viernes, 13 de marzo de 2015

Yo, Claudia Livila (XXVI)

"Asesina" era llamada Livia; "Usurpadores" eran considerados Druso y Tiberio; y yo recibí el calificativo de "Traidora", el terrible adjetivo de "Mentirosa". Aquellos títulos nos fueron concedidos, de noche y de forma secreta, en los pedestales de nuestras estatuas con pintura roja espesa apenas una noche después de ser, en el centro del foro del divino Augusto, alzadas y solemnemente, ante el Senado y el pueblo, consagradas. Los pretorianos de Lucio Elio Sejano fueron veloces en localizar las pintadas y los esclavos de la casa imperial en limpiarlas, pero a la mañana siguiente, inexplicablemente, ya corría por toda Roma el persistente y sordo clamor de lo que había pasado, y nuestro día de poder y gloria se transformó en malicia, en sospechas, en dudas y encendidas burlas. El César tuvo un nuevo ataque de furia que, a mi entender, escondía profundo miedo: puede que su rostro de mil rojos de tiñera, que sus puños se crisparan, y las venas de su cuello, casi a punto de estallar, palpitaran, pero sabía reconocer a un mismo tiempo las pupilas inquietas que, en lugar de entrecerrarse, se dilataban, o aquel temblor que, en sus dedos, danzarino castañeteaba, o el leve balbuceo incoherente de aquella lengua que trabados insultos arrojaba. No comprendía que pasaba: debería de estar ya acostumbrado, me repetía, a los millones de injurias que cada día nos lapidaban; al fin y al cabo, debido a su escasa popularidad e incipiente tiranía, recibíamos constantes ataques anónimos como aquellos, incluso mucho más graves y directos. No había, de hecho, calle, edificio o muro en la capital en los que no hubiera degradado ya, al menos una vez, la dignidad imperial. Hacia demasiado tiempo que había dejado de prestar atención a las mudas acusaciones e insultos que siendo más joven me enloquecieran y fueran para mí causa de febril rabia y mayor desdicha; había comprendido ya que nunca habría de figurar entre aquellas ardientes escritas alabanzas dedicadas a Germánico y Agripina, volviendo en indiferencia lo que era auténtica ansia... Sin embargo, el repentino nerviosismo del siempre sosegado y taimado Tiberio, la súbita profusión por todos lados de pretorianos y guardias germanos, el aumento de las reuniones secretas de puertas cerradas desde el anochecer hasta entrada la mañana, me pusieron en alerta por algo que, en otras circunstancias, habría, sin duda alguna, pasado por alto. No tardaron los espías que de Livia heredera, los que yo misma reclutara y los que serviles, por voluntad propia, a mis pies se postraran, en convertirse en mis oídos y mis ojos desde las altas mansiones del Palatino a las infectas tabernas del Esquilino y el Aventino, y pronto me encontré confundida, dividida, asustada y al mismo tiempo esperanzada, por un hecho que anhelara y al mismo tiempo rehusara, por un hombre al que despreciara y al mismo tiempo profundamente amara.
