sábado, 22 de marzo de 2014

Yo, Claudia Livila (IX)

La rebelión de las legiones de Germania era para mí una oportunidad largo tiempo esperada, pero para poder no ya alcanzarla sino tan solo con las yemas temblorosas de los dedos acariciarla, debía verter sobre el nombre de mi amado hermano, de mi segundo padre -mi único hogar, mi añorada y anhelada patria-, sucias mentiras, sospechas e infamia, coronar de vileza a quién mi ser idolatraba y mancillar sin titubeos su bien merecida fama. Mis palabras envenenadas esconderían su amargura, su envidia y su codicia bajo la inmaculada apariencia de la modestia, la preocupación y la inocencia, pero tan solo con ellas, por medio de un sutil arte que solo dominan las almas retorcidas y perversas como la mía, habría de asfixiarlo en el cenagoso oprobio y arrojarlo a la oscuridad de una ignominia tan profunda y tan vasta que aunque algún día resurgiera y olvidarse su estancia pudiera, dejaría un rasguño negro e infecto en las almas por ella ya siempre alertas contra todo acto y toda palabra de Germánico por bondadosa y desinteresada que pareciera. Como una enfermedad que no tiene prisa por cobrarse tu vida pues ávida se alimenta de la razón y la felicidad que te arrebata, aquella misma ignominia habría de emponzoñar a sus amigos y familia, desgarrar todo lo que construir pudiera, los sueños que una vez concibiera, matando así cada posibilidad de perdón, reconciliación y redención, hasta que su figura, irreconocible y amorfa, despreciada y odiada, asqueara a Roma y ésta al final decretara para mi hermano la eliminación o él mismo se condujera a la propia destrucción... ¡Divina Némesis, ¿cuántas veces no vi a Livia Augusta recurrir con éxito a aquella verbal hechicería con la más taimada de las sonrisas?! ¿Y acaso no era yo ya la guardiana de los secretos, la digna sucesora, de la más cruel madrastra de la casa de los Césares?... Ni siquiera habría de pensar demasiado en cómo lograrlo: aquellas palabras traidoras llevaban tiempo grabadas a fuego en mi piel y en mi boca, aventado el hierro candente de mi obsesión y mi rabia por tristes suspiros que parecieron eternos, forjado en noches vacías, frías, en las que con ellas, mi ambición y mi venganza me deleitaba y me consolaba de la soledad y la amargura que me atenazaban, mientras hundía la cabeza en la sábana y devoraba mis gemidos y con avidez mis lágrimas tragaba. Solo con esas palabras, mezcla perfecta y falsa de indignación y vergüenza, acusaciones y súplicas, temor y furia, si el reino de Tiberio al final se mantenía frente al empuje de una rebelión aún lejana, yo lograría o la menos ayudaría a que mi hermano Germánico fuera definitivamente desplazado de la herencia y del afecto del César a favor de Druso y nuestra común, impuesta, casa: así sería yo, no Agripina, reina amada... Y sin embargo, pese a haberle ya cedido a la falsa Livila el gobierno de mi razón y mi alma y haberle entregado a mi mente retorcida absoluta primacía sobre mi corazón petrificado, cuando abrí en el denso silencio mis labios y me obligué a pronunciar palabras, lo que surgió de mi garganta fueron súplicas y nunca infamias. Me vi a mi misma, incrédula y aún así dispuesta, arrojarme a los pies de mi suegro para tejer con mi lengua y mis dedos, aferrada a su túnica, una encendida y tierna defensa, en la que con ojos acuosos a mi tío Tiberio y no al César rogaba porque recordara la buena fama que Germánico ganara, no los falsos rumores que ahora infundadas acusaciones sobre él vertieran, que prevaleciera el ejemplo de sus actos anteriores como romano justo, virtuoso y piadoso, fiel a su familia y a su patria, para discernir los hechos de Germania y no las insidias de un subordinado cuyas intenciones reales no conocíamos... ¡Palabras envenenadas hubieran hecho menos daño que mis súplicas y mis lágrimas! Debí saber que no solamente la mía sino, en conjunto, el alma Claudia es retorcida, pues mi defensa no movió a Tiberio al perdón y la confianza, sino encendió las ascuas de la envidia, el rencor y la suspicacia que por mi hermano sentía, por haberle sido impuesto tiempo atrás como su primer descendiente y por gozar, pese a poseer aún una menor gloria militar, de mayor ascendiente que él sobre el Senado y la plebe. Con dedos fríos como garras afiladas me arrojó Tiberio al duro, frío suelo, donde Druso, conmovido, me recogió con sumo cuidado, como si solo fuera frágil cristal quebrado, y marchó para elaborar el escrito donde pediría a los senadores declarar a Germánico enemigo de la patria y el pueblo romano
