jueves, 5 de noviembre de 2015

Sulpicia, la poetisa olvidada

Sulpicia, hija de Servio Sulpicio Rufo y de Valeria, hermana de Marco Valerio Mesala Corvino, es la única autora latina de literatura romana cuyos textos se han conservado hasta nuestros días. Huérfana de padre, su tío, Mesala, sería en adelante su tutor y protector, lo que aparentemente le permitió cierta emancipación, favorecida además por su condición socio-económica y política y la sólida formación proporcionada por su tío. Sulpicia fue pues lo que se ha denominado como docta puella: hija de una de las familias más poderosas e influyentes de Roma, en previsión de la labor que en un futuro habría de acometer en la instrucción de sus hijos, futuros ciudadanos, para los que tendría que ejercer como modelo de educación moral, fue preparada concienzudamente desde niña y educada en compañía de los varones en los ambientes más cultos y refinados, donde se les transmitía el conocimiento a través de la enseñanza y el ejemplo. Como figura destacada del prominente círculo literario de Mesala -el equivalente tardo-republicano al de Mecenas en época de Augusto-, amigo de Horacio y protector entre otros de Tibulo, Sulpicia estaría siempre rodeada de los poetas más vanguardistas de su época, que habían tomado como modelo la poética griega y componían sus propios versos, al tiempo que, de mano de maestros privados, aprendía gramática, griego, literatura, historia, literatura...A esa situación inmejorable para el desarrollo de la creación literaria se añadía, además, el hecho de que su familia ya se había dedicado con anterioridad a la poesía -en concreto, su padre y su abuelo materno-, así como la época extraordinaria en que la tocó vivir, calificada por muchos como el inicio del período dorado de las mujeres en Roma. Al progresivo cambio en la concepción que se tenía sobre las mismas y a la relevancia que, poco a poco, van alcanzando en la educación de su progenie, en la transmisión de valores, e incluso en la esfera pública, se unen algunos derechos conquistados. En este contexto de libertades más o menos amplias y educación cada vez más extensa, no es de extrañar por tanto la aparición de una mujer dedicada a las letras como Sulpicia -aunque no sería la única-: una mujer joven (la edad es difícil de determinar); instruida y muy culta, que aprendió a escribir versos (algo que requería mucho más que inspiración; precisaba de una enorme práctica dada la complejidad de la métrica latina y griega) y los utilizó para contar una historia de amor en primera persona y posiblemente veraz.

El llamado Ciclo de Sulpicia se ha preservado en el libro III del corpus de poemas del poeta Tibulo. Está compuesto de un grupo de poemas (13 al 18; es decir, tan sólo seis) a modo de epístolas literarias breves o epistulae amatoriae. El Corpus Tibellianum, contiene también otros cuatro poemas (8-12) de autor desconocido, que tienen a Sulpicia como tema y personaje principal. Por lo general, se considera que el Corpus Tibellianum fue publicado a partir de los "archivos" de Mesala, como obra recopilatoria de las principales composiciones realizadas en su círculo, siendo esto lo que ha permitido que la obra de Sulpicia -desconocemos si completa o solo parte de la misma- se haya conservado. Al estilo de los poetas elegíacos, la obra de Sulpicia es posiblemente autobiográfica, con una fuerte carga amorosa y casi erótica, centrada en un amante, objeto de adoración y pasión, oculto tras un nombre falso o seudónimo (como la Lesbia de Catulo o la Corinna de Ovidio); es este caso, Cerinthus. Se ha especulado que Cerinthus pudiera referirse al prometido de Sulpicia, o por contra, un hombre de extracción social y económica inferior, pero ahora por lo general se acepta que Cerinthus podría referirse al Cornuto del que habla Tíbulo en dos de sus elegías, probablemente, el aristócrata Cecilio Cornuto. En todo caso, Cerinthus está lejos de ser el esposo de Sulpicia en el momento en que ésta compone sus poemas; ello sin embargo no evita que la autora sienta por él una pasión arrolladora y ciega de la que, lejos de avergonzarse, se siente orgullosa, a pesar que de, en la época, cualquier relación fuera del matrimonio era para la mujer motivo de censura y castigo.

Al fin me llegó el amor, y es tal que ocultarlo por pudor
antes que desnudarlo a alguien, peor reputación me diera.
Citerea, vencida por los ruegos de mis Camenas, 
me lo trajo y lo colocó en mi regazo.
Cumplió sus promesas Venus; que cuente mis alegrías 
quien diga que no las tuvo nunca propias.
Yo no querría confiar nada a tablillas selladas
para que nadie antes que mi amor lo sepa, 
pero me encanta obrar contra la norma, fingir que el qué dirán
me importa: fuimos la una digna del otro, que digan eso.

