jueves, 26 de noviembre de 2015

Creúsa y Dido: prototipos de mujer en la Eneida de Virgilio

Tras el artículo dedicado a la poetisa Sulpicia y su obra, la única escrita por una mujer romana que se ha conservado desde la Antigüedad (ver Sulpicia, la poetisa olvidada), en Los Fuegos de Vesta queremos seguir estudiando la relación entre mujer y literatura latina, y para ello nada mejor que uno de sus autores más representativos, Virgilio, y su gran epopeya del pueblo romano, la Eneida. Con la llegada de las reformas morales promovidas por Augusto1, la Eneida2, concebida en el inicio para legitimar la lenta pero inexorable acumulación de poder por parte de la familia Julia, se convirtió, al mismo tiempo, en el vehículo perfecto para la instrucción moral y la propaganda del nuevo régimen mediante el empleo de las leyendas relacionadas con la fundación de Roma y su perfecta adecuación a los principios morales que propugnaba Augusto; de ellos, nos interesa los aplicados a la matrona romana, que podemos rastrear en dos de los personajes femeninos del poema, ambos relacionados con un mismo hombre, Eneas: Creúsa y Dido.
En Creusa3 se constata el sacrificio de la esposa, y la supeditación de sus intereses individuales a las necesidades colectivas de la ciudad y el Estado. En la desesperada huida de una Troya conquistada, saqueada e incendiada por los aqueos, Eneas, la encarnación de la uirtus y de la pietas, enfrascado en la salvación de su padre, los dioses del hogar y su hijo Ascanio de la destrucción y la muerte, pierde, sin embargo, a su esposa Creúsa en medio del caos4. La escena es, sin duda, una clara manifestación de las preferencias de Eneas: mientras que se muestra incapaz de renunciar a sus antepasados, dioses y descendencia, puede prescindir en cambio, aunque inconscientemente, de su esposa, un elemento ajeno a su familia incorporada solamente a la misma mediante el matrimonio.
Con todo Virgilio, a pesar del “descuido” del héroe, introduce ciertas emociones en Eneas en el relato-tales como su dolor o los riesgos que corre para intentar encontrarla5-pero no dejan de ser una nueva manifestación de la pietas del héroe, no de sus sentimientos por Creúsa. Al haber salvado a su padre Anquises, a su hijo Ascanio y todos los dioses del hogar, Eneas ha demostrado su respeto y su devoción por la familia, la religión y el Estado, cuya salvaguarda reside, de hecho, en el culto y la salvación de las imágenes rituales y en la perpetuación, a través de su hijo, de una estirpe sagrada llamada a fundar Roma. Y Creúsa lo sabe:
“Mientras yo la buscaba -relata Eneas a Dido-, registrando sin cesar las casas de la ciudad, apareció ante mis ojos un desventurado fantasma, la sombra de la propia Creúsa (…); me dirigió entonces estas palabras, desvaneciendo con ellas mis afanes: “¿Por qué te entregas a este insensato dolor, mi dulce esposo? Dispuesto estaba ya por la voluntad de los dioses lo que hoy nos sucede: ellos no desean que te lleves de Troya a Creúsa de compañera; no lo consiente el Soberano del Supremo Olimpo. Largos destierros te están destinados y largas navegaciones por el vasto mar; llegarán, en fin, a la región Hesperia, donde el lido Tíber fluye (…)Allí te estarán reservados reinos prósperos, un reino y una regia consorte; no llores más a tu amada Creúsa”6
Creúsa no se entrega a la impotentia muliebris, no muestra en consecuencia falta de fortaleza para soportar sus desgracias -su muerte, la destrucción de Troya, la próxima boda de Eneas-cayendo en reacciones tan “femeninas” como el lamento o las lágrimas. Al contrario, cuando se aparece ante el héroe, domina y subordina sus sentimientos a esa alta misión a la que Eneas está llamado, incluso le amonesta por olvidar su dignitas y su gravitas ante el dolor de su repentina pérdida, pues, aunque Creúsa no interpreta en ningún momento un papel activo en la toma de decisiones, experimenta esos mismos sentimientos patrióticos que Eneas y el resto de los troyanos.
Encarna Creúsa así, en su breve aparición en el Libro II de la Eneida, muchos de las virtudes que se esperan en una matrona romana-tales como la sumisión, la obediencia, la pietas, la pasividad o la pudicitia-, favorecida sin duda por su condición de esposa uniuira, que solo ha estado casada en una ocasión. De hecho, es muy frecuente que los personajes literarios que encarnaban los ideales femeninos solamente hubieran contraído un único matrimonio, como por ejemplo, Lucrecia o las Sabinas. Caso paradigmático de la importancia dada a esta situación, lo constituye, continuando con Virgilio, el caso de Dido7.
