viernes, 7 de marzo de 2014

Yo, Claudia Livila (VIII)

Obedecí a Tiberio como de mí se esperaba -sumisa, sin hacer preguntas y rauda- y envié cuantas misivas pude a mi hermano y mi cuñada, pero por mucho que insistí no recibí noticia alguna desde las fronteras de Germania. A medida que pasaban los días y el silencio, denso y atroz, se prolongaba, percibía en el César un nerviosismo creciente que a duras penas disimulaba: ausente, todo embarullaba; tenso, cualquier cosa le encolerizaba; susceptible, de todo y de todos sospechas abrigaba; y por la casa sin parar caminaba, como si creyera que el continuo movimiento por si solo bastaba para hacer correr más veloz el tiempo y poner fin al largo tormento del desconocimiento, siéndole ya indiferente cuál había sido la resolución de los hechos, si para él habían sido favorables o adversos, pues deseaba saber antes que nada, únicamente, qué estaba ya sucediendo. Sin embargo, no abandonaba la esperanza de qué todo hubiera resultado como él esperaba mientras el temor, con todo, le atormentaba. Pues como yo y como el resto era consciente del amor inmenso que el pueblo romano con intensidad a Germánico le dedicaba; si ahora las legiones germanas le apoyaban en sus supuestas pretensiones, de las que yo dudaba, pero que sin duda se encontraban respaldadas por su matrimonio con la última nieta del divino Augusto no desterrada, ¿qué le impediría el regresar ahora a Roma, como tantos otros generales antes que él en las guerras civiles ya pasadas, y tomar por la fuerza lo que el Senado, forzado por su ausencia y las circunstancias, dubitativo le negara? ¿Qué le impediría a Agripina, siempre ambiciosa, ahora desesperada por haber sido desheredada, deponer al odiado padrastro, al muy despreciado suegro, y cobrar venganza por todas las atrocidades, en nombre de Tiberio y por él mucho tiempo consentidas, en contra de su imperial familia ejecutadas? Desde las altas mansiones del Palatino se enviaron muy pronto misivas secretas a gobernadores y generales en todas las provincias del Imperio para que movilizaran las tropas y permanecieran alerta en casa de que nuestro César les necesitara, y, en Roma, los pretorianos se dispusieron por toda la ciudad como si esta estuviera apunto de ser asaltada y tomada por una horda bárbara. Un rumor sordo de expectación y de alegría se extendía como una enfermedad por los mercados y tabernas, las gentes se reunían en las arcadas de los antiguos templos para intercambiar rápidos murmullos silenciados por un soterrado clima de hostilidad si de cerca cruzaba algún miembro de la casa de Tiberio, y en los senadores que fingían profunda preocupación por los acontecimientos se vislumbraba en sus ojos la luz de una inmensa esperanza. Mi tío se entregó al miedo y la paranoia que Sejano, por propio interés, acrecentaba con rumores y falsas noticias, mientras de cerca, por motivos que aún no comprendía, me vigilaba. Fue en aquellos días y no años más tarde, como se afirmara, cuando se elaboraron las primeras listas de enemigos del emperador y del Estado y en ellas entraron a formar parte todos aquellos que no se mostraron suficientemente entristecidos por la supuesta amenaza que sobre nuestras cabezas, como negra nube, sin remedio se cernía amenazando una lluvia desconocida.
Por fin llegaron noticias, pero no tranquilizadores y no por Germánico, si no por uno de sus subordinados, el legado Cayo Silio, a cuyas órdenes respondía el ejército del Rin superior. Hablaba de Aulo Cecina, legado del Rin Inferior, incapaz de controlar a las legiones a su mando que con atención habían observado lo que en Panonia se había ido desarrollando o bien quizás alentando su comportamiento, pensando en la obtención de mayores honores y cargos, una posición más elevada, reconocimiento o riquezas numerosas procedentes del imperial agradecimiento. Acusaba del levantamiento a soldados reclutados en Roma, acostumbrados a la diversión y nada propensos a aceptar trabajos y sufrimientos, los cuales, al saber del fin de Augusto y de la indecisa sucesión de Tiberio -pues las noticias a tan lejanas noticias llegan con retraso de meses-, habían con velocidad envenenado la mente de los más veteranos, que al contrario que ellos, durante años, habían ya permanecido al frío del norte y a los ataques bárbaros sin recibir recompensas ni obtener siquiera un mero agradecimiento. Como siempre exigían un pronto y rico licenciamiento, pagas más elevadas y limites a la excesiva crueldad de los centuriones, culpables tan solo de querer imponer la necesaria disciplina y la muy correcta obediencia. Sin duda, no se les escapaba, como a nosotros, su posición de fuerza, muy distinta a la de los desgraciados de Panonia, pues gozaban de mayor experiencia, eran más numerosos e imprescindibles para la defensa de las fronteras. La falta de firmeza y las dudas de Cecina desencadenaron la locura y la violencia y con las espadas desenvainadas degollaron a los centuriones en los caminos del campamento y a los más desafortunados en sus camas, sin posibilidad de ejercer una defensa que en la muerte les honrara. A la mayoría, sin embargo, los obligaron a tirarse al suelo y les azotaron a cada uno sesenta soldados; luego, cuando ya estaban quebrantados, destrozados los cuerpos y algunos muertos, los arrojaron a la corriente del Rin o delante de la empalizada del campamento. Así, privados de los mandos directos, desobedecen a los tribunos y al prefecto, a Aulo Cecina le cogen preso, y ellos mismos se distribuyen entre sí guardias y puestos. No contentos, y sabiéndose débiles ante la inmensidad de las fuerzas del Imperio, reflexionan que para conseguir lo que deseaban o solo para no ser castigados por lo que habían hecho, es necesario contar con la aprobación del Senado y el César, más, conociendo el carácter de Tiberio, llegaron a la conclusión que era en Germánico en quién residía la posibilidad de victoria y le envían una delegación para aclamarle no solo nuevo Imperator, si no también Augusto y hasta Padre de la Patria, y ofrecerle a conducirle a las fronteras de Italia para que tomara lo que por herencia y matrimonio le correspondía... Tiberio palideció al terminar de leer la carta; yo, aún incrédula, temblaba y repentina me vi abrazada por un Druso silencioso que se temblaba y crispaba. Nuestros peores temores se confirmaban. Sejano con sus ojos astutos observaba.

* Fotografía 1: "Un silencio elocuente", de Alma-Tadema
* Fotografía 2: "Medea", de Anselm Feuberbach

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