viernes, 10 de abril de 2015

Yo, Claudia Livila (XXVII)

Vejado y mutilado, tras las últimas humillaciones y maltratos al hombre muerto por triunfante Tiberio y los verdugos que derramaron su inocente valiosa sangre por el pavimento, sobre la figura de Baco ebrio, arrojaron su cuerpo ajado, sin ceremonia, respeto o miramiento, tan solo por risas, burlas, vino, golpes y escupitajos cubierto, en los más remotos y olvidados confines del marchito bosque sagrado e infecto de la mortuoria diosa Libitina para que fuera pasto de las alimañas que se arrastran, las bestias que dentellean y despedazan, de nuevo la crueldad humana, la tierra cansada y ese impenitente cielo que, con suspiros de lluvia, calor, frío y viento, todo desgarra. ¡Oh, madre! ¡Madre!... ¡Aquel cuerpo adorado, tan amado... insepulto, abandonado! ¡De nuevo condenado! ¡Mi Póstumo! Mi valiente, mi honorable, orgulloso Póstumo... jamás conocería el descanso eterno, si no que habría que permanecer en las riberas infernales del Estigia hasta el fin de los tiempos, ¡ni vivo ni tampoco muerto! Objeto de desprecio por Caronte el barquero, mientras su consumida piel en corrompidos jirones vestía algunos de sus huesos amarillentos, por el paso de los siglos quebrados y huecos, y las cuencas vacías de lo que un día fueron los ojos más hermosos observaban arrasados en agrias lágrimas el paso lento de afortunados cientos y cientos y las orillas contrarias de su desesperado descanso y deseo, incapaz de desprenderse jamás de la más despreciables y ruin de las formas... ¡También yo esperaré pronto en las arenas negras de fuego de los infiernos la paz que nunca llega, el olvido que anhelo, que jamás, por mucho que suplique, se me conceda! ¡Cómo el rey Tántalo con el agua y con el alimento que se retira apenas la mano alarga, condenándole a la sed y hambre perpetuas, así él habría de mirar atormentado el adiós, el recuerdo, el triunfo, la reencarnación! ¡Como yo! ¡Oh dioses! ¡Madre! ¡Como muy pronto yo! ¡Sin poder nunca abrazar a los nuestros, a todos los seres queridos que nos precedieron!...y me lo merezco, ¡lo reconozco!, ¡me lo merezco! ¡Pero él no! ¡Mi Póstumo no! El único digno de la púrpura y el oro que codicié yo... Pero cuando aún creía lejano el día de mi imperecedero tormento, en mí se producía un feroz debate interno. Sabía bien a lo que me exponía si era descubierta junto a sus restos: casi podría estar agradecida si como la antaño alegre Julila se me permitía consumir mis días en una minúscula desértica islita. Sabía también las terribles consecuencias que esa acción tendría para mi hija. Y sin embargo... sin embargo, la culpa y el horror me carcomían: si yo no iba, madre, ¿quién iría? ¿Quién liberaría su alma con tierra? ¿Quién purificaría su cuerpo con fuego? La imagen de esa marmórea púdica Livila se reía en mí en sueños y con sus inmaculados manos libres de pecado y falta me arañaba el rostro y dejaba mi cuerpo, ante una multitud desconocida, al descubierto, para que por ellos fuera de mil formas distintas vilmente mortificado; sus ojos de pasta vítrea mientras relucían y lanzaban sobre mí maldiciones, encendidas acusaciones, lamentos... Me despertaba en un sudor frío envuelta, sacudida por miles de violentos espasmos que amenazaban desmenuzar mi cuerpo, los ojos desorbitados acuchillados en lágrimas fieras, y sólo las manos aferradas fuertemente a mis mejillas, con las uñas hundidas en la tierra carne de mi boca, impedía que las altas mansiones del Palatino se estremecieran con los arrebatos y horripilantes gritos que escalaban con cien afilados dedos por mi garganta consternada... Lo sabía: me lo merecía. Ya no podía rechazarlo, no podía huir y esconderme más tiempo. Mi traición me exigía los rigurosos sacrificios de la expiación. ¡Maldita Conciencia que es peor que las Furias de teas encendidas!... Y así fue como, nueva Antígona, me vi abandonando el palacio en la búsqueda de Polinices. Esperaba que mi brusca marcha y el no haberlo planeado, no me hubieran delatado. ¡Póstumo! ¡Póstumo me llamaba a su lado! No regresaría como un espectro en las Lemurias, no vagaría en pena sobre la tierra, no me atormentaría por lo pasado. Debía mostrarme por fin digna del amor y la pasión que le habían condenado... Y no obstante, como mi declaración ante el divino Augusto, eso no le bastó para perdonarme: no me acompaña en las sombras ahora que mi vida se está acabando. Y una vez más soy consciente de que merezco su desprecio. ¡Póstumo, maldita sea! ¡Los vivos tienes sus derechos al igual que los muertos!
