sábado, 8 de febrero de 2014

Yo, Claudia Livila (IV)

¡Qué efímeras son, madre, la fama y la gloria! ¡Qué ridícula y miserable es la medida de todas las cosas! La victoria se convirtió en amarga ceniza en mi boca. El poder y la honra... son tan solo vanas palabras que el viento trae y arrastra, un cálido manto protector que puede convertirse en muy certeras puñaladas. Arrastrándome con mis ropajes negros impuestos aún con el cabello suelto me consideraba ya dueña del Imperio, y aunque Tiberio se demoraba en aceptar el alto cargo para el que desde hacia décadas aspirara, no tenía duda de que tarde o temprano sería aclamado príncipe, César e imperator. Enterrado Augusto en su Mausoleo sagrado -aquel que para mí está vedado-, ya divinizado y con su templo de los cimientos arrancado, el Senado se había podido reunir de nuevo, y repetía de continuo, a diario, sus halagos y sus ofertas, mezclando a partes iguales título sin sentido, homenajes sin cuento y todos los cargos por su antecesor disfrutados. Tiberio, en cambio, se limitaba a rechazarlos con un mero movimiento de la mano, insistiendo en que la legalidad residía en el Senado, en que la República estaba salvada y no sé cuantos más subterfugios absurdos y disparatadas excusas. Su renuencia a por fin aceptarla me irritaba a mí tanto como a los miembros de la Curia. Así descubrí en Tiberio una gran debilidad que ni esperara, que después con maestría explotara: la vanidad. Mi tío no quería recibir solo una herencia, como mero trámite en que se transmiten las posesiones del muerto a un heredero; quería ser llamado, deseado, necesitado, como lo fue Augusto en su momento, gozar del favor y del beneplácito del Senado y del amor de todo un pueblo. Supongo que todos tenemos algún disparatado sueño... Mientras, en el preludio de lo inevitable, nos instalamos en el Palatino y se me hizo entrega de las llaves y de los esclavos imperiales, de los asuntos domésticos y los pequeños negocios familiares. Pequeños triunfos que sin embargo me hicieron dueña de los secretos del Imperio; comencé en silencio a deslizarme hacia el despacho de Tiberio y leer con avidez informes y proyectos. Así fue como sin no quererlo descubrí lo que hubiera preferido ni imaginar, el relato pormenorizado de los soldados que en la profunda nocturnidad abandonaron Nola, donde las mujeres aún amortajábamos el ajado cuerpo de Augusto bajo la atenta mirada de Tiberio, con dirección a la isla de Planasia, donde, como el César antes que ellos, encontraron a Póstumo en su humilde cabaña, con el cuerpo enflaquecido y las ropas desgarradas. Aunque estaba desprevenido y desarmado, por el hambre y la sed debilitado, el centurión encontró gran debilidad para degollarlo.
Mis manos temblaron, sacudidas por mil tormentos, y sentí arder en mis entrañas intenso fuego, más en mi corazón solo habitaba el hielo, pues en mi lecho todavía permanecía impregnado, doloroso e intenso, el calor de sus últimos besos, mi almohada aún lloraba cada noche su ausencia con lamentos siempre nuevos y en mis venas corrían espesos los versos. Esos versos encendidos que arrancamos de la boca de los poetas para poder describir los sentimientos que rara vez nos son concedidos a quienes habitamos sobre la tierra. Aquellos versos que, con caricias eternas y efímeras, derramó y gravó sobre mi cuerpo, los dos fundidos en un dulce sopor de enloquecidas promesas y hermosos sueños. No había un solo rincón de mí en que no palpitara su huella, un solo fragmento, por minúsculo e insignificante que éste fuera, que no se estremeciera todavía con la sola mención de su nombre y de continuo mi mente divagaba absorta en algún recuerdo que me arrancaba una sonrisa en la tierra yerma de mi soledad y mi vergüenza. Póstumo había sido para mí el juramento de un mañana más perfecto, el amanecer de una esperanza cuando creía que mi corazón no seguiría latiendo, la sorpresa de una dicha que no creía que en él encontraría. Y ahora Póstumo estaba muerto... Estaba muerto... Y el mundo, de nuevo, como si nada, continuaba moviéndose. Podía sentirlo vibrar en cada uno de mis huesos, las intensas sacudidas que me hicieron precipitarme hacia el suelo. Póstumo, mi Póstumo, estaba muerto, y para borrar todo rastro de su infamia, Tiberio había ordenado quemar la cabaña, arrojar su cuerpo con pesos al agua, para que los peces lo devoraran... devoraran aquellos labios que me dijeron que me amaban, aquellos brazos que me estrecharon con fuerza como si jamás quisieran que me marchara...devoraran aquel pecho sobre el que apoyé mi cabeza en noches muy aciagas, aquel corazón, ¡su corazón!, que un día a pesar de todas mis imperfecciones me entregara... Mi Póstumo había muerto y no, conocería el descanso eterno. Y yo, como antes que a él a su hermano Cayo y antes que a él a su hermano Lucio, no había podido salvarlo. Me arrojé del Palatino y corrí a la Farnesina, a mi refugio. Mi