8. El nuevo asentamiento fenicio se encuentra aún en febril construcción cuando una terrible tormenta arroja a las costas africanas las naves troyanas en las que viajaban Eneas, su hijo y sus compañeros, los cuales serán acogidos sin reservas por el pueblo cartaginés y una cordial y atenta reina Dido.
Esta reina, de origen fenicio, ha huido de su patria temiendo por su vida tras que su hermano Pigmalión, rey de Tiro, asesinara a su amado marido Siqueo, a quién ella ha jurado fidelidad incluso después de su muerte; ahora, en las costas de Numidia, ha fundado una nueva ciudad, Cartago, para dar acogida, y un nuevo hogar, a cuantos escaparon con ella de la crueldad y tiranía de Pigmalión
Dido y Eneas por tanto han conocido un destino similar: la pérdida del ser amado, la huida y nostalgia de la patria, el liderazgo de un pueblo perseguido y desesperado en búsqueda de una tierra nueva, el peligroso viaje hacia Occidente, y al final la fundación precaria de una ciudad en medio de una región hostil, extranjera y bárbara. Esa situación unida a la notoria función gobernante de Dido, para la cual debe adquirir actitudes y comportamientos masculinos, los convierte en iguales, situación que, en lugar de favorecer la relación, la perturba, pues el dominio y la superioridad le deberían corresponder a Eneas, mientras la pasividad y sumisión habrían de haber sido para Dido:
“(...) llega al templo la reina Dido, hermosa y rodeada de una numerosa comitiva de los jóvenes(…)circulaba satisfecha por medio de los suyos, alentando las obras, la grandeza futura del reino. Entonces, en los umbrales de la diosa, rodeada de sus guerreros se sentó en un alto solio, desde donde dictaba sentencias y leyes a su pueblo, y ajustaba por partes iguales o bien sacaba en suerte las tareas de las obras”9
Sin embargo, aunque la reina deba “masculinizarse” para poder participar en la vida pública, típica del varón, en la intimidad, amparada en el interior de su esfera privada, típicamente femenina, no deja de ser Dido, es decir, una simple mujer, y como tal está sujeta, al contrario que un hombre, a los vaivenes propios de su impotentia muliebris: la debilidad moral y de carácter, la incapacidad de controlar sus pasiones, la inconstancia en los afectos, y la impotencia para discernir entre lo bueno y lo malo. Dido, sin duda, sabe que la pasión que comienza a experimentar por Eneas es consecuencia de dicha impotentia, que la misma es contraria a su condición de viuda y uniuira, y que, de rendirse a ella, violenta la fides, la castitas y la pietas debidas al marido asesinado, perdiendo así, además, el pudor que le es propio como matrona, por lo que trata ferozmente de resistirse:
“¡Ana, hermana mía!, ¿qué pesadillas son las que me angustian y me aterran? ¡Qué distinto es a todos este huésped que entró a nuestra casa! (…) Si no permaneciera siempre clavado en mi corazón el firme e inquebrantable propósito de no unirme a hombre alguno con un conyugal lazo desde que mi primer amor me dejó frustrada, al burlarse de mí con su cruel muerte, si no me inspirasen un invencible hastío el tálamo y las telas nupciales, acaso sucumbiría a esta flaqueza. Te lo confieso, hermana: desde la muerte de mi desventurado esposo Siqueo (...)éste es el único que ha alterado mis sentimientos y hecho perturbar mi conturbado espíritu; reconozco los síntomas de una antigua pasión; pero prefiero que las profundidades de la tierra se abran debajo de mis pies, o que el Padre omnipotente me lance con sus rayos a la mansión de las sombras (…)antes de que yo, ¡oh, Pudor!, te viole o infrinja tus leyes. Aquel que me unió a sí el primero, aquel que se llevó mi amor: téngalo siempre consigo y guárdelo en el sepulcro”10
Con todo, a pesar de su papel público como gobernante, Dido no es un hombre y se halla por lo tanto desprovista de uirtus con lo que, arrastrada finalmente por la impotentia, cede por completo a sus deseos, y se une a Eneas dentro de una cueva, en el transcurso de una cacería interrumpida por una repentina tormenta11. Las circunstancias de este encuentro -la cueva, la cacería interrumpida, la tormenta súbita, insospechada-remiten claramente a esa concepción de “animalidad femenina” que percibía a la mujer como un “animal indómito”, no sometido, desbocado, enloquecido, desvergonzado, dominado por sus pasiones e incapaz del más leve de los raciocinios, lo que convierte a la mujer en propensa al desenfreno y libertinaje, y poco inclinada a la contención, la virtud, la moderación y la moralidad. El mismo Virgilio reconocerá que, en Dido, “el cuidado de su reputación no bastaba para contener su loca pasión”12, y que enamorada de Eneas “en nada le importaban las apariencias y su buen nombre”13.

