viernes, 20 de noviembre de 2015

Sobre reseñas y críticas: "Crueldad y Civilización: los Juegos Romanos"

Para esta segunda reseña en Los Fuegos de Vesta he escogido uno de esos muchos libros que, durante la facultad, alguien me impuso como lectura obligatoria -lo que no es en inicio, admitidlo, una buena presentación para ningún libro-, que abrí con bastante recelo y que, finalmente, a pesar de sus muchas carencias y de que no cumplió con todas mis expectativas -creo que tuve que leer tres o cuatro libros más sobre el mismo tema-, reconozco que disfruté como una niña. Hablo de Crueldad y Civilización: los Juegos Romanos, del historiador Roland Auguet, publicado en 1970. De tendencia positivista, la obra está plagada, pese a su brevedad -ocupa menos de 180 páginas-, de descripciones minuciosas y, en extremo, detalladas de todo tipo: armamento y técnicas de combate gladiatorio, el reclutamiento y entrenamiento, la organización del ludus, el cuidado de los caballos y de las cuadrigas, la morfología de los edificios de juegos, la forma de caza, la actitud del público, las distintas variedades de suplicio, etc. hasta caer en ocasiones en la pura y simple reconstrucción literaria. Si lo que buscas en una obra que te haga sentir como si estuvieras sentado en las gradas de un anfiteatro, viviendo en un ludus, o dando una vuelta por los subterráneos, éste es tu libro. Si buscas algo más complejo, tendrás que leer ésta y otra obra: Crueldad y Civilización es, en definitiva, una extensa concatenación de hechos muy concretos, que apenas son interpretados y que relegan a un segundo plano la realidad  social, política y económica en que se encuadran los juegos romanos, que sólo hallamos en referencias muy breves si las comparamos con las extensas reconstrucciones de los combates de gladiadores o del transcurso de una carrera en el circo. El libro tiene, además, otra grave carencia, que el mismo autor reconoce en el prólogo de la obra: no sólo se centra en los juegos del anfiteatro y del circo, dejando sin tratar ningún aspecto del teatro, el otro gran espectáculo de Roma, sino que ignora igualmente muchos otros aspectos, como cuales eras las fiestas que suponían la celebración de dichos espectáculos o su desarrollo posterior a Domiciano, excusándose en la brevedad con la que ha tenido que redactar su obra.

Dicha obra está dividida en ocho capítulos, tras una breve introducción donde el autor reflexiona sobre el sentido de la crueldad romana, que, aunque considera desmedida, no era gratuita, sino calculada, ya que la muerte de una persona, ya fuera esclavo, campesino o soldado, romano o enemigo, podía suponer pérdida de riqueza, y por tanto la crueldad solo podía responder a actos muy programados para tener sometidos a los pueblos conquistados o para contentar a una masa de población dedicada al ocio, que podía rebelarse en cualquier momento contra el poder establecido.

El primer capítulo está dedicado al desarrollo histórico de los juegos gladiatorios desde sus inicios como rito funerario importado de Etruria en el s. III a. C., hasta convertirse en un espectáculo para diversión de las masas desvirtuado ya su significado original; dentro de ese contexto, nos habla de su organización a lo largo del tiempo, que en inicio giraba en torno a dos personajes: el editor y el lanista; el primero era quién financiaba los juegos, primero aristócratas, hasta su monopolización por el emperador, pero siempre con los mismos fines: propaganda, publicidad y búsqueda del favor del pueblo; el lanista, por su parte, era el encargado del reclutamiento, entrenamiento y mantenimiento del gladiador, y, por tanto, era a él a quién se alquilaban los gladiadores Editor y lanista podían ser la misma persona tal como ocurre con el princeps en el Imperio, quién construirá ludi, o cuarteles de gladiadores en todas las provincias, situando al frente a un funcionario de origen equite, el procurador. El capítulo finaliza con una larga descripción del Coliseo.

El segundo capítulo gira en torno al desarrollo de los juegos, describiendo el desfile previo, el sorteo y el examen previo de las armas, la ejecución del gladiador derrotado, la retirada del cadáver…al tiempo que nos describe las distintos tipos de gladiadores mediante la reconstrucción literaria de los combates entre 2 de ellos: primero el tracio contra el hoplomachus, después el secutor contra el reciario…, y, en definitiva, de las quince variedades de gladiadores que han sido mal identificadas hasta ahora, junto a la mención de las categorías de las que sólo conocemos el nombre, de las variantes locales y las posibles subcategorías.