Así era, madre. Germánico y Agripina no eran los únicos que regresaban ya desde las Galias ni arrastraban seguidores a lo largo de Italia. El esclavo Clemente, nombre que Tiberio y Sejano dieran al que antaño fuera Póstumo Agripa para negarle así su identidad y su herencia, pretendiendo convertir en farsa lo que era una reivindicación justa y manifiesta, había reclutado gran número de partidarios en Roma y en las más cercanas provincias y con ellos regresaba, aún en la oscuridad, para reclamar el trono, la posición y el poder que por nacimiento -y seguramente también por destruido testamento- le correspondía. Una multitud enfervorecida, llorando como la madre que recibe al hijo único que hace décadas creyó muerto y por siempre perdido, le recibió desgañitada a su llegada al puerto de Ostia en una humilde barca, sin manto y sin honra, y a su paso arrojaron toda clase de bienes y productos caros a sus pies como si regresara en triunfo tras gran victoria. Tras aquello, las reuniones clandestinas en la capital no tardaron en sucederse y aumentar: ignoro si en las mismas participaban solamente los desheredados y miembros del populacho o acudían también senadores y caballeros en busca de mejor alternativa. Nunca supe la forma de entrar y calmar mi culpa con ayuda, más ¿lo habría hecho, ahora que tan cerca estaba de conseguir lo que la muerte de Cayo me arrebatara?... No sabría decirlo ni siquiera ahora, quince años tras transcurridos aquellos hechos: la auténtica y la falsa Livila se debatían y ninguna vencía... sin embargo ¿como podrían hacerlo, siendo como eran mitades de una misma persona? La ambición, la soledad y la desgracia, me temo, habían enterrado en lo profundo el amor que yo sentía, y aunque me afanaba en desenterrarlo de su profunda sima desgarrándome brazos y dedos, poco a poco se consumía mi tiempo. Mi tío Tiberio como siempre dudada; si hubiera gobernado en solitario, habría quizás podido salvar a Póstumo Agripa, pero Sejano sin césar, con malicia, a su oído susurraba y susurraba noche y día, ¡noche y día! ¿Debía aplastar la rebelión de quién él mismo había proclamado como un simple y enloquecido esclavo con toda la fuerza militar de que disponía? Así tan solo daría credibilidad a la pretensión que inspiraba al supuesto Clemente y sus seguidores, mostrando además que el poderoso, el noble e insigne César temía a un ridículo siervo adornado con ínfulas, mentiras y falsas creencias. ¿O debía, por el contrario, dejar que por si sola se desvaneciera? Quizás entonces el problema creciera tanto que no pudiera ser nunca eliminado... Entre la vergüenza y el miedo, Tiberio afrontó el problema como era costumbre en él: nunca de frente, sino por recovecos, a escondidas, por medio de terceros, como un ladrón, ¡como un perro!
A altas horas de la madrugada, cuando las sombras muerden y los muertos desde sus profundas tumbas se arrastran, hizo el César llamar a las imperiales mansiones del Palatino a un hombre llamado Cayo Salustio Crispo. Mi sueño ligero, como el de todos aquellos que rebosan culpas, proyectos, sueños y pensamientos, se vio alertado por pasos imprevistos bajo mi ventana, y descalza y curiosa, me confié a la oscuridad para recorrer los pasillos desiertos y a escondidas, muy atenta y muy quieta, escuchar. Menos mal que para mi tranquilidad y seguridad, había aprendido de memoria la posición y las rondas de los guardias pretorianos, que Tiberio no entendía no le obedecían y solamente, ciegamente, fielmente, a Sejano servían, porque las reuniones se sucedieron durante semanas con el único testimonio de la luna alta, y así, muy poco a poco, fui sabiendo como se cernía sobre Póstumo la mayor desgracia, de mano de aquel Salustio Crispo sin honor ni fama, quién recibiera de Tiberio la tarea sin duda más ingrata, jamás agradecida, nunca recompensada, de traicionar y ser espía a quién habría de jurar lealtad y obediencia en esta y la otra vida. Junto a dos clientes suyos, bajaron a las tabernas y recorrieron los tugurios hasta hallar el centro de los descontentos con mi tío Tiberio y uniéndose a ellos en borracheras plagadas de reivindicaciones y quejas, dieron con aquel supuesto Clemente de quién fingieron con pericia ser seguidores y después cómplices. Paulatinamente, vencieron las barreras necesarias de la precaución y la desconfianza y vertieron sobre Póstumo palabras lisonjeras que no eran sino pesadas cadenas. Noche tras noche tras noche tras noche... ¡oh, madre!, me esforcé por escuchar las palabras que desgarraban con uñas afiladas mi alma dejando al descubierto mis entrañas, me afané ya sin aliento en escuchar donde eran sus reuniones secretas, dispuesta a advertirle, de la forma que fuera, de que se marchara, de que corriera, ¡de que por favor se escondiera! ¡Que si alguna vez me había amado por los dioses huyera! ¡Que no permitiera que se vertiera más sangre en mis manos y mi conciencia! ¡Confesar... oh, si, confesar...que no podría soportar más si a él también le perdiera!... Y noche tras noche tras noche, ¡tras noche!, tortura maldita, la oportunidad perdida, regresaba a mi lecho más rota, más desconocida, y de día me detenía mi hija, la única alegría, el horror de la posibilidad de dejarla marchar también a ella, de que su inocencia y pureza se viera manchada por los crímenes que yo acarreaba y cometiera, porque mi pequeña Julia es ¡madre, lo debes de saber! ¡lo único bueno que yo tuviera, que yo alguna vez hiciera!... Noche tras noche tras noche, me dividía entre mis dos grandes amores, entre mis grandes horrores, entre mi necesidad de redención y preservación, entre el perdón y la ambición, ¡y enloquecía! ¡Divina Hécate, enloquecía!