El enterrador no hizo demasiadas preguntas al ver la bolsa de monedas. Encontramos el cuerpo entre arbustos y matorrales gracias a los animales que ya acudían a darse un festín con sus preciados restos. A pesar de que la muerte, el exilio y la miseria habían hecho estragos en su cuerpo, aquel hombre no era de ninguna manera el esclavo impostor del que Tiberio intentara convencernos: era mi Póstumo Agripa...Porque ya solo yo podía reconocerlo: la sinuosa cicatriz que un día se hiciera en el antebrazo izquierdo por culpa de Germánico en infantiles juegos; el lunar tras su oreja derecha que yo observara ascender y descender cuando se sumía en profundos sueños; la curiosa forma del vello de su pecho en la que enredé mil noches mis dedos mientras nos hundíamos en locos planes de futuro e intensísimos deseos; el dedo retorcido mal soldado que se rompió un día huyendo de mi cuarto cuando oímos una vez aproximarse veloces las pisadas de Druso Cástor... Mil recuerdos de nuestros encuentros a tropel con fuerza acudieron, golpeándome cuando menos lo esperaba y cuando menos lo necesitaba... como ahora, en las últimas de mis reducidas horas... Y así me vi a mí, la orgullosa hija de Antonia y el buen Druso Claudio, la altiva nieta de augusta Livia, arrojar a un lado, al barro, mi dignidad, mi honor y mi soberbia, perdiendo por entero el control de mis sentimientos ante un desconocido, un vulgar liberto. Desgarrada en lágrimas y en lamentos, me vi aferrando a las marchitas manos de Póstumo muerto, buscando caricias que por mi traición yo perdiera y que él, ya en el reino de los muchos que nos precedieron, se negaba todavía a concedérmelas con sus dedos rígidos y gélidos aunque yo, suplicante, los bañara en arrepentimiento y besos, aunque las hundiera en mi seno como el mayor tesoro que en la vida se me diera y soñara casi enloquecida con revivir su suave tactos con el latido desenfrenado de mi corazón destrozado, aunque pidiera clemencia y compasión con mil susurros quedos y recuerdos... Ni con Cayo, ni con Lucio, ni con mi padre el buen Druso... ¡oh, madre, lo comprendí todo demasiado tarde! Mi amor por él, entendí de pronto, había sido de todos los que padeciera el más fuerte, el más puro y el más intenso... y aún así no había bastado para salvarlo y protegerlo. ¿De que servía entonces mi existencia? Inútil y maltrecha, redoblé mis esfuerzos por recuperarlo para mí un único, efímero, momento, o al menos por sumirme en la dulce fantasía de que de alguna forma continuaba a mi lado y no me dejaría de nuevo.