Con ello, nos muestra toda la lógica interna, y el desarrollo casi rutinario, de estos combates, donde nada quedaba al azar y todo estaba ya establecido de antemano. Finalmente, tras una nueva descripción de esos aspectos del anfiteatro no mencionados en el capítulo anterior, nos habla de los otros espectáculos dados en el anfiteatro, como naumaquias, ejecución de los condenados o venationes, que desarrollará de forma más extensa en otros capítulos. De hecho, ya en el capítulo tercero habla de este último.

La venatio o cacería de fieras, de las que se distinguen cuatro tipos: exhibición, cacería, ejecución y lucha de fieras. Era un tipo de espectáculo menos rígido, más predispuesto a la introducción de novedades, que los juegos gladiatorios. De su organización nos habla a lo largo de dos capítulos, tercero y cuatro, estando dedicado este último a la procedencia de los animales utilizados, y a las formas de caza, transporte, doma y cuidado de estos, mientras que el tercero describe el espectáculo en sí y todo lo concerniente al mismo: los lugares de celebración, los sistemas de seguridad, el personal implicado, posibles innovaciones. Como en el caso de los gladiadores, también es difícil distinguir las diferencias entre venatores, bestiarii y otros tipos de los que sólo conocemos el nombre El capítulo finaliza con una extensa y detallada descripción de todo lo concerniente a los condenados a las fieras, y con ello, de las persecuciones a los cristianos.

Con el capítulo quinto entramos en el mundo del circo. Como en los casos anteriores, es, nuevamente, una extensa y detallada descripción de la organización de las carreras, la morfología del edificio del circo, las facciones y su importancia, la relevancia de los caballos…con una destacada excepción: el capítulo quinto contiene los dos únicos epígrafes sobre aspectos religiosos y económicos relacionados con estos juegos de todo el libro, que en caso de los gladiadores quedaron reducidos a simples menciones, muy rápidas, sobre tres aspectos: su origen funerario, la frecuencia de las apuestas, y lo costoso de la realización del combate. Dichos epígrafes nos hablan de la relevancia económica de las facciones, que eran quienes poseían todo el monopolio de las carreras del cisco, y de todo el simbolismo que encerraba el edificio del circo como una posible representación del universo, así como el origen de las carreras como una forma de culto.

El capítulo quinto además desarrolla, junto al sexto, los aspectos sociales relativos a las carreras del circo y los juegos celebrados en el anfiteatro. Sin embargo, se centra únicamente en el fanatismo del público, el origen y consideración social de los gladiadores, los venatores o los aurigas, el destino miserable de estos, etc., pero centrándose principalmente en la anécdota, en aspectos sentimentales que puedan provocar bien el morbo o bien la lástima, sin intentar darles una mínima interpretación: nos habla muy extensamente de la pasión que sentían las mujeres por un gladiador, con varios ejemplos; también tenemos varios ejemplos de cómo el favor de los emperadores se convertía, a veces, en una condena; de los celos profesionales de los aurigas, con engañas durante la carrera que podían provocar la muerte del contrario….

Pero incluso esta pequeña relación de varios aspectos sociales vinculados a los juegos romanos queda, de nuevo, relegada a un segundo lugar frente a nuevas descripciones de aspectos no tratados en los capítulos anteriores, como el entrenamiento de gladiadores, venatores y aurigas y sus fases, la procedencia de estos, la morfología del ludus, condiciones para la liberación o el reclutamiento, o el entierro.

El libro finaliza con los capítulos séptimo y sexto, donde el autor se aparta de la temática general de esta obra para recoger, en el capítulo séptimo, las opiniones de los intelectuales romanos, cristianos o paganos, sobre los juegos gladiadores, así como para mencionar, por primera y última vez, la importancia política de dichos juegos, aunque sólo como plataforma para la expresión de opinión del pueblo o como forma de control de las masas, pero únicamente durante el imperio. El libro finaliza sumergiéndose en la mención, descripción e historia de los anfiteatros que aún se conservan en Francia.


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