viernes, 19 de junio de 2015

Yo, Claudia Livila (XXXI)

Las celebraciones del falso triunfo germano de mi hermano se prolongaron durante días, y todos sin duda pugnaron por llevar a cabo los costes más desorbitados y los más estrambóticos espectáculos en su afán por honrarlo. Mi propio marido Druso organizó en conmemoración de la inexistente gesta juegos gladiatorios cuando el enfervorecido entusiasmo por fin estaba declinando, juegos que sólo él hubo de disfrutarlos, mostrando una desorbitada afición a la sangre que a todos a su alrededor acabó repugnando y sólo contribuyó  a que el pueblo volviera a despreciarlo. Pues en la tribuna mi horrenda cuñada insistió en que Nerón y mi pequeña se sentaran juntos de nuevo; sin duda era consciente que la cena constituyó un fracaso y de que mi Julia, aún con delicadeza, sin pretender ninguna ofensa, no cesaba de rehuirlo y rechazarlo. Para la ocasión, Agripina había intentado instruir a su hijo mayor en el complejo arte de la seducción y la atención, ¡cenizas y necedades en una boca no acostumbrada a ellas que pronto quedaron al descubierto como ridículas falsedades! ya que con los primeros clamores y combates, los gladiadores y la sangre se revelaron para Nerón mucho más importantes que Julia y los sentimientos que alguna vez pudiera albergar por él en su pecho. Relegada y olvidada, quedó por ese ingrato malcriado mi niña toda la primera parte y ese niñato repugnante ni siquiera se dio cuenta ni pareció importarle cuando mi pequeña se retiró del anfiteatro durante el descanso, si no que incluso su ausencia pareció aliviarle. Aquel día tu insigne nieta cumplía trece años y ninguno miembro de su futura familia pareció acordarse de ese dato. Esa misma mañana me había mirado extraño cuando le había entregado, con una sonrisa y un beso, como regalos, delicados instrumentos de escritura desde las profundidades de Asia y varios rollos de la Biblioteca de Alejandría. Con fúnebre lengua me había preguntado sino consideraba más apropiado comenzar a reunir el ajuar de su matrimonio; le respondí que no debía preocuparse, pues hasta la boda aún habría de transcurrir tres años, enternecida y dolida al percibir como Julia con Nerón, al igual que yo con su padre, concebía el vestido de novia como una mortaja y el Himeneo como pesada lápida funeraria. Sabía que mis palabras no lograron sembrar en su ánimo consuelo alguno, pues ¿qué eran tres años de tregua en comparación con una vida eterna de condena? Y sin embargo, en tres años podían pasar muchas cosas y yo me estaba esforzando por lograrlo. De momento, ponía en táctica las artes que Livia, la vieja arpía, antaño me había enseñado y observaba y atesoraba mil informaciones como poderosas armas. No era Nerón quién me importaba, sino su hermano Druso quién me interesaba. Aunque habían nacido ambos de un mismo vientre y una misma semilla, Agripina trataba de forma muy diferentes a sus dos vástagos. Estaba claro cual de los dos consideraba mi cuñada que merecía por entero su amor: Nerón era su esperanza del Imperio, su gran e ilustre proyecto, la perspectiva de recuperar para la sangre de los Julios la dirección del reino... Druso, en cambio, no pasaba de simple segundón, sin perspectiva de fama ni gloria, destinado por siempre a arrastrarse en la sombra. Puede que, por su juventud, no fuera del todo consciente del papel patético por su madre asignado -aunque no dudaba que el despertar de su ambiciosa sangre juliana le llevaría a rechazarlo con desagrado-, pero si percibía la ínfima preocupación, la menor atención, el exiguo amor, que Agripina le reservaba, como si fueran los deshechos, las migajas, que Nerón ya no quería y que su madre para no desperdiciarlos en el segundo hijo rápidamente reaprovechaba antes de acudir de nuevo al lado de su primogénito. Parecía no haber aprendido nada de Agripa y Marcelo, de Póstumo y Tiberio. Me preguntaba hasta que punto el pequeño Druso estaba necesitado de cuidados y afecto, y pude saberlo cuando, con rápida caricia al pasar por su lado, obtuve de él de inmediato una mirada vidriosa de anhelo insatisfecho y febriles ruegos, un intento rápido de prolongar el gesto de afecto sosteniendo mi mano con fuerza entre sus dedos, y una triste sonrisa que suplicaba un beso o una palabra de amor y consuelo. Así pues, me dije con satisfacción mientras me sentaba a su lado, Agripina estaba sembrando entre sus descendientes hiel, envidia y cizaña, y ¡y no sabes madre hasta que punto la cosecha me interesaba! El rencor y la envidia de Druso por Nerón serían mi ariete, una brecha en la muralla de la horrible familia que ya el divino Augusto pretendiera aniquilarla. Sin duda no sería difícil conseguirlo, me dije a mi misma mientras rodeaba sus hombros y acariciaba su pelo: ni siquiera su padre Germánico parecía prestarle atención alguna.