Sentí de repente una mano cariñosa y firme en mi hombro, ofreciendo consuelo con una dulce caricia, cargada de intención y atrevimiento. Indignada y asqueada, me la sacudí pensando que era el liberto. Pero aquel enterrador jamás hubiera osado tocarme. Era Sejano. Me conocía lo suficiente para saber lo que había hecho y lo que haría. Sabía, de alguna forma, el camino que recorrí y el que recorrería. ¿Cómo? Nunca pude saberlo... Ojalá por mi bien lo hubiera hecho... Aquellos ojos expertos en leer ocultas almas me acecharon demasiado tiempo. Ahora me tenía por fin a merced de sus manos. Podía acusarme de adulterio y lesa majestad por socorrer, caído ya, a un enemigo del gobierno, y Tiberio, a pesar de los servicios prestados, los años sacrificados, la sangre común de los Claudios, no dudaría en condenarme sólo tras escucharle. Pero sabía bien que el prefecto pretoriano no me delataría: era a mí a quién quería, y por fin, por mi debilidad y descuido, me tendría. Debí sin duda estar aterrada, con él y conmigo furiosa, indignada, más no era eso lo que sentía. En verdad, una parte de mí remota estaba profundamente agradecida, ante la tenue y débil perspectiva de que por fin tendría a quién mostrar la verdadera Livila, con quién ser de nuevo yo misma, sin necesidad de mil aburridas explicaciones y palabras vacías, pues aquellos ojos claros, más por fuerza que por grado, siempre sabrían arrancarme las respuestas con su pupila astuta inquieta... En mi momento de mayor peligro, de debilidad, de atroz amenaza, de enorme vulnerabilidad, en que más debí armarme, defenderme, fortalecerme... accedí sin embargo gustosa, ansiosa, deseosa, a derruir mis murallas y a abrir, de par en par, todas las puertas de mi alma. ¿Tan extraño te resulta? ¡Estaba cansada de estar sola, de ser fuerte! Demasiados años... ¡oh, dioses, excesivos años! luchando con uñas y dientes, batallando hasta mi último aliento, combatiendo hasta la póstuma palpitación, hasta la propia extenuación, y tan solo, como resultado, enloqueciendo, y siempre, ¡siempre, maldita sea!, todo cuando amé perdiendo... ¿Cómo se supone que iba de Sejano a protegerme? ¡Estaba tan destrozada, tan rota...! Ya no podía... no, no podía... era del todo incapaz... de reconstruirme de nuevo, de seguir abandonada caminando. ¿Acaso no me veías? ¿No entendías? ¡Nadie salvo Sejano lo hacia! ¡Tu hija, madre, tu hija, apenas era una triste ruina, la sombra negra y desdibujada de la Livila ingenua, inconsciente y alegre que se marchara de tu casa, a la que Cayo un día abrazara! Bastó con que Sejano me cogiera de la mano para saber que estaba perdida, y aún así, no quería, no podía, soltarme de sus dedos, temiendo que de hacerlo me marcharía por siempre con el viento. Fue él quién me ayudó a cargar el cadáver de Póstumo. Sin preguntas. Sin reproches. Junto a él lo vi arder y juntos recogimos sus cenizas. A ambos nos escoltó en el silencio de vuelta a las altas mansiones del Palatino. No encontramos guardia en nuestro recorrido. Sabía que no los habría: los pretorianos tan solo eran una prolongaciones de los deseos y las ambiciones de Lucio Elio, y todas sus órdenes eran obedecidas aún sin ser dichas. Intenté engañarme de nuevo mientras rodeaba con delicadeza mi cintura, mientras con aquella mirada me hacia el amor sin necesidad de los intensos besos que depositaba en mis hombros y en mi cuello. Me repetí que era solo por puro frío cálculo por lo que accedía, que era el sacrificio necesario para conseguir la ayuda de alguien bien posicionado que pudiera proteger y salvar a Germánico, que era preciso hacer cuando fuera necesario para salvar a los últimos personas a las que había amado. Si, concebí aquello como un simple trato, intercambio, la rubrica necesaria al final de un pacto en la mutua ayuda y el entendimiento basado. Y sin embargo, cuando me besó... cuando enredó su lengua en mi lengua y me desnudó... cuando me envolvió su olor... cuando despertó en mí la necesidad y la añoranza sufridas en tantas noches solitarias y frías... el ansia de un cuerpo joven que habría disfrutado de escasas alegrías... mi mente por completo se colapsó.

Fotografía 1: "Las almas del Aquerón", de Adolf Hiremy Hirschl
Fotografía 2: "El llanto de la Magdalena sobre Cristo muerto", de Arnold Böcklin
Fotografía 3: Detalle de "El Funeral de Shelley", de Louis Édoard Fournier


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