jueves, 30 de abril de 2015

Yo, Claudia Livila (XXVIII)

Estaba oscuro, silencioso, húmedo, frío. No me importaba. Dejé que la soledad y la negrura hasta los huesos me calara, y sin embargo me negué a entregarme a las lágrimas. En la morada de la muerte augusta abracé a Póstumo por última vez y añoré con intensidad enloquecedora su calidez y aliento: más ya solo me quedaban de él migajas, recuerdos, al igual que del resto. Y apenas tenía tiempo para estar con ellos. ¿Cuánto tardarían los pretorianos en avisar a Sejano de mi descenso al mundo de los muertos? Me apresuré a ocultar la urna cineraria tras los restos sellados de mi marido Cayo: de nuevo reunidos los dos hermanos, los dos únicos hombres que había amado. Póstumo al fin descansaba en honroso nicho con su familia y sus antepasados. ¿Cómo en un receptáculo tan pequeño pueden caber a un mismo tiempo tanta felicidad y tan profundo desconsuelo? Por un momento repudié las tenues alegrías de una existencia vacía y ansié reunirme por fin con ellos, que manos piadosas como las que yo había demostrado depositaran a su lado mis últimos restos. Pero para mí esta por siempre vedados el silencio y el eco de las bóvedas sepulcrales del monumento. Espero que al menos llegada la hora en que el último grano del reloj de mi vida sea arrancado por el viento pueda hundir mi urna en la tierra húmeda vuelta hacia mi postrero cielo: así descenderé más rápido hacia los que añoro y quiero contemplando las bellezas del mundo que sin pena dejo. Con ellos en el Campo de Marte -madre, sin duda debes saberlo- enterré mi juventud y mi infancia: por eso no quería marcharme; por eso siempre regresaba en los momentos en que mi debilidad y mi constancia flaqueaban. Era casi como volver, en el oscuro desamparo de la tumba, tan semejante a la densa neblina del sueño, a la pura inocencia de aquella Livila que con sólo doce año abandonara esta casa en su búsqueda del Imperio; regresar a la improbable posibilidad de convertir en realidad mil locos anhelos de una ilusa quinceañera que aún creía que el mundo estaba en sus manos para con solo desear obtenerlos. Y sin embargo en ese reino de quimera había sido más feliz que en aquella Roma de carne y hueso que sin cesar golpea. Deseaba volver a la locura y la inconsciencia, al desconcierto y a la indiferencia. Así dejé que la oscuridad me envolviera y sentada en el suelo de la cripta, sentí en torno a mí los pasos de los que no caminan sobre la tierra; y no tuve miedo, madre, ¿por qué habría de temerlos? Me sentí en casa de nuevo: el suave beso de Cayo en mi nuca, la mano experta de mi padre Druso revolviéndome el pelo, las dulces nanas tristes de la abuela Octavia, los juegos infantiles de aquellos hermanos míos que en las fronteras perdiste, el abrazo fiel del apacible Lucio, las caricias atrevidas de mi Póstumo... Permanecí mucho tiempo sumida en un mundo infernal de ensueño: unos minutos, unas horas, días enteros... no podría saberlo. No fue suficiente tiempo.
Cuando en la soledad de la cripta sellada sentí sobre mis hombros una confortable manta, supe sin necesidad de mirar atrás que era Sejano quién me la echaba. Las sombras que me acompañaran, ofendidas, huyeron espantadas, y solo entonces fui consciente de que el frío de los muertos había sin duda penetrado hasta mis quebradizos huesos. El prefecto, sin mediar palabra, sin pedir permiso, me abrazó con fuerza hasta que sentí el calor de nuevo en mi cuerpo y yo, avergonzada de mi debilidad, escondí mi rostro en su pecho como si esa simple acción pudiera borrar la culpa de mis sentimientos. Sejano no era entonces para mí más que un instrumento de la ambición que constituía mi consuelo, un triste, desesperado y grotesco remedo de los hombres que amé y se fueron, un frágil desahogo ante la ausencia irreparable y dolorosa de Póstumo Agripa. O eso era al menos lo que yo constantemente me repetía. Sin duda Lucio Elio sabía demasiado bien como tratarme, qué decirme, como tocarme... pero ello no evitaba nunca que despertada el alba aún enredada en sus brazos de alivio y consuelo, la claridad cruel de la mañana borrara las inconsciencias y trampantojos de la luz nocturna y de nuevo me aborreciera a mí misma, y no soportara ver con mis propios ojos como otra vez el insondable abismo de las noches solitarias y frías y la cama vacían me habían empujado a que enormemente me rebajara. Sí, ¡sí!, le gritaba, le maldecía, le insultaba, le expulsaba, mientras él impasible se vestía y yo me juraba que nunca más sucedería. Después tan solo podía entregarme a las lágrimas y a un largo baño, pero todo era inútil: por más que frotara, por más que me enjabonara, por más tiempo que yo permaneciera en el agua o me lamentara, no podía dejar ya nunca de sentirme sucia y desgraciada. Sabía que Sejano conocía bien mis sentimientos, mi debate interno, y que no le importaban. Cuando el sol moría y la luna y las estrellas brillaban, siempre volvía a aceptarle en mi cama y él accedía con una sonrisa, como si nada hubiera sucedido en la mañana. Sin duda sabía muy bien que mis defensas agonizaban, que hace mucho tiempo ya que aquella muralla que con tanto cuidado edificara a sus pies se desplomara, y que tan solo faltaba que yo lo aceptara, que firmara una rendición prácticamente consumada como aceptación última de la derrota experimentara. Por más que me revolviera, por más que luchara, por más que me negara, por más que pretendiera huir... estaba atrapada. Y Lucio Elio era persistente, tenaz, no tenía prisa, le sobraba paciencia. Día a día escribía en mi rendición otras nuevas clausulas de cariño y atención buscando ablandar un poco más mi maltrecho y remendado corazón.
 Cuando en el interior de la cripta dejé que me cogiera de las manos, dejé que me sostuviera en mi tristeza, dejé que escuchara los fragmentos de mi alma retumbando con estrépito contra los costados lacerados de mi cuerpo, y que me guiara sumisa y ciega desde la oscuridad a la luz radiante de un atardecer encendido... supe que estaba irremediablemente perdida. ¿Qué importaban sus humildes orígenes? Me hacía sentir de nuevo viva y querida, aunque fuera solo una mentira, pero con la fuerza suficiente para empujarme a seguir andando. Al fin y al cabo nadie más que él había descendido a los infiernos de los muertos para buscarme y traerme de nuevo. ¡Nuevo Orfeo! La Eurídice que arrastras no es la misma mujer que descendió allí por primera vez hacia demasiado tiempo. La Livila de Cayo en nada se asemejaba a la Livila de Sejano; sin duda ambas se habrían aborrecido de conocerse. Esa noche, mientras descansaba sobre su pecho, saciada de placer y desconsuelo, me atreví a preguntarle por primera vez algo que no deseaba saber: ¿Qué quieres de mí? "Sólo estar aquí", afirmó mientras me cubría con una sábana y acariciaba con un dedo travieso mi espalda. Quise creerle. Y entonces, por primera vez tras noches de intensa lujuria, me habló. Me habló de él, de su familia, su infancia... se esforzó por demostrarme que no éramos tan distintos, que éramos en cierta manera iguales, y de como eso lo hacía para mí un compañero algo más aceptable. Sí, se esforzó por recordarme que nada menos que tres de los hermanos de su madre habían sido cónsules, que incluso uno de ellos había obtenido los honores del triunfo por suprimir la rebelión de Tacfarinas. Me dijo que si la gens Seia, de origen etrusco y estatuto ecuestre, me parecía demasiado desconocida y modesta, que no olvidara que los Elios, quienes le adoptaran, tenían una antigüedad de cuatro siglos sirviendo a los intereses de la República y el Imperio. No pude por menos que reírme para mis adentros: ¿aquel loco con total atrevimiento se estaba postulando como posible marido? Le dije con una sonrisa que la próxima vez se dejara los cargos en la puerta, pues las sábanas no eran lugar adecuado para hablar de las glorias de los antepasados. ¿Por qué no me hablaba mejor del niño Lucio Seyo, del hombre que fuera antes de convertirse en el todopoderoso prefecto? Me preguntó a su vez si yo mencionaría a la dulce Claudia Livia que en las Galias a su padre perdiera y que sin ser aún mujer ya a un marido despidiera. Negué de inmediato con la cabeza: con los años había aprendido que la información y los secretos son las más poderosas de todas las armas. Y a pesar de mi negativa, él con una sonrisa de añoranza regresó para mí a Volsinii, donde naciera, y a los brazos de su madre Cosconia Léntula. Le observé desde mi oscuridad fascinada y boquiabierta: ¿me ofrecía su corazón como prueba de su confianza o no era más que un triste calculado simulacro para convencerme de que me rindiera? Cerré los ojos perdida en los latidos de su corazón y su acompasada respiración. ¡Ansiaba tanto creerle! Deseaba un pilar en el que poder sostenerme. A la mañana siguiente, al despertarme, por primera vez no estaba en mi cama, y también por primera vez le eché de menos. Fuera, sonaban los primeros acordes del triunfo: Germánico regresaba a casa.

Fotografía 1: Aspecto actual del Mausoleo de Augusto
Fotografía 2: Reconstrucción del interior de un columbaria
Fotografía 3: "No me digas más que no", de Lawrence Alma-Tadema

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