exilio, la muerte y la precaución a quién yo más quería-, pero desde hacia tiempo te observaba mirar el mundo con ojos mucho más abiertos y más atentos y comprendía que sabías más de lo que confesarías. Por primera vez tenía razones para temer que, esta vez sí, pudieras descubrir quién era en realidad tu hija; por primera vez, igualmente, te veía observar a Agripina contraído el disgustado entrecejo. Yo también estaba en desacuerdo con aquello: durante la ausencia de Germánico consentía a sus dos hijos en exceso; sobre todo Nerón, su hijo mayor, mi futuro yerno -¡dioses, qué horror!-, sabía a la perfección qué decir o qué hacer para obtener de su madre todo cuanto quería y ella, sin comprender su sucio juego, con una sonrisa siempre accedía, aunque él no hubiera hecho nada para merecerlo e incluso hubiera hecho todo lo necesario para nunca tenerlo. Entendía que, muerto su hijo Tiberio, su padre Agripa y dos hermanos, y desterrados a islas su madre y otros dos hermanos, Agripina sentía la necesidad de ver felices y satisfechos a los últimos supervivientes de tanta tragedia y con ahínco rehuía todo enfrentamiento que pudiera amargar aún más sus días plagados de recuerdos y ausencias. Pero en igual medida que en la educación es esencial el cariño también lo es la disciplina. Agripina malgastó mucho de primero y tu recurriste en exceso a la segunda; quiero pensar que, en lo que a mí respecta, solo yo he logrado el equilibro entre ambas potencias. Ahi tienes a mi pequeña como corroboración de mis palabras: una mujer fuerte y segura, independiente y sabia, ejemplo de virtudes romanas; y ahí están también los hijos de Agripina, en exceso consentidos y brutales, demasiado aconstumbrados a obtener cuanto desean, a creerse mucho más importantes de lo que son e incapaces de valorar nada... y también estoy yo, agonizando de sed y hambre tras esta puerta.... esta puerta que sé no abrirás hasta que esté muerta... Sé que sobre todo ello fuertemente discutieron Agripina y mi hermano cuando Germánico y Tiberio regresaron. Tal como el César ordenara en su día no habían hecho nada, salvo asegurar la frontera derribando puentes, levantando empalizadas y asentando campamentos. Labor de obreros y no de legionarios, deshonra para el Imperio, pero el pueblo lo juzgó de gran hazaña creyendo que habían detenido la invasión germana cuya amenaza solo existió en sus mentes ociosas. Mi hermano fue recibido como un héroe en Roma, la multitud se echó a la calle para festejarle y aunque no le fue concedido ni el triunfo ni la ovación por su mísera actuación, Augusto y el Senado le recompensaron con el consulado. Observé la gloria de mi hermano con orgullo, envidia y temor, pues una parte de mí insistentente me decía que quién asciende tan veloz cae igual de rápido y es en las grandes caídas cuando te haces más daño.

*Fotografía 1: "El destino gobierna las estellas", Elihu Vedder
*Fotografía 2: "La clase", Waterhouse

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