viernes, 11 de abril de 2014

Yo, Claudia Livila (XII)

Llegadas las primeras noticias de la armada represión de los últimos focos aislados de la sedición, el pueblo romano cegado atestó templos y altares clamando entusiasmado el nombre de mi buen Germánico. A él y no a los dioses daban gracias por haberles privado de los horrores de una nueva guerra civil imaginada o de la ruina, el dolor y la humillación de una posible inexistente invasión germana. Así magnificada su triste hazaña, y entregando al olvido la realidad de lo ocurrido en su prolongada estancia en la frontera lejana -legiones que no habían obedecido y un soborno cobarde para calmarlas-, un extenso triunfo, espontáneo y emocionado, recorrió las Galias, subyugadas y extasiadas a los pies de mi hermano como si de un renacido Julio César se tratara, a lo largo del infinito regreso de camino a casa. A medida que Germánico, Agripina, su familia y la enorme comitiva de clientes, amigos, altos cargos y guardias, avanzaban, honores sin cuento se decretaron y multitud de monumentos se alzaron: rara era aquella ciudad que no había ordenado decenas de festejos para agradarlos y retenerlos, que no competía con el resto para alcanzar los mayores dispendios con que poder honrarlos y acogerlos, que no realizaba sacrificios en los templos para a todos sus dioses esos días con su presencia agradecérselos, que no había alzado para recordar para siempre ese momento o erigido una o dos estatuas en el foro con sus rostros para nunca perderlos.... pues el corazón de miles de romanos, de pronto, latía al unísono al solo son del nombre de mi hermano, escrito en cada latido contenido en un enamorado y rendido suspiro. Su victoria abarcaría también Italia y el sordo clamor estremecido le precedía en la marcha, mientras auténticas mareas humanas se unían a la comitiva que le acompañaba. El día de su llegada, también la ciudad eterna se rindió ante él sin oponer resistencia, y a pesar de no haberle sido concedido honor alguno por lo que no había dejado de ser un hecho bastante puntual de indisciplina y revuelta sin gloria, sin honra y sin consecuencia, el Senado en pleno se apresuró a recibirle a las puertas, como si quién regresara fuera un héroe de antaño de los días en que Roma todavía bostezaba recién nacida y somnolienta, y no un simple ciudadano privado. Por todas partes podían verse flores y guirnaldas, el vino de las tabernas corría por las calles como ríos de sangre, podía oírse desincronizada música improvisada y no solo Roma si no también media Italia y parte de las Galias atestaban las calles y las plazas. Podía verse personas encaramadas a las fuentes y a las estatuas, subidos a los tejados, poblando arcadas y escalinatas, asomados a las ventanas... todos gritando su nombre y llamándole Orgullo de Roma, Salvador de la Patria...
De pie en el Palatino, a la espera de su llegada, tan solo podía sentir envidia y rabia mal disimulada: las hazañas de mi marido Druso en Panonia habían quedado ensombrecidas y olvidadas por los hechos de mi hermano y Agripina en Germania, aunque las legiones panonias hubieran quedado más rápidamente sometidas y mucho mejor controladas que las germanas, sin necesidad de sobornos ni soportar constantes revueltas que lo amenazan todo. Me esforcé por controlar los sentimientos que me devoraban, porque a mis espaldas sentía moverse a Sejano, siempre acechando, siempre observando, siempre vigilando: aborrecía aquel ojo astuto empeñado en leer en mi alma al que por algún tipo de temor reverencial no me atrevía casi a plantar cara. Demasiadas veces le había ya sorprendido esbozando una media sonrisa al verme ejecutar alguna sutil trampa en la que todos caían y solo él comprendía, un ligero chasquido de la lengua afilada -como una risa interrumpida- cuando con palabras en apariencia sumisas manipulaba a Druso o al César, o al salir de alguna sala, convencida de no haber sido vista, le encontraba observándome con pupila divertida. ¿Qué pretendía? Desconocerlo me atormentaba; no soportaba no saber a qué me enfrentaba y para mayor peligro, ante aquel hombre la falsa Livila se destruía -como un gigante de barro demasiado expuesto a un sol que abrasa-; me esforcé por reconstruirla, por como fuera mejorarla: como las mil veces anteriores, ella debía ser mi escudo y mi arma. Y con ella, alzándome las faldas, me dispuse a realizar mi farsa, y corrí para arrojarme a los brazos del gran vencedor de la jornada y de la primera batalla de la herencia de un reinado que apenas comenzaba, mientras él me revolvía el cabello como cuando era niña y le buscaba asustada, porque aunque me devorara la envida y la rabia, también me encontraba extremadamente aliviada de verle regresar sano y salvo a casa. También besé a mis tres sobrinos, acuné en mis brazos a mi nueva pequeña sobrina, por fin una niña, del mismo nombre que su madre, Agripina, y abracé a mi cuñada... A ella la retuve mucho más tiempo que a mi propio hermano, saboreando la rigidez asqueada y furibunda de su orgulloso cuerpo, el dolor y la furia que crispaban sus dedos, la forma en que temblaba de indignación su boca y desprecio su mirada. Qué fuera por mi causa solo lo hacía más maravilloso e intenso, pues a medida que avanzaba triunfal por la Galia e Italia, yo, poco a poco, había trazada mi tela de araña en la que poder enredarla y ahora, en su momento de mayor gloria, mientras el pueblo la aclamaba, devorarla.