Si bien, dada las circunstancias, era comprensible que la mente de mi hermano no tuviera sitio para ninguno de sus cinco hijos, puesto que ni siquiera estaba en los juegos, aunque siguiendo el sentir del populacho, que él idolatraba por ciegamente idolatrarlo, imitara distraído sus gritos y abucheos. Algo grave sin duda debía estar sucediendo para que no pudiera disfrutar del amor del pueblo por el que a su lado mantenía a Agripina y se arriesgaba a la ira del César; y aunque su esposa, desconcertada, revoloteaba a su alrededor curiosa y molesta intentado obtener respuestas, yo por el contrario sonreía con suficiencia. Sejano me había informado de todo esa mañana trazando en mi cama los caminos y bosques de Germania. Así pues, mientras mi marido le obligaba a asistir a aquellos juegos que no le importaban, en el Palatino se estaba decidiendo su destino, y no debió de resultarle tolerable ni fácil a mi tío Tibeiro soportar en la intimidad de su despacho los gritos enfervorecidos de "¡Germánico!", en que de continuo prorrumpía el populacho en honor de su héroe invicto, mientras en la soledad y por entero despreciado por esos pobres engañados, reclinado sobre el mapa de nuestras norteñas fronteras intentaba encontrar la forma de arreglar el desaguisado que dejara mi hermano en aquellas tierras. A mi regreso, y aún con mis ropas más caras, hube de dar inmediatas órdenes a los esclavos para que limpiaran y recogieran el destrozado despacho, mientras con suma paciencia en mi regazo vendaba y curaba las muy destrozadas manos del César. Sin embargo, a pesar de mi dedicación y de cómo la noticia afectaba a mi existencia, hube de esperar aún una hora a que mi marido Druso, su hijo, entrara atónito en la improvisada sala en guerra para conocer que el César Tiberio había decidido enviarle en calidad de general y comandante al Ilírico. Obvio que pretendía que Druso se acostumbrara a la vida militar y se ganara también él el afecto y la simpatía de los legionarios, a fin de minar la influencia y el prestigio que Germánico gozaba en el ejército, y argumentó para el nombramiento que los suevos pedían ayuda contra los queruscos de Arminio. La inmensa mayoría del Senado y el pueblo lo creyó simple y burdo pretexto pues consideraban que mi hermano había pacificado por completo Germania. ¿No se había celebrado un triunfo para por esa causa honrarlo?