Dido se ha despojado por tanto de todas las cualidades y virtudes propias de su condición de reina y matrona uniuira y se ha rendido ante su verdadera naturaleza, la cual únicamente hubiera podido ser reducida y reprimida “por la costumbre o las leyes” Ahora bien, la preeminencia de Dido en Cartago se debe, precisamente, a la ausencia de un pariente masculino que hubiera podido servirle de contención y de freno, ya que su hermano Pigmalión aún permanece en Tiro y su padre y su marido han muerto. Es esta falta de “tutela masculina”, lo que ha abocado a Dido, en última instancia, al “origen de su muerte (…)y el principio de sus desgracias”14
El encuentro en la cueva tiene un significado distinto para ambos: Dido, incapaz de dominar sus sentimientos por su doble condición de mujer y enamorada, juzga su unión como matrimonio ya que “con ese nombre pretende disfrazar su culpa”15; en el caso del héroe Eneas no está tan claro: en ningún momento hace promesas de boda16, ni parece experimentar por la reina otro sentimiento que no sea gratitud17: simplemente parece que se deja querer. Con su actitud Eneas trata a Dido como si fuera una cortesana y, al hacerlo, degrada, envilece y humilla irremediablemente la condición de la reina, lo que, unido a su condición de extranjera, impide la boda que ella espera. Esa incapacidad de Dido para convertirse en esposa nos la muestra Virgilio desde el principio de su obra de una manera ciertamente sutil: nunca la presenta ni hilando ni tejiendo.
Finalmente, cuando los intereses del Estado y los deseos de los dioses se imponen y el héroe no puede postergar por más tiempo el cumplimiento del destino elegido por él, Eneas, como hiciera ya en Troya con Creúsa, supeditará de nuevo sus necesidades y aspiraciones a las de la comunidad y la divinidad, y, tras escaso titubeo, abandona a su compañera18. Pero Dido no es su esposa legítima, y lo demuestra al ser incapaz de controlar sus pasiones ante la inminente separación: dará continuas muestras de debilidad moral, llorando, suplicando, gimiendo, lamentándose, cubriendo a su amante de todo tipo de reproches, acusaciones, maldiciones e insultos; se niega además a resignarse ante la nueva situación, a someterse a la decisión del varón, y hasta a obedecer la voluntad de los dioses, si no que, al contrario, pretende continuamente retener a Eneas a su lado, lo que le impediría cumplir a él con sus obligaciones y deberes; Dido, al contrario que Creúsa, no se echa discretamente a un lado y, en el culmen de su dolor y su furia, llegará a recorrer la ciudad como una bacante19
La escena supone la degradación de la reina: despojada de su atuendo de uirtus masculina ha descuidado su responsabilidad de gobernar la ciudad y ha caído en el mayor delirios femeninos que la llevan a enloquecer: como mujer ha regresado a la animalidad primigenia, como gobernante se ha sumido en la barbarie. Solo entonces Dido parece comprender el envilecimiento que ha sufrido toda su persona: ha sacrificado su pudor, su pudicitia, su castitas, su pietas, su fides, en fin, todos y cada uno de los valores inherentes a la matrona, por una unión ilegítima que traiciona los juramentos que en su día realizó a su verdadero marido Siqueo20 Ya no es una respetable viuda uniuira; es poco más que una cortesana. A Dido ya solo le queda, como forma de expiar su culpa, una muerte honrosa, y, por ello, toma la decisión de suicidarse21. Esta es la única forma de recuperar su pudor perdido22. Esta acción efectivamente la redime, y podemos verla, cuando Eneas desciende a los Infiernos, en la compañía de su marido Siqueo23. La decisión de Dido de no permanecer fiel a su marido-preservando su condición de uniuira-no solo tiene consecuencias en lo personal sino que desencadena multitud de males para su recién fundada ciudad: habiendo con anterioridad a Eneas rechazado a otros hombres, a los dirigentes de los nómadas, gétulos y númidas, es decir, de los pueblos asentados en el entorno de su reino, la elección del héroe como su “esposo” provocará que los pretendientes rechazados, indignados, la declaren la guerra24 amenazando con eso la supervivencia de su recién fundado Estado; su suicidio será además la causa del odio eterno entre Cartago y Roma25, que tendrá como consecuencia la destrucción de la primera siglos más tarde, ya en el período histórico.