pena era más intensa por verme obligada a siempre tragarla, por no poder mostrarla, por no tener un hombro donde llorarla y estar obligada a fingir que no me importaba, que no sabía nada. Pero por un día, una noche con su día, me entregué a ella con la misma intensidad que si tuviera que padecerla durante una década. Me mezclé con el agua y bajé a la tierra, me desgarré en la desgracia y me golpeé la cara, derramé todas las pocas lágrimas que me quedaban y viví con violencia los sentimientos encontrados que me desgarraban. Al amanecer me impuse de nuevo mi máscara, pero aunque sonriera, en mi interior aún lloraba. Sabía que la muerte de Póstumo había sido necesaria, una decisión de Estado a la debía estar acostumbrada, pues aquella falsa Livila podía aceptar lo que mi verdadero yo desterraba. Pronto habría de cederla ante ella y refugiarme en mi alma.
No sería la primera ni última cesión. Yo, que me crei reina de imaginario mundo, dueña de un imperio extenso, me vería pronto convertida en consumida y ajada puta de cementerio, que mendiga a partes iguales pan y afecto. ¡Asi es a veces el destino de adverso! ¡Así se ríe la Fortuna de sus propios presos, a quienes un día entrega sus mayores deseos solo para disfrutar destruyéndolos! Pues obligada estuve abocada, como última esperanza de felicidad perdida, a una lucha por el tesoro que todos codician creyendo que su posesión daría sentido a mi vida. Que Lucio Elio Sejano surgiera como inesperado aliado fue una casualidad a partes iguales fatídica y magnífica. Yo misma me sorprendía muchas veces pensando como nadie más que yo comprendía el enorme potencial de ese hombre en los intrincados juegos de un poder tortuoso y esclavizador. El resto solo os limitabais a despreciarle, como hombre ajeno a la familia y arribista, respondiendo siempre a vuestras normas de moral cientos de años atrás establecida que me han conducido a mi a morir tras esta puerta en lugar de gozar de una misericordia que nadie poseía. En cambio yo entendía lo útil que Sejano podía ser y veía en su mirada la profunda libertad del arraigado desengaño. Tiberio podía complacerse en fingir que no deseaba un reino que con paciencia infinita había esperado decenios enteros, pero se aseguraba al mismo tiempo que llegado el momento no sería contestado a ocupar su cargo asegurándose la lealtad y el control de los pretorianos. Así fue como conocí a Sejano, pocos días después de que Tiberio, ejerciendo un poder que decía no haber aceptado, le hubiera nombrado junto a su padre Estrabón prefecto pretoriano. Las legiones de Panonia, privadas de mando por la apresurada marcha de Druso para estar a nuestro lado en la última despida de Augusto, se habían amotinado, exigiendo privilegios y regalos que nunca se les habían prometido ni otorgado y creían que debían ser suyos solo por la confición que otorga el uso de una fuerza desmesurada. Tiberio, asustado, viéndose de pronto amenazado, decidió enviar a su propio hijo contra el levantamiento para sofocarlo y consideró conveniente, para dar mayor autoridad a su cargo, rodearlo de dos cohortes de pretorianos a cuya cabeza iría el propio Sejano. Como sombra dispuesta acechaba a Druso cuando mi marido vino a despedirse de mí y de mi pequeña, enfrascada a partes iguales en un libro tedioso de Claudio y un estúpido bordado. Solo él se dio cuenta, bajo las bien diseñadas capas de maquillaje, de los profundos cercos del llanto bajo mi mirada apagada. Se inclinó ante mi con presteza, casi como en una reverencia, y creyendo fingir que mi tristeza era producida por la marcha de mi marido y el peligro que pronto pesaría sobre su cabeza, se presentó, y me anunció que había servido en Armenia bajo las órdenes de mi primer marido Cayo César y que de la misma forma que le había protegido con su vida así estaba también ahora dispuesto a hacerlo a fin de devolverme al padre de mi pequeña. Devoré una sonrisa divertida mientras mis ojos con malicia buscaban el rostro de Druso, enfurecido como siempre ante cualquier recordatorio de que yo, antes que él, había pertenecido a otro hombre, mejor y más noble. Ese pequeño puñado de gestos silenciosos, de marcas imborrables, de sentimientos inexpresados, valió a Elio Sejano para conocernos. Olvida cuanto se ha dicho del prefecto pretoriano; su verdadero poder no eran ni sus soldados ni los acontecimientos que después se sucedieron: era esa mente astuta y ese ojo rápido para captar los más escondidos secretos. Mientras se marchaba comprendí que con él la falsa Livila no serviría y aunque una parte de mí se aterró ante el hecho de verse vulnerable y descubierta, otra se sintió aliviada por tener de nuevo a alguien con quien no tener que seguir fingiendo.

Fotografía 1: Restos de decoración en el Palatino 
Fotografía 2: "Dolce far niente", Godward
Fotografía 3: Retrato de Lucio Elio Sejano

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