Sin embargo, no debemos mentirnos a nosotros mismos aunque por nuestro bien les mintiéramos a ellos: la torpe y cobarde actuación de tu hijo en las fronteras del Norte no había para la gloria de Roma y nuestra familia recuperado la provincia germana por la que mi padre la sangre derramara, ni nos había devuelto las sagradas águilas, ni había vengado a los caídos en el bosque de Teotoburgo, ni había pacificado las tribus que al otro lado del Rin nos amenazaban, ni había conseguido botín alguno que paliara los enormes gastos de campaña, ¡ni había capturado ni aniquilado a Arminio, nuestro mayor enemigo!, sino por el contrario había asentado la libertad de los germanos y había entregado a los pueblos bárbaros nuevas fuerzas al creernos debilitados por no poder infringirlos el daño de los días de antaño y nos había convertido en motivo de mofa y burla junto a las hogueras de las aldeas extranjeras por nuestra pobre actuación y escasa capacidad de victoria y venganza. Por ello, no sólo los queruscos y sus aliados, los veteranos soldados de Arminio, tomaron las armas, sino que ahora también se unían a las fuerzas que nos desafiaban los semnones y los lombardos, así como los suevos de nuestro aliado el rey Maroboduo. Así pues, lejos de disminuir o eliminar la amenaza, la debilidad de Germánico la incrementara. Las fuerzas del enemigo habrían sido incluso superiores si Inguiomero, tío de Arminio, no hubiera huido con sus fieles y clientes a las filas del monarca suevo, al considerar de nuevo indigno obedecer las órdenes de su sobrino cuando en su propia cabeza asomaban las nieves de las altas montañas y cordilleras. Y aunque con los guerreros a sus órdenes hubiera podido sembrar el terror en las Galias, Arminio nunca se veía en su ambición saciado, y deseó también a los escasos hombres que permanecían leales a Maroboduo e Inguiomero, pensando que, si a su autoridad de no podía someterlos, al menos debería aniquilarlos para no permitir la existencia de enemigos y disidentes en tierras germanas. Sobra decir que, con la incapacidad de estrategia y organización de Inguiomero y la cobardía manifiesta de Maroboduo poca cosa podía hacerse contra Arminio y su fuerza arrolladora; así, cuando las alas derechas de ambos ejércitos fueron desbaratadas, y la Fortuna aún no había elegido porque bando decantarse, el suevo pensó primero en la supervivencia antes que en la victoria y la gloria, y se retiró de la batalla hacia el refugio de las colinas sellando así su propia derrota. Desde allí, de continuo mermado y por las continuas deserciones afectado, se retiró a las tierras de los marcomanos, desde donde solicitó ayuda a Tiberio y sus aliados romanos. Y aunque en un principio respondió mi tío que no podía invocar el socorro de las armas romanas contra los queruscos quién no había aportado ayuda alguna en el pasado contra el mismo enemigo, pronto se arrepintió y pensó que era la ocasión propicia de saciar a los manes de Quintilio Varo y las sombras de los hombres de aquellas tres legiones perecidas en Germania, más aún cuando, según los informes, la amenaza bárbara era aún mayor que en los días en que el divino Augusto se lamentaba por la perdida de sus hombres y provincia. Mi hermano, enterado del nombramiento y comprendiendo las oscuras intenciones de Tiberio de que Druso y no él tomara la gloria definitiva de la muerte de Arminio y su derrota, se postuló a pesar de todo como candidato para regresar a las fronteras del Norte con el fin de probar su valía que los nuevos acontecimientos ponían en duda, sin admitir sus errores, carencias y faltas, sino por el contrario argumentando su experiencia y conocimientos de aquellas tierras. El hecho de que mi hermano Germánico, puede que inconscientemente, se presentara como único posible salvador de la patria, no podía causar mayor desagrado en el ánimo de Tiberio y si antes no estaba dispuesto a concedérselo, a permitirle regresar con unas legiones que, sin causa justificada, le adoraban y suponían por ello para el César continua sospecha y advertencia, ahora le animaba además el afán de, con cierta dosis de humillación y de crueldad, obligarlo a aprender algo de modestia. Se mantuvo por tanto el nombramiento de Druso como comandante del Ilírico, para asentar la paz en Germania y mostrar a Roma la inutilidad de mi hermano. Para Germánico, añadió con sonrisa taimada, tenía otro destino pensado.

*Fotografías: "En el Coliseo", "Amante del arte romano" y "El discurso", de Lawrence Alma-Tadema

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