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*Fotografía 1: "Eneas y su padre huyen de Troya", de Simon Vouet
*Fotografía 2: "El fantasma de Creúsa", Bartolommeo Pinelli
*Fotografía 3: "Cupido, disfrazado de Ascanio, es presentado a Dido", autor anónimo
*Fotografía 4: Detalle de "Dido y Eneas", de Guido Reni
*Fotografía 5: "La muerte de Dido", de Andrea Sacchi
*Fotografía 6: "La muerte de Dido", de Joseph Stallaert
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1 Si bien la reproducción de los ciudadanos fue siempre un tema de preocupación para el Estado romano, éste no intervino en la vida privada de manera activa hasta la promulgación de dos leyes de Augusto: Lex Iulia de maritandis ordinibus y Lex Papia Poppea (18 a.C.), las cuales exigían el matrimonio y la fecundidad de los miembros de los estratos superiores de la sociedad y sancionaban su resistencia con incapacidades para heredar. Una tercera ley, Lex Iulia de adulteriis coercendis (9 d.C.), estimulaba a contraer uniones legítimas y obligaba al Estado a que se hiciera cargo del control de la fidelidad de las matronas. Para este tema, ver McGIN, T: Prostitution, Sexuality and the Law in Ancient Rome, Oxford, 1998, cap. 5 y 6; y EDWARDS, C: The politics of Inmorality in Ancient Rome, Cambridge, 1993, cap. 1
2 Ver MORENO, J: “La mujer en la Eneida”, Simposio Virgiliano: commemorativo del Bimilenario de la muerte de Virgilio, 1984, 395-404
3 RIVOLTELLA, M.: “La morte di Creusa e Didone dell´Eneide de il motivo del “seguito amoroso”, Aevum: Rassegna di scienze storiche linguistiche e filologiche, Anno 76, nº 1, 81-100; GÓNZALEZ DELGADO, R: “Virgilio y las heroínas griegas: paralelismos en la construcción de dos figuras míticas: Eurídice y Creúsa”, Emerita, Vol. 71, nº 2, 2003, 245-258
4 VIRGILIO, Aen., II, 738-741
5 VIRGILIO, op.cit. II, 746-771
6 VIRGILIO, op.cit. II, 771-787
7 HERNÁNDEZ VISTA, E: “Ana y la pasión de Dido en el libro IV de la Eneida”, Estudios clásicos, Tomo 10, nº 47, 1966, 1-30; SOLER MERENCIANO, A: “En torno a la psicología de Dido”, en Rodríguez Adrados, F. (coord.): IX Congreso Español de Estudios Clásicos: Madrid, 27 al 30 de septiembre de 1995, Vol. 5, 1995, 187-191; SENES RODRÍGUEZ, G: “Consideraciones sobre la caracterización de Dido en Virgilio”, Analecta malacitana, Vol. 20, nº 1, 1997, 133-148; LA FICO GUZZO, M.L: “Estatismo y movimiento, orden cósmico y desequilibrio en el Libro IV de la Eneida”, Minerva, nº 14, 2000, 61-70; PETIT, A: “Dido dans le “Roman d´Enéas”, Bien dire et bien aprandre, nº 24, 2006, 121-140
8 VIRGILIO, Aen., I, 341-371
9 VIRGILIO, op.cit., I, 494-508
10 VIRGILIO, op.cit. IV, 10-35
11 VIRGILIO, op.cit. IV, 150-169
12 VIRGILIO, op.cit. IV, 91-92
13 VIRGILIO, op.cit. IV, 171-172
14 VIRGILIO, op.cit. IV, 170-171
15 VIRGILIO, op.cit., IV, 173-174
16 De hecho, en la despedida, Eneas, enfrentado a las encendidas acusaciones de la reina, le recuerda a Dido: “nunca pensé en encender aquí las teas del himeneo ni te di palabra de esposo”,VIRGILIO, op.cit. IV, 340-341
17 “Jamás negaré, ¡oh, reina!, que soy deudor tuyo de todos los favores que con tus palabras quieras recordarme”, llega a admitir Eneas, VIRGILIO, op.cit., IV, 336-337
18 VIRGILIO, op.cit., IV, 391-398
19 VIRGILIO, op.cit. IV, 298-302
20 “Tras ser privada del lecho nupcial, no me han permitido los dioses llevar, como lo hacen las fieras, una vida sin reproche, ni disfrutar sin que fuera delito de un tan apasionado amor. ¡No he guardado la fidelidad prometida a las cenizas de Siqueo!”, VIRGILIO, op.cit., 549-553
21 VIRGILIO, op.cit. IV, 651-706
22 OVIDIO, Her. V, 103-104; VIRGILIO, Aen. IV, 24-27
23 VIRGILIO, Aen., VI, 449-475
24 VIRGILIO, op.cit. IV, 319-327

25 VIRGILIO, op.cit. IV, 622-632

3 comentarios:

  1. Muy buen artículo, Laura. Si algo odiaba y temían los romanos era la pasión amorosa. Un abrazo,

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  2. Sí, me gusta el relato y la interpretación. Enhorabuena.

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