No tuve que esforzarme mucho para dañarla. Tiberio usó primero contra mí esas armas y yo me limité tan solo a usarlas más tarde contra mi cuñada. Evocaba la imagen de mi hermano llorando su marcha, como si de una plañidera se tratara, cuando las legiones germanas les amenazaban, y recordaba a Druso partiendo a Panonia dejando tan solo un beso frío en mi boca y los celos, inevitables, ácidos, afloraban. Perdí por dos veces lo que Germánico y Agripina disfrutaban y nunca más, lo sabía, lo alcanzaría, y la mera contemplación de su amor, de su felicidad, de su alegría, muy dentro de mí todo lo corroía... sí, ese persistente y arraigado resentimiento envenenó poco a poco mi corazón, ennegreció por siempre mis sentimientos y los dotó de una férrea coraza, de un profundo sinsentido, de una inversión de sus objetivos, de cien mil cuchillos, y, al fin, ya no pudiendo por más tiempo verlos disfrutar de lo que yo carecía, quise destruir lo que tan cruelmente me atormentaba, y dar así un merecido respiro a mi alma de nuevo remendada por la última tragedia que me asolaba. Me aferré al odio para acallar mi culpa y mi añoranza, mi debilidad y mi cobardía, mi pena, mi ira y mi desgracia, pues había tenido la loca y tonta esperanza, esa que sobrevive incluso después de sepultada, de que Tiberio tras la muerte de su suegro llamaría a mi querida tía Julia del destierro, ya que al ser esposo de ella e hijo de Livia debía mi tío la herencia recibida. Más mi infantil ilusión no cumplió un año y apenas apagados los últimos fuegos de la rebelión de los soldados germanos, supe por un informe ya destinado al fuego, que apenas exhalado Augusto su último aliento, Tiberio, aún no dueño del reino y remiso todavía a poseerlo, había dado orden de que se privara a Julia de todo alimento. Así, a ella, como tú a mi ahora, no se le concedió una muerte digna de una romana pese a bien merecerla, y con todo también ella, como yo por ti ahora, mantuvo hasta el final una tenue ilusión, una débil confianza, intermitentes rayos del espejismo de un mañana. Sin duda debió repetirse sin freno que, a pesar de tener dos hijos muertos y una hija exiliada, todavía le restaba otro varón para reclamar el Imperio y a Agripina para interceder por ella en calidad de hijastra y nuera de nuestro nuevo dueño. Pero pronto se la privaría también de su último consuelo. Tiberio no tardó en redactarla una carta detallada en la que le narraba cómo había muerto Póstumo Agripa y qué se había hecho con su cuerpo... y así, privada al fin de toda esperanza, dejó Tiberio morir a mi tía Julia en la indigencia, sola y abandonada, sin nadie que en su último aliento la sostuviera, la abrazara o la consolada, tras dos décadas desterrada y difamada... Llora por mí, madre, porque ya no me quedan lágrimas; ella fue la madre que anhelara, cuyo regreso mucho tiempo esperara, pero cuando fue consciente de su muerte... en mi interior no pasó nada. Quizás habían pasado demasiados momentos: su rostro se difuminaba y sus recuerdos se perdían en el prolongado cúmulo de los días. Quizás, después de tanto tiempo ausente y alejada, sin que mediaran reencuentros, noticias ni palabras, acabé por enterrarla cuando todavía respiraba. Me avergüenzo de ello -su muerte debió dejarme también a mí sin aliento...- y de cómo a continuación utilicé sus huesos.
