viernes, 21 de febrero de 2014

Yo, Claudia Livila (VI)

Proclamado por fin Tiberio y suspendidos los festejos por encontrarnos todavía por el largo luto debido al divino Augusto muerto, creyó necesario el Senado ensalzar el nombramiento con nuevos servilismos, halagos y cargos, y sin dudar propuso a su nuevo César e Imperator reconocer a mi muy noble abuela, adoptada por testamento como Julia para poder beneficiarse de la herencia y aclamada además Augusta, como Madre de la Patria, que incluso en las inscripciones a Tiberio se le reconociera no solo como nieto del divino Julio e hijo del divino Augusto si no también como "el hijo de Julia", y que se concediera a la antaño Livia Drusila un lictor y una escolta semejante a la que disfrutan los magistrados de Roma. Consideraban que al ensalzar a la madre honrarían al hijo. Pero mi tío por el contrario lo tomó como un insulto directo a su persona, una burla a todo cuanto representaba, la conversión de su tenue realidad en una irrisoria farsa, e improvisando algunas palabras en las que afirmaba con boca dura y entrecejo marcado que habría de actuar con moderación en todas las cosas, incluso en las que a su familia atañe, y defendía las causas por las que nunca se deben de conceder demasiados honores a las matronas, abandonó el Senado como una exhalación de rabia. El amor que Tiberio podría haber sentido por Livia solo era comparable al odio y al desprecio que también por ella y por si mismo experimentaba, mezcla de los sentimientos naturales que todo hijo, por el mero hecho de serlo, alberga en lo más profundo de su seno y del recuerdo constante, continuo, del sometimiento a las directrices maternas, la voluntad tanto tiempo anulada, los sacrificios realizados por ambiciones ajenas y los muchísimos años consumidos en una espera que ni siquiera sabia, calculadas las pérdidas, si había merecido la pena. Que el Senado se deshonrara de nuevo proponiendo un altar a la Adopción solo sirvió para acrecentar su propia infamia y la ajena rabia. Porque Tiberio conocía cuanto se hablaba en las tabernas a través de una nutrida red de espías que como el Imperio y la fortuna recibió de Augusto como herencia y acrecentó con el tiempo: sabía que decían que ocupaba el cargo de César no en virtud de sus muchas cualidades, de su larga experiencia como general, de sus triunfos y sus conquistas, o de sus años al servicio del Estado ya fuera como ayudante del divino o bien magistrado, si no al hecho de haber sido adoptado por un viejo cuya mente enferma apenas era capaz de discernir fantasía de ciencia, extraños de familia propia, y a las gestiones bastante aviesas de una madre perversa. Aquel altar propuesto por el Senado no podía dejar de percibirlo Tiberio como un reconocimiento público, ante la opinión pública y quienes consideraba sus semejantes, de aquel persistente insulto, de aquel dedo acusador que le acosaba, la espada de Damocles que casi de continuo le obsesionaba.
 Abochornado e indignado, regresó al Palatino y se encerró en su despacho. Lo conocía ya lo suficiente para saber que en tales circunstancias era mejor no molestarlo hasta que las nubes negras que sobrevolaban su cabeza hubieran encontrado acomodo en su rencor tanto tiempo acrecentado o por el contrario se hubieran marchado, a riesgo de sufrir las consecuencias y acabar formando parte de ellas. Pero Augusta, que había tenido noticias de cuanto el Senado le había ofrecido y como Tiberio lo había ya rechazado, irrumpió como una tormenta en la soledad y el refugio del César para verter sobre él toda clase de recriminaciones e insultos. Se alzaron las voces mucho más de lo necesario y en toda la casa resonaron los secretos de la familia. Vi a los pretorianos inclinarse con presteza en dirección a la puerta, tensos a la espera de nuevos misterios, y recordé a Sejano, aquella mirada clara que parecía saber discernir el alma, las ocultas intenciones escondidas en la astuta pupila inquieta que aún no había descifrado, más peligrosas por no haberse ciertas y no conocer a qué nos estábamos enfrentando. Creí necesario detener aquel caudal de información que podía amenazar con destrozarnos e interrumpiendo en el despacho me atreví a señalar aprovechando su sorpresa las cartas sobre la mesa, aunque eso pudiera exponer a Tiberio el hecho de que yo estuviera demasiado informada de los acontecimientos del Imperio. Sacudido por mil sentimientos, mi tío no pareció comprenderlo y se inclinó de inmediato sobre ellos. No así Julia Augusta, que me observó como si me hubiera visto por primera vez en la vida, evaluándome de nuevo como aliada, rival o enemiga. Sin duda, al contrario que yo, no había tenido conocimiento de lo que sucedía. Buenas nuevas de Panonia, la susurré con una sonrisa como si quisiera espantar de entre nosotros las envidias y las sospechas; en cambio saboreaba cada sílaba con satisfacción manifiesta. Augusta exigió a Tiberio saber más; yo permanecí en silencio. Augusta se atrevió a opinar, a aconsejar; yo doblé el cuello y miré el suelo. Cuando el César alzó la vista la mirada que nos dedicó a ambas fue muy distinta, y su voz, como mero instrumento, desafinó con estrépito al describir las notas de Livia, entonando en cambio una suave melodía acariciando el nombre de su sobrina. Me retiré en silencio, con modestia y victoriosa; poco después, ante sus persistentes exigencias, el César hubo de echar a Augusta sin responderla. Mi abuela tuvo que humillarse por vez primera viniendo a mí en su búsqueda de respuestas. Quise reír al verla, porque la falsa Livila había vencido a su maestra. Me permití la autocomplacencia de mostrarme magnánima, cortés y humilde con aquella arpía acabada y vieja.


* Fotografía 1: "Prose", de Lawrence Alma-Tadema
*Fotografia 2: Detalle el gran camafeo de Francia, con Livia a la izquierda y Livila a la derecha




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