Druso quiso seguirlo de inmediato, creyendo que quizás solo él le convenciera de lo contrario. Aún consciente de que la eliminación de mi hermano le dejaba a él como único heredero del más vasto de los Imperios, primó en su ánimo la lealtad hacia el único hombre que le brindó siempre, sincero, sin ocultas intenciones y sin merecerlo, una amistad incondicional y plena. Sin embargo, volviendo la vista atrás y viéndome temblorosa y llorosa, no se sintió capaz de dejarme sin más, y con afecto y sin querer pronunciar falsas promesas y baldíos consuelos con la única intención de un efímero consuelo, me condujo a mi cuarto y se negó a marchar hasta que me hube serenado. Aún recuerdo la preocupación cariñosa y tímida con la que acarició mi cabello y enredó en mis manos sus dedos tiernos... Supongo que tras su carácter duro e inflexible, bajo su trato tiránico, obviando sus putas y sus borracheras, había un corazón sensible capaz de latir y de sentir, aunque me cuesta creerlo... Sin mi marido, sería el estúpido Claudio quién planteara la posibilidad de presentarse ante el César y declamar su defensa, pero con acierto se impediste temiendo que su tartamudez y su cojera aún más le enfurecieran. Fuiste tú finalmente quién abandonaste esta casa que en tu tumba aún en vida convirtieras para intentar razonar o moderar al hombre ante el que décadas después sin temblar tu voz me denunciarías y me venderías: supongo que para algunas madres entre sus hijos siempre hay preferencias... Pero ni mis lágrimas ni tus palabras convencieron al César, si no una carta de ese Cayo Silio, legado del Rin Superior, cuya anterior misiva había desencadenado la tragedia. Como yo esperaba, la lealtad de Germánico a Tiberio y a Roma había prevalecido ante la tentación de la cercana e ilegítima obtención del poder supremo, y apenas supo de la revuelta salió al paso de las legiones antes de que pudieran alcanzar su destino y la corona le ofrecieran. No les dio tiempo ni a exponer sus quejas, pues con la excusa de escuchar mejor sus palabras, les ordenó formar como correspondía no a rebeldes si no a legionarios, colocándoles así bajo su obediencia. Solo entonces les habló Germánico, centrándose en su veneración hacia el divino Augusto así como en los triunfos y victorias de Tiberio, con grandes elogios a las gloriosas hazañas que con aquellas legiones nuestro tío había llevado a cabo en Germania. Palabras que a muchos hubieran enorgullecido, pero no al corazón de Tiberio en el que por su sobrino se mezclaban la envidia y el miedo. Druso, que a mi lado escuchaba la misiva del legado, ordenó ansioso al esclavo seguir leyendo. A su lealtad añadió mi hermano, para aún mas disuadirlos de su revuelta, la armonía reinante en Italia y la fidelidad de las Galias, el hecho de que en ningún sitio salvo aquel había agitación ni desavenencia. Sus palabras fueron acogidas por los traidores con murmuraciones, susurros transformados en griterío cuando Germánico les reprochó su espíritu de sedición. Ellos como respuesta le mostraron sus cuerpos, las cicatrices y golpes que debieron ser símbolos de sus servicios a Roma transformados en un mudo reproche. Entonces comenzaron las habituales quejas: escaso sueldo, dureza de los trabajos, retiro indigno, licenciamiento deshonroso nunca pronto... disculpaban a Germánico, pero le ofrecieron el poder supremo para que pudiera remediarlo. Mi hermano, como si de pronto se viera atacado, abandonó ofendido el alto estrado; los demás soldados, en cambio, le cortaron el paso, con armas desenvainadas que no respetaban su dignidad ni su cargo, amenazándole si no regresaba. Pero mi buen Germánico, gritando que prefería morir antes que faltar a su juramento, sacó la espada de su vaina y la hubiera dirigido contra su costado si sus amigos cercanos no se lo hubieran impedido. Con todo hubo quién pensó, como Tiberio, que más que un honroso acto era una farsa para exaltar al populacho, pero Druso no le dejó tiempo de verter infamia y veneno sobre la lealtad de su primo y adoptivo hermano, y también cuñado, intentando hacerle ver que su fidelidad había quedado firmemente demostrada al rechazar aquel tentador imperial cargo. Más su padre, sin dejarse apaciguar ni conmover, no tardó en añadir que la rebelión germana no se había sofocado.

* Fotografía 1: "Reflexiones", Charles Amable Lenoir
* Fotografía 2: "Desde la ausencia", Lawrence Alma-Tadema

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