sábado, 1 de febrero de 2014

Yo, Claudia Livila (III)

Un inmenso sol reinaba desde su hoguera de sangre y cobre sobre los calcinados perfiles de tierras abandonadas y ciudades añejas. Toda Italia había acudido a la ciudad de Roma con motivo de tan augustas exequias, y aún desconcertada, incrédula, sorprendida, en cierta medida temerosa, quizás apenada, desbordaba las reales murallas y extendía como una infinita enredadera humana por calles y plazas, pórticos, columnas, estatuas, cornisas, tejados y escalinatas en el respetuoso, sepulcral e inmenso silencio que acompaña siempre a los muertos y señala un cambio de era con el mudo batir de alas de un águila, en el despejado cielo de una enrojecida tarde que se acaba. En Roma... no ¡en toda Italia!... tan solo se escuchaba en el eco y en el viento la potente voz de mi marido Druso, que con afectación fingida pronunciaba la honra fúnebre del muerto, reinando sobre la multitud desde la Rostra, rodeado de monumentos de mármol que hacían del foro de Roma el templo de la dinastía Claudia. Desde el Capitolio, Júpiter Óptimo Máximo nos contemplaba con benevolencia, pues había llegado por fin nuestra ansiada hora. Apreté con fuerza la mano de mi pequeña; Julia se mantenía rígida en mi costado, observando alternativamente el cuerpo embalsamado de Augusto y a su padre declamando, oscilando entre el horror y el orgullo. Yo en cambio solo sentía la altivez y la soberbia, el honor y el prestigio, el placer y el triunfo. Deposité en beso en su trenzada cabello, le susurré que alzara la cabeza. En el otro extremo del foro, desde el templo del divino Julio César, Tiberio vestido de negro respondía a los halagos y virtudes de Druso con nuevos halagos. A la multitud no podía quedarle más claro: con su descendencia destruida y Agripina en Germania, sin duda aún ignorante de la constitución del nuevo reino, nosotros los Claudios éramos de Augusto los únicos herederos. ¡Nuestro era ahora el Imperio!. Aspiré el aroma de nuestra gloria y mi cabeza se llenó de todas las ofensas que aquel viejo había cometido contra mí y los míos cuando aún exhalaba vida, empezando por mis abuelos, a los que arrebató una esposa y un reino, y quise sonreír al verle por fin muerto; pero no podía tampoco olvidar algunos buenos momentos, una vez que jugó conmigo al escondite en los jardines del Palatino, las sentidas exequias que proporcionó a mi padre para el que él mismo escribió el epitafio, mi boda con Cayo... Más eran solo resplandores en la inmensidad cruel de sus imposiciones y aunque aún sometida a la tiranía de Tiberio, me sentía casi libre de nuevo. Estaba ansiosa de ver desaparecer sus restos y relegarle al nublado mundo de los recuerdos
Emprendimos el camino al Campo de Marte, donde hacia casi cuarenta años su Mausoleo ansioso le esperaba. Allí aguardaban ya los restos de mejores personas para darle la bienvenida al reino de los muertos: mi dulce abuela Octavia, su hermana; los dos primeros maridos de mi querida tía Julia, mi tío Marcelo del que no guardo ningún recuerdo por haber nacido después de él muerto, y Marco Agripa, que se convirtió en mi suegro después de muerto; mi padre Druso, sin duda el más grande de los romanos; el fiel Lucio; el añorado Cayo... Junto al Altar de la Paz y el obelisco egipcio de su gran reloj de sol, se había dispuesto una gran pira funeraria de maderas aromáticas y perfumes de Oriente, adornada con guirnaldas de flores de diversos colores. Los magistrados depositaron con cuidado el cuerpo embalsamado de Augusto en lo más alto y los cónsules, junto a Tiberio como su único heredero, prendieron fuego; no tardó la guardia germana, los pretorianos y los veteranos en mostrar su homenaje y respeto describiendo círculos cerrados en salvaje cabalgada en torno a la pira funeraria...y en lo más álgido del fuego, un esclavo escogido, escondido, soltó otro águila bien entrenada. La multitud exhaló un suspiro contenido seguido de una adoración mal disimulada; el rumor se extendió rápido entre el populacho. No pude evitar sonreír franca a mi abuela Livia. Sin duda gracias a aquello, y aunque toda su vida se había opuesto, Augusto sería pronto divinizado. ¿Quién se opondría después a nuestro poder? ¿Quién volvería a reclamar el regreso de una extinta República o señalar cualquier otro candidato para el Imperio? Ser descendientes de la nueva deidad nos diferenciaba del resto, nos legitimaba; éramos los únicos llamados para el gobierno de tan vastísimo reino porque éramos los únicos con el beneplácito divino para hacerlo. Aquella noche, con las últimas brasas ardiendo aún en la pira funeraria y las cálidas cenizas de un nuevo dios indigno descansando en la eternidad con los amados restos de quienes le precedieron, ciega me entregué de nuevo a Druso, con ánimo ilusionado y corazón desbocado, y él me recibió en sus brazos como justo trofeo de una infinita década de matrimonio impuesto y alejamiento del gobierno, de olvido y de espera, de decepción y de rabia, de desprecios y silencio, y, por fin, de la recompensa. Así era. Nos poseyó el frenesí de la victoria, el delirio de un nuevo comienzo, el final de la relegación augusta y perpetua, la promesa de la suprema gloria, y con cada caricia trazaba en mi piel enloquecida la visión desenfrenada de un futuro de cien mil abiertas posibilidades, en que, coronado de magnificencia con nuestros nombres escritos en oro y en piedra, se nos ofrecía una ardiente ambición consumada. Temblorosos de furia y de júbilo, festejamos la apoteosis de nuestra familia con gemidos y besos, y exaltados por la buena fortuna, nos consumimos en el ardor de la inmortalidad y el gobierno. Casi podía verle de pie en la Curia, grandioso con la invisible corona y la inmaculada toga, juntos dirigiendo los destinos de Roma. Aquella noche le amé por primera vez con impetuosa fuerza, más allá del compás del corazón destrozado, con cada fibra de un alma ya dispuesta, y demostrándoselo con cada rincón de mi cuerpo creí que seríamos al fin felices con fe y con deseo. El amanecer, sin embargo, nos traería de nuevo la realidad de esquinas afiladas y como dos extraños otra vez nos separamos, con nuestras ilusiones fragmentadas en el suelo y una escolta de sueños insatisfechos.

Fotografías: Reconstrucción de los Rostra y Mausoleo de Augusto



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