Conocía bien a Agripina. Escribí a Germánico en su camino por las Galias: mezclé con la oscura tinta falsa preocupación y auténtica pena, fingida inocencia, un toque de intencionada torpeza y una pizca pervertida de ignorancia y de simpleza. No reprimí nunca las lágrimas para que emborronando la tinta, borrarán al unísono cualquier sospecha de escondida malicia. Fue más sencillo de lo que crearse puediera: no tuve que redactar ningún borrador de mi carta. Inicié la misiva con otro tema para no generar a nadie desconfianza: las legiones germanas, que dado lo ocurrido era lo que se esperaba. Tras la felicidad de haber terminado la rebelión di paso al horror por todo cuanto en el campamento había acontecido -el ataque a los senadores y esa huida interrumpida de las mujeres hacia una salvación lejos de las insumisas legiones- y así, con facilidad, alcancé a Agripina. Desgrané algunos elogios a su entrega y valentía, que hicieran presuponer a Germánico que sentía por ella gran simpatía. "Sin duda su coraje le hará soportar mejor los malos momentos que se avecinan". Un par de reticencias y de dudas, presentadas como hijas de la preocupación y el cariño, ocultando de nuevo las auténticas intenciones de la misiva cuando más podían hacerse evidentes, y finalmente la resignación y el sacrificio: "será mejor que escuche de una boca amiga como la mía la tragedia que se ha cernido sobre su casa antes que por otras personas ajenas que solamente por ocultos intereses buscan hacer daño, aunque con ello pueda granjearme el odio de Agripina, por la natural disposición de todo ser humano de hacer bien partícipe, bien responsable, al mensajero de las desgracias que obligado porta". Así fue como le anuncié la muerte de Póstumo Agripa y de Julia, mi querida tía; me cuidé muchísimo de defender la versión oficial, es decir, respectivamente, el suicidio y la enfermedad, para luego introducir, como por descuido: "aunque no faltan las malas lenguas que acusan a Tiberio de haberlos ordenado matar", para después expresar por ello una gran incredulidad. Como a la abeja y al escorpión les basta su aguijón, yo no necesitaba más para poder sembrar la discordia en la familia. Sabía de la dulce candidez de mi hermano, su incapacidad manifiesta, de ti heredara, para dar por ciertos los horrores que a su alrededor se cometían, su propensión a solo contemplar las mejores cosas de las peores personas. Sin duda, Germánico no creería las acusaciones contra Tiberio vertidas. No así Agripina: perdidos para siempre su poder e influencia después de la muerte de su abuelo, Augusto César, desaprovechada en Germania su oportunidad para conseguir por la fuerza el dominio del reino que el Senado la negara, y de forma injusta ejecutados su hermano y su madre Julia, con una hermana todavía exiliada, sin duda debía dominarla el odio y la rabia. Casi podía imaginar las discusiones entre mi buen Germánico y mi cuñada a medida que avanzaban por las Galias por la forma en que persistentes se rehuían y el contacto, la mirada y la palabra se negaba, y me deleitaba en la cena de bienvenida, mientras mi hermano nos narraba lo acontecido en Germania, con la visión de los ojos enfurecidos de Agripina, la rigidez manifiesta de su espalda, la dureza de su boca, las manos crispadas, el entrecejo fruncido, el rostro de rabia enfurecido. Sin duda a Germánico le habría costado mucho que se controlara, que las apariencias soportara, pero a la vista saltaba que no le estaba resultando fácil compartir la comida y la estancia con aquel a quién juzgaba asesino de su familia y usurpador del trono que por herencia solo a ella la correspondía -siempre que ignoráramos la adopción de Tiberio y a Julila-. Aquella noche mi deseo y mi paciencia no obtuvieron recompensa, pero bastaba verla para saber que no tardaría en cometer algún error que me ayudaría en mi propósito de destruirla.


*Fotografía 1 y 2: "¡Dios, rápido!" y "El beso de despedida", de Lawrence Alma-Tadema
*Fotografía 3: "Medea", de Anselm Feuerbach
*Fotografía 4: Supuesto retrato de Safo (fresco de Pompeya)

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