No puede, madre, vivirse a base de devorar penas, solo alimentarse de tristezas, sin nadie con quién compartir las penas, a quién abrir el alma, o dejar escapar una risa que dejan sin sentido y borran las desgracias y las preocupaciones que desgarran. ¡Qué Póstumo Agripa, el único que de verdad desde niña en lo profundo me conociera, era ya la única garantía de que la verdadera Livila, de alguna forma, viviera! ¡El triste consuelo de pensar que, aún separados por las crueles circunstancias, aún contaba con alguien que me entendiera, que una vez tal como, en realidad era, me viera y aún así, sincero, sin espejismos, sin intereses, me quisiera! Sin embargo, ¿cuándo la vida fue justa? Con él se marchó mi última humanidad, mi última pureza... esa noche sin estrellas en que atado y amordazaron lo arrastraron al Palatino. Encogida en mi estrecho escondite, transida, con las manos en las orejas y la cabeza escondida entre las piernas, me negué pese a los gritos y los golpes a marchar, ¡no le había podido salvar, pero por nada de este mundo le volvería a abandonar! ¡Que aquellos gritos se grabaran en mi alma, que me persiguieran el resto de mi vida...! ¡¡Me lo merecía!! Más nunca oí su voz en ningún momento: no hubo para Tiberio ni confesiones ni súplicas. Y de improviso se hizo el silencio; aterrada abrí los ojos, escalé por la enredadera, me asomé a la escena, ¡ojalá nunca lo hiciera! Lo que yo viera... lo que viera... aquel despojo de carne y sangre... no podía ser el hombre al que yo quisiera... Tiberio hablaba de nuevo: "¿cómo te convertiste en Agripa?" Póstumo alzó la cabeza, o al menos lo que quedaba de ella, y con esa sonrisa de medio lado, ¡tan suya, tan irónica!, respondió en un susurro: "Como tú en César", y sin inmutarse mencionó los nombres de todos los herederos que a mi tío precedieron, dejando al descubierto las sucias maniobras que le llevaron a la cabeza del Imperio. Contuve el aliento y el viento, en el silencio, de improviso arrancó de mi refugio algunas hojas y las llevó, como último regalo, a los pies del condenado... creo que mi perfume, tras tantos días, iba impregnado en ellas, pues de inmediato Póstumo volvió hacia mi escondite su cabeza... En los peores días me gusta pensar que vio mis ojos entre la hojarasca, que aunque no pude sostenerle en sus peores horas percibió como abrazos mis lágrimas, que supo que no estaba solo... como yo, abandonado, sin amor, solo... cuando se apagó la luz en sus claros ojos.

Fotografía 1: "Belleza clásica", John William Godward
Fotografía 2, 3 y 4: Detalles de la Columna Trajana (Suicidio de Decébalo, Prisioneros dacios conducidos ante Trajano, Legionario romano con trofeo de guerra)

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