viernes, 13 de noviembre de 2015

Yo, Claudia Livila (XXXIV)

Los días se sucedían, las semanas acababan, los meses agonizaban, y el empeño de Tiberio no moría, sino que se acrecentaba. Uno a uno, partidarios y amigos de Germánico y Agripina -¡infausta boda!-, de una y otra manera sin césar caían, como preludio trágico del ineludible ataque final que solo busca minar las defensas antes de saltar la fortaleza, y por más que me empeñaba, y desesperaba, en hacer ver a mi hermano el peligro que le acechaba y le incitaba sino ya al ataque -inconcebible para su alma fiel al mismo sistema que su desgracia de continuo reclamaba-, si al menos a la defensa, Germánico no me escuchaba, y con su inútil inocencia, su absurda ingenuidad, y esa inmensa ignorancia de toda naturaleza humana con los años tan solo engrandecida -que de ti, madre, funestamente heredara-, se empecinaba siempre en creer que las razones de nuestro César para actuar eran justas, y las condenas, en lugar de amañadas, estaban por la ley respaldadas y eran la normal consecuencia de la perfidia y el crimen de los que antaño él mismo llamara fieles amigos y acogiera en su casa. Jamás meditó ni fue consciente de la cruel astucia, la arraigada envidia, el descarado desprecio y la venganza desmedida del hombre que a regañadientes, por imposición de Augusto, le adoptara, y que en él nunca viera al hijo adoptivo o al sobrino, carne de la carne del hermano amado, sino tan solo al mayor enemigo. Yo misma, madre, soy un ejemplo de lo que en su alma, sencilla y en exceso simple, sucedía: ¡cuántas veces me recibió con un abrazo en sus habitaciones privadas, rodeado de sus hijos, y me sonreía, con atención me escuchaba, y por mí se angustiaba, cuando yo aún llevaba en mi cuerpo los sucios besos y las caricias prohibidas de Sejano, el hombre que minaba de continuo su poder, posición y fuerza, y perseguía a sus aliados!...Si, era yo una farsa, una mal disimulada patraña, una continua contradicción en si misma, dos Livilas enfrentadas. Enloquecida por salvar al hombre, desesperada por lograr ya su caída. Desde mi posición privilegiada y protegida, observaba con terror y con deleite los errores que cometía, las mentiras que creía, los ataques que recibía, las heridas inflingidas, las alianzas perdidas. Aún creía, aunque cada vez menos, que de alguna forma le protegería, y como Lucio para Cayo, a la autoridad de Druso su debilidad creciente le sometería... y Druso, a su vez, a la mía. Yo gobernaría. A parte de mi ambición, mi codicia, mi amante y mi hija, ¿qué tenía? Confiaban que los hilos que yo sostenía su cabeza no cercenarían. O al menos quería creer que así sería. En cuando a Sejano, no me engañaba. Yo era un medio para un fin. Él también lo era para mí; o al menos eso ansiaba creer también. Me repetía que lo expulsaría de mi vida cuando de nada me sirviera; y sin embargo, poco a poco, como deseaba, se convirtió en el último eslabón de la cadena, tan solo por debajo del César.
Tras Libón Druso (ver Entrega XXXIII de Claudia Livila), le llegó el turno a Marco Hortalo. Joven de reconocida pobreza, nieto del orador Hortensio, a quién el divino Augusto, regalándole un millón de sestercios, había inducido a tomar esposa y tener descendencia para que su familia no se extinguiera, había caído de nuevo en la indigencia. Así pues, estando sus cuatro hijos varones de pie, miserables, en el umbral de la Curia, mirando unas veces la estatua de Hortensio entre los oradores y otras la de Augusto, solicitó en nombre de sus hijos, a quién, decía, engendrara, sólo por consejo del César y para que sus antepasados gozaran de descendencia, solicitó nuevo dinero, reconociendo en público -no existe quizás mayor vergüenza- su incapacidad para lograr fortuna, favor popular, cargos y hasta elocuencia. y argumentando que tan solo buscaba proteger a su familia de la humillación de la pobreza. El Senado reaccionó favorablemente a su petición, pero Tiberio, cuyo último deseos era dotar de medios a los partidarios de Germánico para las rebeliones que se gestaban solo en su cabeza, se negó argumentando que si todos los pobres recibieran dinero para sus hijos la república romana se arruinaría, debilitando la laboriosidad y alimentando la ociosidad y pobreza. No obstante, el recuerdo reciente del juicio y suicidio de Libón Druso y ante la desaprobación silenciosa de los senadores, cuyo favor desesperado siempre buscara, Tiberio acabó por acceder a entregar doscientos mil sestercios a cada hijo varón de Hortalo, lo suficiente -bien lo sabes- para que poco después cayeran de nuevo en la miseria... Aún así gozó el desgraciado de mejor fortuna que Vividio Varrón, Mario Nepote, Apio Apiano, Cornelio Sula y Quinto Vitelio, a quienes Tiberio expulsó del Senado o bien permitió, en un gesto de suprema clemencia, que lo abandonaran voluntarios, escudándose en sus derroches y en que se habían empobrecido por sus infamias... ¿Y quién no recuerda a Crético Silano? Unido por afinidad a Germánico, pues su hija estaba prometida con Druso, el segundo de mis sobrinos, le fue arrebatado el gobierno de Siria para entregárselo a Gneo Calpurnio Pisón, uno de los mayores aduladores que el mundo conociera... Más aterrada me dejó el caso de Apuleya Varilia. Prima segunda mía como nieta de aquella otra Octavia, hermanastra del divino Augusto, y amiga cercana de Agripina, un delator -de los tantos que por la ciudad se multiplicaban en esos días- la acusó de lesa majestad porque, según él, se había burlado del divino Augusto, de Tiberio y de Livia con palabras injuriosas en una cena -¿cuál? No sabía-, y además vivía en constante adulterio, a pesar de ser pariente del César. Tiberio pidió que se investigara la acusación de lesa majestad, aunque exigió que nada de lo dicho contra él o su madre figurara en la instrucción de la causa y sólo se analizara lo dicho contra el divino Augusto. Con tan pobres bases de investigación -por no decir absurdas-, la acusación fue desestimada, pero no desistió el César de perseguir a Apuleya, y basándose en la acusación de adulterio, la desterró lejos de su familia a doscientas millas de Roma, expulsando a su amante Manlio de Italia y África. ¿Sería ese mi destino si se me descubría? Había visto el fin de mi amada tía y mi añorada Julila como para no temerlo... Hubiera sido preferible a esto... La lista es aún más larga. Pero no insisto en ello... Mi tiempo se acaba... La memoria me falla...

*Fotografía 1: Estudio para cabeza de mujer joven, de John William Waterhouse
*Fotografía 2: Detalle de "Mi poeta favorito", de Lawrence Alma-Tadema





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