Sin duda, la relación entre Sulpicia y Cerinthus no fue bien vista por Mesala, tío, tutor y protector de la autora, y el anciano intentó, aunque sin mucho éxito, al menos por parte de su sobrina, separar a los amantes. En uno de sus poemas, Sulpicia expresa como, contra su voluntad, Mesala la ha obligado a marchar al campo Arentino -hoy, Arezzo-, lejos de Roma, donde sin embargo permanece Cerinthus. Sin embargo, como en otros autores elegíacos, la ausencia está lejos de enfriar la pasión que Sulpicia siente por su amado, sino que, por el contrario, la hace más fuerte por la acción constante y dolorosa de la añoranza, el recuerdo, la impaciencia, la ausencia, y el deseo febril de reunirse de nuevo; cegada por ellos, Sulpicia se reafirma en su decisión de continuar con la relación, incluso sin el permiso de su tío Mesala. La estancia en el campo impedirá estar presente en el cumpleaños de Cerinthus, evento que -de tratarse Cerinthus del aristócrata Cecilio Cornuto-es curiosamente recogido también por Tibulo en su elegía II,2.




Aborrecible se acerca el cumpleaños, que en el fastidioso campo
triste tendré que pasar, y sin Cerinto.
¿Hay algo más grato que la ciudad? ¿Es apropiado para una chica
una casa de campo y el frío río del lugar de Arezzo?
Descansa de una vez, Mesala, preocupado por mí en demasía;
a veces, pariente, no son oportunos los viajes.
Me llevas, pero aquí dejo alma y sentidos
por mi propia decisión, aunque tú no lo permitas.

***

¿Sabes que el inoportuno viaje ya no preocupa a tu chica?
Ya no puedo estar en Roma en tu cumpleaños.
Celebremos los dos juntos el día de tu aniversario
que te viene por casualidad, cuando no lo esperabas



Sin embargo, Cerinthus no se muestra a la altura del amor desmedido de Sulpicia y, en su ausencia, entabla una relación con otra mujer que, para mayor agravio al orgullo de la autora, es de una extracción social y económica más baja que la autora y puede tratarse, incluso, de una prostituta -la toga era el tipo de vestimenta habitual en estas mujeres, aunque puede que también se refiera a que, de pronto, Cerinthus muestra interés por la política, además de por otras mujeres-. De pronto, Sulpicia agradece la preocupación de su tío Mesala de la que antes se quejaba amargamente y exhibe una total indiferencia, incluso desprecio, por la errónea elección de Cerinthus. No obstante, no es más que fingimiento, ya que sus palabras apenas pueden disimular el rencor, los celos y la furia que experimenta. Sulpicia, incapaz de olvidar a Cerinthus y de perdonar su traición, atormentada por la pérdida, acaba por contraer fiebre. Su antiguo amante la visitará en su lecho de enferma y Sulpicia, aunque quiere creer que dicha visita es la prueba de que él, a pesar de su infidelidad, la sigue amando, y que su regreso a su lado ha sido guiado por el deseo y no por la obligación ni la culta, finalmente acaba por resolver que, para Cerinthus, ella y su salud carecen ya de importancia.

Resulta curioso que te creas, tan seguro ya de mí,
que no voy a caer de repente como una tonta.
Sea tuya la preocupación por la toga y la pelleja que la lleva, 
cargada con su cesto, antes que Sulpicia, la hija de Servio.
Por mí se preocupan quienes tienen motivo máximo de desvelo
que no vaya a acostarme con un cualquiera.

***

¿Tienes, Cerinto, una devota preocupación por tu chica,
porque ahora la fiebre maltrata su cuerpo cansado?
¡Ay! yo no desearía librarme de la penosa enfermedad,
si no creyera que tú también lo quieres.
Pero, ¿de qué me valdría librarme de la enfermedad, si tú
     puedes sobrellevar mis males con corazón indiferente?

Sulpicia, sin embargo, se equivoca. El autor desconocido de la Elegía III, 10 del Corpus Tibellianum recoge también la enfermedad de la autora y la preocupación sincera y casi desesperada de Cerinthus: Depón tu miedo, Cerinthus -le recomienda-: un dios no hiere a los que aman. Tú, únicamente, ama siempre: tu muchacha está a salvo. No hay necesidad de llorar: más apropiado será usar de las lágrimas si alguna vez aquélla fuera más triste contigo. Pero ahora es toda tuya. Hay pues, esperanza para la reconciliación. No obstante, Sulpicia, aunque desea amar de nuevo a Cerinthus y se arrepiente de no ceder de forma inmediata a sus deseos, no puede negar que desconfía de él por lo sucedido y sospecha que la pasión que sintió por ella no es ya más que una tenue sombra de la que experimentó en el pasado. Estos mismos miedo los recoge también el autor desconocido poniendo en boca de Sulpicia los versos de la Elegía III, 11.




Para ti no sea yo, luz mía, un ansia tan ardiente
como parece que fui, hace algunos días;
si alguna falta cometí, tonta en mi exceso de juventud,
de la que confieso que me arrepiento más,
es haberte dejado solo ayer por la noche
deseando disimular su ardiente pasión
(Sulpicia, Elegía III, 18)

***
El día que te trajo a mí, Cerinthus, ése será para mí sagrado
y habrá de contarse siempre entre los festivos.
Al nacer tú, las Parcas vaticinaron una nueva esclavitud 
para las muchachas y te entregaron altivos reinos.
Me abraso yo antes que otras; me agrada abrasarme, Cerinthus,
si una mutua pasión te asiste debido a mí.
Que haya un amor correspondido, lo pido por tus dulcísimos hurtos,
por tus ojos y por tu Genio.
Quédate, Genio, recibe de buen grado los inciensos y favorece mis votos
si alguna vez aquel se abrasa cuando piensa en mí.
Pero si por casualidad ahora suspira ya por otros amores, 
entonces te pido, venerable, que abandones tus infieles altares.
Y tú no seas injusta, Venus: o que uno y otro, encandenados,
te sirvamos por igual o afloja mis cadenas, o mejor, 
que uno y otro estemos atados por sólida cadena 
y que ningún día después de éste pueda desatarla.
(Autor desconocido, Elegía, III, 11)

Aquí finaliza la obra literaria de Sulpicia, al menos la que se ha conservado. Nunca sabremos si la reconciliación entre ambos amantes llegó a producirse o si la autora recuperó el amor y la felicidad de los primeros días de su relación. Otra pregunta además queda en el aire: si Cerinthus era, como se sospecha, el aristócrata Cecilio Cornuto y, por tanto, era de igual posición social que Sulpicia, ¿por qué el matrimonio no se produjo? ¿Por qué se contentaron tan sólo con ser amantes? Es Tibulo quién nos da la respuesta en la ya mencionada Elegía II,2, y nos revela además porque Mesala se oponía de forma tan encarnizada a la relación de su sobrina: Cerinthus ya estaba casado. El propio Tíbulo, con ocasión del cumpleaños de su amigo, le dice: Desearás, me imagino, el amor fiel de tu esposa. Creo que los dioses lo han decretado ya. Lo preferirás a todos los campos que por el mundo entero un fuerte labrados pueda arar con buey robusto y a todas las perlas que se crían en las Indias felices, por donde enrojece la ola del mar de Oriente. Tus deseos se cumplen: ojalá vuele Amor con sus alas resonantes y a vuestro matrimonio traiga cadenas de oro: cadenas que duren siempre, hasta que la lenta vejez marque arrugas y encanezca los cabellos. 


"Ojalá vuele Amor con sus alas resonantes y a vuestro matrimonio traiga cadenas de oro...". Cornuto por tanto, no parece ser feliz en su matrimonio y no ama a su esposa. Sin embargo, Tibulo le desea que un día llegue a preferirla "a todos los campos que por el mundo entero un fuerte labrados pueda arar con buey robusto"... los campos, justo el lugar donde Sulpicia se encuentra arrastrada por su tío Mesala... ¿Sabía Tibulo de la relación de su amigo con la sobrina de su protector? ¿Hasta que punto era esa relación de dominio público? De ser así, Tibulo, como Mesala, parece no estar de acuerdo con ella, puesto que desea a Cornuto que las cadenas que le unen a su esposa, "duren siempre, hasta que la lenta vejez marque arrugas y encanezca los cabellos". ¿Sería su propia esposa la mujer por la que Cerinthus abandona a Sulpicia, tal como la poetisa se queja amargamente a su regreso a Roma? Sin embargo, en la Elegía III, 12, el autor desconocido ruega a Juno que permita a Sulpicia unirse en matrimonio con su Cerinthus y que él pueda verlos casados en el próximo cumpleaños de éste. ¿Estaba entonces Cerinthus soltero? ¿Es este cumpleaños esperado por el autor desconocido con ansia el que celebra Tibulo en sus versos? ¿Fue finalmente Sulpicia la esposa de su amado y Tibulo se limita a celebrar la futura dicha de su amigo, rogándole no cometa los errores del pasado?

Lo cierto es que es imposible saberlo: la pasión arrolladora, la adoración que el autor siente por su amante y la entrega ciega, la separación, el abandono, la infidelidad y la traición, la esperanza con todo en la reconciliación, el posterior reencuentro de los amantes y la permanencia a pesar de ello del rencor y de cierta desconfianza...son temas comunes en los poetas elegíacos como Tibulo o Propercio y sin duda Sulpicia bebe de esa tradición al escribir sus versos, donde nos muestra una preocupación formal clara y un amplio dominio de la técnica, muy lejos de la espontaneidad y sencillez que los primeros estudiosos de su obra le atribuían. ¿Es pues su obra autobiográfica o una recopilación de temas comunes en la Elegía romana? Sea cual sea la opción correcta, es de destacar la valentía de Sulpicia, que se atreve a proclamar libremente y sin vergüenza un amor prohibido para una mujer, aún más para una de su condición social, política y económica, para quién los lazos afectivos debían limitarse al matrimonio y la familia.

*Fotografía 1 y 2: La denominada "Safo" y "Retrato de Paquio Próculo y su esposa", frescos localizados en las excavaciones de Pompeya.
*Resto: Detalle de "Leyendo a Homero", "El poeta favorito". "Confidencias" y "Promesa de Primavera", de Lawrence Alma-Tadema


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